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rosas

“Tengo en la mano una rosa lavanda llamada “cara de ángel”, una de las veinticinco plantas de rosal plantadas alrededor de mi casa.
Durante los primeros años, los ciervos que frecuentan mi jardín se introducían al alba y se comían todos los capullos y brotes suculentos.
En una ocasión se comieron los rosales casi hasta ras de tierra, y dejaron apenas unos centímetros de tallo asomando como cuernos incipientes.
Estoy habituada a tener ladrones en el jardín.
El primer verano que tuve parras seguí la evolución de dos vides desde la floración hasta la aparición de los suculentos racimos color púrpura, tentadores y llenos de fragancia.
Los observaba día tras día, esperando el momento de la madurez perfecta, imaginando las uvas rodando sobre mi lengua, frescas, dulces, saciando toda mi sed.
Un día, el púrpura de las uvas cambió a una tensa iridiscencia, y supe que a la mañana siguiente podría empezar a cosechar.
Pero ese conocimiento no me estaba reservado sólo a mí.
Cuando me desperté, encontré que alguien había chupado la pulpa de cada una de las uvas, y los hollejos cubrían el suelo como diminutos prepucios color púrpura.
Este espectáculo, cuyos responsables son los mapuches, se ha repetido todos los otoños desde entonces, a despecho de jaulas, alarmas, alambre de púas y otros “disuasivos”, y francamente he renunciado a las uvas y a los mapaches.
Las rosas plantean un problema más espinoso.
Los ciervos me gustan tanto como las rosas, así que decidí usar un olor como arma (después de todo, las plantas lo hacen), y rocié los rosales con una mezcla de tabaco y nafta.
Funcionó, pero creó una atmósfera cáustica e irrespirable en el jardín…, salvo que a uno le guste el olor a jugadores de béisbol con la boca llena de tabaco para mascar y los bolsillos repletos de bolas de naftalina.
Este año he pensado en otra cosa: lavanda. Los ciervos odian su olor penetrante; hice plantar docenas de plantas de lavanda alrededor de los rosales, con la esperanza de que crearan una cerca defensiva cuando los ciervos vinieran de visita.
Con todo, hemos dividido el botín.
A los ciervos les he dejado el suculento arbustos de fresas silvestres, que ya no me propongo cosechar, lo mismo que los manzanos.
Los mapaches tienen sus vides, los conejos, las bayas.
Pero las rosas son sagradas, porque inundan mis sentidos con aromas exquisitos.
El perfume más caro del mundo, Joy, es una mezcla de dos notas florales: jazmín y rosa.
Las rosas han atraído, seducido y embriagado a la gente más que ninguna otra flor.
Han cautivado a los jardineros, a los enamorados, a los adictos a las flores y a los sensoriales desde la antigüedad.
En Damasco y Persia, se enterraban en los jardines jarras con capullos de rosa sin abrir, y se desenterraban en los jardines jarras con capullos de rosa sin abrir, y se desenterraban en ocasiones especiales para usarlos en la cocina; las flores se abrían espectacularmente en las fuentes.
En la versión cinematográfica que hizo Jean Cocteau del cuento de hadas La Bella y la Bestia, todo empieza cuando un hombre corta una rosa para su hija, el único deseo que ella ha manifestado ante todo un cofre de tesoros.
Mucho tiempo atrás, los europeos cultivaban una rosa robusta, que era pesada, vistosa, muy resistente, y con un aroma que podía perfumar a una estatua.
Pero hacia comienzos del siglo XIX empezaron a importar las elegantes rosas de té de la China, que olían como hojas de té frescas cuando se machacaban; y también especies híbridas chinas muy delicadas, en colores que iban del amarillo al rojo.
Cruzando esas especies híbridas con las rosas europeas tan cuidadosamente como si se tratara de caballos de carreras, se produjeron rosas sutiles y sofisticadas, que desplegaron un espectro al parecer interminable de colores, formas y aromas.
Las llamaron “rosas de té híbridas”.
A partir de entonces, se han creado más de veinte mil variedades, y hubo un momento en que el perfume de la rosa estuvo a punto de perderse por exceso de hibridación.
El olor parece ser un rasgo decisivo en las rosas, y dos “padres” de gran aromas pueden producir un “hijo” de pétalos perfectos pero sin olor.
La tendencia actual se orienta hacia rosas muy perfumadas, gracias a Dios.
La especie híbrida de rosa de té más popular del mundo es “Peace”, una flor deslumbrante en su colorido múltiple, llamativa al mediodía, sutil al atardecer y que refleja todos los espectros de la luz durante el día.
Sus capullos en forma de huevo se abren en grandes pétalos amarillos de puntas translúcidas, a veces con una mancha rosa.
Y huele como cuero azucarado empapado en miel.
