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(cielo de bernal)

 

 

 

 

“Se está solo en una casa.
Y no fuera, sino dentro.
En el jardín hay pájaros, gatos.
Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón.
En un jardín no se está solo.
Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido.
Ahora sé que he estado diez años en la casa.
Sola.
Y para escribir libros que me han permitido saber, a mi y a los demás, que era la escritora que soy.
¿Cómo ocurrió?
Y, ¿cómo explicarlo?
Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fué hecha por mí.
Para mí.
Y que sólo estoy sola en esa casa.
Para escribir.
Para escribir no como lo había hecho hasta entonces.
Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca.
Allí escribí El arrebato de Lol V. Stein y El Vicecónsul.
Luego, despues de éstos, otros.
Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo.
Quizá duró diez años, ya no lo sé, rara vez contaba el tiempo que pasaba escribiendo ni, simplemente, el tiempo. Contaba el tiempo que pasaba esperaba a Robert Antelme y a Marie-Louise, su joven hermana.
Después, ya no contaba nada.
Escribí El arrebato de Lol V. Stein y El Vicecónsul arriba, en mi habitación, la de los armarios azules, ¡ay!, ahora destruidos por los jóvenes albañiles.
A veces, también escribía aquí, en esta mesa del salón.
He conservado esta soledad de los primeros libros.
La he llevado conmigo.
Siempre he llevado mi escritura conmigo, dondequiera que haya ido.
A París. A Trouville. O a Nueva York.
E Trouville fijé en locura el devenir de Lola Valérie Stein, el nombre de Yann Andréa Steiner se me apareció con inolvidable evidencia.
Hace un año.
La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo.
Se desangra, el autor deja de reconocerlo.
Y, ante todo, nunca debe de dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.
Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás.
Es una soledad.
Es la soledad del autor, la del escribir.
Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea.
Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día.
Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir.
Nunca hablaba de eso a nadie.
En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo yo tenía que hacer era escribir.
Raymond Queneau me lo había confirmado.
El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.
Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba.
Lo he hecho.
La escritura nunca me ha abandonado.
Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville.
Es una ventana determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada.
Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitos desesperaciones.
Durante aquel período tuve amantes.
Se acostumbraban a la soledad de Neauphle.
Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros.
Raramente daba a leer mis libros a esos amantes.
Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben.
Cuando terminaba un capítulo, lo encondía.
En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante.
En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido.
El mío nunca ha sido sustituído.
Lo sé, todos los días de mi vida.
Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a una calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo.
Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y me impiden escribir.
Les dejo hacer.
Los vigilo.
Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños.
Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos.
Y qué amor.
La soledad no se encuentra, se hace.
La soledad se hace sola.
Yo la hice.
Porque decidi que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros.
Sucedió así.
Estaba sola en casa.
Me encerré en ella, también tenía miedo, claro.
Y luego la amé.
La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura.
Mis libros salen de esta casa.
También de esta luz, del jardín.
De esta luz reflejada del estanque.
He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.
Esta casa se puede recorrer en toda su extensión.
Si.
También se puede ir y venir.
Y además hay el jardín.
Allí, están los árboles milenarios y los árboles milenarios y los árboles todavía jóvenes.
Y hay alerces, manzanos, un nogal, ciruelos y un cerezo.
El albaricoquero murió.
Frente a mi habitación se halla el fabuloso rosal de L´Homme Atlantique.
Un sauce.
También hay cerezos de Japón y lirios.
Y, debajo de una ventana del salón de música, hay una camelia, que plantó Dionys Mascolo para mí.
Primero amueblé esta casa y luego la hice repintar.
Quizá fué dos años después cuando empecé a vivir con ella.
Terminé Lol V. Stein aquí, escribí el final aquí y en Trouville frente al mar.
Sola, no, no estaba sola, había un hombre conmigo en aquella época.
Pero no hablábamos.
Como escribía, era necesario evitar hablar de libros.
Una mujer que escribe: los hombres no lo soportan.
Es cruel, para un hombre.
Es difícil para todos.
Salvo para Robert A.
Sin embargo, en Trouville había la playa, el mar, la inmensidad de los cielos, de las arenas.
