.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 24

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15 de mayo
Querido Papaíto-Piernas-Largas:

¿Le parece a usted cortés sentarse en un ómnibus y mirar todo el tiempo hacia adelante sin fijarse en absolutamente nadie?
Una señora muy hermosa, con un precioso vestido de terciopelo, subió hoy al ómnibus donde yo estaba y, sin la menor expresión en el rostro, se quedó sentada quince minutos seguidos mirando un aviso de tiradores. No me parece índice de buenos modales ignorar a todo el mundo como si fuera la única persona importante entre todos los presentes. Además, se pierde muchísimo de interesante. Mientras ella estaba absorta en ese estúpido aviso, yo estudiaba todo un tranvía lleno de interesantes seres humanos.
La ilustración que se acompaña se reproduce aquí por primera vez. Parece una araña en el extremo de una cuerda, pero no es nada de eso ni parecido: soy yo, aprendiendo a nadar en la piscina del gimnasio.
La instructora me engancha un anillo en el cinturón y por ahí pasa una soga que viene de una polea fija en el techo. Sería un método espléndido si uno tuviera confianza absoluta en la instructora. Pero yo siempre tengo miedo de que afloje la cuerda, de modo que, inquieta, me veo obligada a tener un ojo fijo en la instructora y a nadar
con el otro. Así repartido el interés, no hago los progresos que podría realizar en
otras circunstancias.
El tiempo está muy inestable; llovía cuando empecé esta carta y ahora brilla el sol. Sallie y yo nos vamos a jugar al tenis, eximiéndonos así de asist ir al gimnasio.”
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“Una semana después
No le importa que no sea muy regular en mi correspondencia, ¿verdad, Papaíto? En realidad, me encanta escribirle; me da una sensación de respetabilidad indecible. Como si tuviese una familia. ¿Le gustaría saber una cosa? No es usted el único hombre a quien escribo. ¡Hay otros dos! Todo el invierno he estado recibiendo preciosas y largas cartas del niño Jervie (con sobres escritos a máquina para que Julia no reconozca la letra. ¿Ha oído usted algo más desvergonzado?).
Y más o menos todas las semanas llega una epístola garabateada de Princeton, por lo general escrita en papel amarillo, de apuntes. Las contesto con puntualidad digna de una mujer de negocios. Ya ve usted, Papaíto, que no soy tan diferente de las demás chicas. ¡También yo recibo cartas!
No sé si le conté que fui elegida socia del Club Dramático Sénior. Se trata de una organización muy exclusiva, ya que somos nada más que setenta y cinco socias de las mil estudiantes que tiene el colegio.
¿Le parece bien para una socialista empedernida como yo?
¿Qué cree usted que ocupa mi atención en sociología por el momento? Estoy escribiendo una monografía sobre “El cuidado de los niños necesitados”. ¿Qué le parece? El profesor echó a la suerte los temas y éste me cayó a mí. C’est dróle, ¿n’est pas? Es gracioso, ¿verdad?
Oigo el gong de la comida. Echaré ésta, ¡por fin!, al pasar por el buzón.
Afectuosamente,
Judy”
“4 de junio
Querido Papaíto:
Estamos atareadísimas con la fiesta de fin de año, de aquí a diez días: los exámenes, mañana; montones que estudiar, valijas que hacer y el mundo ahí afuera, tan precioso que duele estar encerrada.
Pero no importa, ya llegan las vacaciones. Julia viajará este año al extranjero. ¡Ya va la cuarta vez!
No cabe duda, Papaíto, los bienes no están parejamente distribuidos en este mundo. Sallie, como de costumbre, se va a la montaña. ¿Y qué cree que haré yo? Lo dejo que adivine tres veces: ¿Los Sauces? Frío… ¿La montaña? Frío… (Ya hice una vez la tentativa y no quiero probar de nuevo.) ¿No se le ocurre ninguna otra cosa? ¡No tiene usted mucha inventiva! Bueno, se lo voy a decir, pero si me promete no poner reparos. Le aviso de antemano a su secretario que estoy completamente decidida.
Pasaré el verano en la playa con una señora llamada Paterson y prepararé a la hija mayor, que entra en el colegio el año que viene. Conocí a esta señora a través de los McBride, y es una mujer encantadora. También daré clases a la chica menor y todavía me quedará tiempo libre. ¡El sueldo es de cincuenta dólares por mes! ¿No le parece una suma exorbitante? Pero la señora me la ofreció; yo me habría ruborizado de pedir más de veinticinco.
El primero de septiembre termino en Magnolia (ahí es donde viven) y es probable que pase en Los Sauces las tres semanas restantes. Me gustará ver a los Semple y a todos los animales amigos.
¿Qué le parece mi programa, Papaíto? Como ve, me estoy independizando. Es usted quien me puso firme sobre mis pies y ahora ya camino sola.
