.cortejando a la Musa

.cortejando a la Musa

          “¡Qué gente tan extraña somos los escritores, los buscadores del mundo perfecto, de la frase gloriosa que de algún modo convertirá en palabra la exquisita avalancha de la conciencia! Los que vivimos en barrios mentales donde cualquier idea vagabunda puede conseguir un buen empleo si tiene el incentivo adecuado: un poco de bebida, unos azotes, una sutil seducción. Sigue leyendo

.la tristeza

.la tristeza

(Bogotá)

 

“La capital aparece envuelta en el crepúsculo vespertino.
La nieve cae en gruesos copos,
revolotea perezosamente junto a los faroles encendidos,
se extiende en fina capa sobre los tejados,
sobre los lomos de los caballos,
sobre los hombres,
sobre los sombreros.”

-Antón Chéjov

 

 

.canta Amarilis

lope y marta

 

 

“Canta Amarilis, y su voz levanta
mi alma desde el orbe de la luna
a las inteligencias, que ninguna
la suya imita con dulzura tanta.
De su número luego me trasplanta
a la unidad, que por sí misma es una,
y cual si fuera de su coro alguna,
alaba su grandeza cuando canta.
Apártame del mundo tal distancia,
que el pensamiento en su Hacedor termina,
mano, destreza, voz y consonancia.
Y es argumento que su voz divina
algo tiene de angélica sustancia,
pues a contemplación tan alta inclina.”
-Félix Lope de Vega y Carpio a su musa, Marta de Nevares

 

 

 

 

Félix Lope de Vega fue uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español y, por la extensión de su obra, uno de los más prolíficos autores de la literatura universal.
El llamado Fénix de los ingenios y Monstruo de la Naturaleza (por Miguel de Cervantes), renovó las fórmulas del teatro español en un momento en que el teatro comienza a ser un fenómeno cultural y de masas
Después de cosechar una larga lista de conquistas, en sus últimos años de vida Lope de Vega se enamoró de Marta de Nevares, en lo que puede considerarse “sacrilegio” dada su condición de sacerdote; era una mujer muy bella y de ojos verdes, como declara Lope en los poemas que le compuso llamándola “Amarilis” o “Marcia Leonarda”, como en las Novelas que le destinó.
Los últimos años de Lope fueron infelices a pesar de los honores que recibió del rey y del Papa. Sufrió que Marta se volviera ciega en 1626, y muriera loca, en 1628.

Marta de Nevares es su gran pasión de madurez:

“Duque mi Señor: yo no he cerrado los ojos en toda la noche, y hasta ahora he estado en la cama con mil accidentes; y no me levantara della, si una persona que los ha entendido no me enviara a llamar; ni aun he querido comer, que he estado con tantas desesperaciones, que le he pedido a Dios me quitase la vida […] Yo nací en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás.”

En Lope todo es extremado, exagerado, sin medida, así en su vida como en su creación literaria…
A Marta la retrata en hermosos versos de su égloga Amarilis:

 

“Criose hermosa cuanto ser podía
en la primera edad belleza humana,
porque cuando ha de ser alegre el día
ya tiene sus albricias la mañana.
Aprendió gentileza y cortesía,
no soberbio desdén, no pompa vana,
venciendo con prudente compostura
la arrogancia que engendra la hermosura.

Si cátedra de amar Amor fundara,
como aquel africano español ciencias,
la de prima bellísima llevara
a todas las humanas competencias;
no tuvieran contigo, fénix rara,
las letras y las armas diferencias,
ni estuvieran por Venus, tan hermosa,
quejosa Juno y Palas envidiosa.

El copioso cabello, que encrespaba
natural artificio, componía
una selva de rizos, que envidiaba
Amor para mirar por celosía;
porque cuando tendido le peinaba
un pabellón de tornasol hacía,
cuyas ondas sulcaban siempre atentos,
tantos como cabellos, pensamientos.

En la mitad de la serena frente,
donde rizados los enlaza y junta,
formó naturaleza diligente,
jugando con las hebras, una punta.
En este campo, aunque de nieve ardiente,
duplica el arco Amor, en cuya junta
márgenes bellas de pestañas hechas
cortinas hizo y guarnición de flechas.

Dos vivas esmeraldas, que mirando
hablaban a las almas al oído,
sobre candido esmalte trasladando
la suya hermosa al exterior sentido,
y con risueño espíritu templando
el grave ceño, alguna vez dormido,
para guerra de amor de cuanto vían
en dulce paz el reino dividían.

La bien hecha nariz, que no lo siendo
suele descomponer un rostro hermoso,
proporcionada estaba, dividiendo
honesto nácar en marfil lustroso;
como se mira doble malva abriendo
del cerco de hojas en carmín fogoso,
así de las mejillas sobre nieve
el divino pintor púrpura llueve.

¿Qué rosas me dará, cuando se toca
al espejo, de mayo la mañana?
¿Qué nieve el Alpe, qué cristal de roca,
qué rubíes Ceilán, qué Tiro grana,
para pintar sus perlas y su boca,
donde a sí misma la belleza humana
vencida se rindió, porque son feas
con las perlas del Sur rosas pangeas?

Con celestial belleza la decora,
como por ella el alma se divisa,
la dulce gracia de la voz sonora
entre clavel y roja manutisa;
que no tuvo jamás la fresca aurora,
bañada en ámbar, tan honesta risa
ni dio más bella al gusto y al oído
margen de flores a cristal dormido.

No fue la mano larga, y no es en vano,
si mejor escultura se le debe
para seguirse a su graciosa mano
de su pequeño pie la estampa breve;
ni de los dedos el camino llano,
porque los ojos, que cubrió de nieve,
hiciesen, tropezando en sus antojos,
dar los deseos y las almas de ojos.”

.cuando Harry y Sally cambiaron la comedia

Harry y Sally

 

Protagonizada por Meg Ryan y Billy Crystal, “Cuando Harry conoció a Sally”, es LA comedia romántica de todos los tiempos.
Desde la indiferencia y el rechazo hasta llegar al amor, entre ellos flota una pregunta eterna.
¿Pueden hombres y mujeres ser amigos?

Cuando en octubre de 1984, Nora Ephron –la guionista-, Rob Reiner –el director- y Andy Scheinman –el productor- se juntaron a almorzar, en Los Angeles, Reiner acababa de divorciarse y Scheinman era soltero.
Menos del asunto sobre una película de un abogado que los había convocado, hablaron sobre cualquier cosa o, más exacto, sobre ellos mismos.
Y, un mes después, se reencontraron, y esta vez Rob Reiner llevó una idea más concreta: quería hacer una película sobre un hombre y una mujer que se hacen amigos y toman la decisión de nunca tener sexo porque arruinaría esa amistad.
Esa película se llamó “Cuando Harry conoció a Sally”, vio la luz el 12 de julio de 1989 y redefinió a la comedia romántica para siempre.

CUANDO BILLY CONOCIO A MEG.
Dijo Ephron sobre aquellas charlas entre hombres sobre sexo y el amor.
“Confirmaron mis peores pesadillas sobre cómo pensaban los hombres. Me dijeron sus excusas para escaparse a mitad de la noche después de haberse acostado con alguien. También que el motivo por el que pensaban que hombres y mujeres no podían ser amigos era que el hombre siempre iba a querer tener sexo con la mujer”.
Harry –Billy Crystal– conoce a Sally –Meg Ryan– en un viaje de dieciocho horas, desde Chicago hasta Nueva York.
El está de novio con una amiga de ella y comparten auto para ahorrar gastos.
Se llevan pésimo.
Pero entre idas y vueltas, discusiones y charlas, plantean la gran pregunta que la película intenta responder: ¿pueden hombres y mujeres ser amigos?
No, dice Harry:
“Ningún hombre puede ser amigo de una mujer a la que encuentre atractiva, siempre va a querer tener sexo con ella”.
“Entonces”, dice Sally, “estás diciendo que un hombre puede ser amigo de una mujer a la que no encuentre atractiva”.
“No”, contesta él, “también se la va a querer bajar”.

UNA ESCENA PARA LA HISTORIA.
Mientras avanzaban con el guión, Rob Reiner y Andy Scheinman le dijeron a Nora Ephron: “ya te contamos sobre los hombres, ahora contanos sobre las mujeres”.
Y Ephron dijo: “Todas las mujeres fingimos orgasmos en algún momento u otro”.
Unas semanas después, él mismo escribió la escena en la que Sally se lo revela a Harry.
En el texto, sin embargo, era sólo una declaración y no una demostración práctica, como fue después en la película, en una de las escenas emblemáticas de la historia del cine.
La idea de fingir un orgasmo en la mesa de un deli fue de Meg Ryan.
Y el remate -la señora mayor (¡la madre del director!) diciendo al mozo:
“Quiero lo mismo que ella”- una invención de Billy Crystal.

EL AMOR ES UNA COMEDIA.
La amistad entre Harry y Sally se termina pero da a lugar a otra cosa: amor romántico y –imaginamos– para toda la vida.
Cuando Harry conoció a Sally es la película que fundó el estilo del universo de comedias románticas que vinieron después.
Inauguró ese estilo honesto, costumbrista y ácido para narrar con humor los desencuentros desde que dos personas se conocen hasta que viven felices.
Y, para terminar, ¿pueden hombres y mujeres ser amigos?
Escribe Nora Ephron: “Rob piensa que no. Yo pienso que sí. Y los dos tenemos razón. Lo que me lleva al nudo real de la película: no si pueden ser amigos, como dije tantas veces, sino lo diferentes que somos hombres y mujeres”.

 

Volvé a ver la escena final

 

¡Y nunca te aburras de mirar a Meg Ryan fingiendo un orgasmo!

