.gratitud

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“ Demos las gracias por las personas que nos hacen felices;
son los encantadores jardineros que hacen que nuestras almas
florezcan. ”
Marcel Proust
Un lindo ritual psicomágico para empezar el 2014…
Apenas suenen las doce campanadas anunciando la muerte de 2013 y el nacimiento de 2014, concéntrate bien e imagina que tienes entre tus manos una esfera transparente, viva, que es el alma de tu planeta, la Tierra, tu sagrada madre.Acaricia esa esfera con el mayor amor posible, con ternura, cariño, agradecimiento, admiración, respeto infinito. Siente su actual dolor, su enfermedad. Desliza tus manos por su superficie invisible, comenzando a limpiarla de todas las escorias que la cubren.Despójala de la polución de sus aguas, de su suelo, de su cielo. Elimina como pellejos podridos a las acumulaciones de armamentos, a los asesinos legales disfrazados de soldados, a los políticos corruptos, a los dictadores ególatras, a los banqueros ladrones, a los comerciantes envenenadores, a las religiones convertidas en sectas caducas, a los artistas prostituidos, a las multinacionales vampiras, a lo lobbys farmacéuticos sembradores de vacunas inútiles y píldoras promiscuas, a los traficantes bandidos, a los multimillonarios avaros acumulando un dinero abstracto…Limpia con tus palmas amorosas el hambre, los racismos, las fronteras, las guerras “patrióticas” por el petróleo, el gas, los minerales… Elimina la misoginia implantada por sacerdotes perversos, equilibra el sitio de la mujer en la sociedad…Cuando sientas que has limpiado la esfera-alma de la Tierra, comienza a darle fertilidad, paz, amor sublime, hasta que sientas que tienes entre tus manos un edén…Danza con esta resplandeciente esfera, a la que sientes latir como un corazón y luego abre una ventana y envíala al exterior para que se una con todas las otras esferas que personas conscientes como tú han lanzado hacia ese sueño llamado “la realidad”.

-Alejandro Jodorowsky.

Bellisimo video que me compartieron hoy…(Gracias Gianni!)

.pas mal…

me gusta como eres

“Está muy bien que no sepamos lo atractivas que somos… Cuando insisten confesaremos que tenemos unos cuantos rasgos anatómicos agradables como unos hombros bonitos, unas piernas fuertes o unos tobillos esbeltos, pero la mayoría subestimamos estúpidamente nuestro verdadero e inherente aspecto físico. Nunca somos del todo conscientes de todos nuestros encantos reales: como sorbemos el té, como cantamos desentonando, como bailamos hasta las tres de la madrugada, con qué gracia nos recogemos el pelo, como de amplia és nuestra sonrisa… Seamos sinceras: todas somos tímidas. En privado, casi todas tenemos una opinión muy poco halagadoras de nuestro físico. Y con razón. Constantemente nos recuerdan que nuestro cuerpo no tiene las medidas de los estrictos cánones de belleza y perfección actuales. Tanto és así que en nuestros días malos, nuestros micros internos, nos querrían hacernos creer que tenemos pecho de pichón, o que somos jorobadas cómo las gàrgolas de Notre Dame. …Hoy en día , la vision fugaz del reflejo de nuestra imagen es un hecho muy habitual y , sin embargo, todavía dudamos en reconocer a la persona del espejo como nuestro alter ego.Si nos fijamos en la similitud de los ojos ,vemos a alguien que parece tan sorprendida como nosotras. A medio metro de distancia se encuentra una perfecta desconocida, una gemela idéntica de cuya existencia nada sabíamos” Veronique Vienne-(The Art of imperfection-Simple Ways of Make peace with yourself)

Wish_You_Were_Here_by_gorjuss

If you’re still a dreamer You’ll be nothing more than air Nothing more than a rainbow Just colours in the air

If you’re still a lonewolf The desert will be your home The desert with a flower Just blooming for the moon If you’re still a seeker You’ll stumble with in the night Stumble with blue eyes open Just a flash before the crashing light If you’re still a letter With secrets to the end You’ll be hidden in the fire Smoke broken up by rain If you’re still a believer This time of the day You’ll be nothing more than a romantic A lover that dreams it all away

Sophie Zelmani…

que dulzura de voz!!!!!! me ENCANTA

 

.felices 70 mamá!

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feliz dia

a quien me enseñó a mirar 

las pequeñas grandes cosas

con asombro y curiosidad

gracias por darme la vida

te quiero mucho Martuchi!

Gabi

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“Dicen que las Brujas
festejan la aparición
del primer cabello blanco
por que a partir de ese momento
se conviertenen expertas reflejadoras
de rayos de luna…
no hay mejor destello
para la cabeza de una hembra
Luz plateada, iridiscente
movida por el suspiro del viento…”

`Mónica Glusman~

(sé que es lo que alguien, desde arriba, te dedicaría Má…)

.emerjo

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Espejo de Agua en Triángulo de Café, Colombia

Emerjo
de las profundidades.
Huelo a sangre y a sal.
Soy el océano
que se mueve crujiendo arrastrando
deseos
temores
visiones
entre los dedos.Soy un pantano humeante lleno
de sensuales animales viscosos.
Soy el calor el agua el trueno
esta jungla prehistórica
este bosque tropical

Me hundo en lo desconocido.
No sé
A
Dónde
Regreso.

Al resurgir sólo experimento
la certeza triunfal de haber sobrevivido al viaje.

Ana María Rodas

 

We know it’s wrong to let this fire burn between us
We’ve got to stop this wild desire in you and in me
So we’ll let the flame burn once again until the thrill is gone
Then we’ll sweep out the ashes in the morning
We’re two people caught up in the flame that has to die out soon
I didn’t mean to start this fire and neither did you
So tonight when you hold me tight we’ll let the fire burn on
And we’ll sweep out the ashes in the morning
(solo dobro & pedal steel)
Each time we meet we both agree that it’s for the last time
But out of your arms I’m out of my mind
So we’ll taste the thrill of stolen love tonight until the dawning
And we’ll sweep out the ashes in the morning
We’re two people caught up in the flame that has to die out soon
I didn’t mean to start this fire and neither did you
So tonight when you hold me tight we’ll let the fire burn on
And we’ll sweep out the ashes in the morning
Yes we’ll taste the thrill of stolen love tonight until the dawning
And we’ll sweep out the ashes
We’ll sweep out the ashes
We’ll sweep out the ashes in the morning

.andrew Solomon: Depression, the secret we share

luz luz luz!

Luz de una nochebuena en Bernal

“The opposite of depression is not happiness, but vitality, and it was vitality that seemed to seep away from me in that moment.” In a talk equal parts eloquent and devastating, writer Andrew Solomon takes you to the darkest corners of his mind during the years he battled depression. That led him to an eye-opening journey across the world to interview others with depression — only to discover that, to his surprise, the more he talked, the more people wanted to tell their own stories. (Filmed at TEDxMet.)

Andrew Solomon is a writer on politics, culture and psychology.

Andrew Solomon’s newest book, Far From the Tree: Parents, Children, and the Search for Identity, tells the stories of parents who not only learn to deal with their exceptional children, but also find profound meaning in doing so. Solomon’s startling proposition is that diversity is what unites us. He writes about families coping with deafness, dwarfism, Down syndrome, autism, schizophrenia, multiple severe disabilities, with children who are prodigies, who are conceived in rape, who become criminals, who are transgender. While each of these characteristics is potentially isolating, the experience of difference within families is universal, as are the struggles toward compassion and the triumphs of love Solomon documents in every chapter. Woven into these courageous and affirming stories is Solomon’s journey to accepting his own identity, which culminated in his midlife decision, influenced by this research, to become a parent.

