.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 28 (final)

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“6 de octubre
Queridísimo Papaíto-Piernas-Largas:

Naturalmente que iré a verlo: a las cuatro y media del próximo miércoles. ¡Claro que no me voy a perder! Estuve tres veces en Nueva York y no soy precisamente una nena.
No puedo convencerme de que realmente lo voy a conocer. Hace tanto tiempo que lo imagino, que ya me parece imposible que sea usted una persona concreta, de carne y hueso. Es usted muy bueno, Papaíto, de tomarse tanto trabajo por mí cuando no se siente muy bien.
¡Mucho cuidado con tomar frío!
Estas lluvias de otoño suelen ser muy dañinas.
Afectuosamente,
Judy
P. D. Acaba de asaltarme una idea horrible. ¿Tiene usted mayordomo? Siempre les tuve mucho miedo a los mayordomos, y si uno de esos señores me abre la puerta de su casa, sé que me voy a desmayar en el umbral. ¿Qué le voy a decir? ¿Tengo que preguntarle por el señor Smith?”

“Jueves por la mañana

Mi muy queridísimo niño Jervie-Papaíto-Piernas-Largas-Pendleton Smith:
¿Dormiste bien anoche? Yo no pude pegar un ojo. Estaba demasiado atónita, demasiado
confundida, demasiado emocionada y demasiado feliz; tengo la sensación de que ya no volveré a dormir nunca más, ni a comer tampoco. Pero tú debes dormir, queridísimo. Es preciso que te pongas fuerte lo más pronto posible para venir a reunirte conmigo. Mi hombre querido, no puedo soportar la idea de lo enfermo que has estado y yo sin enterarme. Cuando el doctor me acompañó ayer hasta el coche, me dijo que durante tres días te habían desahuciado. ¡Dios mío!… Si no te hubiera recobrado, la luz habría
desaparecido para mí. Me imagino que algún día, en un futuro muy lejano, uno de los dos deberá dejar al otro; pero por lo menos entonces habremos disfrutado ya de nuestra felicidad y nos quedarán los recuerdos para seguir viviendo.
Mi intención era levantarte el ánimo, pero resulta que soy yo la que necesita que me reanimen.
Porque, a pesar de lo feliz que me siento, en cierto sentido también estoy más sosegada y más seria. El temor de que pueda llegar a sucederte algo malo echa una sombra sobre mi alegría. Antes podía ser frívola, despreocupada e indiferente, porque no tenía nada precioso que perder. En cambio ahora… Ahora me acosará siempre La Gran Preocupación, por todo el resto de mi vida.
En cuanto te apartes de mí un segundo estaré pensando en todos los automóviles que pueden pisarte, en todos los letreros que te pueden caer en la cabeza y en todos los microbios que puedes tragarte.
Mi paz espiritual ha desaparecido para siempre. Pero lo cierto es que nunca me importó
demasiado tener paz.
Por favor, mejórate pronto, pronto, pronto… Quiero tenerte lo antes posible cerca de mí para tocarte y convencerme de que eres palpable y concreto. Fue tan breve la media horita que pasamos juntos, que a veces pienso si no la habré soñado. Si yo fuese un miembro de tu familia, algo así como una prima lejana en cuarto o quinto grado, podría con toda propiedad ir a visitarte todos los días y leerte en voz alta y acomodarte las almohadas y alisarte esas dos arruguitas de la frente y hacerte sonreír… con tu linda y
alegre sonrisa.
Aunque creo que ahora estás alegre de nuevo, ¿no? Ayer lo estabas, antes de que yo me fuera. El doctor dijo que debía ser buena enfermera, ya que tú parecías diez años más joven. Espero que estar enamorado no le quite a todo el mundo diez años de encima… ¿Me querrías lo mismo, querido, si resultara que no tengo más que once años?
Ayer fue el día más maravilloso desde que el mundo es mundo. Aunque llegue a los noventa años, no olvidaré ni el detalle más insignificante. La muchacha que salió de Los Sauces a la madrugada era una persona muy distinta de la que regresó por la noche.
La señora Semple me había llamado a las cuatro y media de la mañana. Comencé a vestirme a oscuras sin poder dejar de pensar: “¡Voy a conocer a Papaíto-Piernas-Largas!”. Me desayuné en la cocina a la luz de una vela y luego hice diez kilómetros hasta la estación en el sulky, con un paisaje bellísimo de colores otoñales.
A mitad de camino salió el sol y tanto los arces como los cornejos tomaron tonalidades rojas y anaranjadas, mientras las paredes y rocas brillaban con la helada. El aire estaba fresco y penetrante, muy
promisorio. Yo sabía que en el curso del día iba a suceder algo importante. Mientras avanzaba en el tren, el ruido de los rieles parecía repetirme: “Vas a conocer a tu Papaíto-
Piernas-Largas”. Me hacía sentir segura, tanta fe tenía en la habilidad de Papaíto para arreglar las cosas. Y sabía que, en otra parte, otro hombre más querido aún que Papaíto, también quería verme y presentía que antes de que aquel viaje terminara lo iba a ver a él también… Y ya ves cómo así fue, exactamente.
Cuando llegué a la casa de la avenida Madison me pareció tan grande, oscura e imponente, que no me atrevía a entrar, de modo que di la vuelta a la manzana para cobrar valor. Pero no tenía por qué tener miedo. Tu mayordomo es un viejo tan paternal y encantador que me puso cómoda en seguida. —¿Usted es la señorita Abbott? —me preguntó.