 

Texto: Lucila Pinto
Foto: Archivo Atlántida

.annabel Lee

Virginia-and-Edgar-Poe-

 

 

“Hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una doncella
cuyo nombre era Annabel Lee;
y vivía esta doncella sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.
Yo era un niño, una niña ella,
en ese reino junto al mar,
pero nos queríamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee,
con un amor que los serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.
Tal fue esa la razón de que hace muchos años,
en ese reino junto al mar,
soplara de pronto un viento, helando
a mi hermosa Annabel Lee.
Sus deudos de alto linaje vinieron
y se la llevaron apartándola de mí,
para encerrarla en una tumba
en ese reino junto al mar.
Los ángeles, que no eran ni con mucho tan felices en el Cielo,
nos venían envidiando a ella y a mí…
Sí: tal fue la razón (como todos saben
en ese reino junto al mar)
de que soplara un viento nocturno
congelando y matando a mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el amor de nuestros mayores,
de muchos que eran más sabios que nosotros,
y ni los ángeles arriba en el Cielo,
ni los demonios abajo en lo hondo del mar,
pudieron jamás separar mi alma
del alma de la hermosa Annabel Lee.
Pues la luna jamás brilla sin traerme sueños
de la bella Annabel Lee;
ni las estrellas se levantan sin que yo sienta los ojos luminosos
de la bella Annabel Lee.
Así, durante toda la marea de la noche, yazgo al lado
de mi adorada -mi querida- mi vida y mi prometida,
en su tumba junto al mar,
en su tumba que se eleva a las orillas del mar. ”

-Edgar Allan Poe a su musa, Virginia Clemm

Edgar Allan Poe fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense, generalmente reconocido como uno de los maestros universales del relato corto, del cual fue uno de los primeros practicantes en su país.
Fue renovador de la novela gótica, recordado especialmente por sus cuentos de terror.
Considerado el inventor del relato detectivesco, contribuyó asimismo con varias obras al género emergente de la ciencia-ficción
Por otra parte, fue el primer escritor estadounidense de renombre que intentó hacer de la escritura su modus vivendi, lo que tuvo para él lamentables consecuencias.
Poe y Virginia Clemm ella eran primos hermanos, y se casaron cuando ella tenía 13 años y él 27. Algunos biógrafos han sugerido que los esposos mantuvieron una relación más fraternal que conyugal, y que nunca consumaron el matrimonio.
Virginia enfermó de tuberculosis en enero de 1842, y murió por esta causa en enero de 1847, a los 24 años de edad. Su fallecimiento se produjo en la casa de campo de la pareja, situada en las afueras de Nueva York.
Años antes de contraer matrimonio, Virginia Clemm y Edgar Allan Poe ya habían vivido ocasionalmente bajo un mismo techo, con otros miembros de la familia.
La pareja tuvo que mudarse con frecuencia para adaptarse a los cambios de empleo de Edgar. Vivieron intermitentemente en Baltimore, Filadelfia y Nueva York.
Pocos años después de su boda, Poe se vio envuelto en un grave escándalo que involucraba también a las poetisas Frances Sargent Osgood y Elizabeth F. Ellet.
Los rumores acerca de las supuestas infidelidades de su esposo afectaron a Virginia hasta el punto de que, en su lecho de muerte, declararía que Ellet la había asesinado.
Tras su muerte, su cuerpo fue finalmente ubicado bajo el mismo monumento funerario que alberga los restos de su marido, en el cementerio Westminster.
La enfermedad y posterior muerte de su esposa causaron una gran impresión a Edgar Allan Poe, que quedó muy abatido y se refugió en la bebida.
Se cree que el trágico final de Virginia tuvo también una notable influencia en la obra de Poe, donde es frecuente el motivo del fallecimiento de una joven, como por ejemplo en los famosos poemas “Annabel Lee” y “El cuervo“.

«Cada vez yo sentía todas las agonías de su muerte, y en cada avance de mi trastorno la amaba con más intensidad y me aferraba a su vida con más desesperada pertinacia. Pero soy por constitución sensible, nervioso en un grado muy poco frecuente. Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura»
-Edgar Allan Poe, en una carta a su amigo John Henry Ingram.
Pocos registros hay de un suceso trágico como inspiración tan fértil para una mente creadora.
Tal vez al final, el Edgar Allan Poe que fue encontrado vagando sin rumbo en las calles de Baltimore, completamente fuera de sí, habría elegido no ser Edgar Allan Poe en absoluto sino haber sido, sencillamente, el esposo de Virginia Clemm.

 

.la dicha de escribir

.la dicha de escribir

“Garra.
Entusiasmo.
Cuán raramente se oyen estas palabras,
Qué poca gente vemos que viva o, para el caso, crea guiándose por ellas.
Sin embargo, si me pidiesen que nombrar los elementos más importantes del carácter de un autor, aquello que da forma a su material y lo impele hacia donde quiere ir, sólo podría advertirle que pusiera atención a su garra, que se fijara en su entusiasmo.
Ustedes tienen su lista de autores favoritos.
Yo tengo la mía.
Dickens, Twain, Wolfe, Peacock, Shaw, Moliere, Johson, Wycherly, Sam Johnson. Poetas: Gerard Manley Hopkins, Dylan Thomas, Pope.
Pintores: El Greco, Tintoretto.
Músicos: Mozart, Haydn, Ravel, Johann Strauss (!).
Pensar en estos nombres es pensar en garras, apetitos, entusiasmos grandes o pequeños pero siempre importantes.
Pensar en Shakespeare y Melville es pensar en truenos, relámpagos, viento.
Todos conocían el gozo de crear en formas amplias o reducidas, en telas ilimitadas o estrechas.
Son los hijos de los dioses.
Sabían divertirse trabajando.
No importaba si de vez en cuando crear era difícil, qué tragedias o enfermedades les afectaban la vida más íntima.
Las cosas importantes son las que nos llegaron de sus manos y sus mentes, y están llenas a reventar de vigor animal y vitalidad intelectual.
Nos transmitieron sus odios y desesperaciones con una especie de amor.
Miren ustedes las elongaciones de El Greco y díganme, si pueden, que su trabajo no lo hacía feliz.
¿De veras pretenderán que el Dios creando a los animales del universo de Tintoretto se basa en algo menos que “diversión” en el sentido más amplio y más enteramente comprometido?
El mejor jazz dice: “Voy a vivir siempre; no creo en la muerte”.
La mejor escultura, como la cabeza de Nefertiti, no cesa de repetir: “El Hermoso estuvo, está y estará aquí para siempre”.
Cada uno de los hombres que mencioné atrapó un fragmento del mercurio de la vida, lo congeló para siempre y, en el ardor de su creatividad, se volvió para señalarlo y exclamar: “No es cierto que es bueno?”
Y era bueno.
¿Qué tiene que ver todo esto con escribir el cuento de nuestra época?
Sólo lo siguiente: si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias.
Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo.
Ni siquiera se conoce.
Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos.
Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; Dios sabe que viviría más sano.
¿Cuánto hace que no escribe usted una historia que vuelque en el papel un amor o un odio verdadero?
¿Cuánto que no se atreve a liberar un bien conservado prejuicio para que sacuda la página como un rayo?
¿Cuáles son las mejores y las peores cosas de su vida y cuando saldrá a susurrarlas o gritarlas?
¿No sería fabuloso, por ejemplo, tirar al suelo un ejemplar de Harper´s Bazaar que ha estado hojeando en la consulta del dentista, saltar a la máquina de escribir y desbocarse en carcajadas rabiosas contra ese esnobismo tonto y a veces vergonzante?
Eso mismo hice yo hace unos años.
Topé con un número donde los fotógrafos de Bazaar, con un perverso sentido de la igualdad, volvían a utilizar nativos de un callejón de Puerto Rico junto a unas modelos de aspecto famélico que posaban a beneficio de unas aún demacradas semimujeres de los mejores salones del país.
Tal furia me dieron esas fotos que, más que ir, me lancé hacia mi máquina y escribí “Sol y sombra”, la historia de un viejo portorriqueño que le arruina la tarde a un fotógrafo de Bazaar deslizándose en todas las fotos y bajándose los pantalones.
Me atrevería a decir que hay algunos de ustedes que hubieran quedido hacerlo.
Yo me di el gusto; las limpiadoras secuelas de la risa, el chillido, la gran carcajda como un relincho.
Es probable que los editores de Bazaar no oyeran nada.
Pero muchos lectores oyeron y exclamaron: ¡Vamos, Bazaar, Vamos Bradbury!
No reivindico victoria, pero cuando fui a colgar los guantes, tenian manchas de sangre.
¿Cuánto hace que no escribe una historia asi, por pura indignación?
¿Cuándo fué la última vez que la policía lo paró en su barrio porque tenía ganas de pasear y tal vez pensar de noche?
A mi me sucedió bastantes veces como para que al fin, irritado, escribiera “El peatón”, un cuento sobre una época, dentro de cincuenta años, en que a un hombre lo arrestran y someten a estudios clínicos porque insiste en mirar la realidad no televisada y respirar aire no condicionado.
Deja de lado enojos e irritaciones, ¿y los gustos qué?
¿Qué es lo que más quiere en el mundo?
Hablo de las cosas grandes y las chicas.
Un tranvía, un par de zapatillas de tenis? A éstas una vez, cuando éramos niños, nos las invistieron de magia.
El año pasado publiqué un cuento sobre el último viaje de un niño en un tranvía que huele a todas las tormentas del tiempo, un tranvía lleno de asientos de terciopelo verde musgo y electricidad azul pero destinado a que lo reemplace un prosaico autobús de olor más práctico.
Otro cuento trata de un muchacho que quería un par de zapatillas de tenis nuevas para poder saltar sobre ríos, casas y calles, y hasta arbustos, aceras y perros.
Para él unas zapatillas eran una corriente de gacelas y antílopes en el estío del veld africano.
Había allí una anergía de ríos liberados y tormentas veraniegas; no había nada en el mundo que necesitara tanto como esas zapatillas.
Por consiguiente, sin complicaciones he aquí mi fórmula.
¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo? ¿Qué ama o qué detesta?
Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma.
Dele instrucciones de carrera.
Suelte el disparo.
Luego sígalo tan rápido como pueda.
Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia.
La garra y el entusiasmo de esa necesidad -y tanto en el amor como en el odio hay garra-, encenderán y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir.
Todo esto se dirige sobre todo al escritor que ya ha aprendido el oficio; es decir, que ha asimililado suficientes útiles gramaticales y conocimiento literario como para no tropezar cuando quiere correr.
Pero el consejo tambien conviene al principiante, aunque por razones puramente técnicas tenga que andar con paso inseguro.
Incluso aquí la pasión suele salvar la jornada.
La historia de cada cuento, entonces, debería leerse casi como un enforme meteorológico: Caluroso hoy, refrescando mañana.
Hoy por la tarde incendie usted la casa.
Mañana vierta fría agua crítica sobre las brasas ardientes.
Para cortar y reescribir ya habrá tiempo mañana.
Hoy, ¡estalle, hágase pedazos, desintégrese!
Las otras seis o siete versiones serán toda una tortura.
¿Por qué no disfrutar pues de la primera, con la esperanza de que su gozo busque y encuentre en el mundo otros que al leer su cuento también se incendien?
No tiene por qué ser un gran incendio.
Un fuego pequeño, acaso la llama de una vela; el anhelo de un prodigio mecánico como un tranvía o un prodigio animal como un par de zapatillas corriendo a lo conejo por la hierba de la madrugada.
Fíjese en los pequeños encantos, encuentre y modele las pequeñas amarguras.
Saboréelos en la boca, pruébelos en la máquina.
¿Cuánto hace que no lee un libro de poesía o se toma una tarde para uno o dos ensayos?
(…) Hay ideas en cualquier lugar, como manzanas caídas deshaciéndose en la hierba por falta de caminantes con ojo y lengua para la belleza, sea absurda, horrorosa o refinada.
Gerard Manley Hopkins lo dijo así:
‘Gloria a Dios por las cosas variopintas…
por los cielos bicolores como vacas pías;
por el lunas rosado en la pecosa trucha esquiva;
las ascuas en la hoja del castaño; el ala del pinzón;
el paisaje parcelado y dividido; redil, barbecho y aradío;
por todos los oficios, aparejos, pertrechos y accesorios.
Por todo lo adverso, original, sobrio, extraño;
lo voluble, lo moteado (¿quién sabe cómo?);
lo rápido, lo lento; lo dulce, lo agrio; lo tenue, lo brillante;
Él angendra y protege una belleza inmutable: alabadlo.’
Thomas Wolfe se tragó el mundo y vomitó lava.
Dickens comió cada hora de su vida en una mesa diferente.
Moliére, para degustar la sociedad, empuñó un escalpelo, como hicieron Pope y Shaw.
Adonde se mire en el cosmos literario, todos los grandes están atareados en amar y odiar.
¿Ha abandonado usted esta ocupación básica por obsoleta para su escritura?
Entonces se pierde una buena diversión.
La diversión de la ira y el desencanto, de amar y ser amado, de conmover y ser conmovido por este baile de máscaras
en el que giramos desde la cuna hasta el cementerio.
La vida es corta, la desdicha segura, la muerte cierta.
Pero entretanto, en su trabajo, ¿por qué no transportar esas hinchadas vejigas con las etiquetas de Garra y Entusiasmo?
Con ellas, en viaje hacia la tumba, yo me propongo azotar a un espantajo,
acariciar el peinado de una linda chica y saludar a un muchacho subido a un caqui.
Si alguien se me quiere unir, en el Ejército de Coxie hay lugar de sobra.” -1973

