.cartas de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio

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Clara Aparicio

 

Durante más de 50 años Clara Aparicio, la viuda de Juan Rulfo, guardó en una pequeña caja 81 cartas que su esposo le envió entre los años 1944 y 1950. Unas cartas que nadie sabía de su existencia y que ahora, su viuda ha decidido publicar en un libro titulado Aire de las colinas.

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Rulfo y Clara se conocieron en 1941. Él tenía 24 años. Ella 13. Tres años después hablaron por vez primera en el café Nápoles de Guadalajara, México. Entonces comenzaron a escribirse.

Por aquella época Rulfo trabajaba en la Secretaría de Gobernación en la oficina de migración y vivía con su abuela (sus padres habían muerto), su tía Lola y su hermana Eva. Llevaba una vida bohemia. Se dormía en las madrugadas después de pasarse la noche leyendo a Goethe, Cervantes, Tolstoi y escuchando música. Por las tardes iba al café Nápoles donde conoció a Juan José Arreola. Dicen sus amigos que tenía un carácter triste y retraído, y que su nivel cultural era bastante elevado para su edad. Tenía fama de “muchacho raro”. Cuando conoció a Clara se entusiasmó tanto con ella que incluso le puso el nombre a su cámara fotográfica. Sin embargo, Rulfo tuvo que esperar tres años para que el noviazgo se hiciera oficial.

Y así lo hizo. En 1947 el noviazgo se hizo realidad y la pareja inició –en la distancia-, su relación. Rulfo, por motivos de trabajo, se trasladó a la Ciudad de México. Clara seguía viviendo en Guadalajara.

El 1 de junio de 1947 le contó que había empezado a escribir “algo que no se ha podido y que si lo llego a escribir se llamará “Una estrella junto a la luna” (que fue uno de los primeros títulos provisionales de “Pedro Páramo”), y el 25 de agosto del mismo año le escribió que le habían publicado un cuento en la revista América: “Es que somos muy pobres”, y que también se lo iban a publicar en Novedades. También le contó que el tío de ella, Gonzalo, le había pedido que en cuanto lo publicaran le enviara el libro que había escrito.”Pero eso ha quedado pendiente porque este año –1950-, ya no habrá dinero para hacer ediciones”,contestó él.

Unos años antes la pareja había iniciado los preparativos de la boda. Rulfo le hablaba del traje, de la casa, de los enseres que iban a necesitar, del piso en el que iban a vivir y del dinero que estaba intentando ahorrar para su vida juntos. El enlace tuvo lugar en el templo de El Carmen de Guadalajara el 24 de abril de 1948. Pero la correspondencia no terminó. Rulfo comenzó a viajar por la República como agente de llantas de Euzkadi, lo que le desagradaba bastante. No quería estar lejos de Clara y tuvo varios enfrentamientos con su jefe por ello. El 29 de enero de 1949 nació la primera hija del matrimonio, Claudia, y el 13 de diciembre de 1950 el segundo, Juan Francisco.

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«Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre, porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón a cada rato.»

«Ahora desearía estar contigo, junto al calorcito de tu corazón que es el único remedio que me queda.»

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Original de la carta XXXl, última página, fechada el 4 de agosto de 1947.

 

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Aire de las colinas es una colección de cartas agradable de leer, con pocos contrastes en el tono, aunque de vez en cuando a Rulfo se le dispara el pesimismo y en otras ocasiones, pocas, la euforia le hace temblar las manos. Nos permite, desde luego, asomarnos a la cotidianeidad de un amor que, como todos, para serlo de verdad necesitaba de unas cuantas cartas ridículas y sinceras, de unos cuantos párrafos dulces y una cabalgata de dudas y momentos de autocrítica.

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Juan Rulfo y Clara Aparicio.

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Clara Aparicio y Claudia Rulfo Aparicio

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«No, no es fácil querer mucho.»

Via:  la oveja lectora limi gomez

Más cartas…

“Chiquilla:
¿Sabes una cosa?
He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños.
También he concluido por saber que los cachetitos, el derecho y el izquierdo, los dos, tienen sabor a durazno, quizá porque del corazón sube algo de ese sabor.
Bueno, la cosa es que, del modo que sea, ya no encuentro la hora de volverte a ver.
No me conformo, no; me desespero.
Ayer pensé en tí, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma.
Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas…”
-Juan

“Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor…
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde… y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río…
Clara: hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre…”
-Juan

“México, Enero 10 de 1945
Muchachita:
No puedo dejar pasar un día sin pensar en ti. Ayer soñé que tomaba tu carita entre mis manos y te besaba. Fue un dulce y suave sueño. Ayer también me acordé de que aquí habías nacido y bendije esta ciudad por eso, porque te había visto nacer.
No sé lo que está pasando dentro de mí; pero a cada momento siento que hay algo grande y noble por lo que se puede luchar y vivir. Ese algo grande, para mí, lo eres tú. Esto lo he sabido desde hace mucho, más ahora que estoy lejos lo he ratificado y comprendido.
Estuve leyendo hace rato a un tipo que se llama Walt Whitman y encontré una cosa que dice:
El que camina un minuto sin amor,
Camina amortajado hacia su propio funeral.

Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente.
Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ella es Clara Aparicio, alguien a quien tú conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mí vivir sin ese cariño que ella tiene guardado en su corazón.
Mi madre se llamaba María Vizcaíno y estaba llena de bondad, tanta que su corazón no resintió aquella carga y reventó.
No, no es fácil querer mucho…”
-Juan

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