 —Sí—le dije, sin tener que mencionar para nada al señor Smith. Me hizo esperar en la sala, que me pareció grande y sombría, como cuarto típicamente masculino, aunque magnífica. Sentada en el borde de un gran sillón, no podía pensar más que: “¡Voy a conocer a Papaíto-Piernas-Largas!… ¡Voy a conocer a Papaíto-Piernas-Largas!…”
Después, volvió el sirviente y me pidió que pasara a la biblioteca. Estaba tan emocionada, que parecía como si los pies no quisieran llevarme. Al llegar a la puerta, se volvió y me dijo por lo bajo: —Ha estado muy enfermo, señorita, y hoy es el primer día que le permiten sentarse fuera de la cama… ¿Verdad que no se quedará usted mucho para no excitarlo?
Por el modo como me dijo esas palabras comprendí que te quiere mucho y me pareció un tesoro de viejo.
Luego golpeó a la puerta y anunció: —La señorita Abbott.—
Y al entrar yo, él cerró la puerta tras de mí.
La luz era tan tenue, comparada con la del hall iluminado, que apenas si pude distinguir nada en el primer momento; por fin, vi un gran sillón frente al fuego y una mesa de té, brillante de platería, con una sillita al lado. Y me di cuenta de que en el sillón había un hombre recostado en varios almohadones y con una manta sobre las rodillas. Antes de que pudiera impedírselo, el hombre se levantó, algo tembloroso, y trató de serenarse apoyándose en el respaldo del sillón. Me miró sin decir una palabra. Y entonces… sólo
entonces, ¡me di cuenta de que eras tú!
Aún así, no podía entender. Llegué a creer que Papaíto te había llevado allí para sorprenderme…
En ese momento te echaste a reír y extendiste la mano, diciendo: —Mi pequeña Judy, ¿no
pudiste adivinar que tu Papaíto-Piernas-Largas era yo?
En un instante me iluminé, pero, por Dios, ¡qué tonta he sido! Mil cosas pudieron habérmelo indicado si hubiera tenido la cabeza bien puesta.
No sería yo buena detective, ¿eh Papaíto?… Jervie… ¿Cómo tengo que llamarte? Jervie a secas parece irrespetuoso y no puedo ser irrespetuosa con mi Papaíto…
Fue una media hora deliciosa la que pasamos, hasta que vino tu médico y me echó. Cuando llegué a la estación, estaba tan aturdida que casi tomo el tren para St. Louis… Tú también estabas ofuscado, tanto, que te olvidaste de convidarme siquiera con un té. Pero fuimos muy felices, ¿verdad?
El viaje de regreso a Los Sauces fue con noche cerrada, pero ¡cómo brillaban las estrellas! Y esta mañana anduve visitando con Colín todos los lugares donde estuvimos
juntos y recordando las cosas que dijiste y qué aspecto tenías cada vez.
Los bosques están hoy de color bronce y en el aire se siente el frío de la helada. Hace tiempo bueno para trepar y ¡ojalá estuvieras aquí para subir conmigo por las colinas! Te extrañoespantosamente, Jervie querido, pero es una nostalgia feliz; pronto estaremos juntos y ahora sí que nospertenecemos sin duda alguna; nada de juegos de “hacer creer”. Parece raro que yo pertenezca por fin aalguien, ¿no? Pero es una sensación muy, muy dulce. Y no dejaré que lo lamentes un solo instante.
Tuya para siempre,
Judy
P. D. Ésta es la primera carta de amor que escribo en mi vida. ¿No es una maravilla que haya sabido cómo hacerlo?”
JEAN WEBSTER
Jean Webster, cuyo verdadero nombre era Alice Jane Chandler Webster; nació en 1876 en Fredonia (Nueva York), EE.UU. En su familia ya existían importantes lazos con la literatura, pues era sobrina nieta del escritor Mark Twain, y además su padre era editor. Se licenció en Lengua Inglesa y Ciencias Económicas, y al finalizar sus estudios colaboró como escritora en diversas revistas.
En su época de estudiante, había quedado muy impresionada durantes sus visitas a instituciones para carenciados y delincuentes, y varios de sus libros se verían influenciados por esta temática. En 1903 publicó su primer libro, When Patty Went to College, inspirado en sus propias experiencias escolares.
De la lectura de Papaíto -Piernas-Largas (1912), y su continuación Mi querido enemigo (1914), se desprende el convencimiento de que los chicos con falta de recursos o privilegios también pueden tener éxito en la vida, si se les brinda una oportunidad. Este es el mensaje realista y esperanzado de una autora que se caracterizó por una disciplina literaria diligente y práctica.
En Papaíto-Piernas-Largas nos encontramos con una huérfana que despierta el interés de un protector; y recibe así la ansiada educación a la cual nunca hubiera tenido opción. La autora se habría basado en la vida de su íntima amiga y compañera de clase, Adelaide Crapsey, para elaborar esta obra inmortal que fue escenificada en el teatro, traducida en todo el mundo e inmortalizada en el cine por Mary Pickford en 1918.
Jean Webster se casó en 1915 y murió en 1916, a los cuarenta años, al dar a luz a una niña”
-J e a n W e b s t e r, “P a p a í t o p i e r n a s l a r g a s”
papaito 35

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