-Ray Bradbury (de “Zen en el Arte de Escribir”)-

 

.soneto V

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“Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.
Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.”

-Garcilaso de la Vega a su musa: Isabel Freire

 

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La emperatriz Isabel de Portugal vino a España con su corte de damas, entre ellas Isabel Freire.
Ésta no sabía ni que existía Garcilaso, pero él se quedó perdidamente enamorado.
Su modo de andar alegre -su meneo, dice el poeta; su contoneo, se, diría después- venía a ser anuncio de otras delicias de la carne.
La dama portuguesa fue referencia y punto de partida para las que tras ella vinieron, llenando el corazón del poeta y sus versos de una profunda melancolía.
No se sabe si fue correspondido o no, al menos el tiempo suficiente para comprobar si aquella pasión fue verdadera.
Pero el amor crecía en Garcilaso y su obra, incluso cuando Isabel se casó con un hombre gordo y romo en amores y ambiciones.

En 1520, el rey manda a Garcilaso a Italia.
Después volvió a España y volvió a irse a Nápoles.
Allí conoció la cultura renacentista y la llevó a España.
Al volver a Italia, se entera de la muerte de Isabel de Freire.
Murió en el parto.

Le escribió decenas de poemas, aunque nunca la llegó a tocar.
No hubo en sus versos ira ni reproches, ni mucho menos celos de amante resentido, de amor que pudo ser y se quedó en el camino de tantos otros antes; su amor salió a la luz doblemente en sus églogas disfrazado de diversos nombres, que van de Elisa a Galatea.
Después de Isabel tuvo varias amantes, alguna de las cuales le dio un hijo, pero como un río subterráneo, como fuente perenne, el recuerdo de Isabel de Freire continuó fluyendo en Garcilaso hasta el día de su muerte.

Fuente: Web

 

 

.las cartas más apasionadas del mundo-Apasionadas I

.las cartas más apasionadas del mundo-Apasionadas I

 

 

“Comparado contigo soy como un niño.
porque cuando hablas con las entrañas lo envuelves todo:
es la oscuridad lo que yo adoro.”
-Henry Miller

En esta carta de Honoré de Balzac a Mme. de Hanska hay de todo: ternura, amor, pasión, entrega, romanticismo y hasta humor.
Balzac mantuvo con Mme. de Hanska una copiosa correspondencia antes de conocerla.
Más tarde fué a Polonia y se casó con ella.
Él le ha enviado un mechón de su pelo y le cuenta que se ha dejado largo los cabellos. “Me los he dejado crecer y todo el mundo me pregunta por qué. ¿Por qué? ¡Quisiera tener bastantes para hacerle a usted cadenas y brazaletes!”. En el momento en que escribe esta carta, él estaba trabajando en Eugénie Grandet y estaba a punto de partir de viaje para solventar de algunos problemas familiares.

Honoré de Balzac a Mme. de Hanska
París, 9 de Septiembre de 1833
“Ya tenemos aquí el invierno, alma mía, y ya he vuelto a posesionarme de mi morada de invierno, ese rincón de la pequeña galería que usted conoce; he dejado la frescura del salón verde, desde donde veo la cúpula de los Inválidos, a través de veinte hectáreas de follaje.
En este rincón donde he recibido sus primeras cartas, por eso le amo aún más que por el pasado.
Al volver aquí he pensado en usted más principalmente, en usted, mi pensamiento más querido, y no he podido resistirme a decirle por lo menos una palabra, a conversar un minuto, que abarque una hora con usted.
¡Cómo quiere que no la ame si es usted la primera que ha vendo a través de los espacios a dar calor a un corazón que desesperaba de amor!
Yo habia hecho cuanto se puede hacer por atraer hacia mí un ángel de las alturas: la gloria era un faro para mí y nada más.
Luego usted lo ha descubierto todo el alma, el corazón y el hombre.
En fin, ayer todavía, releyendo su carta, he visto que usted sola ya había presentido lo que es mi vida.
¿Me pregunta cómo puedo encontrar tiempo para escribirle?
Pues bien, mi Eva querida (déjeme abreviar su nombre, así le dirá mejor que usted es para mí todo el sexo, la única mujer que existe en el mundo, que usted sola le llena enteramente como la primera mujer para el primer hombre).
¡Ah!, sólo usted se ha preguntado si no será para un pobre artista que carece tiempo, un sacrificio inmenso pensar en la que ama; y escribirle.
Aquí, no es cosa dudosa, todos me quitarían las horas sin escrúpulo. Y, al mismo tiempo, queriendo consagrarle toda mi vida, no pensar más que en usted.
¡Con qué alegría si estuviese libre de preocupaciones, arrojaría todas las palmas, toda la gloria y las más bellas obras como granos de inciencio en el altar del amor! ¡Amar y Eva, esto es mi vida!
Hace mucho tiempo que hubiera querido pedirle su retrato si no hubiera no sé qué especie de injuria en esta petición.
No lo quiero antes de haberla visto.
Hoy, mi flor celestial, le envío un mechón de cabellos míos; todavía son negros, pero me he apresurado a hacerlo para burlarme del tiempo.
Me los he dejado crecer y todo el mundo me pregunta por qué.
¿Por qué?
¡Quisiera tener bastantes para hacerle a usted cadenas y brazaletes!
Perdóneme, querida mía, pero la amo como un niño, con todas las alegrías, todas las supersticiones, todas las ilusiones del primer amor.
Ángel querido, cuántas veces he dicho: “¡Oh, si yo fuese amado por una mujer de veintisiete años, qué feliz sería! Podría amarla toda la vida sin tener el alejamiento que la edad impone”. ¡Y usted, usted, ídolo mío, puede ser por siempre la realización de esta ambición de amor!
(…)
Tengo que decirle a usted adiós.
No se ponga triste, amor mío.
No le está permitido estar triste puesto que vive en todo momento dentro de un corazón donde pueda estar segura de que está como en el suyo propio y de que encontrará en él muchos más pensamientos llenos de usted que los que caben en el suyo.
Me he mandado a hacer una caja para guardar y perfumar el papel de cartas y me he tomado la libertad de encargar para usted una igual.
¡Es tan dulce decirse: “Ella tocará y abrirá esta cajita”!¡Y, además, podrá contener su Chénier, el poeta del amor, el más grande de los poetas franceses, cuyos versos me gustaría leerle de rodillas!
Adiós, tesoro de dicha, adiós.
¿Por qué deja usted en sus cartas páginas en blanco?
Pero déjelas, déjelas, no quiero forzar nada.
Yo quiero ese blanco.
¡Me digo que su blanco ha pasado sobre él y lo beso!
Adiós esperanza mía. Hasta muy pronto. La posta llega, hasta treinta y seis horas a Besancón.
En fin, adiós, mi Eva querida, mi estrella llena de gracia y de elocuencia.
¡Sabe usted que cuando voy a recibir una carta suya tengo no sé qué presentimiento que me lo anuncia!
Hoy a la nueve estaba casi seguro de tener una mañana (…) a veces mi intuición es tan fuerte que estoy seguro que si la viese realmente diría:
“Es ella”.
Ella, amor mío, ¡eres tú!
Adiós, hasta muy pronto.”

-Honoré de Balzac

-Selección de Alicia Misrahi

 

.el sueño

argentina desde el espacio

Argentina desde el Espacio. Crédito: Estación Espacial Internacional

“Yo vi dos soles rojos dominando el espacio…
Perlaban en sus rayos las luces del topacio
Y tendí mis dos manos hambrientas de infinito
Para estrujar en ellas un inefable Mito.

Las dos pupilas rojas como rosas del cielo
Cegaron mis pupilas, soberbias en su anhelo
De mirar cara a cara los toques de diamantes
Que estaban en el éter como luces distantes.

Después como un crujido de mundos que se quiebran…
Tempestades soberbias que en los mares se enhebran;
Parto de los infiernos… Un quejido de Dios…
¡Y bocas que se muerdes en un supremo adiós!

Más tarde una sonata más dulce que la miel;
Agonía de lirios en el jardín aquél
Palacio de oro y oro donde habita una maga
Que ha dormido cien años por maldición aciaga.

