
Miércoles por la noche, 21/12
Queridísimo Richard:
Es muy difícil decidir cómo y por dónde comenzar. He estado pensando mucho, largamente, varias ideas, tratando de hallar un modo.
Por fin se me ocurrió un pequeño pensamiento, una metáfora musical, a través de la cual he podido pensar con claridad y hallar comprensión, ya que no-satisfacción; quiero compartirla contigo. Por eso te ruego que me soportes en otra lección de música, una más.
La forma más comúnmente usada en las obras clásicas de mayor envergadura es la sonata. Es la base de casi todas las sinfonías y conciertos. Consiste en tres partes principales: exposición o apertura, en la cual se adelantan y presentan mutuamente pequeñas ideas, temas, fragmentos y piezas; el desarrollo, en donde estas pequeñas ideas y motivos son explorados a fondo y expandidos, con frecuencia pasados de tono mayor (alegre) a menor (triste), ida y vuelta, y finalmente desarrollados y entretejidos en una mayor complejidad, hasta que al fin se produce: la recapitulación, en la cual hay una reafirmación, una gloriosa expresión de la madurez plena y rica en que se han convertido las diminutas ideas, a través del proceso de desarrollo.
Tú te preguntarás qué relación tiene esto con nosotros, si es que ya no has adivinado.
Según lo veo, estamos varados en una apertura interminable. Al principio era lo auténtico, un puro deleite. Es la parte de una relación en la que uno está en su mejor expresión: excitado, excitante, interesante e interesado. Es el momento en que uno se siente más cómodo y más digno de amor, pues no siente la necesidad de movilizar sus defensas; entonces, el compañero puede abrazar a un cálido ser humano, en vez de un cactus gigantesco. Es una época de deleites para ambos; no me extraña que te gusten tanto las aperturas que quieras hacer de tu vida toda una serie de ellas.
Pero es imposible prolongar interminablemente los principios; no es posible expresarlos una y otra vez. Deben avanzar, desarrollarse… o morir de aburrimiento. Tú pensarás que no. Necesitas alejarte, cambiar, ver otras personas, otros lugares, para volver a una relación como si fuera nueva, y vivir comienzos nuevos sin cesar.
Avanzamos en una serie de reaperturas prolongadas. Algunas tuvieron su causa en separaciones que fueron necesarias por motivos de negocios, pero resultaron innecesariamente rígidas y severas para dos personas tan íntimas como nosotros. Otras fueron fabricadas por ti, a fin de proporcionar aun más oportunidades de volver a la novedad que tanto deseas.
Obviamente, la parte de desarrollo es para ti un anatema. Pues allí es donde puedes descubrir que sólo cuentas con una colección de ideas muy limitadas, que no dan resultado, por mucha creatividad que en ellas pongas, o lo que puede ser aun peor para ti: que tienes material para algo glorioso, para una sinfonía; en ese caso hay trabajo a realizar: es preciso excavar profundidades, entretejer cuidadosamente las entidades separadas, para mejor glorificación propia y mutua. Supongo que es análogo al momento literario en que no puedes, no debes huir de la idea para escribir un libro.
Sin duda, hemos llegado más lejos de lo que era tu intención llegar. Y nos hemos detenido mucho antes de llegar a lo que, para mí, eran los pasos lógicos y encantadores que debían seguir. He visto continuamente detenido el desarrollo contigo, y he llegado a creer que jamás haremos sino esporádicos intentos de aprovechar todo nuestro potencial de aprendizaje, nuestras sorprendentes similitudes de intereses, sin que importe cuántos años tengamos por delante… porque jamás pasaremos juntos un tiempo sin interrupciones.
Por eso, el crecimiento que tanto valoramos, y que sabemos posible, se convierte en imposible.
Ambos hemos tenido la visión de algo maravilloso que nos espera. Pero no podemos conseguirlo desde aquí.
Me enfrento a una sólida muralla de defensas, y tú tienes la necesidad de fortificarlas cada vez más.
Ansío la riqueza y la plenitud de un mayor desarrollo, y tú buscas medios para evitarlo en tanto estamos juntos.
Ambos estamos frustrados: tú, imposibilitado de retroceder; yo, imposibilitada de avanzar, en un estado de lucha constante, con nubes y sombras oscuras sobre el tiempo limitado que tú nos concedes.
