.cartas de los viajeros de las letras-2-Henry Miller y AnaÏS Nin III

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Henry Miller y AnaÏs Nin II
Al cruzar la puerta nos encontramos con Henry Miller de nuevo, pero esta vez cuando trataba de sobrevivir en París.
En la foto se lo ve más joven, delgado y musculoso, con las manos en los bolsillos, la mirada miope, una camiseta de hombre duro: un hombre que está de vuelta de todo.
Se muestra demasiado enérgico, en pleno triunfo, y me pregunto qué aspecto tendría Miller en uno de los momentos más difíciles de su vida, y tal vez más creativos, precisamente cuando estaba terminando Trópico de Cáncer.
Este trozo se centra en una semana de la vida de Miller.
Está relacionado con AnaÏs Nin, pero no hay que ser mal pensados.
Su relación era sobre todo intelectual. =)
Miller estaba a punto de cumplir 40 años, era más pobre y más felíz que nunca; se sentía libre e inspirado cuando conoció a AnaÏs en París.
Desde luego, no era un principiante con las mujeres.
Se había casado en 1918 y se había divorciado en 1924 por primera vez.
Ese año se casó con June Edith Smith, a quien había conocido en un cabaret. Durante nueve años vivieron con muy pocas necesidades, tuvieron incluso una taberna clandestina.
Les encantaba la vida bohemia.
En 1928 viajaron por Europa en bicicleta.
En 1930, Miller quiso ir a España, pero se quedó sin dinero en París.
París ya era una ciudad llena de exiliados literarios en esa época.
Miller trataba de sobrevivir y de sumergirse en la cultura francesa, como un ahogado ávido de aire, como un escritor hambriento de experiencias interminables.
Entonces empezó a escribir el primer manuescrito de Trópico de Cáncer.
Y conoció a AnaÏs, que estaba escribiendo un ensayo sobre D.H.Lawrence, que había muerto el año anterior después de escandalizar a Inglaterra con El amante de Lady Chaterley.
AnaÏs había nacido en París en 1903 y había vivido casi toda su vida en E.E.U.U. Era hija de un pianista español y una cantante danesa.
Como referencia para conocerla un poco más, sabemos que en Nueva York leía los libros de la biblioteca por orden alfabético, de modo que debía ser una eminencia en todo lo referente a la letra A, o era un verdadero genio; en fin, sin bromas, esto denota que era realmente ambiciosa intelectualmente, es decir, que quería saberlo todo, y de todo.
AnaÏs empezó a ser conocida a raíz de su ensayo sobre D.H. Lawrence; después escribió media docena de libros, pero no se hizo famosa hasta la publicación, en 1966, del primer volumen de sus famosos diarios.
La primera carta que encontramos es de principios de 1932.
AnaÏs y Miller se hallaban en plena fiebre creadora, pero Miller estaba sin dinero y, después de una temporada de vagabundeo en la que subsistía aceptando invitaciones a comer, consiguió una plaza para dar clases de inglés en el Liceo Carnot de Dijon, gracias a la ayuda de un amigo.
AnaÏs estaba en la fase de publicación de su artículo sobre D.H. Lawrence, que aparecería en primavera, pero AnaÏs, después de todo, no era la protagonista de esta historia.
Las cartas las escribe Miller, que acaba de entrar en el colegio y descubre que ser profesor en una villa de Francia no es ninguna panacea.
Los cuadros que escribe Miller son películas en blanco y negro, que muchas veces enfocan hacia el suelo. sólo se ven las grietas y la suciedad y los pies y las piernas de quien escribe.
Pero lo que hay aquí no hay nada literario. Miller estaba cansado y famélico, y de además de sincerarse con AnaÏs, también quería impresionarla y consolarse:
Dijon, 29 de enero de 1932
el Lycée Carnot, así es como se llama el centro, en mi opinión está sólo un grado por encima de lo que es una penitenciaría. (…) El pueblo parece amortajado en un espeso sudario de gélida neblina, los árboles están blancos por el hielo y todo parece despellejado y lleno de grietas. No, éste es un Dijon bien distinto del que he conocido en verano.
Me han recibido con cordialidad y todos han sido amables… pero los edificios son como frigoríficos, además de siniestros, están en un lamentable estado de abandono, mohosos y no sé qué más.
(…) Con toda franqueza, mi primer impulso ha sido marcharme de este lugar hoy mismo. Una habitación pavorosamente fría, sin agua corriente, y en el piso superior un dormitorio que te hace sentir la agradable sensación de que entras en una morgue…»Para colmo, Miller no cobra: «no recibiré ninguna compensación por el trabajo; sólo hospedaje y comida, lisa y llanamente».
Luego describe lo desastroso del centro y sus pocas posibilidades con un ejemplo: «los dos profesores que me han precedido, el uno inglés y el otro americano, no han podido aguantarlo».
Pero, más abajo, trata de disculparse: «Me disgusta escribirle estas cosas, pero siento que puedo hablar libremente con usted. Por supuesto que aguantaré el mayor tiempo posible. De hecho, no tengo otra alternativa. Ya he quemado todos los puentes a mis espaldas. Y por cierto que le ruego que no arme ninguna algazara al respecto».
Y, más abajo todavía, siguen las lamentaciones, se queja de la poca comida, del frío: «el dormitorio en el que duermen [los muchachos] es tan frío como el mismo infierno. La escalera recuerda a algún lugar elegido por Edgar Allan Poe, o a una especie de tragedia del Grand Guignol».