Y después manos blancas desparramando rosas
Sobre el alma escondida y serena de las cosas…
Y un silencio de muerte cansado y sepulcral
Donde se prende el lotus venenoso del mal.

Y después la mañana que llega a los cristales
Del cuatro miserable donde muerdo mis males…
Y después otro día que se esboza en el lloro
De mis días sin sol, de mis soles sin oro…”

-Alfonsina Storni

argentina desde el espacio2

argentina desde el espacio3

argentina desde el espacio4

argentina desde el espacio5

sur de argentina desde el espacio

sur de argentina desde el espacio2

Argentina desde el Espacio. Crédito: Estación Espacial Internacional

.cantos del amor en sombra

.cantos del amor en sombra

 

 

“Te espero, hombre mío,
centímetro a centímetro,
Te espero en los umbrales, en los poros,
en el color de mi ropa,
en la memoria del viento y de la hiedra;
te espero llanto adentro y cuando crece
como un río el deseo por la piel.
Te espero como si llegar fuera morir
y tenerte, sólo poseer la sombra.
Como si tú y la nada, fueran todo.
Como si todo y tú fueran la nada!

¡Ah! tus pasos…
Ah! tu lengua que espero…
Ah! la hiedra de tu voz profunda…
Nadie sabría decirlo. Nadie
Sólo yo.

Porque hace treinta años que te espero
-inválida en el sueño.
desde mi justa edad meridional!

Esta soledad en nuestra carne.
Este inútil canto del amor en sombra.
Esto de ser pequeños como arena.
Esto de ser la muerte entre la llama.
Ay! paredes dolorosas.
Ay! lecho como ataúd.
Ay! universo y saliva.
Ay! este silencio copioso.
La tristeza nos vigila metida por los rincones.
Este ser tú entre mí misma.
Este ser yo entre tú mismo.
Este veneno en los ríos.
Este tenerte tan cerca
y por eso más ajeno.

(el mundo llora y nosotros
descendemos por su llanto!)

-Emilia Ayarza

.los puentes de Madison: el instante del amor

LOS PUENTES-10

Meryl Streep & Clint Eastwood.

Son la pareja de Los puentes de Madison, una película imposible de pasar por alto entre las más grandes historias de amor del cine.
Un ama de casa desesperanzada y un fotógrafo, rudo y sensible, protagonizan un romance excepcional, para toda la vida.
En todas las películas románticas hay un corazón roto.
Puede estar al principio, en el medio o al final.
Puede haber más de uno.
Puede curarse o puede que lleguen los créditos y siga así, en pedazos.
En Los puentes de Madison, el primer corazón partido está al principio.
Es el de Francesca, un ama de casa perdida en el condado de Madison, en 1965.
Francesca nació y vivió en un pueblo de Italia hasta que se enamoró de un soldado estadounidense durante la segunda guerra mundial.
Estudió para ser maestra pero su marido, ese soldado devenido granjero, prefirió que no trabajara. Ahora, pone la mesa para él y sus dos hijos adolescentes.
En la interpretación perfecta de Meryl Streep se puede ver la tensión entre la felicidad de una vida armada y el duelo por lo que pudo haber sido, por las vidas que no vivió.
Al día siguiente, Richard y sus hijos se van a ir una feria en otro pueblo y ella se va a quedar sola por cuatro días.
La vida va a ser esa, la de siempre, quieta y agridulce, hasta que Robert Kincaid –Clint Eastwood, ya canoso, ya arrugado, pero tan Clint Eastwood– estaciona su camioneta en el frente de la casa.

CONSTRUYENDO PUENTES.
En 1995, cuando la película se estrenó, Los puentes de Madison, la novela de Robert Waller en la que está basada, ya había vendido nueve millones y medio de ejemplares.
Amblin Entertainment, la productora de Steven Spielberg, fue visionaria: había comprado los derechos por veinticinco mil dólares en 1991, antes de que fuera publicada.
En el plan original iba a ser el mismo Spielberg quien la dirigiera, pero se le superpuso con el rodaje de La lista de Schindler.
Así, Clint Eastwood, quien desde el principio había sido pensado para protagonizarla, fue elegido también como director.
Clint Eastwood hizo eso que dicen que casi nunca pasa: una película que supera al libro.

EL AMOR ES MAS FUERTE.
Desde el momento en que Robert Kincaid, un fotógrafo de la National Geographic, se baja de su camioneta y le pide a Francesca una dirección, todo lo que hay en la pantalla es magia.
O, más exacto, es el resultado de dos interpretaciones épicas.
Francesca le sugiere que puede acompañarlo hasta el puente donde él tiene que hacer fotos.
No sabe bien por qué lo hace.
Al día siguiente, vuelve a buscarlo.
Después de pasar esa segunda tarde juntos, los dos vuelven a lo de Francesca a cenar.
Un rato después, cuando están juntos en la cocina, cuando bailan en ella, cuando él la mira con la boca a un centímetro de su cara, resistirse ya no es una posibilidad.
Y cuando ese beso sucede –“Si querés que me detenga, decímelo ahora”, dice Robert; “Nadie te lo está pidiendo”, responde ella un instante antes–, la película toma su curso inevitable.
Pasan juntos los siguientes días, tienen sexo todo el tiempo, se pelean, se amigan y, justo cuando el marido e hijos de ella están por volver, él le pide que se vaya con ella.

EL AMOR DESPUES DEL AMOR.
Al final, Francesca no se va con Robert.
“Cuando una mujer decide casarse y tener hijos, por un lado su vida empieza pero por el otro termina. Construís una vida hecha de detalles.
Te convertís en una madre y en una esposa y parás y te quedás quieta para que tus hijos se puedan mover”, le dice, entre otras frases geniales.
Al día siguiente de dejarse, se encuentran en el centro del pueblo.
Ella está en la camioneta con su marido y Robert está parado bajo la lluvia, mirándola, hasta que sube a su camioneta y arranca.
En la esquina siguiente, las dos camionetas quedan detenidas por el mismo semáforo.
Ella toma el pica­porte, como si estuviera a punto de bajarse.
Finalmente, lo suelta.
Meryl Streep actúa con el cuerpo entero y podés ver ahí mismo, en esa escena, al resto de su vida como el duelo permanente por Robert.
Es una vida mejor que la que tenía antes, sin embargo.
Es dueña, de ahora en más, de una satisfacción secreta.
La conclusión terrible de Los puentes de Madison es que no se pueden tener las dos cosas a la vez: o se tiene un amor normal o se tiene un amor excepcional, parece decirnos la película.
Y en su última noche juntos, Francesca se lo dice a Robert:
“Quiero amarte de la forma en que lo hago ahora durante toda la vida. Si nos vamos juntos, vamos a perder lo que tenemos. Ayudame. Ayudame a no perder esta forma de amarte”.

EL PRIMER BESO.

LA ESCENA DE UNA PELEA ENTRE ROBERT Y FRANCESCA

EL FINAL

 

Textos Lucila Pinto

Fotos Archivo Atlántida/Para Ti

.elegía de los portones

El Rosedal

Barrio Villa Alvear;entre las calles
Nicaragua, Arroyo Maldonado, Can-
ning y Rivera. Muchos terrenos bal-
díos existen aún y su importancia
es reducida

 

“Esta es una elegía
de cuando los portones de Palermo hacían sombra
y el sur era de carros y el norte era de quintas.
Esta es una elegía
que se acuerda de un largo resplandor agachado
que los atardeceres daban a los baldíos.
(En los pasajes mismos había cielo bastante
para toda una dicha
y las tapias tenía el color de las tardes.)
Esta es una elegía
de un Palermo pintado con vaivén de recuerdo
y que se va en la muerte chica de los olvidos.

Muchachas comentadas por un vals de organito
o por los mayorales de corneta fiestera
de los 64
sabían en la puerta de la gracia de su espera.

Había huecos de tunas
y la finalidad del Maldonado
-jirones de agua criolla en la sequía-
y veredas de guapos en que flameaba el corte
y una frontera humosa de silbidos.
(La frontera del sur era de callejones
pero de noche, de ladridos en pena).
Había cosas felices,
cosas que sólo fueron para alegrar el alma:
el arriate del patio
y el andar hamacado del compadre.

Palermo desganado, vós tenías
un alegrón de tango para hacerte valiente
y una baraja criolla para tapar la vida
y unas albas eternas para saber la muerte.
El día era más largo en tus veredas
que en las calles del Centro,
porque en tus huecos hondos se aquerenciaba el cielo
Los carros de costado sentenciosos
franqueaban tu mañana
y eran en las esquinas tiernos los almacenes
como esperando un ángel.
Las noticias de amor de las guitarras
no se perdían entre las esquinas rosadas,
porque las noches eran calmas.
Yo digo que así fuiste en un día del tiempo.
Desde mi calle de altos (es cosa de una legua)
voy a buscar recuerdos a tus calles nocheras.
Mi silbido de pobre continuará en los sueños
de las vidas que duermen.
Mi vagancia es la eterna gustación de tus calles
y esa higuera que asoma sobre una parecita
se lleva bien con mi alma
y es más grato el rosado firme de tus esquinas
que el de las nubes blandas
y el cielo amanzanado de tus orillas guarda
paz mejor que el del campo.”