Solomon’s last book, The Noonday Demon: An Atlas of Depression, won the 2001 National Book Award for Nonfiction, was a finalist for the 2002 Pulitzer Prize, and won fourteen other national awards.

Subtitulos en Ingles: https://www.youtube.com/watch?v=-eBUcBfkVCo

Subtitulos en Hebreo: http://www.ted.com/talks/lang/he/andrew_solomon_depression_the_secret_we_share.html

http://andrewsolomon.com/

 

 

.“Un Recuerdo Navideño”-Un Cuento de Truman Capote

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Una mañana de últimos días de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la chimenea el rugido invernal.
Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego. Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es singular…, parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color de cereza.
-¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-. ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!
La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos…, bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en 1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.
-Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh, Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.
Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de su corazón, anuncia: «¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! trae nuestro carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».
Se encuentra el sombrero, una rueda de paja adornada con rosas de terciopelo que la intemperie ha marchitado: en otro tiempo perteneció a una parienta muy elegante. Los dos juntos empujamos nuestro carrito, un destrozado coche de niño, hacia el jardín y hacia un bosquecillo de pacanas. El carrito es mío, es decir, fue comprado para mí cuando nací. Está hecho de mimbre, bastante desbaratado, y las ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un servidor leal; en primavera, lo llevamos a los bosques y lo llenamos de flores, hierbas, helechos para las macetas de nuestra galería; un verano, lo cargamos con provisiones para el picnic y con cañas de azúcar para pescar, y lo empujamos hasta la orilla del arrollo; también tiene sus usos invernales: transportar leña del patio a la cocina, servir de cama tibia para Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, vigorosa, que ha sobrevivido a enfermedades y a dos mordeduras de serpientes de cascabel. Ahora Queenie va trotando junto al carrito.
Tres horas más tarde estamos de regreso en la cocina con una carretada de pacanas caídas de los árboles. Nos dolía la espalda por el esfuerzo de recogerlas: era difícil encontrarlas (puesto que la cosecha principal había sido recogida sacudiendo los árboles y vendida por los propietarios de la huerta, que no éramos nosotros) entre las hojas que las ocultaban y la hierba escarchada y engañadora. ¡Craaac! Un alegre crujido y estallidos de un trueno en miniatura se oyen cuando se rompen las cáscaras y el dorado montón de dulces almendras aceitosas y marfileñas aumenta en la vasija de criolita. Queenie pide que lo dejemos probar, y de cuando en cuando mi amiga le da furtivamente un trocito, aunque insistiendo en que con ello nos privamos.
–No debemos, Buddy. Si empezamos, no parrraremos. Y apenas si alcanza con esto. Para treinta pasteles.
La cocina está oscureciéndose. El crepúsculo convierte la ventana en un espejo: nuestro reflejo se mezcla con la luna naciente mientras trabajamos junto a la chimenea al resplandor del fuego. Por último, cuando la luna ya está alta, arrojamos la última cáscara al fuego y, suspirando al unísono, la vemos encenderse. El carrito está vacío, la vasija llena hasta el borde.
Cenamos (bizcochos fríos, tocino, dulce de zarzamora) y discutimos sobre lo que haremos mañana. Mañana empieza la clase de trabajo que me gusta más: comprar. Cerezas y sidra, jengibre y vainilla, pasas y nueces y whisky, y, ¡oh, tanta harina, mantequilla, tantos huevos, especias, esencias! ¡Caramba, necesitaremos un pony para tirar del carrito hasta la casa!
Pero antes de que se puedan efectuar esas compras, está la cuestión del dinero. Ninguno de los dos lo tiene. Excepto las miserables sumas que alguna vez obtenemos de las personas de la casa (diez centavos se considera una gran cantidad), o lo que ganamos con ciertas actividades: ventas diversas, de cubos llenas de moras cosechadas por nosotros, tarros de mermelada y jalea de manzana y conservas de melocotón hechas en casa, flores para los entierros y las bodas. Una vez ganamos un concurso sobre el fútbol nacional. No es que entendiéramos nada de fútbol. Es, simplemente, que participamos en cualquier concurso de que tuviéramos noticias: en aquel momento nuestras esperanzas se cifraban en el gran premio de cincuenta mil dólares ofrecidos para dar nombre a una nueva marca de café (propusimos «A.M.»; y después de alguna vacilación, pues mi amiga pensaba que acaso sería sacrílego el slogan «A.M. Amén»). Para decir la verdad, nuestra única empresa «realmente» provechosa fue el Museo de Rarezas y Diversiones que organizamos en el cobertizo de un patio, dos veranos antes. Las Diversiones consistían en una linterna mágica con vistas de Washington y de Nueva York que nos prestó una parienta que había estado en aquellos lugares (y se puso furiosa cuando descubrió para qué se la habíamos pedido); las Rarezas, un polluelo de tres patas empollado por una de nuestras gallinas. Todo el mundo quería ver aquel polluelo; hacíamos pagar un níquel a los mayores y dos centavos a los niños. Y habíamos colectado lo menos veinte dólares cuando se cerró el museo por la muerte de la principal atracción.
Pero de una manera o de otra, cada año reuníamos unos ahorros para Navidad, el Fondo de los Pasteles de Frutas. Guardábamos ese dinero en una vieja bolsa de cuentas, bajo una tabla suelta del piso, bajo el orinal, bajo la cama de mi amiga. Rara vez sacamos la bolsa de su seguro escondrijo, excepto para depositar dinero o, como sucede cada sábado, para retirarlo; pues los sábados se me conceden diez centavos para ir al cine. Mi amiga no ha ido nunca al cine ni piensa ir. Dice:
-Prefiero que me lo cuentes, Buddy. De esssta manera puedo imaginar más. Por otra parte, una persona de mi edad no debe gastarse la vista. Cuando el Señor venga, que pueda verlo claramente.
Además de no haber visto nunca una película, nunca tampoco había: comido en un restaurante, viajado hasta más de cinco millas de la casa, recibido o enviado un telegrama, leído nada excepto tebeos y la Biblia, usado maquillaje, maldecido, deseado mal a nadie, mentido a sabiendas, dejado que un perro hambriento siguiera hambriento. He aquí algunas cosas que ha hecho y que hace: mató con un azadón la mayor serpiente de cascabel que se ha visto en este condado (de dieciséis anillos), toma rapé (secretamente), domestica colibríes (hagan la prueba) hasta que se posen sobre su dedo, cuenta historias de fantasmas (ambos creemos en fantasmas) tan escalofriantes que le hielan a uno en Julio, habla sola, pasea bajo la lluvia, cultiva las más hermosas camelias japonesas de la población y sabe la receta de toda clase de viejas curaciones indias, incluyendo un remedio mágico para extirpar verrugas.
Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente, entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto. Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea. Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arrollo. Pero, más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo! Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos de mi amiga, tenía $ 12.73. Según los míos, exactamente $13.
-Espero que te hayas equivocado, Buddy. No podemos hacer nada con trece. Los pasteles saldrían mal. O alguien iría al cementerio. ¡Ni pensar en levantarme de la cama el día trece!
Eso es verdad: mi amiga siempre pasa los días trece en la cama. Por lo tanto, para asegurarnos, separamos un centavo y lo arrojamos por la ventana.
De todos los ingredientes que componen nuestros pasteles de frutas, el whisky es el más caro, así como el más difícil de obtener: las leyes estado prohíben su venta. Pero todo el mundo sabe que se puede comprar una botella al señor Jajá Jones. Al día siguiente, terminada nuestras compras más prosaicas, nos dirigimos al establecimiento del señor Jajá, un «pecaminoso» ( según la opinión pública) café, donde hay baile y frituras de pescado, a la orilla del río. Habíamos estado allí antes y con el mismo objeto; pero los años anteriores tratamos con la esposa de Jajá, una india oscura como el yodo, pelo oxigenado color latón y un aire de extrema fatiga. Nunca, en verdad, habíamos visto a su marido, aunque habíamos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navaja en las mejillas. Lo llaman Jajá porque es muy ceñudo, un hombre que nunca ríe.
A medida que nos acercábamos al café (larga cabaña de troncos, festoneada dentro y fuera con filas alegres y deslumbradoras bombillas eléctricas, que se levantaban junto a la orilla fangosa del río, bajo la sombra de árboles ribereños donde el musgo sube entre las ramas como niebla gris), nuestros pasos se hacían más lentos. Hasta Queenie deja de corretear y anda muy pegada a nosotros. Ha habido asesinatos en el café de Jajá. Personas despedazadas. Descalabradas. Hay un caso que irá al tribunal el mes próximo. Naturalmente, tales sucesos ocurren por la noche, cuando las luces de colores proyectan dibujos fantásticos y el fonógrafo aúlla. De día, el establecimiento de Jajá se ve mísero y desierto. Llamo a la puerta, Queenie ladra, mi amiga grita:
-¿Señora Jajá? ¿Señora? ¿Hay alguien en la casa?
Pasos. La puerta se abre. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es el propio señor Jajá Jones! Y «es» un gigante; y «sí» tiene cicatrices; y «no» sonríe. Ceñudo, nos mira con ojos oblicuos de Satán y pregunta:
-¿Qué quieren de Jajá?
Por un momento estamos demasiado paralizados para contestar. Al fin mi amiga encuentra a medias su voz, un susurro de voz a lo sumo:
-Si nos hace el favor, señor Jajá, quisiérrramos un litro de su mejor whisky.
Sus ojos se inclinan más. ¿Quién lo creería? ¡Jajá está sonriendo! Es más, ríe.
-¿Quién de ustedes es el bebedor?
-Es para hacer pasteles de fruta, señor Jaaajá. Para cocinar.
Eso lo calma. Frunce el ceño.
-¡Qué manera de malgastar el buen whisky!<<
No obstante, se retira dentro del sombrío café y unos segundos más tarde aparece con una botella sin etiqueta llena de licor de un amarillo de margarita. Muestra su reflejo a la luz del sol y dice:
-Dos dólares.
Le pagamos con monedas de a diez, cinco y un centavo. De pronto, mientras agita las monedas en su mano como si fuesen dados, su cara se suaviza.
-¿Saben qué les digo? -propone, volviendo a meter el dinero en nuestra bolsa de cuentas-. En vez de pagar, mándenme uno de esos pasteles de frutas.
-Bueno -observa mi amiga por el camino de regreso a casa-, es un hombre encantador. Pondremos una taza más de pasas en «su» pastel.
La estufa negra, cargada de carbón y leña, resplandece como una calabaza iluminada por dentro. Las batidoras de huevo giran, las cucharas revuelven las vasijas de mantequilla y azúcar, la vainilla endulza el aire, el jengibre lo hace picante; una mezcla de olores que producen hormigueo a las narices, satura la cocina, se difunde por la casa, se esparce por el mundo en bocanadas de humo de la chimenea. En cuatro días nuestra obra ha terminado. Treinta y un pasteles, empapados de whisky, en los antepechos de las ventanas y los anaqueles.
¿Para quién son?
Amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: realmente, la mayor parte están destinados a personas a quienes hemos visto quizá una vez, quizá nunca. Personas que han impresionado nuestra imaginación. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y su esposa, misioneros baptistas en Borneo que dieron conferencias aquí el invierno anterior. O el pequeño afilador que viene a recorrer la aldea dos veces al año. O Abne Packer, el conductor del autocar de Mobile de las seis, con quien cambiamos ademanes de saludo cada día cuando pasa en una nube veloz de polvo. O los jóvenes Wiston, una pareja de California, cuyo coche una tarde se averió frente a la casa y pasaron una hora agradable charlando con nosotros en la galería (el joven señor Wiston nos sacó una instantánea, la única fotografía que nos han hecho en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga es tímida con todo el mundo «excepto» con los extraños, que esos extraños, y las relaciones más fugaces, nos parecen ser nuestros verdaderos amigos? Creo que sí. También los álbumes donde guardábamos las palabras de agradecimiento en papel de carta de la Casa Blanca, alguna que otra comunicación de California y Borneo, las postales de a centavo del afilador, nos hacían sentirnos unidos a unos mundos extraordinarios más allá de la cocina con sus vistas a un cielo limitado.
Ahora la rama desnuda de una higuera, en diciembre, roza la ventana. La cocina está vacía, los pasteles han desaparecido ayer llevamos el último de ellos a la oficina de correos, donde el importe de los sellos dejó vacía nuestra bolsa. Estábamos sin un centavo. Esto me deprime, pero mi amiga insiste en celebrarlo…, con dos dedos de whisky que queda en la botella de Jajá. Damos a Queenie una cucharada en una taza de café (le gusta el café con sabor de achicoria y fuerte). El resto lo dividimos entre dos copas. Ambos amedrentados ante la perspectiva de tomar whisky puro; su sabor provoca gestos contraídos y estremecimientos. Pero poco a poco nos ponemos a cantar, cada uno diferentes canciones, simultáneamente. No sé la letra de la mía, sólo: «Ven, ven a la ciudad oscura, al baile de los faroleros». Pero sé bailar: quiero ser un bailarín de cine. Mi sombra danzante retoza sobre las paredes; nuestras voces sacuden la vajilla; reímos como si manos invisibles nos hicieran cosquillas. Queenie rueda sobre su espalda, sus patas se agitan en el aire, algo como una sonrisa estira sus labios negros. Por dentro me siento arder y chispear como esos leños que se desmoronan, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga da vueltas de vals en torno a la estufa, sosteniendo entre sus dedos el borde de su pobre falda de algodón como si fuera un vestido de baile. «Enséñame el camino para ir a casa», canta, mientras sus zapatos de tenis chirrían sobre el piso. «Enséñame el camino para ir a casa…»
Entran dos parientas. Muy enojadas. Potentes, con ojos que escarban, lenguas que escaldan. Escuchad lo que tienen que decir, palabras que caen con tono iracundo:
