.somos el mundo

somos el mundo

“El espíritu y el cuerpo necesitan, sobre todo a medida que nos hacemos mayores, más tiempo para estar tranquilos, reflexionar y sumergirse en la magia de simplemente ser.
Aunque esto no significa que nos apartemos del mundo, al contrario, lo experimentamos con más profundidad.
Ya que en el mundo hay muchas más cosas de las que se ven a simple vista.
Parte del valor del proceso de envejecer -si, he dicho el valor del hecho de envejecer- es que nos lleva de manera natural a ámbitos donde ya no estamos tan atados a la realidades del mundo material.
No significa que estemos “perdiendo” algo, al contrario, lo estamos encontrando.
A mí me parece de lo más liberador haberme olvidado de algunas cosas, ¡gracias a Dios las he olvidado!
Aunque con ello no estoy minimizando unos monstruos tan aterradores como el miedo al Alzheimer, simplemente estoy viendo algunos de los cambios que acusamos desde una cierta distancia.
Sé que ya no pienso con la misma rapidez.
Que ya no hablo ni me muevo tan deprisa como antes.
Pero en cambio creo que pienso con más profundidad.
Es como si comprendiera las cosas en su conjunto.
En una ocasión desperté en medio de la noche con la revelación de una declaración que brillaba como un rótulo de neón: el secreto de la salvación humana está en vivir los unos para los otros.
Ya lo sé, ya lo sé. No es algo nuevo.
Pero en el momento que me llegó me pareció una verdad muy importante y profunda.
Una persona de cincuenta años puede seguir trabajando sin ningún problema durante veinte, treinta o cuarenta años más.
Todavía nos queda tiempo.
En esta etapa del planeta que estamos viviendo necesitamos toda la mano de obra posible. Y no sólo las manos jóvenes llenas de fuerza física, sino también las manos de los que se dejan guiar por la sabiduría que sólo se adquiere con los años.
Los que ahora estamos bordeando la edad madura recordamos sin duda tiempos en los que el mundo parecía ser un lugar más lleno de esperanza. Esta esperanza que se ha perdido en la actualidad y nuestra labor consiste en recuperarla.
Recuerdo a Barbra Streisand cuando solía cantar “The Best Things in Life Are Free”. Y las cosas más poderosas de la vida también son gratuitas.
Como la compasión. Leerle un cuento a un niño. La misericordia. Una tierna caricia. Unos pensamientos dulces. El perdón. Las oraciones. La meditación. El amor. El respeto. La paz.
Cuando ya tienes cierta edad, sabes que lo que conoces es lo que conoces, y que el que no esté de acuerdo contigo ya no tiene el poder de hacerte cambiar de parecer o de silenciarte.
La única justificación que necesitas por tener una opinión es que es tu opinión.
Puedes tener razón o estar equivocado, pero ya no estás dispuesto a dejar de expresar lo que crees en ninguna circunstancia.
Tal como dijo Jesús en el Evangelio, según el apóstol Tomás: “Cuando saquéis lo que hay dentro de vosotros, esto que tenéis os salvará. Si no tenéis eso dentro de vosotros, esto que no tenéis dentro de vosotros os matará”.
Una de las formas de crear un nuevo mundo es hablando de su existencia.
Y el amor es una palabra con mucha fuerza.
Si el amor está en nuestras palabras, en una oración, un libro, una conferencia, una conversación, un poema, un escrito, una canción…perdurará.
Y llegará unn dia, por supuesto, al final de todo esto -después de todos esos años anhelando y luchando, triunfando y decepcionándonos-, que abandonaremos nuestro cuerpo.
Todos esperamos encontrarnos con aquel túnel de luz, con la paz del otro mundo sobre la que hemos leído y con la alegría de concluír que la vida que hemos llevado no ha sido en absoluto mala.
La muerte ha sido llamada la “siguiente aventura” y cuanto mayores nos hacemos más cierto nos parece ser.
Parafraseando a Carl Jung: “Encogerse de miedo ante la muerte es una actitud poco sana y anormal que le arrebata el sentido a la segunda mitad de la vida”. Lo cual no significa que debamos esperar la muerte con excitación, aunque es algo que debemos aceptar con fé, con la fé de que no hay nada que el amor, la perfección o los planes de Dios no abarque.
Si Él nos ha traído a este mundo, seguro que lo ha hecho para llevarnos a una mayor luz.
Para mí, lo peor de la muerte es la idea de separarme de los seres que más quiero.
Pero entonces pienso en los seres queridos que ya han muerto y a los que volveré a ver.
Y en los que dejaré atrás al morir, pero que un día se reunirán conmigo en el Más Allá.
Un recién nacido, aunque esté bendecido con la vida más larga, tendrá que morir un día.
Por eso, tanto si nuestro tren es rápido como lento, todos nos dirigimos al mismo destino.
Y en el universo de Dios el único destino es el Amor.
La vida no es menos importante por el hecho de saber que vamos a morir, al contrario.