-Jorge Luis Borges

 

 

camino entre el golf y el lawn tennis

 

 

.escribir^

.escribir^

(cielo de bernal)

 

 

 

 

“Se está solo en una casa.
Y no fuera, sino dentro.
En el jardín hay pájaros, gatos.
Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón.
En un jardín no se está solo.
Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido.
Ahora sé que he estado diez años en la casa.
Sola.
Y para escribir libros que me han permitido saber, a mi y a los demás, que era la escritora que soy.
¿Cómo ocurrió?
Y, ¿cómo explicarlo?
Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fué hecha por mí.
Para mí.
Y que sólo estoy sola en esa casa.
Para escribir.
Para escribir no como lo había hecho hasta entonces.
Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca.
Allí escribí El arrebato de Lol V. Stein y El Vicecónsul.
Luego, despues de éstos, otros.
Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo.
Quizá duró diez años, ya no lo sé, rara vez contaba el tiempo que pasaba escribiendo ni, simplemente, el tiempo. Contaba el tiempo que pasaba esperaba a Robert Antelme y a Marie-Louise, su joven hermana.
Después, ya no contaba nada.
Escribí El arrebato de Lol V. Stein y El Vicecónsul arriba, en mi habitación, la de los armarios azules, ¡ay!, ahora destruidos por los jóvenes albañiles.
A veces, también escribía aquí, en esta mesa del salón.
He conservado esta soledad de los primeros libros.
La he llevado conmigo.
Siempre he llevado mi escritura conmigo, dondequiera que haya ido.
A París. A Trouville. O a Nueva York.
E Trouville fijé en locura el devenir de Lola Valérie Stein, el nombre de Yann Andréa Steiner se me apareció con inolvidable evidencia.
Hace un año.
La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo.
Se desangra, el autor deja de reconocerlo.
Y, ante todo, nunca debe de dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.
Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás.
Es una soledad.
Es la soledad del autor, la del escribir.
Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea.
Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día.
Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir.
Nunca hablaba de eso a nadie.
En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo yo tenía que hacer era escribir.
Raymond Queneau me lo había confirmado.
El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.
Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba.
Lo he hecho.
La escritura nunca me ha abandonado.
Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville.
Es una ventana determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada.
Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitos desesperaciones.
Durante aquel período tuve amantes.
Se acostumbraban a la soledad de Neauphle.
Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros.
Raramente daba a leer mis libros a esos amantes.
Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben.
Cuando terminaba un capítulo, lo encondía.
En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante.
En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido.
El mío nunca ha sido sustituído.
Lo sé, todos los días de mi vida.
Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a una calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo.
Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y me impiden escribir.
Les dejo hacer.
Los vigilo.
Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños.
Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos.
Y qué amor.
La soledad no se encuentra, se hace.
La soledad se hace sola.
Yo la hice.
Porque decidi que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros.
Sucedió así.
Estaba sola en casa.
Me encerré en ella, también tenía miedo, claro.
Y luego la amé.
La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura.
Mis libros salen de esta casa.
También de esta luz, del jardín.
De esta luz reflejada del estanque.
He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.
Esta casa se puede recorrer en toda su extensión.
Si.
También se puede ir y venir.
Y además hay el jardín.
Allí, están los árboles milenarios y los árboles milenarios y los árboles todavía jóvenes.
Y hay alerces, manzanos, un nogal, ciruelos y un cerezo.
El albaricoquero murió.
Frente a mi habitación se halla el fabuloso rosal de L´Homme Atlantique.
Un sauce.
También hay cerezos de Japón y lirios.
Y, debajo de una ventana del salón de música, hay una camelia, que plantó Dionys Mascolo para mí.
Primero amueblé esta casa y luego la hice repintar.
Quizá fué dos años después cuando empecé a vivir con ella.
Terminé Lol V. Stein aquí, escribí el final aquí y en Trouville frente al mar.
Sola, no, no estaba sola, había un hombre conmigo en aquella época.
Pero no hablábamos.
Como escribía, era necesario evitar hablar de libros.
Una mujer que escribe: los hombres no lo soportan.
Es cruel, para un hombre.
Es difícil para todos.
Salvo para Robert A.
Sin embargo, en Trouville había la playa, el mar, la inmensidad de los cielos, de las arenas.
Y era eso, ahí, la soledad.
En Trouville miré el mar hasta la nada.
Trouville es una soledad de mi vida entera.
Conservo esa soledad, ahí está, inexpugnable, a mi alrededor.
A veces cierro las puertas, desconecto el teléfono, desconecto mi voz, no quiero nada más.
Puedo decir lo que quiero, nunca descubriré por qué se escribe ni cómo no se escribe.
A veces, cuando estoy sola aquí, en Neauphle, identifico objetos como un radiador.
Recuerdo que había una gran tabla sobre el radiador y que con frecuencia me sentaba allí, encima de la tabla, para ver pasar los autos.
Aquí, cuando estoy sola, no toco el piano.
No toco mal, pero toco muy poco porque creo que cuando estoy sola, cuando no hay nadie más en la casa, no puedo tocar.
Es muy difícil soportarlo.
Porque de repente parece tener un sentido.
Y sólo la escritura tiene un sentido en determinados casos personales.
La manejo, luego la practico.
En cambio, el piano, es un objeto lejano, más inaccesible, y, para mi, sigue siéndolo.
Creo que si hubiera tocado el piano profesionalmente, no habría escrito libros.
Pero no estoy segura.
También creo que es falso.
Creo que habría escrito libros en cualquier caso, incluso paralelamente a la música.
Libros ilegibles, pero totales.
Tan lejos de cualquier habla como lo desconocido de un amor sin objeto.
Como el de Cristo o el de J. S. Bach: ambos de una equivalencia vertiginosa.
La soledad, la soledad también significa: o la muerte, o el libro.
Pero, ante todo, significa el alcohol.
Whisky, eso significa.
Hasta ahora nunca he podido, pero nunca, de verdad, o en tal caso debería remontarme lejos… nunca he podido empezar un libro sin terminarlo.
Nunca he hecho un libro que no fuera ya una razón de ser mientras se escribía, y eso, sea el libro que sea.
Y en todas partes.
En todas las estaciones.
Descubrí esta pasión aquí en las Yvelines, en esta casa.
Por fin tenía una casa donde esconderme para escribir libros.
Quería vivir en esta casa.
¿Para hacer qué?
Empezó así, como una broma.
Quizás escribir, me dije, podría.
Ya habría empezado libros que había abandonado.
Había olvidado incluso los títulos.
El Vicecónsul, no.
Nunca lo abandoné, pienso en él a menudo.
En Lol V. Stein ya no pienso.
Nadie puede conocer a L.V. S. , ni usted ni yo.
Y hasta lo que Lacan dijo al respecto, nunca lo comprendí por completo.
Lacan me dejó estupefacta. Y su frase: “No debe de saber que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe.”
Para mí, esa frase se convirtió en una especie de identidad esencial, de un “derecho a decir” absolutamente ignorado por las mujeres.
Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará.
No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro.
Una inmensidad vacía.
Un libro posible.
Delante de nada.
Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar.
Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.
(…) En la vida llega un momento, y creo que es fatal, al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: el matrimonio, los amigos, sobre todo los amigos de la pareja.
El hijo, no.
El hijo nunca se pone en duda.
Y esa duda crece alrededor de uno.
Esa duda está sola, es la de la soledad.
Ha nacido de ella, de la soledad.
Ya podemos nombrar la palabra.
Creo que mucha gente no podría soportar lo que digo, huirían.
De ahí quizá que no todo hombre sea un escritor.
Sí. Eso es, ésa es la diferencia.
Esa es la verdad. No hay otra.
La duda, la duda de escribir.
Por tanto, es el escritor, también.
Y con el escritor todo el mundo escribe.
Siempre se ha sabido.
Creo, también, que sin esa duda primera del gento hacia la escritura no hay soledad.
Nadie ha escrito nunca a dúo.
Se ha podido cantar a dúo, también componer música, y jugar a tenis; pero escribir, no.
Nunca.
Creo que el hecho de que un libro sea más o menos difícil de llevar que la vida cotidiana, es un detalle.
La dificultad existe, simplemente.
Un libro es difícil de llevar hacia el lector, en la dirección de su lectura.
Si no hubiera escrito me habría convertido en una incurable del alcohol.
Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más… Es ahí donde se bebe.
Ya que uno está perdido y ya no tiene más que escribir, qué perder, uno escribe.
Mientras el libro está ahí y grita que exige ser terminado, uno escribe.
Uno está obligado a mantener el tipo.
Es imposible soltar un libro para siempre antes de que esté completamente escrito; es decir: solo y libre de tí, que lo has escrito.
Es tan insoportable como un crimen.
No creo a la gente que dice: “He roto mi manuscrito, lo he tirado”.
No lo creo.
O bien lo que estaba escrito no existía para los demás, o no era un libro.
Y uno siempre sabe lo que no es un libro.
Lo que nunca será un libro, no, no lo sabe.
Nunca.
(…) Cuando yo escribía en la casa todo escribía.
La escritura estaba en todas partes. (…)
Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocimos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, dististinto e inseparable de la vida misma.
Uno se encarniza.
No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.
Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe.
(…) La escritura va muy lejos… hasta que uno la remata.
A veces es imposible.
de repente todo cobra un sentido relacionado con la escritura, es para enloquecer.
Dejamos de conocer a la gente que conocemos y creemos haber esperado a quienes no conocemos.
Sin duda se trataba simplemente de que ya estaba cansada de vivir, un poco más cansada que los demás.
Era un estado de dolor sin sufrimiento.
No intentaba protegerme de los demás, en especial de quienes me conocían.
No era triste.
Era desesperado.
Estaba embarcada en el trabajo más difícil de mi vida: mi amante de Lahore, escribir su vida. Escribir El Vicecónsul.
(…) Un escritor es algo extraño.
Es una contradicción y también un sinsentido.
Escribir también es no hablar.
Es callarse.
Es aullar sin ruido.
Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho.
No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo.
Es imposible.
Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es.
El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación…
Un libro abierto tambien es la noche.
Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.
Escribir a pesar de todo pese a la desesperación.
No: con la desesperación.
Qué desesperación, no sé su nombre.
Escribir junto a lo que precede al escrito es siempre estropearlo.
Y sin embargo hay que aceptarlo: estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de ese mismo libro.
(…) Ya no sucede nada más en un libro así, acabado y distribuído.
Y recobra la indescifrable inocencia de su llegada al mundo.
Estar sola con el libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad. Eso es.
También es estar sola en la escritura aún yerma.
Es intentar no morir por su causa.
Uno está solo incluso en su propia soledad.
Siempre inconcebible.
Siempre peligrosa.
Si. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar.
En la casa escribía en el primer piso. No escribía abajo. Después, al contrario, escribí en la gran habitación central de la planta baja para estar menos sola, quizá, ya no lo sé, y también para ver el jardín.
En el libro hay eso: la soledad es la del mundo entero.
Está en todas partes.
Lo ha invadido todo.
Sigo creyendo en esta invasión.
Como todo el mundo.
La soledad es eso sin lo que nada se hace.
Eso sin lo que ya no se mira nada.
Es un modo de pensar, de razonar, pero sólo con el pensamiento cotidiano.
También eso está presente en la función de la escritura.
Hablo de la soledad pero no estaba sola, ya que tenía ese trabajo que sacar adelante, hasta la luz, ese trabajo de condenados: escribir el Vicecónsul.
Fué escrito y traducido a todas las lenguas del mundo, y está guardado. ese libro fué el primer libro de mi vida.
(…) La hora del crepúsculo al atardecer; es la hora en la que todo el mundo deja de trabajar alrededor del escritor.
En las ciudades, en los pueblos, en todas partes, los escritores son gente solitaria. En todas partes, y siempre, lo han sido.
En el mundo entero se acaba la luz y se acaba el trabajo.
Y, en lo que a mí respecta, siempre he vivido esa hora como si no fuera la hora del final del trabajo, sino la hora del inicio del trabajo.
En lo que al escritor respecta, hay ahí, en la naturaleza, una especie de inversión de valores.
con frecuencia, al terminar el trabajo, a uno le asalta el recuerdo de la más grande de las injusticias. Hablo de lo cotidiano de la vida. No es por la mañana, es al atardecer cuando eso invade las casas, nos invade a nosotros. Y si no es así, no se es absolutamente nada. Se es: nada. Y siempre en todos los casos de todos los pueblos, se sabe.
La liberación se produce cuando la noche empieza a aposentarse. Cuando fuera cesa el trabajo.
Queda ese lujo nuestro, que nos pertenece, de poder escribirlo por la noche. Podemos escribir a cualquier hora. No sufrimos sanciones de reglas, horarios, jefes, insultos y más jefes.
Escribir.
No puedo.
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.
Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.
Se puede hablar de un mal del escribir.
No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.
Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.
La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir.
Y con total lucidez.
La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, excepto eso, la vida…”