-¡Un niño de siete años! ¡Whisky en su allliento! ¿Has perdido el juicio? ¡Licor a un niño de siete años! ¡Si serás necia! ¡Camino a la perdición! ¿Recuerdas a la prima Kate? ¿Al tío Charlie? ¿Al cuñado del tío Charlie? ¡Vergüenza! ¡Escándalo! ¡Humillación! ¡Arrodíllate, reza, ruega al señor!
Queenie se esconde bajo la estufa. Mi amiga mira sus zapatos, su barbilla tiembla, levanta su falda y se limpia la nariz y corre a su habitación. Cuando ya hace mucho que la ciudad duerme y la casa está silenciosa, excepto por los relojes al dar las horas y el chisporroteo de los fuegos que van apagándose, está llorando sobre una almohada ya tan mojada como el pañuelo de una viuda.
-No llores -le digo, sentado a los pies deee su cama y temblando a pesar de mi camisa de noche de franela que huele a jarabe para la tos del invierno pasado-. No llores -le ruego tironeándole los dedos de los pies y haciéndole cosquillas-, eres demasiado vieja para eso.
-Es porque -dice en un hipo- «soy&raaaquo; demasiado vieja. Vieja y ridícula.
-No ridícula. Divertida. Más divertida qqque nadie. Oye: si no dejas de llorar, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar un árbol.
Se incorpora. Queenie salta sobre la cama (cosa que le está prohibida) y le lame las mejillas.
-Sé donde encontraremos árboles verdaderammmente hermosos, Buddy. Y acebo también. Con bayas grandes como tus ojos. Es muy adentro de los bosques. No hemos ido nunca tan lejos. Papá nos traía árboles de Navidad de allí; los cargaba sobre su hombro. De eso hace cincuenta años. Bueno, ¡no puedo esperar la mañana!
Mañana. La hierba resplandece con la escarcha; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como las lunas del tiempo cálido, se alza en equilibrio sobre el horizonte, pule los bosques plateados de invierno. Un pavo silvestre canta. Un cerdo vagabundo gruñe entre la maleza. Pronto, a la orilla del agua de rápida corriente, profunda hasta llegar a la rodilla, tenemos que abandonar el carrito. Queenie es la primera en vadear el arroyo, chapotea ladrando plañideramente a la rapidez de la corriente y a su frialdad capaz de producir neumonía. Nosotros la seguimos, sosteniendo nuestros zapatos y equipo (un hacha y un saco de arpillera) sobre nuestras cabezas. Kilómetro y medio más: de espinas, zarzas y cardos atormentadores que se agarran a nuestros vestidos; de rojizas agujas de pino, brillantes, mezcladas con hongos de alegres colores y plumas de pájaros. Aquí y allá, un vuelo fugaz, un alboroto, una explosión de chillidos nos recuerdan que no todas las aves han volado hacia el sur. Siempre el sendero serpentea entre charcos de sol almidonado y oscuras bóvedas de ramas. Hay que cruzar otro arroyo: una alborotada flota de abigarradas truchas agita el agua a nuestro alrededor, y ranas del tamaño de platos practican las zambullidas de panza: obreros castores están construyendo un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. Mi amiga también se estremece, no de frío sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero suelta un pétalo cuando ella levanta la cabeza y aspira el aire cargado de aroma de pinos.
-Ya casi llegamos. ¿Los hueles, Buddy? -dddice, como si nos acercáramos al océano.
Y, en efecto, es una especie de océano. Grandes extensiones perfumadas de árboles navideños, acebos de punzantes hojas. Bayas rojas como brillantes campanillas chinas: los negros cuervos se precipitan chillando sobre ellas. Ya llenos nuestros sacos de suficiente verde y escarlata para rodear de guirnaldas una docena de ventanas, vamos a elegir un árbol, por fin.
-Debe ser -murmura mi amiga- dos veces másss alto que un muchacho. De esta manera ningún muchacho podrá robar la estrella.
El que elegimos es dos veces más alto que yo. Hermoso y valiente bruto que sobrevive a treinta hachazos antes de ceder con un crujiente grito de rendición. Tomándolo como un animal muerto, empezamos el largo arrastre. A los pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos y jadeamos. Pero tenemos la fuerza de los cazadores victoriosos; esto y el perfume frío y viril del árbol nos reanima, nos aguijonea. Muchos elogios acompañan nuestro regreso, a puesta de sol, por la carretera de arcilla roja que lleva a la aldea; pero mi amiga es taimada y evasiva cuando los viandantes alaban el tesoro cargado en nuestro carrito.
-¡Qué hermoso árbol! ¿De dónde lo traen? -De por allá – murmura ella, vagamente. Una vez se detiene un coche y la holgazana esposa del rico propietario del molino se asoma y relincha:
-Les doy veinte centavos por ese viejo árbol.
Ordinariamente mi amiga tiene miedo de decir que no; pero en esta ocasión sacude prontamente la cabeza:
-No lo daríamos ni por un dólar.
-¡Un dólar! ¡Madre! Cincuenta centavos. Es lo más que doy. ¡Por Dios, mujer!, pueden ir a buscar otro.
En respuesta, mi amiga observa suavemente:
-Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa, Queenie se deja caer junto al fuego y duerme hasta la mañana, roncando fuerte como un ser humano.
~ ~ ~
Un baúl en el desván contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de una capa de teatro de una curiosa dama que una vez alquiló una habitación en la casa), rollos de colgajos de relumbrón dorados por los años, una estrella de plata, una corta serie de bombillas acarameladas, viejas, indudablemente peligrosas. Excelente decoración hasta donde alcanza, que no es lo suficiente: mi amiga quiere que nuestro árbol resplandezca «como una ventana de los baptistas», que se doble bajo el peso de las nieves de adorno. Pero no podemos costear los esplendores de fabricación japonesa que venden en el «cinco y diez». Por lo tanto, hacemos lo que hemos hecho siempre: pasar días sentados ante la mesa de la cocina con tijeras y lápices y montones de papel de colores. Yo hago los dibujos y mi amiga los recorta: gran cantidad de gatos, peces también (porque son fáciles de dibujar), algunas manzanas, algunas sandías, unos pocos de ángeles alados hechos de envoltorios de papel de estaño que tenemos guardado. Empleamos imperdibles para sujetar al árbol esas creaciones: como toque final, salpicamos las ramas con algodón desmenuzado (recogido en agosto con ese propósito). Mi amiga, contemplando el efecto, junta sus manos.
-Ahora, francamente, Buddy, ¿no te parece bueno para comer?
Queenie trata de comerse un ángel.
Después de tejer y adornar con cintas las coronas de acebo para todas las ventanas de la fachada, nuestro proyecto inmediato es la preparación de los regalos para la familia. Pañoletas para las damas, para los hombres un jarabe, preparado en casa, de limón, regaliz y aspirina, para tomarlo «a los primeros síntomas de un resfriado y después de cazar». Pero cuando llega la hora de preparar nuestros mutuos regalos, mi amiga y yo nos separamos para trabajar secretamente. Me gustaría comprarle un cuchillo con mango de nácar, una radio, una libra de cerezas cubiertas de chocolate (una vez probamos algunas y ella siempre jura: «viviría siempre de cerezas, Buddy. ¡Señor, si, podría…!, y esto no es tomar Su nombre en vano»). En vez de todo eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría regalarme una bicicleta (lo ha dicho un millón de veces: «si yo pudiera, al menos, Buddy. Ya es bastante malo pasar la vida sin lo que “uno” desea; pero, que Dios lo confunda, lo que me fastidia es no poder dar a “alguien” lo que deseo que tenga. Pero cualquier día lo haré, Buddy. Te encontraré una bicicleta. No preguntes cómo. La robaré quizá»). En vez de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa…, igual que el año pasado, y que el anterior: el anterior a ese nos regalamos hondas. Todo lo cual me parece muy bien. Pues somos campeones de vuelo de cometa, sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, más experta que yo, puede elevar una cometa cuando ni siquiera sopla brisa suficiente para arrastrar a las nubes.
