.Hermes, el cartero: un regreso a la correspondencia

A Little Bird }{
 “Hay mucho de fantasía placentera en torno a la importante tarea del alma de escribir una carta.
El sobre es una de las pocas cosas que sellamos en el mundo de hoy, creando así un espacio privado para la expresión.
Los sellos de correo no suelen ser simples comprobantes de un pago monetario, sino cuadros diminutos, lo más parecido que tenemos a las miniaturas del arte medieval.
También el buzón es un objeto misterioso.
Por lo general, depositamos nuestras preciadas cartas dentro de él, y éstas se las arreglan misteriosamente para llegar a cualquier lugar del mundo.
A veces me viene la idea fantástica de que el buzón es un agujero negro al que van a caer mis pensamientos y sentimientos, para ser recuperados, de un modo un tanto mágico, por otra persona que participa en este ritual de autoexpresión.
No me cuesta comprender por qué en otros tiempos la gente sellaba las cartas con cera: no sólo para proteger su contenido, sino también para reconocer el carácter sagrado de la carta mediante el ritual de estampar el propio sello con la ayuda del fuego y de un material, la cera, que además de funcional, como puede serlo la cola, posee propiedades estéticas y religiosas.
Algo les ocurre a nuestros pensamientos y emociones cuando los expresamos en una carta; no son lo mismo que las palabras habladas. Se sitúan en un contexto especial y hablan en un nivel diferente, sirviendo al órgano de cavilación del alma antes que a la capacidad de comprensión de la mente.
Se necesita tiempo para escribir una carta, generalmente mucho más que hablar.
Además, hace falta cierto grado de habilidad y de reflexión para expresarse.
Después de enviadas, las cartas pueden ser releídas, tal vez conservadas para otro día de lectura, incluso pueden ser encontradas, andando el tiempo, por un futuro lector desconocido.
Todos estos aspectos de la carta sugieren la plenitud al alma: releer es un modo de meditación reflexiva; conservar las cartas honra la memoria y no sólo la vida diaria; hablarle a un lector que aún no está presente en esta vida respeta la naturaleza eterna del alma.
Resulta muy interesante leer las cartas de artistas y escritores, que se revelan de una manera especial en su correspondencia con amigos, amantes, familiares y desconocidos.
Me encanta leer las cartas de los grandes hombres y mujeres con la esperanza de encontrar en ellas un fragmento de alma revelado de una manera distinta que en sus obras, e incluso hallar una nueva visión de su trabajo gracias a las especiales formas de expresión a que invita una carta.
Las limitaciones de este medio, muy debatidas a lo largo del tiempo en diversos ensayos sobre el género epistolar, también contribuyen a la densidad de alma de la carta.
Por lo general, en las cartas no divagamos al azar, como podemos hacer en el lenguaje hablado.
Elegimos las palabras con mayor cuidado, incluso en las cartas informales, y nos pensamos lo que vamos a incluir en ellas o no.
Estos juicios estéticos confieren arte a las cartas, y es sobre todo el arte lo que abre un canal hacia el alma.
Aunque una carta va dirigida a una persona determinada, a veces dan la oportunidad de entregarse a reflexiones serias, donde el destinatario moldea y colorea los pensamientos del escritor.
Emily Dickinson dijo: ‘Para mi una carta siempre da la sensación de inmortalidad, porque es la mente sola sin un amigo corpóreo’.
En cierta medida, y probablemente más de lo que imaginamos, la persona a la que dirigimos nuestra carta es más imaginaria que real.
Tenemos a esa persona en mente mientras escribimos unos pensamientos que son nuestros, y en gran parte escritos para nosotros mismos.
Mucha gente me dice que suele escribir cartas que luego no echa al correo.
En nuestras cartas rememoramos y conversamos con el alma, por medio de nuestros amigos y de nosotros mismos.
Al leer las cartas de alguien, estamos escuchando las rememoraciones de nuestro amigo.
Otro aspecto de las cartas que tiene que ver con el alma es el rito de conservarlas, guardarlas. De esta manera se les otorga valor, se las aparta de los reinos del tiempo y la función; ya no sirven más como medio de comunicación.
Al conservar las cartas guardamos con nosotros nuestras reflexiones y reconocemos, aunque sólo sea de manera superficial e intuitiva, su naturaleza objetiva y su eterna pertinencia.
El alma quiere que se le conceda una realidad más allá de nuestras ideas y cavilaciones internas.
Necesita encontrar un hogar en los objetos, y para el alma de la intimidad no hay mejor hogar que las cartas que tienen un valor íntimo y se conservan durante toda la vida.
Las cajas en que conservamos y salvaguardamos nuestras cartas son en verdad recipientes sagrados, comparables a los que Lynda Sexson, en su libro Ordinarily Sacred, describe como ecos del arca de la alianza o del tabernáculo.
Cada vez que volvemos a estas cartas, nuestra atención se aleja de las preocupaciones del momento y se sitúa en un marco de referencia eterno.
Estos movimientos que se salen del tiempo sirven al alma, pues le suministran la dieta necesaria de recuerdo y melancolía.
Desde el punto de vista del alma, no es bueno desprenderse del pasado; vale más volver a visitar sus momentos gratos y dolorosos, para mantenernos enteros, plenos y alimentados por dentro.”
-Thomas Moore (“Las Relaciones del Alma”)

4 pensamientos en “.Hermes, el cartero: un regreso a la correspondencia

  1. Interesante entrada con cuyas reflexiones me identifico bastante; una pena que hoy el lenguaje epistolar esté en un momento tan bajo, ocupando su lugar otros medios que le han derrotado por la inmediatez y la facilidad, sin embargo, creo que se ha perdido calidad.

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