Con frecuencia me hace sufrir, en un sentido u otro, el sentir tu constante resistencia a mí, al crecimiento de ese algo maravilloso, como si yo y él fuéramos algo horrible, y experimentar las diversas formas que toma la resistencia, algunas de ellas, crueles.
Llevo un registro del tiempo que pasamos juntos, y le he echado una mirada larga y sincera.
Me entristeció, llegó a horrorizarme, pero me ha ayudado a enfrentarme a la verdad.
Vuelvo a aquellos días, a principios de julio, y a las siete semanas que siguieron; me parecen nuestro único período realmente feliz. Esa fue nuestra apertura, y resultó hermosa. Después vinieron las separaciones, con sus cortes crueles y, para mí, inexplicables, además de la resistencia esquiva, igualmente cruel, de tus regresos.
Lejos y separados o juntos y separados, es mucha infelicidad.
Estoy viendo cómo me transformo en una persona que llora mucho, en una persona que hasta necesita llorar mucho, pues es casi como si la piedad fuera necesaria antes de que la bondad se tornara posible.
Y sé que no he llegado a esta altura de mi vida para convertirme en objeto de piedad.
Cuando me dijiste que «para ti no estaría bien» cancelar tu cita para ayudarme en un estado de crisis, hiciste que la verdad se estrellara contra mí con la fuerza de una avalancha. Enfrentada a los hechos con tanta sinceridad como es posible, sé que no puedo continuar, por mucho que lo deseara.
No puedo seguir cediendo.
Confío en que esto no te parezca la ruptura de un acuerdo, sino la continuación de los muchos, muchísimos finales que tú iniciaste.
Según creo, es algo que ambos sabemos preciso. Debo aceptar que he fracasado en mi esfuerzo de hacerte conocer las alegrías del mutuo interés.
Richard, mi precioso amigo, digo esto con suavidad, hasta con ternura y amor. Y los tonos suaves no disimulan un enojo subyacente; son auténticos. No hay acusaciones, culpas ni faltas. Simplemente, trato de comprender y de poner fin al dolor.
Estoy estableciendo lo que me he visto obligada a aceptar: que tú y yo jamás viviremos un desarrollo, mucho menos la gloriosa y completa expresión de una relación llegada a su plena madurez.
Siento que, si algo en mi vida merecía separarse de los esquemas preestablecidos, para ir más allá de las limitaciones conocidas, eso era esta relación. Supongo que estaría justificada si me sintiera humillada por los extremos a que llegué para que así fuera.
En cambio me siento orgullosa de mí misma y feliz de haber sabido reconocer una oportunidad rara y encantadora, mientras la tuvimos; así como de haber dado todo lo que podía, en el sentido más puro y más elevado, para conservarla. Eso me sirve ahora de consuelo.
En este horrible momento final, puedo decir honradamente que no sé qué otra cosa hubiera podido hacer para llegar contigo a ese bello futuro posible.
A pesar del dolor, me alegra haberte conocido de una manera tan especial; siempre recordaré con mucho aprecio el tiempo que pasamos juntos.
Contigo he crecido y de ti aprendí mucho; sé también que te he hecho grandes contribuciones positivas. Ambos somos mejores personas por habernos tocado mutuamente.
A esta altura se me ocurre que también podría ser útil una metáfora del ajedrez. El ajedrez es un juego en el que cada parte tiene su objetivo propio y singular, aun al trabarse en lucha con el otro: un juego a medias, en el que la lucha se desarrolla y se intensifica, con pérdida de piezas y fragmentos para ambos, ambos disminuidos; un juego definitivo, en el que uno atrapa y paraliza al otro.
Creo que tú ves la vida como una partida de ajedrez.
Para mí es una sonata.
Y debido a esas diferencias se pierden tanto el rey como la reina, y la canción es acallada.
Sigo siendo tu amiga, y sé que tú. lo eres mío.
Te envío esto con el corazón lleno del amor tierno y profundo, del gran aprecio que tú sabes siento por ti, así como con una honda pena porque una oportunidad tan promisoria, tan rara y bella, haya quedado sin completar.»
-Leslie (de «El Puente Hacia el Infinito»)

El azul apacible y luminoso del alba
Se tornó más intenso con el día
Igual que la felicidad,
Azul, más azul, azulísimo,
Blancas bocanadas de deleite,
Júbilo desbordando.