La víspera de Navidad, por la tarde, reunimos un níquel y vamos a la carnicería a comprar el regalo tradicional para Queenie, un buen hueso de ternera para roer. El hueso, envuelto en papel fantasía, se cuelga alto en el árbol, cerca de la estrella de plata. Queenie sabe que está allá. Se agazapa al pie del árbol mirando hacia arriba en un arrobo codicioso. Cuando llega la hora de ir a dormir se niega a moverse. Su excitación es igualada por la mía. Levanto a patadas las mantas y doy vueltas a la almohada como si fuese una abrasadora noche de verano. En algún lugar canta un gallo, falsamente, pues el sol está todavía al otro lado del mundo.
-¿Buddy, estás despierto?
Es mi amiga que me llama desde su habitación, contigua a la mía; y un momento más tarde está sentada en mi cama, sosteniendo una vela.
-Bueno, no puedo dormir ni tanto así -declara-. Mi pensamiento salta como una liebre. Buddy, ¿crees que la señora Roosevelt servirá nuestro pastel en la cena?
Nos arrebujamos en la cama y ella me oprime la mano con ternura.
-Diría que tu mano era mucho más pequeña. Creo que me disgusta verte crecer. Cuando seas mayor, ¿seremos amigos todavía?
Yo digo que lo seremos siempre.
-¡Me siento muy triste, Buddy! ¡Deseaba tanto regalarte una bicicleta! Traté de vender el camafeo que me regaló papá. Buddy… -vacila, como turbada-, te he hecho otra cometa.
Entonces, yo confieso que hice una para ella también; y reímos. La vela está demasiado agotada para seguir ardiendo. Se apaga, y deja ver la luz de las estrellas, esas estrellas que giran en la ventana como un visible villancico al que, lentamente, lentamente, el alba acalla. Posiblemente estamos adormilados; pero los primeros resplandores de la aurora nos rocían como agua fría; ya estamos levantados, con los ojos muy abierto y dando vueltas mientras esperamos que los demás despierten. Adrede, mi amiga deja caer un caldero sobre el suelo de la cocina. Yo bailo, repiqueteando con los pies, frente a las puertas cerradas. Uno a uno salen los de casa, con caras de querer matarnos a los dos; pero es Navidad y, por lo tanto, no pueden hacerlo. Primero, un espléndido desayuno: absolutamente todo lo que uno puede imaginar…, desde las tortas de sartén y la ardilla frita, hasta el pinole y la miel en panal. Lo cual pone a todos de buen humor, menos a mi amiga y a mí. Francamente, tenemos tanta impaciencia por ver los regalos, que no podemos tragar un bocado.
Bueno, quedo decepcionado. ¿Quién no lo estaría? Calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, algunos pañuelos, un suéter usado y un año de suscripción a una revista religiosa para niños. El Pequeño Pastor. Me indigna. Realmente me indigna.
Mi amiga saca mejor tajada. Un saco de ciruelas, que es su mejor regalo. Sin embargo, está más orgullosa de un chal de lana blanca tejido por su hermana casada. Pero «dice» que su regalo favorito es la cometa que yo le hice. Y «es» muy hermosa; aunque no tan hermosa como la que ella hizo para mí, que es azul y tachonada de estrellas de Buena Conducta doradas y verdes; además, en ella está pintado mi nombre, «Buddy».
-Buddy, está soplando el viento.
Sopla el viento, y nada haremos sino correr hasta unos prados que hay más abajo de la casa, adonde Queenie había volado para enterrar su hueso (y donde el otro invierno, Queenie será enterrada también). Una vez allí, sumergidos en la lozana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, las sentimos que tiran del cordel como peces del cielo que nadan en el viento. Satisfechos, calientes del sol, nos tendemos en la hierba y pelamos ciruelas y contemplamos el cabriolar de nuestras cometas. Pronto olvido los calcetines y el suéter usado. Soy tan feliz como si ya hubiéramos ganado el Gran premio de cincuenta mil dólares en aquel concurso de dar nombre a un café.
-¡Madre, que tonta soy! -exclama mi amiga, súbitamente alerta, como una mujer que recuerda demasiado tarde que tiene bizcochos en el horno-. ¿Sabes lo que he creído siempre? -pregunta en un tono de descubrimiento y no sonriéndome a mí, sino a un punto situado más allá-. Siempre he creído que un cuerpo tiene que estar enfermo y morir antes de ver al señor. Y me imaginaba que cuando Él viniese sería como mirar a través de la ventana de los baptistas: hermoso como un cristal de color atravesado por el sol, un brillo tal que no te enteras de que oscurece. Y ha sido un consuelo pensar en aquel resplandor que hace desaparecer todo el miedo al coco. Pero estoy segura de que eso no sucede nunca. Estoy segura de que en el último momento el cuerpo comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que ver las cosas tal como son -su mano hace un ademán circular que abarca nubes y cometas y hierba y a Queenie echando tierra con las patas sobre su hueso-, simplemente como siempre las ha visto, era verlo a Él. En cuanto a mí, podría dejar el mundo con el día de hoy en los ojos.
~ ~ ~
Esta es nuestra última navidad juntos.
La vida nos separa. Aquellos que Saben Más deciden que debo ir a una escuela militar. Y de este modo sigue una miserable sucesión de prisiones donde suena la corneta, severos campamentos de verano con toque de diana. Tengo también un nuevo hogar. Pero no cuenta. El hogar es donde está mi amiga, y allí nunca voy.
Y allí permanece ella, entreteniéndose en la cocina. Sola con Queenie. Sola, pues. («Buddy querido -escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, ayer el caballo de Jim Macy dio a Queenie una coz mortal. Gracias a Dios, no sufrió mucho. La envolví en una fina sábana de lino y la llevé en el carrito hasta el paso de Simpson, donde puede descansar con todos sus huesos…»). Durante algunos noviembres continúa haciendo sola sus pasteles de frutas; no tantos, pero algunos; y, naturalmente, siempre me manda «el mejor de la hornada». Además, en cada carta incluye diez centavos envueltos en papel higiénico: «ve al cine y cuéntame la película». Pero, gradualmente, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en 1880 y tantos; cada vez más son no solo los días trece en que se queda en la cama: llega un mañana de noviembre, un amanecer de invierno sin hojas y sin pájaros, en que no puede levantarse y exclama: «¡Oh, madre mía! ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!»
Y cuando eso sucede, lo sé. El mensaje que me lo anuncia no hace más que confirmar una noticia que ha recibido ya cierta secreta fibra, amputando una parte insustituible de mi mismo, dejándola suelta como una cometa con el cordel roto. Es por eso que, al atravesar un patio de la escuela en esa particular mañana de diciembre, voy escudriñando el firmamento. Como si esperase ver, semejantes a corazones, un par de cometas sueltas que corren al cielo.-