De mis rosas, “Peace” es la que parece tener una piel casi humana, y humores humanos, lo que depende de la humedad y luz de cada día. Fué en su origen una rosa experimental, y se la bautizó el 2 de mayo de 1945 (el día de la caída de Berlín), en la Pacific Rose Society, Pasadena, porque “esta nueva rosa, la más grande de nuestro tiempo, debe recibir el nombre del más grande de los deseos del mundo: la Paz”.
Muchos presidentes han tenido rosas bautizadas en su honor (la de Lincoln es rojo sangre, la de John Kennedy, de un blanco muy puro), y hay rosas que celebran con sus nombres a estrellas de las pantalla u otras celebridades (la de Dolly Parton es espectacularmente perfumada, con capullos de gran tamaño).
Aunque las rosas simbolizan la belleza y el amor, sus colores, texturas, formas y perfumes son difíciles de describir.
“Sutter´s Gold”, una de mis híbridas favoritas de rosa de té, produce una flor aplastada y arrugada, de pétalos amarillos manchados de naranja, fucsia y rosa, con una fragancia como de plumas dulces y mojadas.
Las “floribundas”, rosas enteramente modernas, nos cubren de flores a lo largo de todo el verano.
La “Fairy” apenas tiene olor, pero es una constante explosión de flores rosadas desde la primavera hasta el invierno, a pesar de las ocasionales nevadas.
Las rosas ya eran consideradas antiguas cuando el botánico griego Teofrasto escribió sobre la rosa de cien pétalos”, en el año 270 a.C.
Se han hallado rosas silvestres fosilizadas que datan de cuarenta millones de años.
La rosa egipcia era la que ahora llamamos “rosa repollo”, renombrada por su gran cantidad de pétalos.
Cuando Cleopatra recibió a Marco Antonio en su dormitorio, el suelo estaba cubierto por cuarenta centímetros de pétalos de rosa.
¿Utilizarían el suelo como cama y harían el amor en un colchón de suaves pétalos fragantes?
¿O prefirieron la cama, como si estuvieran en una balsa que flotaba en un mar perfumado?
Cleopatra conocía a su invitado.
Pocos pueblos han estado tan obsesionados con las rosas como los antiguos romanos.
En las ceremonias públicas y banquetes, se llenaban los ambientes de rosas; por las fuentes del emperador manaba agua de rosas, lo mismo que en los baños públicos; en los anfiteatros, la multitud se sentaba bajo toldos empapados en perfume de rosa; se usaban pétalos de rosas como relleno de almohadas; se llenaban guirnaldas de rosas en el pelo; se comían pasteles de rosa; sus medicinas, pociones de amor y afrodisíacos, todo contenía rosas.
Ninguna bacanal (la orgía oficial romana) estaba completa sin un exceso de rosas.
Crearon una festividad, Rosalia, para consumar formalmente su pasión por la flor.
En un banquete, Nerón hizo instalar tubos de plata debajo de cada cubierto para que los invitados pudieran ser sahumados con aroma de rosas entre un plato y otro.
Y mientras tanto los invitados podían admirar un cielo raso pintado a imagen de los cielos celestiales, que en cierto momento se abría y los bañaba con una lluvia de perfumes y flores.
En otra ocasión, gasto el equivalente de ciento sesenta mil dólares sólo en rosas… y uno de sus invitados murió asfixiado bajo una ducha de pétalos.
Para la cultura islámica, la rosa era un símbolo más espiritual que para los romanos, un símbolo que, de acuerdo con el místico Yunis Emre, del siglo XIII, se supone que suspira “¡Alá, Alá!”, cada vez que la olemos.
Mahoma, un gran devoto del perfume, dijo una vez que la excelencia del extracto de violetas sobre el de todas las otras flores era como su propia excelencia sobre todos los otros hombres.
Aún así, era el agua de rosas la que mezclaban con el mortero para la construcción de sus templos. Las rosas se combinan excepcionalmente bien con el agua; con ellas se hacen excelentes sorbetes y también se emplean en pastelería, por lo que esta delicada flor se ha convertida en un ingrediente específico en la cocina islámica, además de ser muy usada como perfume corporal.
La hospitalidad sigue exigiendo que en una casa islámica un invitado sea rociado con agua de rosas en cuanto llega.
Los rosarios constaban originalmente de ciento sesenta y cinco pétalos de rosa secos y cuidadosamente enrollados (algunos de los cuales eran oscurecidos con humo para conservarlos), y la rosa fué también el símbolo de la Virgen María.
Cuando los cruzados volvieron a Europa, con los sentidos deslumbrados por los placeres exóticos que habían descubierto entre los infieles, traían aceite de rosas, junto con sándalo, bolas de confecciones olorosas y otras ricas especias y aromas, más recuerdos de mujeres de harén, sensuales y lánguidas, que vivía para dar placer al hombre.
Los aceites perfumados que trajeron los caballeros a su regreso se pusieron de moda de inmediato, y sugerían todos los placeres pecaminosos del Oriente, tan seductores e irresistibles como prohibidos-
Placeres que intimidaban tanto los sentidos como lo hacía la rosa.

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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