Mariposadel67

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Debido a una hernia inguinal con la que había venido al mundo, Lo Iadúa, el Rabí Desconocido, no pudo, en su primera infancia, apoyar con firmeza sus pies en el suelo. Y cuando un niño conoce el dolor antes que la alegría, lo inestable antes que lo estable, tarda más tiempo de lo normal en convertir sus lágrimas saladas en dulces.

Ocurrente, cariñosa, su madre tuvo entonces la bendita idea de juntar sus lágrimas en un transparente perfumero que le ponía bajo los párpados cada vez que el niño, que entonces tenía tres años, se quejaba no ya por la hernia -que tras la operación había dejado de existir- sino por el recuerdo del dolor todavía reciente, derramándose en incontenibles y largos sollozos de pena. La tarea, empero, no era fácil, ya que las manitas aleteaban temerosas de que ese frasco fuese, en realidad, algún maléfico instrumento médico de cuya amenaza no podría librarse nunca.

Habiendo mezclado las lágrimas con rimmel y polvo de carbón, la madre del Desconocido le dijo un día:

-Fíjate qué cosa más asombrosa ha ocurrido: has llorado toda la oscuridad de tu corazón y ahora casi no hay sombras en tu interior. La próxima vez que llores tus lágrimas serán más claras que el agua del arroyo al que vamos con papá.

Poco a poco, en efecto, y puesto que había dejado de agregar carbón al frasco, un toque de colonia casera y otro de agua le permitieron decir a la madre que ahora, algo aún más extraordinario estaba ocurriendo.

-Tu alma comienza a oler como una alfombra de camomila.

-¿Qué es la camomila, mamá?-preguntó Lo Iadúa.

-Ven, te la enseñaré.

Salieron al campo. Caminaron durante un largo rato en silencio. Las primeras flores de la primavera hacían más heterogéneo el verde de los prados.

-Estas son camomilas-dijo, por fin, la madre del Desconocido-.Botones de sol en el vestido de la tierra.

Más de cuarenta años después de esa escena, el Desconocido constató una sorprendente simetría entre la palabra lágrima, dimáh ( h(md ), y el vocablo tierra, adamáh ( hmd) ), palabras que poseen tres letras en común y dos diferentes: la ain ( ), que señala al ojo del que surgen las lágrimas , y la alef ( ), que da cuenta de la huella divina en la tierra. Nuestra humana pupila cree padecer por un límite que la tierra, divertida e incansable, expande en cada una de sus vueltas.

Mario Satz: La palmera transparente

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