Truman Capote

..historia de Navidad

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Dicen que Papá Noel se llamaba Nicolás y vivía en un pueblo donde había mucha pobreza. En ese lugar y en aquel tiempo, algunas mujeres “trabajaban” en las calles, lo que les permitía tener algún ingreso para sobrevivir.
Todas ellas se ubicaban a o largo de un gran paredón que era muy conocido, porque allí se las encontraba cada tarde y cada noche.
Muy a menudo del otro lado del paredón, “alguien” les arrojaba una bolsa
con comida, ropa y alguna otra necesidad.
Y durante muchos años se guardó el misterio de saber quién era la persona tan generosa que dejaba esos regalos para que pudieran cubrir sus necesidades, hasta que finalmente se supo que era Nicolás.
Por su solidaridad y por su vida, fue santo. Fue San Nicolás.
Y más tarde lo convirtieron en Papá Noel.
De allí la bolsa con los regalos…
– CAPÍTULO UNO
Hoy día, una joven mamá también trabaja “en la calle”.
Y una mañana, se entera que está embarazada de su segundo hijo y
decide contarle a uno de sus clientes que esta vez,
no como la primera, quiere “vivir su embarazo intensamente”.

Este señor, que la conoce, sabe que ella tiene una enorme presión de ciertos jefes, por llevar una parte de su sueldo cada día, a cambo de una suerte de protección.
Entonces, esta persona toma una decisión y le hace una propuesta.
En homenaje a sus ganas de ser mamá, decide pagarle durante todo su embarazo sin utilizar sus servicios!

Increíble y conmovedor.
En esas zonas sórdidas y oscuras de la marginalidad,
aparece la dimensión profunda e inentendible del Amor humano.

– CAPÍTULO DOS
Me entero de este hecho, por una mujer que hace años,
con un equipo de personas generosas, recorren las calles,
especializándose en las mujeres más postergadas y abandonadas.
Cuando me cuenta esta historia, obviamente me conmuevo,
y me agrega un comentario:
“imaginate si ella consiguiera un trabajo para no tener que estar en la calle”.
Le preguntamos que le parecería y dijo que estaría muy contenta de tener esa posibilidad.

En ese momento, le escribí una carta a Papá Noel,
en realidad a San Nicolás (que ahora también atiende en el celular).
Les digo la verdad, no es el verdadero Papá Noel, es una persona que sólo vi una vez y que quería colaborar con “algo que alguien necesitase”
Y le hice un pedido complejo: un trabajo (inventado) con sueldo durante por lo menos un año!

Y dijo que sí!!!!!
Esta mamá, que se me ocurre puede llamarse Marta,
ahora con sus dos hijos (tal vez Jhonatan y Lucila) ahora tiene un trabajo digno.

– EPÍLOGO
Cuánta gente buena! Son decenas, cientos, miles, quienes
participan de la silenciosa y cotidiana revolución solidaria.

Una revolución cultural. Una revolución en Paz.
Un movimiento cultural y social por el otro, por los otros y por la comunidad.
Una renovada revolución por el servicio, por la participación y el compromiso.

Un abrazo! Feliz Navidad. 

Juan Carr, exultante.
(voluntario de la Red Solidaria)

PD: Mientras tanto, buscamos otro trabajo digno, para otra mamá… multiplicarr@gmail.com

.y Dios me hizo mujer…

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Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

Gioconda Belli-Nicaragua (1948)

 

.las veinte cajitas

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“Tenès dedos de pianista”, me dijo mi abuela una tarde sofocante de verano, en el patio de su casa.
Hacìa mucho calor.
Y desde la azotea podìamos ver los centenarios eucaliptos que emergian ahi con sòlo otear el horizonte, de su casa.
Hoy ya no estàn, o quedan pocos a la espera de ser tumbados.
Y en su lugar estàn haciendo dùplex para familias que viven en lo que hoy es asentamiento.
Pero hace 40 años atràs lucìan erguidos y lùcidos, buscando el sol.
Y en esa tarde, ella tocò mis pequeñas manos y les diò una nueva vida.Corrì a mi casa como una bengala.
Yo habìa disfrutado con los ojos desorbitados y el alma en flor, el “Cascanueces”.
Y la mùsica clàsica que ponian mis padres los fines de semana.
Y el violìn un poco desafinado de Ñuqui -amigo de mis viejos- cuando despertaba un domingo, en casa de ellos, y sentia nacer los primeros acordes.
Y las tardes de siesta, en casa de la otra abuela, que tenia -medianera mediante-, una escuela de guitarra española.
Era un embrujo gitano, escuchar esos rasguidos, que eran como una suave lullaby, en mi alma. Que delicia…!
La historia de mis dedos recorriendo un piano durò exactamente cinco años.
El recuerdo juega al olvido a veces, con esos acordes.
Porque hay trazos que no puedo recordar, aunque quisiera.
Una mujer mayor con gruesos marcos de carey oscuro que nos enseñaba a mi y otras tres amigas inseparables que ibamos tres veces por semana, muy al comienzo, a jugar.
Y luego, a sentir.
Yo soñaba con que mis dedos bailaban, subian y bajaban, por sobre todo el pentagrama que sentìa pleno ahi.
En ese encuentro sagrado con los sonidos.
Pero algo se interpuso entonces.
Una pequeña vara de color castaño que hacia de tutor, cuando uno se equivocaba.
Iba directo a mis dedos blancos y fràgiles de entonces.
Y un dia la vocecita se fuè apagando.
Y ya no màs piano en mis manos.
Dejè de tocar y olvidè.
Pero un sonido màs profundo, seguia vivo
anudado en mi corazòn
la llave que abre ese cofre me la diò mi abuela
En los veinte años que la tuve conmigo habia un rito
que celebraba conmigo:
en cada aniversario de mi natalicio
cada nueve de enero habia un tesoro lleno de luz, para mi
y me lo daba al final
yo siempre lo esperaba como quien espera las doce, en nochebuena
Mi abuela “Mamma” me fuè dejando a travès del tiempo
veinte cajitas
cada una era distinta a la otra.
Tenia que serlo!
Y de ella emanaba un sonido,
un acorde,
una melodia distinta, a la otra
Veinte cajitas que me recordaban el sonido latiente en mi
que nada ni nadie podia apagar
Podìa ser una bailarina danzando sobre un cuadrito
un cofrecito aterciopelado donde guardaba bijou
o una damita renacentista de porcelana que tenia una pequeña manivela para darle cuerda
Todas y cada una, eran especiales
A los pocos meses que tuviera en mis manos la cajita nùmero veinte,
ella partiò
y lo hizo de improviso,
como un viento huracanado que deja tras su huella
un desordenado desierto
sentì una bronca lacerante en mi ser.
Sentia esa partida improcedente
inaudita
inapropiada para alguien,
de quien sòlo era un ser de luz.
Como si mi corazòn se partiera en dos y estallara
no habia nada que calmara, mi dolor.
Me sentia
demasiado joven y trèmula
mi ser candorosa, se lo debia a ella!
y ahora me habia abandonado!
Quièn me comprenderìa entonces…?
Con quièn hablarìa del mundo inmenso e intangible
que habitaba en mi interior?
En una bolsa enorme, guardè una a una todas las cajitas
algunas aùn resonaban
pero ya no habia acorde.
Me sentìa inundada de una improvista orfandad…
Y entre làgrimas, las di
con la esperanza vana de que alguna criatura del universo
al tocarlas,
como un diapason gigante,
sintiera vibrar en si,
la orquesta entera en su interior
Sòlo una se salvò
pequeñita
y la tengo aùn conmigo
como llevo en mi corazòn a mi abuela de luz
hoy sè que està viva en mi
y ese enojo por su partida mutò en deseos a la espera de ser cumplidos
su voz esta màs viva que nunca en mi
y los sonidos se expandieron
y treparon por todo el pentagrama de mi ser…
(en dias como hoy, te extraño mucho Mamma…)
Gabi
Cajita de musica (1) Cajita de musica (2) Cajita de musica (3) Cajita de musica (4)

.santuario

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Santuario

Vadea el tibio arroyo hacia
El santuario al otro lado del río de dorado sonido,
Donde una borracha abeja zumba la sagrada sílaba
Sobre un loto carmesí.
Rico mango magenta y ofrendas de especias
Apilados en alto por los devotos.
Entrando en una choza de piedra azul-
Fresco interior negro manchado con incienso y
perforado por pequeños triángulos de llamas de velas-
Las preocupaciones corrientes caen al suelo cristalino.
Ardientes letras aparecen en el aire
Y reaparecen en tu corazón.

Es bueno tener lugares sagrados en el mundo, y es bueno para nosotros hacer peregrinaciones. En última instancia, no es el lugar el que es importante; es lo que sientes lo que perdura. El visitar un lugar es menor; el cambiar dentro de ti es más importante.