-Marguerite Duras

 

 

 

 

 

 

.arrabal

Tango

 

“El arrabal es el reflejo
de la fatiga del viandante.
Mis pasos claudicaron
cuando iban a pisar el horizonte
y quedé entre las casas
miedosas y humilladas,
encarceladas en manzanas
diferentes e iguales
como si fueran todas ellas
recuerdos superpuestos, barajados.
El pastito precario
desesperadamente esperanzado
salpicaba las piedras de la calle
y mis miradas comprobaron
gesticulante y vano
el cartel del poniente
en su fracaso cotidiano
y sentí Buenos Aires:
esta ciudad que yo creí mi pasado
es mi porvenir, mi presente:
los años que he vivido en Europa son ilusorios,
yo estado siempre (y estaré) en Buenos Aires.”
-Jorge Luis Borges

.por qué soy escritor

Federico_Andahazi

«Federico Andahazi» de Aida Pippo –

“Puedo fechar con precisión el momento en que decidí ser escritor.
Fue el 24 de marzo del ’76, durante la madrugada posterior al golpe militar.
Yo tenía trece años.
Recuerdo aquella noche como un largo y aciago funeral.
La familia se había reunido en casa de mis abuelos.
Cenamos en silencio.
Pasada la medianoche, mi abuelo se levantó de la mesa y, sin decir palabra, fue hasta la biblioteca.
Todos vimos cómo empezaba a bajar los libros de los anaqueles agrupándolos en atados hechos con hilo sisal.
Nadie se atrevía a preguntarle nada.
Fue una tarea ardua; trabajaba con un gesto concentrado y no permitía que nadie le ayudara.
Aquella biblioteca era su vida.
Mi abuelo, Samuel Merlín, el padre de mi madre, había llegado a la Argentina en 1912 desde la devastada Rusia.
Tenía cinco años.
Trabajó desde el mismo día en que llegó al país vendiendo diarios en la calle.
Así, voceando los titulares, aprendió a hablar el castellano.
Años más tarde, de vender diarios pasó a vender libros y ya, en la adultez, a editarlos.
Su desdén por el mercado hizo que fundiera tantas editoriales como las que fundara.
Su última editorial llevaba su nombre: Merlín.
Sin posibilidades de recuperarse de la ruina económica, trabajó para diversos sellos; el último fue EUDEBA.
El hecho es que, en su vejez, tenía una sola posesión: la colosal biblioteca que, como he dicho, era la historia de su vida.
Mi abuelo no ignoraba que la enorme cantidad de bibliografía política la convertía en un peligro para su familia.
De modo que aquella madrugada, cuando hizo el último atado, antes de que despuntara el alba, llevó todos los libros a un terreno baldío frente a su casa, al otro lado de la calle ayacucho, y fue quemándolos uno a uno.
Pude presenciar aquella escena desde el balcón.
Era un hombre duro, un inmigrante curtido en el rigor de la guerra y el exilio.
Iluminado por el fuego, fue la única vez que lo vi quebrado.
Era como verlo inmolarse.
De hecho, sobrevivió pocos años a la quema de su propia biblioteca.
Desde entonces, cada vez que pongo punto final a un libro de mi modesta autoría, no puedo evitar la ilusoria convicción de estar restituyendo un volumen a la biblioteca perdida de mi abuelo.”

-Federico Andahazi

 

.la alegria: aprender las lecciones de la vida con la dicha en el corazón

.la alegria

 

“No puedo creer que el inescrutable universo gire sobre un eje de sufrimiento; sin lugar a dudas, las extraña belleza del mundo debe sustentarse en alguna parte sobre la pura alegría”.
-Louise Bogan
“El viaje hacia el encanto de la vida simple nos interna en un terreno desconocido.
Aprendemos día a día cómo el cultivo de la gratitud abona el suelo de nuestra alma y cómo después las semillas de la simplicidad y el orden echan profundas raíces en la tierra de nuestra existencia cotidiana.
A medida que avanzamos, la armonía nos anima a crear una vida auténtica para nosotras y para nuestros seres queridos.
Con paciencia, la belleza brota y nuestros corazones no sólo experimentan felicidad, a menudo pasajera, sino un raudal de alegría que refresca y renueva.
Hemos encontrado nuestro lugar en el mundo.
“Con la mirada serenada por la fuerza de la armonía y la profunda fuerza de la alegría -escribió William Wordsworth-, somos capaces de percibir la vida de las cosas.”
Ser capaces de percibir la vida de las cosas es nuestro objetivo en nuestra etapa del proceso de transformación.
En lo más hondo de nuestro ser, sentimos el afán de abandonar el camino de la lucha como medio para aprender las lecciones de la vida.
Al fin, estamos preparados para abrazar el camino de la alegría.
Aprender a vivir en el momento presente forma parte del camino de la alegría.
Pero ello exige un profundo cambio interior en nuestra realidad.
Muchos de nosotros forjamos inconscientemente tragedias en nuestras mentes y esperamos lo peor de una situación, con lo que sólo logramos que nuestras expectativas se cumplan como una profecía que corrobora nuestros temores.
Sin advertirlo, nos convertimos en autores de nuestra propia mala suerte.
Y así, luchamos día a día, de crisis en crisis, magullados y apaleados por las circunstancias sin darnos cuenta de que siempre tenemos otra opción.
Pero, ¿qué pasaría si aprendieras a alejar las tragedias y empezaras a tener fe en el fluir de la vida y en la bondad del Espíritu? ¿Si empezaras a esperar lo mejor de todas las situaciones? ¿No es posible que empezaras a escribir nuevos capítulos de tu vida con finales felices?
Para muchos de nosotros, esto se aparta tan radicalmente de la forma en que hemos actuado hasta ahora que nos parece increíble.
Sin embargo es posible.
Destierra tu incredulidad.
Ten fe.
A fin de cuentas, ¿qué puedes perder aparte de tristezas y carencias?
Empieza hoy.
Declara a viva voz al Universo que deseas abandonar la lucha y ansías aprender a través de la alegría.
Tal vez te tome la palabra.
Es más, descubrirías, para tu propio asombro y regocijo, que esas cualidades estaban esperando pacientemente a que tú las invocaras desde el principio.”
-Sarah Ban Breathnach

 

.las cartas más apasionadas del mundo-Alocadas

.las cartas más apasionadas del mundo-Alocadas

 

 

“Estoy del todo cuerdo y, sin embargo, parezco un chico que juega contigo en las montañas
sin saber en dónde empiezas tú y en dónde termino yo.”
-George Bernard Shaw

 

“Este pequeño párrafo de una carta más de George Bernard Shaw a “Stella” (Beatrice Campbell) expresa por sí solo todo su amor y locura:

George Bernard Shaw a “Stella”
“Por lo tanto, si tienes alguna curiosidad por saber si sigo enamorado de Stella, la respuesta es sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí sí y un millón de veces sí…
No puedo evitarlo. Estoy del todo cuerdo, soy completamente capaz, me siento yo mismo y, sin embargo, parezco un chico que juega contigo en las montañas sin saber en dónde empiezas tú y en dónde termino yo.
Y si me dicesque tú crees que el cielo no será bastante alto para mí (¿no parece una bella frase irlandesa?). ¡Cielos! ¡¡¡Qué delicioso es hacerte el amor!!!”

 
Emilia Pardo Bazán se dejó llevar por la pasión hacia su adorado y algo mujeriego Benito Pérez Galdós… En esta carta ella recordaba unos días que pasaron juntos viajando. Primero se deja arrebatar por los pícaros recuerdos y después, alocada, se ríen de que habían desafiado al mundo por estar juntos:

Emilia Pardo Bazán A Benito Pérez Galdós
París, hoy sabado
“Ahora es cuando la pícara imaginación representa con limpios colores toda la poesía de este viaje felíz. Ahora es cuando van idealizándose y adquiriendo tonos color de rosa, azul y oro, las excursiones de Zurich, las severas bellezas de Munich, las góticas y místicas curiosidades de Nuremberg y en especial la sublime noche de Francfort -la noche que he sentido tu corazoncito más cerca del mío y tu amor se me ha aparecido más claro, acompañado, ¡ay me! de remordimientos y escozores, de mi conciencia que distan mucho de haberse aplacado todavía.
No sé si algún día dejarás de quererme y la absolución que hoy debo a tu amor vendrá sólo de la indulgencia que da nuestro roído oficio y el conocimiento de la realidad. No lo quiera Dios. Tengamos esperanzas. Acaso pueda yo ponerme de acuerdo conmigo misma, más tarde o más temprano.
Ayer me han dicho que Zola está a punto de enloquecer por miedo a la muerte. ¡Qué tonto es ese hombre de genio! ¡Miedo a la muerte! si hubiera vivido en una semana lo que yo… y lo que tú, no le tendría miedo alguno. Nada eleva el espíritu como el amor; estoy convencida que de él nacen no sólo las bellas acciones, como opina Dante, sino el fuego artístico.
Y el arrebato de locura.
Hemos realizado un sueño, miquiño adorado: un sueño bonito, un sueño fantástico a los 30 años yo no creía posible. (…) ¡Ay! ¿Cuándo volveré a estrecharte en mis brazos, mono, felicidad mía, cuándo será?
Vente pronto a Madrid, te quiero ahora como nunca, y sin ti ya no me encuentro, sin tus caricias, sin tu charla y la miel hiblea-suiza de tus bromas y de tus agudezas que tienen la sal del mundo. Saldré para Madrid del martes al miércoles: al llegar te escribiré otra vez y te daré instrucciones de cómo has de responderme. Lo arreglaré muy bien, ya verás.
Que hayas llegado al puerto, sin peligro ni molestia, mi bien, mono, compañerito, que te acuerdes mucho, mucho de mí, y con las mismas saudades que yo de tí; que sueñes en renovar horas tan venturosas, que vayas tramando el modo de realizarlo en compañía de tu
Peinetita,
Que te besa un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo.”

