.el palacio de invierno de los monarcas

.el palacio de invierno de los monarcas

(pequeña Monarca de Bernal)

“Todos tenemos recuerdos aromáticos.
Uno de los más vívidos que tengo yo se refiere a un olor que era tanto vapor como olor.
Una Navidad, viajaba por la costa de California con el Proyecto Monarca del Museo de Los Ángeles, buscando y rotulando grandes cantidades de mariposas que hibernaban.
Estos insectos prefieren pasar el invierno en bosques de eucaliptos, que son muy olorosos.
La primera vez que entré en uno -y volvió a suceder todas las veces que volví a hacerlo-, los árboles me llenaron de repentinos recuerdos muy queridos de friegas mentoladas y resfriados infantiles.
Comenzábamos subiendo a lo más alto de los árboles, donde cuelgan las mariposas en temblorosas guirnaldad doradas, y atrapábamos un grupo con largas redes.
Después nos sentábamos en el suelo, densamente cubierto de escarchada sudafricana, una hierba crasa que es una de las muy escasas que pueden tolerar los aceites pesados que caen de los eucaliptos.
Esos aceites alejan también a los insectos, y, salvo alguna rana arbórea del Pacífico que cantaba como alguien que busca los números de la combinación de una caja fuerte, o un chillón grajo que trataba de alimentarse de mariposas (cuyas alas contienen un veneno afin a la digitalina), los bosques estaban silenciosos, parecían fuera del mundo, y el silencio los hacía inmensos.
Debido al vapor de los eucaliptos, yo no sólo los olía sino que los sentía en la naría y la garganta.
El sonido más fuerte era, de vez en cuando, el de una puerta abriéndose, con un quejido, pero ese ruido no era otro que el producido por la corteza del eucalipto al desgarrarse del tronco y caer a tierra, donde no tardaría en enrollarse como un papiro.
Por dondequiera que mirara, parecía haver proclamas dejadas por algún antiguo escriba.
Pero por mi nariz aquello era Illinois en la década de los años cincuenta.
Era un día de escuela: yo estaba metida en la cama, abrigada y feliz, y mi madre me masajeaba el pecho con Vicks Vaporub.
Ese aroma y el recuerdo agregaron serenidad a las horas pasadas en silencio en el bosque manipulando las exquisitas mariposas, criaturas delicadas llenas de vida y belleza, que viven de néctar, como los dioses de la antigüedad.
Lo que hizo ese recuerdo doblemente dulce fué el modo en que se disponía en capas en mis sentidos.
Aunque al principio el trabajo de rotular mariposas desencadenó recuerdos de mi infancia, después el trabajo mismo con las mariposas se volvió un recuerdo presto a desencadenarse con un olor y, lo que es más, reemplazó al recuerdo original: un día, en Manhattan, me detuve ante un florista callejero, como hago siempre que viajo, para comprar unas flores para mi cuarto de hotel.
En dos tubos había ramas de eucaliptos de hoja redonda, hojas que todavía estaban frescas, de un verde azulado y superficie ligeramente áspera; algunas estaban rotas, y desprendían su vapor característico en el aire.
A pesar del ruido del tráfico de la Tercera Avenida, de las perforadoras de la brigada municipal, del polvo que oscurecía el aire y de las nubes grises sobre la ciudad, al instante me sentí transportada a un bosquecillo de eucaliptos especialmente hermoso, cerca de Santa Barbara.
Una nube de mariposas volaba sobre el lecho seco de un arroyo.
Yo estaba sentada tranquilamente en el suelo, sacando otra mariposa monarca, oro y negro, de mi red, rotulándola con el mayor cuidado y arrojándola de vuelta al aire, donde la miraba un momento para asegurarme de que podía volar sin problemas con su pequeñísima etiqueta pegada a un ala.
La paz de ese momento se hinchó sobre mí como una ola dispuesta a reventar, y saturó mis sentidos.
el joven florista vietnamita me miró fijamente, y advertí que mis ojos se habían humedecido.
Todo el episodio no pudo haber durado más que unos segundos, pero la combinación de memorias aromáticas le había dado al eucalipto un poder casi salvaje para conmoverme.
Esa tarde fuí a uno de mis comercios favoritos, una boutique, en el Village, donde preparan aceites de baño por encargo, utilizando una base de aceite de almendras dulces, o hacen champúes o lociones para el cuerpo a partir de otros ingredientes de perfumería.
En mi ducha he colgado una bolsa de red azul como las que emplean las mujeres francesas para hacer la compra; en ella guardo una amplia variedad de lociones de baño, y la de eucalipto es una de las más balsámicas.
¿Cómo es posible que el encuentro casual de Dickens con unas pocas moléculas de cola, o el mío con el eucalipto, puedan transportarnos de regreso a un mundo que de otro modo sería inaccesible?”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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