Al tomar conciencia de que somos mortales sentimos el apremiante deseo de vivir sabiamente para apreciar de lleno la vida y amar con más profundidad mientras estemos aquí y podamos hacerlo.
La juventud vive en los laureles: la mayoría de los jóvenes creen en el fondo que van a engañar a la muerte. (“¡La muerte no se atreverá a llevarme!”).
Y al creer que la vida dura eternamente, no se la toman en serio. Cuando yo era joven, lo único que me tomaba en serio eran las cosas más superficiales. Al hacerme mayor fué cuando vi lo importante, lo esemcial, que es la vida.
Cuando eres joven, al llamar a un amigo nunca se te ocurre que podría ser la última vez, crees que vas a poder hacerlo siempre.
Pero en cuanto vez que cada experiencia de este mundo material es pasajera, comprendes lo asombroso que es poder hacer una llamada telefónica. Tal como mi amiga Sarah suele decir: “¡No hay tiempo que perder!” ¡Cuánta razón tiene!
Creemos que aquello que es pasajero va a durar siempre-
Cuando somos jóvenes, no sabemos -salvo intelectualmente, e incluso en este sentido no nos lo acabamos de creer- que no siempre tendremos una inacabable energía o vitalidad.
Pero cuando los años nos obligan a ver que ahora tenemos mucha menos que antes, nos quedamos impactados y heridos al ver aquello que hemos perdido y que ya no volveremos a tener.
Pero cuando nuestro estado de shock desaparece, ocurre… algo sutil y sin embargo inmenso.
Lo que ocurre va en contra de lo que piensa el mundo.
Siempre que vemos a personas mayores en el teatro o cenando en un restaurante, las menospreciamos porque su vida nos da lástima.
Pero lo que no vemos -¿cómo hubiéramos podido hacerlo en aquella época?- es que muchos de aquellos hombres y mujeres estaban existiendo en un universo paralelo desde el que nos miraban con lástima, porque nosotros aún no habíamos comprendido lo que era realmente la vida, ni quiera el sentido que tenía.
Quizá se estaban divirtiendo más de lo que creímos.
Tal vez estaban viendo lo que nosotros aún no habíamos visto.
Lo que ha ocurrido ahora es que hemos entrado en el espacio donde ellos se encontraban entonces.
Y no es lo que habíamos pensado.
Ignoro qué es lo que nos impulsa a seguir adelante. Cuando pienso en las terribles experiencias que la gente ha vivido -desde Auschwitz, Ruanda e Irak-, apenas puedo soportarlo-
A veces pienso que los océanos son una manifestación material de las lágrimas de la humanidad.
Sin duda, en el corazón de la experiencia humana hay una especie de tenacidad, un anhelo de seguir adelante.
No creo que la única razón por la que nos aferramos a la vida sea porque nos dé miedo a la muerte.
Creo que lo hacemos porque en el fondo sabemos que aún sabemos que aún nos quedan experiencias por vivir.
Al igual que el salmón nadando contracorriente, sabemos instintivamente que estamos en este mundo para seguir el proceso de la vida.
Que somos el mismo proceso de la vida.
Y como tal, estamos aquí para contribuír a un espectáculo más importante que el que nuestro yo individual podría comprender, y mucho menos describir.
Al final de 2001: una odisea del espacio, la obra maestra del espacio, la obra maestra de Stanley Kubrik, aparece un bebé flotando en el espacio sideral.
Sin duda representa la meta suprema en este mundo: el nacimiento de una nueva humanidad.
Pero para que pueda nacer este bebé alguien debe engendrarlo y este alguien significa tú y yo.
Al concebirlo en nuestra mente y en nuestro corazón, lo amamantaremos con nuestros actos compasivos.
Y este encantador y encantado nuevo ser se está gestando dentro de todos nosotros.
Es cierto que abundan las guerras y los rumores de guerra, pero las personas siguen enamorandose.
Siguen corriguiendo sus errores.
Siguen perdonando y pidiendo que las perdonen.
Y siguen teniendo esperanza y rezando.
Al mirar de cara a la muerte, lo más importante es proclamar la vida.
Y lo estamos haciendo.
Yo creo en un Dios compasivo que sólo con que vea un instante de revelación, un instante de oración o un instante de un verdadero y humilde deseo de obrar correctamente motivado por el amor, se siente inspirado a intervenir en el irresponsable drama de una imprudente humanidad.
A medida que miramos a fondo no el pasado ni en el futuro, sino nuestro interior, vemos una luz que es mayor que la oscuridad del mundo, un deseo que sobrepasa la comprensión terrenal y un amor que es mayor que el odio en el mundo.
Al ver esta luz debemos seguirla por el canal del parto para que nazca una nueva humanidad.
Aunque el parto sea largo y en cierto modo difícil, estamos naciendo a algo inmenso y precioso.
Estamos naciendo a nuestro verdadero yo.
Y ya nunca, nunca más, nos contentaremos con cualquier cosa que no sea ser lo que realmente somos…

Querido Dios,
que el amor prevalezca,
Amen…”

-Marianne Williamson

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