Y era eso, ahí, la soledad.
En Trouville miré el mar hasta la nada.
Trouville es una soledad de mi vida entera.
Conservo esa soledad, ahí está, inexpugnable, a mi alrededor.
A veces cierro las puertas, desconecto el teléfono, desconecto mi voz, no quiero nada más.
Puedo decir lo que quiero, nunca descubriré por qué se escribe ni cómo no se escribe.
A veces, cuando estoy sola aquí, en Neauphle, identifico objetos como un radiador.
Recuerdo que había una gran tabla sobre el radiador y que con frecuencia me sentaba allí, encima de la tabla, para ver pasar los autos.
Aquí, cuando estoy sola, no toco el piano.
No toco mal, pero toco muy poco porque creo que cuando estoy sola, cuando no hay nadie más en la casa, no puedo tocar.
Es muy difícil soportarlo.
Porque de repente parece tener un sentido.
Y sólo la escritura tiene un sentido en determinados casos personales.
La manejo, luego la practico.
En cambio, el piano, es un objeto lejano, más inaccesible, y, para mi, sigue siéndolo.
Creo que si hubiera tocado el piano profesionalmente, no habría escrito libros.
Pero no estoy segura.
También creo que es falso.
Creo que habría escrito libros en cualquier caso, incluso paralelamente a la música.
Libros ilegibles, pero totales.
Tan lejos de cualquier habla como lo desconocido de un amor sin objeto.
Como el de Cristo o el de J. S. Bach: ambos de una equivalencia vertiginosa.
La soledad, la soledad también significa: o la muerte, o el libro.
Pero, ante todo, significa el alcohol.
Whisky, eso significa.
Hasta ahora nunca he podido, pero nunca, de verdad, o en tal caso debería remontarme lejos… nunca he podido empezar un libro sin terminarlo.
Nunca he hecho un libro que no fuera ya una razón de ser mientras se escribía, y eso, sea el libro que sea.
Y en todas partes.
En todas las estaciones.
Descubrí esta pasión aquí en las Yvelines, en esta casa.
Por fin tenía una casa donde esconderme para escribir libros.
Quería vivir en esta casa.
¿Para hacer qué?
Empezó así, como una broma.
Quizás escribir, me dije, podría.
Ya habría empezado libros que había abandonado.
Había olvidado incluso los títulos.
El Vicecónsul, no.
Nunca lo abandoné, pienso en él a menudo.
En Lol V. Stein ya no pienso.
Nadie puede conocer a L.V. S. , ni usted ni yo.
Y hasta lo que Lacan dijo al respecto, nunca lo comprendí por completo.
Lacan me dejó estupefacta. Y su frase: “No debe de saber que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe.”
Para mí, esa frase se convirtió en una especie de identidad esencial, de un “derecho a decir” absolutamente ignorado por las mujeres.
Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará.
No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro.
Una inmensidad vacía.
Un libro posible.
Delante de nada.
Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar.
Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.
(…) En la vida llega un momento, y creo que es fatal, al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: el matrimonio, los amigos, sobre todo los amigos de la pareja.
El hijo, no.
El hijo nunca se pone en duda.
Y esa duda crece alrededor de uno.
Esa duda está sola, es la de la soledad.
Ha nacido de ella, de la soledad.
Ya podemos nombrar la palabra.
Creo que mucha gente no podría soportar lo que digo, huirían.
De ahí quizá que no todo hombre sea un escritor.
Sí. Eso es, ésa es la diferencia.
Esa es la verdad. No hay otra.
La duda, la duda de escribir.
Por tanto, es el escritor, también.
Y con el escritor todo el mundo escribe.
Siempre se ha sabido.
Creo, también, que sin esa duda primera del gento hacia la escritura no hay soledad.
Nadie ha escrito nunca a dúo.
Se ha podido cantar a dúo, también componer música, y jugar a tenis; pero escribir, no.
Nunca.
Creo que el hecho de que un libro sea más o menos difícil de llevar que la vida cotidiana, es un detalle.
La dificultad existe, simplemente.
Un libro es difícil de llevar hacia el lector, en la dirección de su lectura.
Si no hubiera escrito me habría convertido en una incurable del alcohol.
Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más… Es ahí donde se bebe.
Ya que uno está perdido y ya no tiene más que escribir, qué perder, uno escribe.
Mientras el libro está ahí y grita que exige ser terminado, uno escribe.
Uno está obligado a mantener el tipo.
Es imposible soltar un libro para siempre antes de que esté completamente escrito; es decir: solo y libre de tí, que lo has escrito.
Es tan insoportable como un crimen.
No creo a la gente que dice: “He roto mi manuscrito, lo he tirado”.
No lo creo.
O bien lo que estaba escrito no existía para los demás, o no era un libro.
Y uno siempre sabe lo que no es un libro.
Lo que nunca será un libro, no, no lo sabe.
Nunca.
(…) Cuando yo escribía en la casa todo escribía.
La escritura estaba en todas partes. (…)
Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocimos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, dististinto e inseparable de la vida misma.