La carta concluye: «Pero qué diablos, basta ya de esto. Quizás la próxima vez logre escribir algo más interesante. Cordialmente, Henry…»
Y queda otra cuarta escrita también desde el Liceo. Estamos ante dos pinceladas de un gigantesco mural, y no podemos apartarnos para poder ver el cuadro por completo:
«Querida AnaÏs Nin:
Aquí estoy en el Liceo y todas mis brillantes esperanzas se han esfumado.
La hora de la cena ha pasado ya y quizás no pueda hacer otra cosa que irme a la cama, por lo que he decidido obsequiarle con un magro relato de la vida, tal como yo la veo, en este lugar.
(…) Acaba de ocurrir el más asombroso de los hechos. Una abeja se ha reanimado de repente y está zumbando con furia por toda la habitación. Cómo y dónde se las ha arreglado para mantenerse con vida está más allá de mi capacidad de comprensión porque, como bien pronto se enterará usted, aquí te mantienes con vida gracias a una lucha suprema.
El invierno no está sólo aquí, sino acompañado por la muerte, la miseria, el aburrimiento y, sobre todo, por le brouillard [la niebla]. Esto último es algo que desafía cualquier descripción. Es como si te arrojaran gases y no llevaras máscara protectora. Penetra por los agujeros de las cerraduras y por los dedos de los pies. Te deja jadeando y balbuceando. Aún cuando pocas son las veces en que me siento extraño en un pueblo extraño, este lugar me sobrecoge.
Me encuentro perdido, asustado, un poco chiflado cuando camino por las calles.
Esta tarde, al salir de una tienda (quería comprarme un espejo para el afeitado), una prostituta me asestó un leve codazo. Le hablé durante unos minutos, esforzándome desesperadamente por llegar a algo real. Era un ser humano y no niebla, no era un estúpido currículum ni una abstracción consagrada a un ideal perecedero. Usted ya lo sabe: nunca me lo han sentado bien las universidades. Este antro me pone físicamente enfermo. Es repugnante.
(…) No creo que pueda hacerle comprender lo mal que me siento ahora. Quizás las cosas no sean tan desagradables como yo las veo, pero eso no cambia la situación. Todo es muy real y muy terrible para mí. En medio de mi angustia, pensaba esta tarde en Unamuno…, aquel cuento suyo de la New Review. Ahora me encuentro como un exiliado, como un paria. los jóvenes con quienes me veo obligado a tratar, les surveillants, me fastidian con  su afectación de jovialidad. Viven sometidos a la ilusión. Viven para el futuro. Son tremendamente jóvenes y tremendamente románticos, o, al menos, entusiastas. Siempre cantan cuando estamos sentados a la mesa, y en una situación normal eso me encantaría, pero comprendo que están cantando para no llorar.
(…) Por supuesto, la estufa se apagó a la mitad de la noche y al levantarme me sentía congelado.
Nada de agua corriente, un lebrillo con anillos de suciedad en el borde: la mugre de mi antecesor, sin duda. Durante la mayor parte de la noche estuve despierto, pensando qué hacer. Y también porque temía perderme el desayuno de las 7.30 de la mañana, puesto que no tengo despertador y estoy aislado de los demás. El desayuno era un chiste. Una taza de café aguado, apenas azucarado, y pan sin mantequilla. Las comidas son pobres, y para colmo te echan todos los platos a la vez. Comes tan rápido como te es posible, para evitar que la comida se enfríe. (…) Si sales por la noche, corres el riesgo de esperar de pie en medio del frío durante una hora mientras el guardián nocturno hace sus rondas. No te dan llave porque temen que alguien introduzca mujeres en el establecimiento. Todo esto es estúpido, lúgubre, perverso.
Si las cosas no me parecen más límpidas dentro de una semana, poco más o menos, volveré a París, sea como sea. Lo peor sería que tuviera que compartir la cama con Fred o volver a mi antiguo programa de vagar de plaza en plaza y elaborar una lista de casas donde comer. París, en todo caso, tiene una cálida palpitación humana. Esto es la muerte y el estancamiento. Pero mi orgullo está comprometido, en cierta medida. Ya sea que me equivoque o no en mi susceptibilidad, tengo la impresión de que todos se han sentido inmensamente aliviados al ver que me marchaba. Siento que he sido una molestia para los demás. Y esto es muy doloroso. (…)
La campana ha dado las diez. Suena como un toque de difuntos de la campana de un cementerio, cuando el cortejo pasa por la puerta (…) Añádale a esto que tengo sed y no tengo vaso y creo que el agua del lavabo donde nos lavamos y afeitamos no es potable. Todos estos inconvenientes son tan tontos… Francia revienta de oro.
En cierta medida, me siento como Dostoievsky cuando escribía La casa de los muertos. Terminas por creerte una bestia. Y todo se hace en nombre de la civilización, la cultura, la educación y todo lo demás.
Discúlpeme por quejarme de esta manera… (…) Cuando caminas por el pueblo, aquí experimentas la sensación de que todo el mundo vive esta vida sórdida y miserable. Iglesias y monumentos por doquier: reliquias de un pasado glorioso. Pero siniestras ahora, en esta atmósfera del siglo XX, en esta civilización que ni siquiera ha asegurado al hombre la posibilidad de liberarse de sus problemas materiales.
A mi lado, sobre la mesa, descansa un volumen de Proust. No tengo ánimo para abrirlo. Una de las medias de June [su esposa], que me he traído entre mis cosas, está sobre el tocador. Limpio mis zapatos con ella. (…) Es como si me hubiese ausentado de París desde hace un año o más. ¿Y June? Oh Dios, ni me atrevo a pensar en ella. Si lo hiciera supongo que me echaría a gritar. Me he sentado frente a una ventana helada que se abre sobre la calle. Mi impulso es abrirla y saltar….»

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