Miguel Hernández y la que se convirtió en su mujer, Josefina Manresa, estuvieron largas temporadas separados. En esta carta, en la que todavía son novios, él le cuenta de una forma deliciosamente loca, cómo la echa de menos con imágenes tan sugestivas como “Hallarás dentro de poco en tus ojos un Miguel que se ha perdido por una Josefina” ó “Te prometo gastarte la boca y los ojos y la frente y toda tú a fuerza de besos y no te voy a dejar hueso sano a fuerza de caricias…”

Miguel Hernández a Josefina Manresa
Amor, 18 de julio de 1936
“Mi muy adorada princesa de mi corazón y de mis sueños: Josefina, Josefina, Josefina, Josefina, Josefina, que no me harto de nombrar tu nombre nombre: no sabes qué ganas tengo de que se pasen estos pocos días que nos faltan para vernos y quisiera pasármelos dormido porque se me hacen interminables. Mi corazón se ha puesto lleno de alegría y ahora me da unos golpes tan fuertes que parece quiere salirme por la boca para ir en busca tuya, nenica.
Sé que estarás muy triste porque no he ido a pasar juntos las fallas, pero hija mía, yo también lo estoy y me aguanto.
Aguanta tú un poquito más, sólo un poquito más y me verás llegar en mi carricoche a tu lado. Dime en tu carta, que espero hoy mismo, sabado, si has estado en Orihuela estos días y si te has divertido algo. Yo creo que si has estado, no lo has pasado del todo mal al fin y al cabo, y sé que tú me dirás que te aburrías por aparecer a mis ojos más interesante de cariño. Anda pillica, que algo te habrás divertido por allí y no sabes más que quejarte. En cambio yo, un santo que mea, estoy aquí bastante jo… Digo fastidiado y no te digo nada a pesar de todo. No quiero que te quedes sin tu carta de los domingos aunque ya no me fio del servicio de correos de tu pueblo y a lo mejor la recibes el lunes. Te escribo antes de recibir la tuya y lo hago así porque la tendré en mis manos muy tarde después por defunción de mi oficina. ¿Sabes, nena, que tú has tenido mucha más suerte que mi familia y que toda Orihuela? Esperaban allí oirme perfectamente y mi madre se hizo llevar un aparato de radio a mi casa y me han escrito diciéndome que sólo oyeron un verso mío, lo demás todo fue truenos y relámpagos. Hallarás dentro de poco en tus ojos un Miguel que se ha perdido por una Josefina. Quien quiera encontrarlo ya sabe dónde lo encontrará: la que lo ha perdido y encontrado es una muchacha media loca, medio morena, medio alegre, medio triste y querida enteramente. Sus señas particulares son pelo largo, hecho un puro anillo y negro, negro como un rincón de noche, su piel pálida y graciosa, su boca demuestra una mujer de mucha voluntad y es fina y bien recortada, su nariz copiada de Venus y sus ojos profundos y pensativos y guapos en medio de dos cejas como dos puñaladas de carbón fino. ¿He hecho bien la descripción de tu persona, queridísima y bellísima y estupendísima alma mía? Un poco loca, ¿verdad? Como yo y como tú nada más.
Tienes que contarme todo lo que has hecho en las fallas, si eran bonitas, y tienes que decirme la verdad y no decirme que te has aburrido y que has estado muy triste. Nos vamos a casar muy pronto, Josefina mía, ya verás cómo no pasa de este año de acontecimiento felíz y ya verás cómo San Juan sigue con su dedo empinado y la semana tiene sus jueves y todo. Mis cosas van cada día mejor; y no te quiero decir ahora nada por no desilucionarte después. Llegará. Llegará muy pronto nuestra felicidad: serás mía, seré tuyo y seremos los dos de los dos para siempre y no habrá quién lo pueda impedir. Te prometo gastarte la boca y los ojos y la frente toda tú a fuerza de besos y no te voy a dejar hueso sano a fuerza de caricias. No seas desconfiada, nena, tontica, que no quiero verte así. Ve pensando el traje que vas a vestir el día de nuestra boda y pon ya cara de novia a punto de casar. Lo único que siento es que me vas a hacer entrar a la iglesia a pasar por una ceremonia que no meda ninguna gana aceptar. Luego tener que escuchar a un cura cosas que no entendemos, porque yo por mí sé que no pensaré en lo que diga él sino en lo que tú me digas. Pero no me va a quedar otro remedio que aceptar este trabo, ya que mi nena es muy de la iglesia y cree que lo que ésta haga es sagrado y lo más conveniente. En fin, no quiero seguir diciendo tontería sobre lo mismo, que es mucha tristeza ya lo de uno (…)”

-Selección de Alicia Misrahi

 

 

 

 

 

.ella

Juan Francisco González-Díaz

Juan Francisco González-Díaz

 

 

“…Nos abraza la risa,
inagotable como tu centro.
Los primores hartan.
Inunda la fragancia.
Mastico tu nombre,
que no se me cae de la boca…
Ayudada por hilos y aguas,
Ella
siempre sabe
que va a decir
Irrumpe,
rápida,
precisa.
Se turba,
mayor enterada desea estar.
Los cangrejos
salvan distancias
y cierres de puertas.
Cartas
a pulso de mano
escribe a las madrugadas,
para que le amolden el mundo.
Da el primer paso,
el después,
ya no existe.
Ella,
escanciada por los desencuentros,
odia los abruptos aguaceros,
teme de los surtidores en las madrugadas.
Las ansias le andan a la luz del sol,
la aturden.
El,
sin el más leve apremio,
se lustra los ojos,
extendiendo
la dimensión de lo privado.
A pie firme,
vibra.
Claros evanescentes
atenúan el resplandor
en los cuerpos.
Cierras los ojos… ”

-Juan Francisco González-Díaz

 

.ahi está el Mar

.ahi está el Mar

 

 

 

“Ahi está el Mar? Muy bien, que pase,
Dadme
la gran campana, la de raza verde.
no ésa no es, la otra, la que tiene
en la boca de bronce una ruptura,
y ahora, nada más, quiero estar solo
con el mar principal y la campana.
Quiero no hablar por una larga vez,
silencio, quiero aprender aún,
quiero saber si existo.”

-Pablo Neruda

 

 

 

.tarde a solas

.tarde a solas

 

(bernal)

 

“Vacía la casa donde tantas veces
las palabras incendiaron los rincones.
La noche se anticipa
en el piano, mudo
que nadie toca.

Voy a solas desde un recuerdo a otro
abriendo las ventanas
para que tu nombre pueble
la misera quietud de esta tarde a solas.
Ya nadie inmoviliza las horas largas y cerradas
a toda dicha mía.

Y tu recuerdo es otra cosa
grande y quieta
por donde yo tropiezo sola.
Y mis latidos forman una hilera de pisadas
que van desde tu puerta hacia el olvido.”

-Norah Lange

 

 

 

.un nuevo lienzo cada 24 horas

.un nuevo lienzo cada 24 horas

“Té chino, el perfume de jacintos, un buen fuego y unos ramitos de violetas,
ésa es la imagen que acude a mi imaginación, cuando pienso en una agradable tarde de febrero.”
-Constance Spry

“Celebro la persona que soy, y me canto a mí mismo; doy un paseo e invito a mi alma…”
-Walt Whitman

“Antes de que una pintora comience una nueva obra, debe realizar una serie de preparativos.
Probablemente ha hecho un boceto de la escena que trata de plasmar.
Mezcla sus pigmentos para obtener los colores que desea.
También prepara el lienzo con una capa de fijador para que los colores se adhieran.
Todo ello requiere tiempo.
Por supuesto, cuando contemplamos la obra terminada no vemos los preparativos.
Sólo percibimos la totalidad de la visión de su autora.
Y tal como comentó en cierta ocasión la artista Helen Frankenthaler: “Un cuadro hermoso, que te atrae, da la impresión de haber sido pintado de un trazo.
No me gusta advertir la huella de una pincelada o unas gotas de pintura”.
Todas las artes requieren una fase de preparación.
La vida también si queremos vivirla auténticamente.
Cada veinticuatro horas debemos preparar el lienzo, dispuestas a plasmar nuestra visión.
Calmarnos a través de la meditación, sacar tiempo para soñar y expresarnos mediante nuestro diálogo cotidiano y nuestro diario de descubrimientos ilustrado, tomar conciencia de nuestros deseos, concentrarnos en completar una tarea antes de acometer otra, ésas son las medidas previas que debemos tomar a fin de sentirnos satisfechas.
Nuestros preparativos no serán en vano.
Cuando sentimos que formamos parte del caudal de la vida, saboreando el momento, las pinceladas no se ven.
Hoy, realiza tus preparativos interiores con calma mientras te dispones a plasmar una parte de tu alma sobre el lienzo.”

