.del cielo a la mesa-Primeros Pasos

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Primeros Pasos

Primer jefe de cocina: (llevando un poco de comida hacia la boca de ella) Ahora prueba. Pruébala.
Ana: (la saborea) Oh Dios…¡Dios mío!
Primer jefe de cocina: ¿Te gusta?
Ana: ¡Oh, Dios mío!
Primer jefe de cocina:”Oh, Dios mío”, está bien. ¿Ves? Ahora te das cuenta de que comer un buen plato es estar cerca de Dios…
-De la película “Bigh Night”

 

 

 

“Cuando de niño vivía en Chicago, el domingo era para mí uno de los días esperado con más alegría, ya que íbamos a visitar a mis primos y comíamos todos de bubby y zadie, palabras que en yiddish significan “abuela” y “abuelo”.
Aún hoy recuerdo cómo -estilo Sherlock Holmes- todos pasábamos revista a la cocina, con la esperanza de descubrir un aroma que revelara la deliciosa tarta de manzanas que preparaba la abuela.
Al poco rato, corríamos a ocupar nuestro lugar en la ya dispuesta mesa familiar.
El aire estaba impregnado del olor de los deliciosos platos de la comida europea -gefullte fish (una especie de hamburguesa de pescado), lakte (empanada de patata al horno) y sopa con tropezones de matzo (pan sin levadura tostado)- ricos y picantes, que en casa no tenía oportunidad de comer. el pan y el vino eran bendecidos con una oración. El vino tinto agridulce me dejaba siempre la boca áspera y el rostro contraído. Se pronunciaban extrañas palabras en yiddish que nunca había oído antes y tenía la certeza de que los adultos lo hacían para evitar que las mejores bromas llegaran a nuestros tiernos oídos. Las historias y las risas se sucedían sin pausa como una ola tras otra.
La dinámica de mi familia más próxima también cambiaba.
Mi padre, a menudo aquejado de migrañas y fácilmente irritable, se enternecía de forma notable y dejaba entrever un aspecto de sí mismo más despreocupado, magnánimo y sosegado. Durante aquella comida especial de los domingos, las diferencias se desvanecían y cada cual era aceptado sin más. El único propósito era estar juntos, a gusto y pasarlo bien.
De vez en cuando, un fascinante pariente mayor a quien obedientes llamábamos “tío” o “tía”, se unía a nosotros en la mesa y compartía historias y recuerdos sobre los buenos viejos tiempos. A veces, mi abuelo explicaba la historia de cómo, siendo apenas un niño de la misma edad que tenía yo entonces, dejó su hogar en Rusia y viajó solo a Estados Unidos.
Cuando los relatos y la comida se agotaban, mi hermana y yo nos dejábamos caer con nuestras pesadas panzas llenas en el enorme y mullido sofá, donde nos sumíamos en una siesta sosegada y felíz. Los adultos jugaban a las cartas, sobre todo al bridge remate, mientras los anillos de humo de los puros ascendían flotando. Más tarde, mi primo Dennis y yo salíamos a hacer travesuras, mientras mi hermano mayor y los primos jugaban en la acera lanzando monedas a cara o cruz y hablaban de chicas.
Hasta ahora no había llegado a captar plenamente la manera en que la comida de los domingos suscitaba en mí un sentido tan profundo de pertenencia. Aquél día la familia se reunía al completos, éramos como un todo.
De los recuerdos de mi infancia, los que evocan a mi familia reunida alrededor de la mesa revisten mayor importancia y son los más edificantes.
Aquellas tempranas experiencias permanecieron olvidadas hasta que la relación entre la comida y la espiritualidad pasó súbitamente por mi mente como una semilla traída por el viento desde una tierra extraña.
La idea me pilló de sorpresa y tuvo consecuencias sorprendentes. Al igual que las aguas bravas que en primavera brotan a borbotones, resultó tener fuerza suficiente para erosionar las viejas ideas y arrastrarme tras una corriente tan fuerte que me incitó, a mí que crecí con poca formación religiosa, a explorar los antiguos rituales de alimentación y vestir los hábitos de color azafrán del monje budista. En la actualidad, me doy cuenta de que el poder de aquella idea se originó en el lenguaje de mi corazón y despertó una parte de mi alma que llevaba mucho tiempo dormida o, quizá simplemente ignorada.
Casi todos los actos, entre ellos el de comer, pueden realizarse de manera superficial o de un modo más profundo, más clarividente. La alimentación en única en la medida en que ofrece instrumentos, tantos personales como colectivos, para transformar el bocado más cotidiano en el reino de lo espiritual y lo sagrado.
Comer con plena conciencia nos hace vivir el momento, ayuda a entender qué significa estar vivo, y nos pone en relación con el misterio y la fuente de todos los seres vivos.
La comida puede llegar incluso a abrir la puerta que nos permite acceder a nuestros recuerdos más íntimos y valiosos…”

 

 

 

Donald Altman
(Donald es monje budista. Ha obtenido en dos ocasiones el premio Emmy de literatura)

 

PD: Con amor a mi querisidima abuela Mamma, que siempre nos reunia y deleitaba con el aroma precioso de lo que salia de sus manos: comida que nos ligaba y mostraba su amor y liberaba en nosotros las risas, el encuentro y lo lindo que era tener una familia.

Gabi

 

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