Cuando la gente visita un lugar sagrado, algunos dicen que los espíritus del lugar les hablan. Otros recuerdan el exótico boato. Cuando se trata de sitios sagrados, es mejor ser un peregrino que un turista. Ve con una actitud humilde, y deja que tu corazón sea conmovido por lo que experimentas. Entonces recibirás el verdadero tesoro del santuario

-Deng Ming-Dao (traducción Karin Usach)

.huellas de puño y letra

somos luz-2

“¿Qué ha traído Dios? (What has God brought?)”.
Eso se leía en el primer telegrama de la historia.
Fue enviado el 24 de agosto de 1844 desde el Capitolio, en Washington (capital de Estados Unidos), hacia Baltimore, ciudad distante 60 kilómetros de allí.

Aunque los telegramas ya no existen, aquella pieza se conserva.

De la misma manera se guardan papeles escritos en el año 2000 antes de Cristo, como lo atestigua Robert P. Crease, director del Departamento de Filosofía del Estado de Nueva York.

E incluso se atesoran (un par en el Museo del Libro de Burgos, España) unos pocos ejemplares de la Biblia que el orfebre alemán Johannes Gutenberg dio a luz en una imprenta de tipos móviles recién creada, en 1455, y que se convirtió en lo que se considera el primer libro moderno.

Pero si quisiéramos ver el primer correo electrónico enviado nos quedaríamos con las ganas.

No hay rastro de él.

Existe la cinta magnética, pero los datos se perdieron.
Quienes somos adultos y hemos nacido antes de las nuevas tecnologías de conexión (es decir antes de los años 80 del siglo XX) conservamos, quien más quien menos, cartas, escritos de distinto tipo, alguna epístola amorosa de un primer amor o del amor que hoy nos acompaña, postales de familiares.

Cada uno de esos papeles es historia, es memoria, es sentimiento.

Cada uno de ellos, como la pieza de un inmenso puzzle, completa un profundo significado individual o colectivo, según el caso.

La pregunta de veras inquietante es: ¿dónde quedarán las palabras que nos escribimos a nosotros mismos, donde las que, como palomas mensajeras, llevan nuestras ideas, emociones y sentimientos a personas queridas y lejanas, en dónde buceará la memoria de nuestros descendientes cuando quieran reconstruir lazos, tramas familiares, lenguajes o perfiles personales?

Sin testimonios escritos acaso se avecine una humanidad sin memoria.
Así como no hay huellas del primer correo electrónico (que no tiene más de treinta años), cada día se evaporan millones de ese tipo de correos y de mensajes de texto. La mayoría de ellos no dicen nada trascendente y probablemente sus autores se avergonzarían si de aquí a unos años se les mostrara en qué tipo de trivialidad derrochaban su tiempo y su dinero (porque ninguna conexión es gratuita aunque la publicidad nos quiera hacer creer que sí).

Pero muchos de esos e-mails transmiten lo que en otra época transportaban las cartas.

Palabras que merecerían quedar registradas como ingredientes de la memoria, esa savia esencial de la existencia humana.

Pero no quedan.
En medio de este panorama que no deja de tener un tinte sombrío, cuatro estudiantes de Historia del Arte en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, decidieron encarar un programa al que llamaron “El arte se hace carta”.

Supe de esta iniciativa por Astrid Maulhart, una de ellas.

La idea es sencilla, original y poderosa.

Consiste en imprimir postales que reproducen obras del arte contemporáneo argentino y luego llevar esas postales a distintos geriátricos de la ciudad para pedirles a los viejos que viven en esas instituciones que escriban una carta a partir de lo que la postal que tienen ante sus ojos les suscita.

Me consta que nacen textos conmovedores, preñados de memoria, de sensaciones y emociones, de miradas inesperadas.

“Nuestro proyecto no para de sorprendernos desde el primer día”, dice Astrid.

Y tienen motivos.

Los geriátricos son invalorables reservorios de memoria, de afecto disponible, de insólita creatividad, de palabras que esperan papeles en donde desplegarse y oídos que las hospeden.
Evitamos nombrarlos, decir esa palabra (geriátrico), como en un absurdo exorcismo. Creamos con ellos profecías que se cumplen a sí mismas.

Tememos acercarnos a los geriátricos aunque allí vivan seres queridos y cercanos, y a fuerza de ausencia ayudamos a que sean lo que tememos: depósitos de personas. Pero no nos preguntamos por nuestra responsabilidad si eso ocurre.

Procuramos alejar la idea de la finitud de la vida, aferrándonos a un desesperado “juvenismo”.

Tememos contagiarnos del virus de la vejez, como si esta fuera una enfermedad y no una etapa necesaria y culminante de la vida.

“Hay gente muy valiosa dentro de los geriátricos”, dice Astrid.

Ella y sus amigas han encontrado escritores, historiadores, artistas.

Y también personas que, sin títulos o carreras, tienen mucho para contar, para testimoniar, para inspirar.

“El objetivo de nuestra propuesta es acercar el arte contemporáneo a la gente de la tercera edad y revivir el género epistolar”, me cuenta Astrid.

Arte, historias personales, escritura: ingredientes valiosos y fecundos.
El 12 de diciembre, en un Centro Cultural del Barrio de Belgrano, frente a la bella Plaza Castelli, las cartas estarán exhibidas y también estarán allí muchos de sus autores.

Será posible leerlas, conocerlos, agradecerles.

Quizás no lo sepan, pero son héroes.

En un mundo líquido (como señala el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que a su vez tiene 89 lúcidos y productivos años), en el que todo es fugaz y se desvanece sin consolidarse, ellos, los viejos escritores de cartas y postales, dejan huellas de puño y letra…


-Sergio Sinay

somos luz-1

 

.pequeña sinfonía

pequeña sinfonía

“ Vivir contento con poca cosa;
buscar elegancia en vez de lujo;
refinamiento en lugar de moda;
ser meritorio, no prestigioso;
ser rico, no acaudalado;
estudiar mucho, pensar en silencio,
hablar con dulzura, actuar con franqueza;
enfrentarlo todo con una sonrisa, hacer las cosas con coraje,
esperar la ocasión, no apurarme nunca;
en pocas palabras, permitir que lo espiritual,
lo inconsciente y lo espontáneo se haga lugar a través de lo ordinario.
Ésta será mi sinfonía. ”
William Ellery Channing (1780-1842)

proxima generacion

.generation

 

By the time my heart skips its last beat
will my work finally be complete?
What will I leave behind
for future generations to find?
I hope I leave no trace-
pack in, pack out
everything material erased.
So someone else can enjoy the view,
I will leave it to them as good as new.
I want to leave behind nothing more
than the love I have for this world.
It’s true we borrow from our grandchildren-
we must protect the earth for the Seventh Generation.


-Written in memory of Russel Means,
a source of inspiration for us all.

Mitaku Oyasin

“Cuando te das cuenta que quieres pasar el resto de tu vida con una persona, quieres que el resto de tu vida empiece lo antes posible.”

– Cuando Harry conoció a Sally-

.macondo

jacaranda

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había
comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues
estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los
espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la
memoria de los hombres en el instante en que Aureliano
Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo
lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para
siempre, porque las estipes condenadas a cien años de
soledad no tenian una segunda oportunidad sobre la tierra.”
-Gabriel García Márquez (“Cien años de soledad”)

.vibrar en lo alto

 vibrar en lo alto-1 vibrar en lo alto-2 vibrar en lo alto-3

Sólo hay una forma de cambiar el mundo y ésta pasa por un cambio en el interior de cada uno, sólo elevando nuestro nivel vibratorio podemos elevar la frecuencia del mundo…

Los responsables de lo que pasa en el mundo no son “los otros”. . .

