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Shakespeare

Shakespeare nació Stratford-upon-Avon en Warwickshire, Inglaterra, en abril de 1564. A los 18 años se casó con Anne Hathaway, con quién tuvo tres hijos, uno de los cuales -Hamnet- falleció a los 11, muy cerca de la fecha en la que muere el padre de William, antes de que escribiera Hamlet. Ernest Jones, discípulo y biógrafo de Freud, sostiene que tras la muerte de su padre, el dolor despertó en Shakespeare las asociaciones que dormían en su alma. Reaccionó creando el personaje de Hamlet, que expresaría lo que él no podía expresar directamente: un sentimiento de fracaso y espanto.   El Rey Loco (King Lear) En esta obra maestra, el Rey Lear desencadena la tragedia cuando decide dividir el reino entre sus tres hijas y les pide a cambio que lo alaben y adulen, poniéndose como objeto edípico indiscutible: “No hay otro hombre al que puedas amar más que a mí”. Las dos hijas mayores le dicen lo que Lear quiere escuchar: “Te amo por sobre todo cuanto admite ponderación”, dice una; “Sólo soy feliz con el amor hacia ti”, dice la otra. Lear les da a cada una un tercio del reino. Cuando le toca el turno a Cordelia, a la que Lear llama “nuestra alegría, la última, aunque no la menos querida”, ella le dice que lo ama como un padre, conforme a su deber, y agrega: “Nunca me casaré -como mis hermanas- para amar únicamente a mi padre”. Esto genera la cólera del monarca: “Tan joven y tan falta de ternura”, a lo que Cordelia le contesta: “Tan joven, mi Señor, y tan sincera”. Al son de “tu franqueza será tu única dote… más te valdría no haber nacido que no haberme complacido mejor”, el despótico padre le quita el tercio del reino a quien “en otro tiempo fuera su hija” y lo divide entre las otras dos que lo adularon. Muchas veces he visto a padres que le daban todo a sus hijos y, cuando esa imagen se desmoronaba por vejez, pobreza, deterioro cognitivo, demencia o pérdida de capacidad laboral, estos hijos no podían tolerar la caída de la imagen paterna y los abandonaban, o incluso les quitaban las propiedades y otros bienes, juicio de insania mediante. La caída paterna engendraría el caos, el descontrol, la pérdida de la razón. Como contrapartida también vemos aquellos hijos a quienes les dieron muy poco y terminan siendo los que sostienen a sus progenitores, convirtiéndose en los padres de sus propios padres. Y es lo que Lear muestra: será Cordelia, la hija menor expulsada del reino, la que termina cuidándolo en la vejez y en la locura, aún a costa de su propia vida. Es célebre la escena de la tormenta donde se desarrollan tres instancias de locura (¿o de extrema lucidez?): la primera es la demencia del Rey que, tal vez, le sirva en su desorbitado accionar, para negar la propia responsabilidad en la génesis de aquello que ahora abomina: el desprecio de sus hijas que no le han sabido retribuir lo que él ha dado. “¿Cómo es que ahora nosotras tenemos que darle cuidados, protección y alojamiento a este viejo loco, que ya no es el padre que conocimos?”, podrían decir las dos hijas mayores del Rey que declinó su poder. Recuerdo un film donde un geriátrico hacía una publicidad con este slogan: “¿Qué hacer cuando aquel padre que los cuidó, ahora ni puede cuidarse a sí mismo.?” La de Lear es una locura de la que entra y sale, es la disolución de la identidad de quien pierde el lugar que lo constituía como un ser en el mundo, la cesión total del poder que le hace reconocerlo que antes nunca supo ni quiso ver: que ha dispensado y concedido dones y afectos en forma disímil e irreflexiva, que no ha sabido evaluar la realidad con criterio y juicio. Es el comienzo de su deterioro, a la vez que reclama: “La vejez es innecesaria.” Otra instancia de locura es la del Bufón (Fool en el original, pues así se llamaba a los bufones en esa época -también jester o clown-, pero sabemos que literalmente Fool significa ‘loco’ o ‘tonto’). Bajo la apariencia de discurrir cosas locas, tontas o burlonas, ‘The Fool’ verbaliza lo que de otra manera sería inaceptable y le dice al Rey -al que llama ‘Nuncle’ (algunos lo traducen como ‘Tío’, tal vez nosotros pensaríamos en ‘Jefe’, ‘Maestro’ o ‘Patrón’)- cuando cede el poder: “Tenías poco cerebro debajo de tu corona calva cuando abdicaste de la corona de oro”. El saber popular afirma que “los locos dicen siempre la verdad” quizás aludiendo a que cesa la represión y todo se vuelve proceso primario, remitiéndonos al concepto de Freud. El tercer caso de supuesta locura está dado por Edgard, hijo de Gloucester, que se hace pasar por el pobre Tom y que remeda a un psicótico deteriorado que, en realidad, simula su locura como un intento velado de recuperar el amor de su padre ante el cual lo habían difamado. Gloucester, injustamente, execra a su hijo Edgard quien, repitiendo la historia de las hijas de Lear, termina cuidando a su padre ciego mientras el otro hijo, Edmund, es quien permitió que lo cegaran. William Shakespeare, que por momentos se nos muestra desilucionado y sin esperanzas, ya carente “de artes para encantar”, tal vez nos estaría sugiriendo que para transitar este “teatro de locos, este manicomio que es el mundo”, habría que ser psicótico, simularlo o parecerlo y nos devela en El Rey Lear, Hamlet, Otelo y en El Cuento de invierno, de una manera incomparable, las complejas relaciones que se dan en las parejas y familias, donde se entrecruzan los celos, la ambición, la rivalidad, la locura, el amor y el odio. Su despedida, que hace a través del discurso de Próspero -en el final de La Tempestad- mirando de frente al público, es francamente patética y desesperanzada:

“Ahora quedan rotos mis hechizos, el poder de mi magia llega a su fin y solo me quedan mis propias fuerzas, que son mis débiles… Ya perdoné al traidor; no me dejen abandonado en esta isla desolada, cautivo de vuestros sortilegios. Líbrenme de mis ataduras;con el auxilio de vuestras propias manos. Que vuestro gentil aliento hinche mis velas o habré fracasado en mi empeño que sólo era el de agradarlos. Ahora carezco de espíritus que me ayuden, de artes para encantar, mi fin será la desesperación, a no ser que la plegaria me favorezca, la plegaria que conmueva, que seduce a la misma piedad, que absuelve toda falta. así vuestros pecados obtendrán el perdón. y con vuestra indulgencia vendrá mi absolución. Y dado que vuestros pecados serán perdonados, que vuestra indulgencia me conceda la libertad.” (-W. Shakespeare, Discurso de Próspero, en el final de La Tempestad, 1612).”

-Adrián Sapetti

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