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“¿Qué ha traído Dios? (What has God brought?)”.
Eso se leía en el primer telegrama de la historia.
Fue enviado el 24 de agosto de 1844 desde el Capitolio, en Washington (capital de Estados Unidos), hacia Baltimore, ciudad distante 60 kilómetros de allí.

Aunque los telegramas ya no existen, aquella pieza se conserva.

De la misma manera se guardan papeles escritos en el año 2000 antes de Cristo, como lo atestigua Robert P. Crease, director del Departamento de Filosofía del Estado de Nueva York.

E incluso se atesoran (un par en el Museo del Libro de Burgos, España) unos pocos ejemplares de la Biblia que el orfebre alemán Johannes Gutenberg dio a luz en una imprenta de tipos móviles recién creada, en 1455, y que se convirtió en lo que se considera el primer libro moderno.

Pero si quisiéramos ver el primer correo electrónico enviado nos quedaríamos con las ganas.

No hay rastro de él.

Existe la cinta magnética, pero los datos se perdieron.
Quienes somos adultos y hemos nacido antes de las nuevas tecnologías de conexión (es decir antes de los años 80 del siglo XX) conservamos, quien más quien menos, cartas, escritos de distinto tipo, alguna epístola amorosa de un primer amor o del amor que hoy nos acompaña, postales de familiares.

Cada uno de esos papeles es historia, es memoria, es sentimiento.

Cada uno de ellos, como la pieza de un inmenso puzzle, completa un profundo significado individual o colectivo, según el caso.

La pregunta de veras inquietante es: ¿dónde quedarán las palabras que nos escribimos a nosotros mismos, donde las que, como palomas mensajeras, llevan nuestras ideas, emociones y sentimientos a personas queridas y lejanas, en dónde buceará la memoria de nuestros descendientes cuando quieran reconstruir lazos, tramas familiares, lenguajes o perfiles personales?

Sin testimonios escritos acaso se avecine una humanidad sin memoria.
Así como no hay huellas del primer correo electrónico (que no tiene más de treinta años), cada día se evaporan millones de ese tipo de correos y de mensajes de texto. La mayoría de ellos no dicen nada trascendente y probablemente sus autores se avergonzarían si de aquí a unos años se les mostrara en qué tipo de trivialidad derrochaban su tiempo y su dinero (porque ninguna conexión es gratuita aunque la publicidad nos quiera hacer creer que sí).

Pero muchos de esos e-mails transmiten lo que en otra época transportaban las cartas.

Palabras que merecerían quedar registradas como ingredientes de la memoria, esa savia esencial de la existencia humana.

Pero no quedan.
En medio de este panorama que no deja de tener un tinte sombrío, cuatro estudiantes de Historia del Arte en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, decidieron encarar un programa al que llamaron “El arte se hace carta”.

Supe de esta iniciativa por Astrid Maulhart, una de ellas.

La idea es sencilla, original y poderosa.

Consiste en imprimir postales que reproducen obras del arte contemporáneo argentino y luego llevar esas postales a distintos geriátricos de la ciudad para pedirles a los viejos que viven en esas instituciones que escriban una carta a partir de lo que la postal que tienen ante sus ojos les suscita.

Me consta que nacen textos conmovedores, preñados de memoria, de sensaciones y emociones, de miradas inesperadas.

“Nuestro proyecto no para de sorprendernos desde el primer día”, dice Astrid.

Y tienen motivos.

Los geriátricos son invalorables reservorios de memoria, de afecto disponible, de insólita creatividad, de palabras que esperan papeles en donde desplegarse y oídos que las hospeden.
Evitamos nombrarlos, decir esa palabra (geriátrico), como en un absurdo exorcismo. Creamos con ellos profecías que se cumplen a sí mismas.

Tememos acercarnos a los geriátricos aunque allí vivan seres queridos y cercanos, y a fuerza de ausencia ayudamos a que sean lo que tememos: depósitos de personas. Pero no nos preguntamos por nuestra responsabilidad si eso ocurre.

Procuramos alejar la idea de la finitud de la vida, aferrándonos a un desesperado “juvenismo”.

Tememos contagiarnos del virus de la vejez, como si esta fuera una enfermedad y no una etapa necesaria y culminante de la vida.

“Hay gente muy valiosa dentro de los geriátricos”, dice Astrid.

Ella y sus amigas han encontrado escritores, historiadores, artistas.

Y también personas que, sin títulos o carreras, tienen mucho para contar, para testimoniar, para inspirar.

“El objetivo de nuestra propuesta es acercar el arte contemporáneo a la gente de la tercera edad y revivir el género epistolar”, me cuenta Astrid.

Arte, historias personales, escritura: ingredientes valiosos y fecundos.
El 12 de diciembre, en un Centro Cultural del Barrio de Belgrano, frente a la bella Plaza Castelli, las cartas estarán exhibidas y también estarán allí muchos de sus autores.

Será posible leerlas, conocerlos, agradecerles.

Quizás no lo sepan, pero son héroes.

En un mundo líquido (como señala el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que a su vez tiene 89 lúcidos y productivos años), en el que todo es fugaz y se desvanece sin consolidarse, ellos, los viejos escritores de cartas y postales, dejan huellas de puño y letra…


-Sergio Sinay

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