Hasta que el atardecer
Nos envolvió en un rosado tierno
Y nos fundimos en un
Apasionado adiós magenta,
Alma terrestre y alma cósmica
Estallando de belleza.
Cuando llegó la noche,
Una luna bebé
Reía de costado en la tiniebla. Yo reí también
Y pensé:
A medio andar el mundo
Tu cielo
Se colma de esta misma
Risa dorada,
Y tuve la esperanza de que tú,
Chispeantes Ojos Azules,
Vieras y oyeras.
Para que de algún modo los tres
Quedáramos unidos en nuestro regocijo, Cada uno de nosotros en su propio espacio, Juntos por separado,
Distancia sin sentido.
Y dormí
En un mundo
Colmado de sonrisas.2
-Leslie Parrish
«¡MALDITA SEA tu Mujer Perfecta!
Un pavo real de media tonelada, inventado por ti, que despliega colores extraños, plumas falsas que jamás volarán. Tu pavo real bien puede corretear aleteando y chillando en vez de cantar, pero nunca jamás levantará las patas del suelo. Tú, a quien tanto asusta el matrimonio, ¿sabes que te has casado con eso?
Esa imagen, un pequeño yo en una foto de bodas con un pavo real de seis metros de altura, ¡era real! Yo estaba casado con una idea errónea.
Pero ¿y la restricción a mi libertad? ¡Si me quedo con Leslie me aburriré!
Más o menos a esa altura me dividí en dos personal diferentes: él yo que había manejado las cosas por tanto tiempo, y un recién llegado que venía a destruirlo.
El aburrimiento es la menor de tus preocupaciones, grandísimo hijo de mala madre, dijo el recién llegado. ¿No te das cuenta?
Ella es más inteligente que tú; conoce mundos que a ti te daría miedo tocar con un palito.
¡Anda, lléname la boca de algodón, amurállame afuera, como haces con cualquier parte de ti que ose tildar de equivocadas tus todopoderosas teorías!
Estás en libertad de hacerlo, Richard. Y estás en libertad de pasar el resto de tu vida en relaciones superficiales con mujeres tan asustadas como tú con respecto a la intimidad. Los iguales se atraen, macho. A menos que consigas diez gramos de sentido común, cosa que no tienes la menor posibilidad de conseguir en esta vida, tu lugar está con tu medrosa y asustada Mujer Perfecta ficticia, hasta el día en que mueras de soledad.
Eres cruel como el hielo.
Quédate con tu gélido y cruel tablero de ajedrez, con tu gélido y cruel firmamento; arruinaste una gloriosa oportunidad con ese imperio tuyo, el asesino; ahora todo es un manojo de astillas sobre las que pesa un embargo…
Leslie Parrish era una oportunidad mil veces más gloriosa que cualquier imperio, pero le tienes un miedo mortal, porque ella es mucho más inteligente de lo que tú jamás llegarás a ser. Así que la dejas, también. ¿O es ella quien te dejó?
A ella no le hará daño, amigo, porque no nació para perdedora. Se sentirá triste, llorará por un tiempo, porque no se avergüenza de llorar cuando muere algo que pudo ser hermoso. Pero se le pasará; se elevará por sobre eso.
También a ti se te pasará, dentro de un minuto y medio, más o menos. Basta con que cierres tus malditas puertas de acero, con un buen portazo, bien cerradas, y no vuelvas a pensar en ella. En vez de elevarte por sobre eso, te irás directamente al fondo; no pasará mucho tiempo sin que seas un éxito brillante en intentos subliminales de suicidio.
Despertarás con la angustia de saber que sé te entregó una vida de fuego y plata, de diamante láser, y tú la hiciste puré con tu martillo grasiento.
Estás ante la elección más importante de tu vida, y lo sabes.
Ella ha decidido no soportar tu miedo salvaje y estúpido; en este momento se siente feliz por haberse liberado de tu peso muerto.
Anda, haz lo de siempre: huye.
Huye al aeropuerto, enciende el avión y despega en la noche. ¡Vuela, vuela!
Consíguete una linda muchacha, que tenga un cigarrillo en la mano y un vaso de ron en la otra, y deja que te use como escalón para llegar al algo-mejor del que tú vas a huir esta noche.
Huye, estúpido cobarde. Huye para hacerme callar.
La próxima vez que me veas será el día en que mueras.
Entonces podrás decirme qué sentiste después de quemar el único puente…»
-Richard Bach («El Puente hacia el Infinito»)
