.kintsugi: el arte de reparar las heridas

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Esta técnica japonesa consiste en recuperar piezas rotas sumando valor a las grietas, en lugar de esconderlas. Como una metáfora de la propia vida, se convirtió en una filosofía que provoca un cambio en la mirada y suma nuevos adeptos.

¡Aprecia tus cicatrices! Te muestran el camino que has recorrido, dice en su libro Kintsugi, el arte de la resiliencia la escritora francesa Céline Santini. Se refiere a la vida y la mira desde el mismo lugar que un artesano a su obra de kintsugi (金継ぎ), un arte que consiste en reparar piezas rotas con la particularidad de no disimular las grietas, sino de conferirles valor. 

En un mundo donde esconder las heridas es una estrategia que sobrevive a pesar de todo, el kintsugi llama la atención y resulta inspirador. Controlar las emociones, tapar las cicatrices, ocultar los fracasos y hasta disimular el paso del tiempo, son algunos de los mandatos que explícita o implícitamente impone la modernidad. Aún cuando esas grietas existen… y duelen. Por eso, este arte renueva la esperanza de la vida, desde otro lugar.

Me acerqué al kintsugi intrigada por la filosofía que hay detrás: cómo la reparación enaltece la pieza”, dice la ceramista Cristina Iafigliola. Movida por la curiosidad, contactó a una maestra en Kioto para aprender la técnica mientras visitaba a uno de sus hijos, radicado desde hace años en Japón. 

Me pidió que llevara una pieza y tuve que prepararla antes de viajar”, cuenta. No podía ser cualquier objeto: en primer lugar, debía ser algo que se hubiera roto naturalmente y no una pieza creada para ser partida. Es que no se trata de un culto al dolor: no se busca forzar la ruptura sino restaurar las grietas que por alguna situación están.

Ella viajó a Kioto con las partes de un cuenco realizado por una colega suya. La particularidad de esa pieza era que había sido esmaltada con cenizas de su madre. “Los ceramistas usamos cenizas diversas como componente en los esmaltes. Y en muchas culturas se usan las cenizas de los ancestros”, justifica Iafigliola. Y agrega: “uno debe contar la historia de la pieza que será reparada. A mi maestra le gustó la historia de este cuenco y aceptó que lo restaurara en su taller”. 

La artista japonesa Mio Heki celebra la imperfección y sostiene que algo roto puede agregar valor y belleza a nuestra existencia (Foto: Instagram).
Este cuenco reparado por Heiki ofrece una clara visión sobre cómo el kintsugi ofrece una nueva vida a aquello que ha sido dañado.

Reparar, la contracara de la cultura del descarte

Ifigliola destaca el trasfondo zen que hay detrás de este arte.El budismo zen se acerca a la cerámica tratando de rescatar las piezas rotas.La idea era recuperar su valor (eran cerámicas chinas costosas que llegaban a la isla), pero también como reacción a tanta opulencia, al ‘se rompe y se tira’. Ellos iban contra eso, contra tanto desborde”, explica y reconoce que, tras ser intervenidas, las piezas tenían más valor que las originales. 

“La herida es el lugar por donde entra la luz”.

Rumi, poeta persa.

Si bien en Japón se han encontrado vasijas de más de 10 mil años de antigüedad reparadas con laca, el auge del kintsugi se remonta al período Muromachi (1392-1573). Entonces había en Japón muchas guerras internas por el dominio de las tierras. Quienes lograban conquistar otros feudos recibían como reconocimiento un tazón para la ceremonia del té, que ganaba así importancia política y social. “En aquel momento un cuenco de té valía tanto como una porción de tierra”, contó Takehito Kobayashi, artista de kintsugi y creador de Wad, un emprendimiento que difunde las buenas costumbres de Japón. 

Cuenta la historia que un comandante del ejército, Ashikaga Yoshimasa, mandó a reparar un cuenco de té que se le había roto. Disgustado con las grampas antiestéticas con las que habían reparado su tazón en China, el shogun acudió a los artesanos locales para que lo restauraran. “Ellos aplicaron la filosofía llamada wabi sabi que consiste en reconocer la belleza en todo lo que es imperfecto. Y decidieron aplicar oro sobre las grietas, convirtiendo la pieza en un objeto único y de gran valor, cuenta Iafigliola.