La fiesta de fin de año en Princeton coincide con nuestros exámenes, lo cual nos ha caído muy mal, ya que Sallie y yo pensábamos terminar a tiempo para asistir, pero ahora es completamente imposible.
Adiós, Papaíto. Que se divierta este verano y que el otoño lo encuentre bien descansado para iniciar otro año de trabajo. (Esto es lo que usted me debería escribir a mí.) No tengo idea de qué hace usted durante el verano o de qué modo se divierte, ya que no puedo imaginarme el ambiente en que actúa.
¿Juega al golf, monta a caballo, o sólo se sienta al sol a meditar?
Sea como fuere, que se divierta y no se olvide de
Judy”
“10 de junio
Querido Papaíto:
Ésta es la carta más difícil que he escrito en mi vida, pero ya he decidido lo que voy a hacer y no habrá ningún cambio de idea. Es dulce, generoso y bueno de su parte querer mandarme a Europa este verano, y por un momento casi me enloquezco de alegría y digo que sí. Pero, pensándolo mejor, la prudencia me índica decir que no. Sería muy ilógico no aceptar su dinero para mi educación y luego gastarlo en diversiones.
No debe acostumbrarme usted a tantos lujos. Uno no extraña lo que nunca ha
tenido, pero es duro pasarse sin ciertas cosas una vez que se ha habituado a ellas, más aún si se ha llegado a sentir que le corresponden por derecho. Ya el hecho de vivir con Julia y con Sallie representa una gran prueba para mi filosofía estoica. Ellas han tenido de todo desde que nacieron y aceptan la felicidad como lo más natural del mundo. Creen que el mundo les debe todo lo que ellas puedan desear. Y quizá se lo deba, ya que, por lo pronto, se hace cargo de la deuda y paga.
En cuanto a mí, el mundo no me debe nada y desde el primer momento se encargó muy bien de hacérmelo saber. No tengo ningún derecho a pedir prestado a crédito porque llegará un día en que el mundo no va a reconocer mi pretensión.
Parece que me sumerjo en un mar de metáforas, pero tengo esperanzas de que comprenda lo que le quiero decir. Sea como fuere, tengo la fuerte convicción de que lo único honrado que puedo hacer este verano es dar clases y empezar a ganarme la vida.”
“Magnolia
Cuatro días después
Había llegado a ese punto de la carta y ¿qué cree usted que sucedió? Apareció la mucama con la tarjeta del niño Jervie. Él también se va al extranjero este verano, no con Julia y su familia sino por su cuenta. Le conté que usted me había invitado a ir a Europa con una señora que lleva a un grupo de chicas.
Jervie conoce su existencia, Papaíto. Es decir, sabe que mis padres han muerto y que un bondadoso caballero me costea la universidad. No he tenido nunca valor para contarle del asilo John Grier y todo lo demás. Cree que usted es mi tutor y un viejo amigo de la familia y que todo es perfectamente adecuado y normal, y jamás le he dicho que no lo conozco, cosa que le parecería muy rara.
¡Hay que ver cómo insistió para que aceptara el viaje a Europa! Dice que eso constituiría una parte de mi educación y que no debo negarme ni soñando. También me dijo que él estará en París al mismo tiempo que yo y que de vez en cuando podría escapar de la chaperona y comer con él en pequeños restaurantes extranjeros pintoresquísimos.
Bueno, Papaíto… Todo era muy tentador y casi aflojo. Si Jervis no hubiera estado tan mandón, probablemente habría cedido. A mí se me puede engatusar poquito a poco, pero me niego a que me fuercen. Me dijo que era una chiquilina estúpida, necia, irrazonable, quijotesca, idiota y testaruda (son algunos de sus adjetivos, el resto no los recuerdo), que no sabía lo que me convenía, que debía dejar a los mayores que decidieran por mí… ¡Casi nos peleamos! No estoy muy segura de que no haya sido
precisamente lo que ocurrió.
De cualquier modo, hice mi baúl y me vine aquí. Me pareció mejor quemar las naves antes de ponerme a escribirle. Las pobres están ahora reducidas a cenizas y aquí estoy, en La Cima (que es como se llama el chalet de la señora Paterson), con la ropa toda guardada y Florencia (la chica menor) luchando ya con los sustantivos de la primera declinación. Me parece que va a ser una lucha sin cuartel, ya que es una niña horriblemente mimada y sé que me va a dar mucho trabajo. Primero tendré que enseñarle a estudiar, pues en su vida se ha concentrado en nada más complicado que un ice-cream soda.
Como aula de clase utilizamos un rincón tranquilo de las rocas —la señora Paterson prefiere que las tenga al aire libre el mayor tiempo posible—, y debo confesar que a mí también me cuesta concentrarme con el mar frente a mí y los barcos navegando por delante. ¡Cuando pienso que yo podría estar en uno de esos barcos, viajando a tierras extranjeras! ¡Pero no dejaré que eso me distraiga ni me permitiré pensar en
otra cosa que no sea la gramática latina!