Uno se encarniza.
No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.
Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe.
(…) La escritura va muy lejos… hasta que uno la remata.
A veces es imposible.
de repente todo cobra un sentido relacionado con la escritura, es para enloquecer.
Dejamos de conocer a la gente que conocemos y creemos haber esperado a quienes no conocemos.
Sin duda se trataba simplemente de que ya estaba cansada de vivir, un poco más cansada que los demás.
Era un estado de dolor sin sufrimiento.
No intentaba protegerme de los demás, en especial de quienes me conocían.
No era triste.
Era desesperado.
Estaba embarcada en el trabajo más difícil de mi vida: mi amante de Lahore, escribir su vida. Escribir El Vicecónsul.
(…) Un escritor es algo extraño.
Es una contradicción y también un sinsentido.
Escribir también es no hablar.
Es callarse.
Es aullar sin ruido.
Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho.
No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo.
Es imposible.
Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es.
El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación…
Un libro abierto tambien es la noche.
Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.
Escribir a pesar de todo pese a la desesperación.
No: con la desesperación.
Qué desesperación, no sé su nombre.
Escribir junto a lo que precede al escrito es siempre estropearlo.
Y sin embargo hay que aceptarlo: estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de ese mismo libro.
(…) Ya no sucede nada más en un libro así, acabado y distribuído.
Y recobra la indescifrable inocencia de su llegada al mundo.
Estar sola con el libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad. Eso es.
También es estar sola en la escritura aún yerma.
Es intentar no morir por su causa.
Uno está solo incluso en su propia soledad.
Siempre inconcebible.
Siempre peligrosa.
Si. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar.
En la casa escribía en el primer piso. No escribía abajo. Después, al contrario, escribí en la gran habitación central de la planta baja para estar menos sola, quizá, ya no lo sé, y también para ver el jardín.
En el libro hay eso: la soledad es la del mundo entero.
Está en todas partes.
Lo ha invadido todo.
Sigo creyendo en esta invasión.
Como todo el mundo.
La soledad es eso sin lo que nada se hace.
Eso sin lo que ya no se mira nada.
Es un modo de pensar, de razonar, pero sólo con el pensamiento cotidiano.
También eso está presente en la función de la escritura.
Hablo de la soledad pero no estaba sola, ya que tenía ese trabajo que sacar adelante, hasta la luz, ese trabajo de condenados: escribir el Vicecónsul.
Fué escrito y traducido a todas las lenguas del mundo, y está guardado. ese libro fué el primer libro de mi vida.
(…) La hora del crepúsculo al atardecer; es la hora en la que todo el mundo deja de trabajar alrededor del escritor.
En las ciudades, en los pueblos, en todas partes, los escritores son gente solitaria. En todas partes, y siempre, lo han sido.
En el mundo entero se acaba la luz y se acaba el trabajo.
Y, en lo que a mí respecta, siempre he vivido esa hora como si no fuera la hora del final del trabajo, sino la hora del inicio del trabajo.
En lo que al escritor respecta, hay ahí, en la naturaleza, una especie de inversión de valores.
con frecuencia, al terminar el trabajo, a uno le asalta el recuerdo de la más grande de las injusticias. Hablo de lo cotidiano de la vida. No es por la mañana, es al atardecer cuando eso invade las casas, nos invade a nosotros. Y si no es así, no se es absolutamente nada. Se es: nada. Y siempre en todos los casos de todos los pueblos, se sabe.
La liberación se produce cuando la noche empieza a aposentarse. Cuando fuera cesa el trabajo.
Queda ese lujo nuestro, que nos pertenece, de poder escribirlo por la noche. Podemos escribir a cualquier hora. No sufrimos sanciones de reglas, horarios, jefes, insultos y más jefes.
Escribir.
No puedo.
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.
Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.
Se puede hablar de un mal del escribir.
No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.
Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.
La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir.
Y con total lucidez.
La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, excepto eso, la vida…”

-Marguerite Duras

 

 

 

 

 

 

4 pensamientos en “.escribir^

  1. Hermosa foto. Excelente la elección del tema. Y el escrito…. una maravilla que se agradece. Ayer estaba programando un post donde Lacan habla sobre El arrebato de Lol V. Stein. Dice que Duras sabía cosas que él enseñaba, sin haberlo leído. Que los artistas saben antes las cosas. Todo un reconocimiento. Es así. Por el arte se conoce también. Además del placer. Gracias por compartir

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