Las partes rotas como punto de partida

Los holandeses Viktor & Rolf, que crearon su marca de moda en París en los 90, suelen llamar la atención por deconstruir prendas y significados para interpelar al público y buscar nuevos sentidos. Y una de sus últimas propuestas estuvo atravesada por la filosofía del kinstugi. Entonces, en medio de un llamado a la moda consciente, trabajaron para “encontrar valor en partes faltantes, defectos y astillas; arrojar luz sobre las cicatrices que surgen de las experiencias de la vida; reconocer la belleza de la imperfección como un refuerzo positivo que finalmente transforma el original en algo más hermoso y precioso, y lo imperfecto en bello. Para lograrlo, tomaron partes de colecciones pasadas (muchas veces descartadas) para dar vida a una nueva línea de vestidos con retazos y líneas doradas, exaltando las uniones en un claro guiño al arte que los había inspirado. 

Acá se trabaja con mucha dedicación y mucho respeto por todas las partes”, comparte Iafigliola y destaca que la cultura entera está atravesada por la idea de que Dios está en todas las cosas y, por tanto, hay un respeto sublime por los objetos y las personas. “Lo primero que se hace es la limpieza de las partes con algodón y alcohol. Una vez que se secan se juntan, para ver si encastran bien y se pegan con una cinta adhesiva similar a una tela adhesiva de buena calidad”.

Si hubiera faltantes, la pieza puede ser reconstruidas con algún tipo de resina.Una vez armada, se unen las partes con un pegamento líquido que se coloca sobre las juntas con la mayor precisión posible. Conviene ir muy despacio y ser especialmente cuidadoso”, comenta la ceramista. El siguiente paso es quitar el exceso de pegamento con una hoja de bisturí y luego, volver a limpiar con alcohol. 

“Si vamos a sanar, que sea glorioso” 

Podría ser un proverbio ancestral, pero es una línea de Sandcastles, una canción de la artista estadounidense Beyoncé. De forma simple, en ella hace referencia a la cosmovisión que envuelve al kintsugi. Se trata de sanar y, para ello, es fundamental mirar las heridas. Pero de nada sirve quedarse ahí: la pieza seguiría estando rota y lo que busca este arte es reparar el daño. 

En el taller, una vez unidas las partes comienza el proceso de conferir valor a las grietas. “Se usa una laca hecha a partir de una resina de un árbol que se llama urushi y da nombre a la misma. Se coloca esta resina con un pincel muy fino sobre las líneas, que pueden tener distinto ancho, ya que se trata de un trabajo de restauración”, explica Iafigliola. Hay un detalle importante: cada árbol produce en su vida útil unos 200 gramos de esta resina

Esa laca puede tardar semanas en llegar a su “estado mordiente”, justo antes de que seque. Es exactamente en ese momento cuando, con un pincel, se tira sobre la grieta el oro en polvo. Nuevamente, el tiempo es un factor clave: el urushi debe absorber el oro (también puede ser plata o platino). Una vez que se sella, se puede quitar el exceso de metal con un pincel. “No se trata de disimular la grieta sino de resaltar y revalorizar la historia de esa pieza”, insiste Iafigliola.

Por eso el kitsugi no solo inspira a ceramistas y diseñadores: distintos artistas han plasmado en sus obras una celebración de esta técnica que busca poner de manifiesto la belleza de lo imperfecto, como una promesa de renovación. Fue esa idea, justamente, la que atrajo la atención del cineasta mexicano Guillermo del Toro. “La dicotomía entre mirar atrás o seguir adelante me parece falsa. Pienso que lo segundo, que es muy necesario, depende de hacer lo primero con honestidad”, contó en una entrevista reciente y añadió: “Personalmente, me quedaría con el kintsugi, el antiguo arte japonés, con sus implicaciones emocionales y políticas de reparar las grietas de un objeto, mostrando el lugar por donde se rompió”.

La última obra del artista Victor Solomon consiste en la restauración de una cancha de básquet, luego de que la NBA fuera suspendida por la pandemia.

-Florencia Rodríguez Petersen, Via: https://www.sophiaonline.com.ar/

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