Las preposiciones ab, a, absque, coram, cutn, de, e, or, ex, prae, pro, sine, tenus, subter, sub ysuper rigen el ablativo.

Como verá, Papaíto, estoy sumergida en el trabajo y bien pertrechada contra la tentación. No esté enojado conmigo, por favor, y no crea que no sé valorar su bondad, porque la valoro y la valoraré siempre.
El único modo de compensarle es convirtiéndome en un ciudadano muy útil.(¿Las  mujeres son ciudadanos? Me parece que no.) Digamos entonces una persona muy útil. Y más adelante, cuando me contemple, podrá decir: Yo fui quien dio esta persona útil al mundo. Suena bien, ¿no? No quiero que se engañe, sin embargo.
A menudo me asalta la idea de no ser ya en modo alguno notable. Es divertido proyectar una carrera y soñar con el éxito, pero lo más probable es que no resulte yo un ápice distinta de la persona común. Puedo terminar casándome con un empresario de pompas fúnebres y ser para él una inspiración en su trabajo.
Siempre suya,
Judy”
“19 de agosto
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
Desde mi ventana se disfruta el paisaje más hermoso que pueda usted imaginarse: ¡nada más que mar y rocas!
El verano se va. Paso las mañanas con el latín, el inglés y el álgebra, sin olvidar a mis dos
estúpidas alumnas. No veo en absoluto cómo Mariana pueda entrar al colegio ni  mantenerse allí si después de todo logra ingresar. En cuanto a Florencia, es desesperante, pero ¡tan bonita! Me imagino que, siendo tan preciosas, poco importa que sean tontas. Es inevitable, sin embargo, pensar en lo que se van a aburrir sus maridos con su charla, a menos que tengan la suerte de pescar maridos igualmente tontos. Lo cual es muy posible, ya que el mundo parece estar repleto de hombres tontos. Este verano he conocido a unos
cuantos…
Por las tardes damos un paseo por los cerros y luego nadamos, cuando la marea es favorable. Ya sé nadar muy bien en agua salada. Como ve, estoy aprovechando lo que aprendí.
Recibí carta del señor Jervis Pendleton, desde París. Una carta breve y no muy amable. Todavía no me ha perdonado por no seguir su consejo. Si vuelve a tiempo de su viaje, dice que me verá unos días en Los Sauces antes de reanudar las clases en la universidad. Y si me porto muy bien y soy muy dulce y muy dócil, seré aceptada de nuevo como amiga.
También recibí carta de Sallie, que quiere que vaya al campamento por dos semanas en
septiembre. ¿Tengo que pedirle permiso, Papaíto, o he llegado ya a un punto donde puedo hacer lo que me plazca? Esto y segura de que sí, puesto que ya soy sénior, no se olvide. Habiendo trabajado todo el verano, me siento con muchas ganas de gozar de alguna diversión saludable. Deseo mucho conocer los montes Adirondacks, deseo mucho ver a Sallie, deseo ver al hermano de Sallie —que me va a enseñar a andar en canoa— y (aquí llegamos a mi motivo principal, que es de una mezquindad despreciable): quiero que el niño Jervie llegue a Los Sauces y no me encuentre ahí esperándolo.
Tengo que demostrarle que no me puede mandonear.
Nadie me puede mandar, Papaíto, excepto usted, y eso no siempre. Parto para los bosques de los Adirondacks.
Judy”

 

-J e a n W e b s t e r, “P a p a í t o p i e r n a s l a r g a s”

 

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