-Sarah Ban Breathnach

“¡Otro hecho real! ¡No estoy muerta! ¡Todavía puedo invocar una parte de mi alma y plasmarla en colores, en una imagen que perdurará eternamente!.”
-Keri Hulme

.se llama a una puerta

.se llama a una puerta

 

(adrogue)

“Se llama a una puerta de piedra
en la costa, en la arena,
con muchas manos de agua,
La roca no responde.
Nadie abrirá. Llamar es perder agua,
perder tiempo.
Se llama, sin embargo,
se golpea
todo el día y todo el año,
todo el siglo, los siglos.
Por fin algo pasó.
La piedra es otra.
Hay una curva suave como un seno,
hay un canal por donde pasa el agua,
la roca no es la misma y es la misma.
Allí donde era duro el arrecife
suave sube la ola por la puerta
terretre.”
-Pablo Neruda

 

 

 

.sobre la escritura

Henri Cartier-Bresson-HENRY mILLER

©Henri Cartier-Bresson – Henry Miller en Big Sur

“Knut Hamsun afirmó una vez, en respuesta a un cuestionario, que escribía para matar el tiempo.
Pienso que aun si hubiera sido sincero en su afirmación, se estaba engañando.
El acto de escribir,como la vida misma, es un viaje de descubrimiento.
Es una aventura metafísica, esto es, un camino para acercarse de un modo indirecto a la vida, para adquirir una visión del universo, no parcial, sino total.
El escritor vive entre los mundos más altos y los más bajos, toma el sendero procurando convertirse,con el tiempo, en el sendero mismo.
Comencé en el caos y la oscuridad más abso­luta, en un pantano de ideas, emociones y experiencias.
Incluso ahora no me considero un escritor en el sentido habitual de la palabra.
Soy un hombre que cuenta la historia de su vida, un proceso que cada vez se revela más y más intermi­nable a medida que avanzo.
Como la evolución del mundo, no tiene fin.
Es un mostrar el reverso de las cosas, un viaje a través de X dimensiones, con el resultado de que en algún momento del ca­mino uno descubre que lo que se tiene que con­tar en ningún momento es tan importante como el acto mismo de contar; se trata de una característica propia de cualquier arte, que le otorga un matiz metafísico, lo saca del tiem­po y del espacio, y lo integra al proceso cósmico general.
Es lo que el arte tiene de “terapéutico”, esto es, su significado, su ca­rencia de propósito y de límites.
Casi desde el mismo comien­zo fui plenamente consciente de que no hay fin.
Nunca aspiro a abarcar el todo, sino a dar, en cada fragmento, en cada trabajo, el sentimiento del todo a medida que avanzo, pues excavo cada vez más profundamente en la vida, cada vez más y más en el pasado y en el fu­turo.
Y en esta excavación sin límite crece una certeza que es más grande que una fe o una creencia.
Cada vez soy más indiferente a mi pro­pio destino como escritor y estoy cada vez más seguro de mi destino como hombre.
Comencé examinando concienzudamente el estilo y la técnica de aquellos que una vez admiré y adoré: Nietzsche, Dostoievski, Hamsun, incluso Thomas Mann, a quien hoy descalifico por ser un habilidoso inventor, un ladrillero, un asno inspirado, un caballo de tiro.
Imité cada estilo con la esperanza de encontrar la clave del corrosivo secreto de la escritura.
Al final llegué a un punto muerto, y me encontré en una desesperación que pocos hombres han conocido, pues en mí no había divorcio entre el escritor y el hombre: fracasar como escritor significaba fracasar como hombre.
Y fracasé.
Me di cuenta de que no era nada, menos que nada, era una cifra negativa.
Fue en este punto, en medio del Mar Muerto de los Sargazos,por decirlo así, que comencé realmente a escribir.
Comencé de la nada, tirándolo todo por la borda, incluso aquellos que más quise, y tan pronto escuché mi propia voz, me sentí hechizado.
El hecho de que se trataba de una voz distinta, inconfundible y única me dio fuerzas.
No me importaba si lo que escribía iba a ser considerado malo.
Bien y mal fueron palabras que salieron de mi vocabulario.
Me sumergí con todas mis fuerzas en el reino de la estética,del arte, que no tiene moral, ni ética, ni es utilitarista.
Mi propia vida se convirtió en una obra de arte.
Había encontrado una voz, de nuevo era completo.
La experiencia fue muy similar a la que se lee sobre las vidas de los iniciados Zen.
Mi rotundo fracaso fue como la recapitulación de la experiencia de mis antepasados: Tuve que pudrirme con el conocimiento, descubrir la futilidad de todo, aplastarlo todo, aumentar mi desesperación, luego hacerme humilde, y cortar de un tajo con todo aquello que no necesitaba, en aras de recobrar mi autenticidad.
Tuve que llegar al borde y luego saltar al vacío.
Hablo aquí de Realidad, pero sé que no se puede acceder a ella, por lo menos mediante la escritura.
(…)
Soy príncipe y pirata al mismo tiempo.
Soy el signo de igualdad, la contraparte espiritual del signo Libra que fue acuñado en el Zodíaco original cuando se separó Virgo de Escorpión.
Me di cuenta de que en el mundo hay lugar para todos; grandes profundidades interespaciales, grandes universos interiores, grandes islas de reparación esperan a quien se encuentra a sí mismo.
En la superficie, donde las batallas históricas hacen estragos, donde todo es interpretado en términos de dinero y poder, puede haber multitudes, pero la vida sólo comienza cuando uno se sustrae, cuando uno cesa de luchar,cuando uno se sumerge y deja de ser visible.
Ahora me da igual escribir o no escribir, ya no hay ninguna compulsión, ningún aspecto terapéutico en ello.
Cualquier cosa que hago es por pura alegría: doy mis frutos como un árbol maduro.
Lo que el lector común o el crítico hagan con ellos no me interesa.
(…)
El Paraíso está en cualquier lugar y en cualquier camino, y si uno avanza lo suficiente, llega a él.
Cada hombre tiene su propio destino, el único imperativo que tiene es seguirlo,aceptarlo, sin importar a dónde lo conduzca.
No tengo la menor idea de cómo serán mis próximos libros, ni siquiera el siguiente.
Mis cartas de viaje y planes son las peores guías: me deshago de ellos a mi antojo, invento, desvirtúo, deformo, miento, amplío, exagero, confundo y desconcierto al vaivén de mi estado de ánimo.
Sólo obedezco a mis instintos e intuiciones.
No sé nada de antemano.
Tengo fe en el hombre que escribe, que soy yo, el escritor.
Para el hombre que es puro en su corazón, pienso que todo es tan claro como el sonido de una campana, incluso los escritos más esotéricos.
Para un hombre así siempre hay misterio, pero es un misterio sin misterio,es lógico,natural, ordenado y aceptado implícitamente.
El entendimiento no es un acto de penetrar en el misterio, sino una aceptación de él,una gozosa convivencia con él, en él, a través de él y por él.
Me gustaría que mis palabras fluyeran del mismo modo que fluye el mundo, un movimiento serpenteante a través de incalculables dimensiones, ejes, latitudes, climas, condiciones.
Acepto a priori mi incapacidad para realizar tal ideal, pero no me cuesta en lo más mínimo.
En última instancia,el mundo está imbuido de fracaso,es la perfecta manifestación de la imperfección,de la conciencia del fracaso.
Una vez se comprende esto, el fracaso desaparece.
(…)
Uno se acerca al corazón de la verdad,que supongo es el fin supremo del escritor, en la medida en que cesa de luchar,en la medida en que abandona la voluntad.
El gran escritor es el símbolo mismo de la vida,de lo no perfecto.
Se mueve sin esfuerzo, dando la ilusión de perfección,desde algún centro desconocido que ciertamente no es el centro del cerebro pero que sin lugar a dudas es un centro, un centro conectado con el ritmo de todo el universo y, en consecuencia, tan fuerte, sólido, inquebrantable, como perdurable, desafiante, anárquico, sin propósito, como el universo mismo.
El arte no enseña nada salvo el significado de la vida.
La gran obra tiene que ser inevitablemente oscura, excepto para unos pocos, para aquellos que como el propio autor están iniciados en los misterios; que comunique, por tanto, es secundario, lo importante es que logre perpetuarse; es por esto que basta con que halle un buen lector.
Considero que uno tiene que ir más allá del ámbito exclusivo del arte.
El arte es sólo un medio para vivir, para una vida más plena.
(…)
Francamente había probado todos los otros caminos que conducen a la libertad.
Fui un fracasado obstinado en el así llamado mundo de la realidad,pero no por falta de talento.
La escritura no fue un “escape”, un medio para evadir la realidad de cada día; por el contrario, significó una inmersión aún más profunda en el estanque salobre, una inmersión hacia la fuente en la que las aguas se estaban renovando constantemente, donde había agitación y movimiento perpetuo.
Cuando miro mi carrera hacia atrás, me veo como una persona capaz de asumir casi cualquier tarea, cualquier vocación.
Fue la monotonía y la esterilidad de las otras salidas lo que me condujo a la desesperación.
Exigía un ámbito en el que pudiera ser el señor y el esclavo al mismo tiempo, y el mundo del arte es el único que puede permitido.
Entré en él aparentemente sin ningún talento, como un completo neófito, incapaz, cobarde, con la lengua trabada, casi paralizado por el temor y la prensión.
Tuve que colocar los ladrillos uno tras otro, poner sobre el papel millones de palabras antes de escribir alguna palabra verdadera, auténtica, arrancada de mis vísceras.
Mi facilidad de expresión fue una limitación.
Tenía todos los vicios de un hombre educado.
Tuve que aprender a pensar, a sentir y a ver en una forma completamente nueva, sin educación, a mi manera, que es la cosa más difícil en el mundo. Tuve que arrojarme a la corriente, a sabiendas de que lo más probable era que me hundiera.
La gran mayoría de artistas se tiran con salvavidas, y a menudo es el propio salvavidas el que los hunde.
Nadie puede ahogarse en el océano de la realidad si se rinde voluntariamente a la experiencia.
Cualquier progreso en la vida es fruto no de la adaptación sino de la osadía, de la obediencia al impulso ciego.
“Ningún atrevimiento es fatal” decía René Crevel, una frase que nunca olvidaré.
Toda la lógica del universo se resume en la osadía, esto es, en crear a partir del apoyo más frágil.
Al principio uno confunde este atrevimiento con la voluntad; pero con el tiempo la voluntad vuela lejos y el proceso automático se desencadena, el que a su vez tiene que romperse o destruirse para que una nueva certeza se establezca, que nada tiene que ver con el conocimiento, la habilidad, la técnica o la fe.
Por medio de la osadía se llega a aquella posición X del artista que constituye el ancladero que nadie puede describir con palabras pero que, sin embargo, subsiste y rezuma en cada línea escrita.”

-Henry Miller

 

.si camarada

.si camarada

(rayito de sol en bernal)

“Si, camarada, es hora de jardín
y es hora de batalla, cada día
es sucesión de flor o sangre:
nuestro tiempo nos entregó amarrados
a regar los jazmines
o a desangrarnos en una calle oscura:
la virtud o el dolor se repartieron
en zonas frías, en mordientes brasas,
y no había otra cosa que elegir:
los caminos de cielo,
antes tan transitados por los santos,
están poblados por especialistas.

Ya desaparecieron los caballos.

Los héroes van vestidos de batracios,
los espejos viven vacíos
porque la fiesta siempre es en otra parte,
en donde ya no estamos invitados
y hay pelea en las puertas.

Por eso es éste el llamado penúltimo,
el décimo sincero
toque de mi campana:
al jardín, camarada, a la azucena,
al manzano, al clavel intransigente,
a la fragancia de los azahares,
y luego a los deberes de la guerra…”

-Pablo Neruda