La responsabilidad es de TODOS!!!

Comparto una linda interpretación de 2 Cellos… Una forma de “sintonizarnos en una frecuencia más elevada

(Gracias Patty linda!)

.violin

PZvn04

(Gracias Pablito Sacco por el hermoso violin que me permitiste compartir!)
Los violines hermosos que hace Pablo (el mejor Luthier del mundo y es argentino!) aqui: http://www.sacco.cremona.it

“Tomás dió vuelta al interruptor y encendió la lámpara.
Ella vió dos camas juntas;al lado de una de ellas, una
mesa de noche con una lámpara, de cuya pantalla,
espantada por la luz, voló una mariposa nocturna que se
puso a dar vueltas por la habitación. De abajo llegaba
tenue el sonido del piano y el violín.”
-Milán Kundera (“La insoportable levedad del ser”)

Ji-Hae Park: The violin, and my dark night of the soul…
In her quest to become a world-famous violinist, Ji-Hae Park fell into a severe depression. Only music was able to lift her out again — showing her that her goal needn’t be to play lofty concert halls, but instead to bring the wonder of the instrument to as many people as possible.

.juntos ♥

grullas celofan

Credits: Web

hacer
que una cosa
no pueda verse por dentro
hacer
que lo que estaba abierto
deje de estarlo
echar la llave
juntar las partes
que se hallan
separadas
los párpados
los labios
las hojas de un libro
las tijeras
cercar vallar acordonar
plegar una cosa
que estaba
extendida
la mano
un abanico
un paraguas
cicatrizar las heridas
llegar la noche
a su plenitud
cargarse de nubes
el cielo
juntarse
unos con otros
los pétalos
de una flor

-Laura Forchetti.(“Temprano en el aire”)

https://soundcloud.com/awankana/alaidina

bird

.origami

corto-animacion-origami

Un joven ansioso y poco inspirado pasa tiempo con su abuelo, cuando este último, le propone un pequeño reto. Para lograrlo, el muchacho realizará un extraño viaje dentro de su mente para lograr inspirarse y sorprender gratamente a su abuelo.

Origami es un corto de animación realizado por Joanne Smithies, Eric De Melo Bueno, Michael Moreno, Hugo Bailly Desmarchelier y Camille Turon, todos ellos estudiantes del ESMA 2012 (Ecole Supérieure des Métiers Artistiques).

A young eager and uninspired spends time with his grandfather when the latter offers you a small challenge. To achieve this, the boy made ​​a strange journey inside his mind to achieve inspired and pleasantly surprise your grandfather.
Origami is a short animation done by Joanne Smithies, Eric De Melo Well, Michael Moreno, Hugo Bailly Desmarchelier and Camille Turon, all students of the ESMA 2012 (Ecole Supérieure des Métiers Artistiques).

Facebook Page : facebook.com/OrigamiLeFilm

Réalisé par : Joanne Smithies, Eric De Melo Bueno, Michael Moreno, Hugo Bailly Desmarchelier, Camille Turon

Musique : Till Sujet till.info.free.fr

Son et Enregistrement : José Vicente et Yoann Poncet studiodesaviateurs.com

Ecole Supérieure des Métiers Artistiques 2012

.invictus

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Credits: benheine.com

La poesía que inspiró y dio fuerza a Mandela en sus 27 años de encarcelamiento.

Invictus
En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.
Ante las puñaladas del azar,
si bien he sangrado,
jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
No obstante, la amenaza de los años
me halla, y me hallará, sin temor.
Ya no importa cuan recto haya sido el camino,
ni cuantos castigos lleve a la espalda:
Soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.
William Ernest Henley (1849-1903)

.flow

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“He llegado a la conclusión aterradora
de que soy el elemento decisivo en mi vida.
Para los otros y para conmigo mismo
yo puedo ser una herramienta de tortura
o un instrumento de inspiración.Es mi respuesta la que decide
si una crisis escala o no.
Son mis acciones las que deciden
si yo me ennoblezco o me degrado
y si humanizan o deshumanizan a los demás.
Soy el poder de mi vida…”
Johann W. Goethe

Te regalo esta musica….

g

.faith and hope-Front Lines Vignettes

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Fotos: Antes de la tormenta, Ciudad de Bernal
Faith and hope (Front Lines Vignettes)
The First World War wasn’t a religious war, but faith was a valuable buttress for the soldiers. Those in this film seek solace in religion, each in his own way.
out of 40,000 only 300 came back alive -.-
FE Y ESPERANZA (Frente de Batalla )La Primera Guerra Mundial no fue una guerra religiosa, pero la fe fue un valioso intento que refuerzó a los soldados. Los que están en esta película buscaron consuelo en la religión, cada uno a su manera.de 40.000 a sólo 300 regresaron con vida -.-

Image
rumi-i’ve travelled around
i’ve
I have travelled around
raced through every city
while i knew all along
no place could be found
like the city of loveif i could have known
to value what i owned
i would not have suffered
like a fool
the life of a vagabondi’ve heard many tunes
all over the globe
all empty
as a kettledrum
except the music of love
it was the sound of
that hollow drum
that made me fall
from the heavens
to this mortal life
i used to soar
among souls
like a heart’s flight
winglessly roaming and
celestially happy
i used to drink
like a flower that drinks
without lips or throat
of the wine that overflows
with laughter and joy
suddenly
i was summoned by love
to prepare for a journey
to the temple of
suffering
i cried desperately
i begged and pleaded
and shredded my clothes
not to be sent
to this world
just the way i fear now
going away
to the other world
i was frightened then
to make my descent
love asked me to go
with no fear to be alone
promising to be close
everywhere i go
closer than my veins
love threw its spell
its magic and allure
using coyness and charm
i was totally sold and
bought everything with joy
who am i to resist
love’s many tricks
and not to fall
while the whole world
takes love’s bait
love showed me
a path but then
lost me on the way
if i could have resisted
i would have found my way
i can show you my friend
surely how you can get there
but here and now
my pen has broken down
before telling you how
— Ghazal (Ode) 1509
Translation by Nader Khalili
“Rumi, Fountain of Fire”
Burning Gate Press, Los Angeles, 1994.

.huele a Jazmin

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Era un dia de carnaval, el que se conocieron.
Plena calle San Pedrito del barrio porteño de Flores, donde pasò parte de su juventud, mi abuela.
Como era habitual en esa època la gente iba vestida con su mejor traje, para un festejo que tenia algo de magia.
Y las mujeres iban como en troupe, de la mano, caminando.
A pesar de no ser la màs grande de las hermanas, llevaba el mando.
Y hay que decirlo sin pudor: era la màs hermosa.
Piel blanca, cabello negro ondulado al viento.
La ùnica de cabello negro de la familia, por eso el mote de “Negrita”.Èl venia con su grupo de amigos.
Y vaya a saber por què o si era costumbre de la època, al verla, se deslumbrò y al presentarse sòlo gesticulò el nombre que siempre hubiera querido tener: “Rogelio” y no el que le habian puesto sus padres y que èl destestaba, Josè.
Josè era Josè sòlo para su sobrino adorado Robertito que cuando lo visitaba le decia “Yeye”
Para el resto, se habia transformado en “Roge”.
Sentia en su ser que con ella y su nuevo bautizo comenzaba una nueva historia.
Y el carnaval trajo algo màs.
Dos hijas que amò y una historia de amor que durò 60 años hasta que ella se fuè tempranamente, de improviso.
Pero antes de eso hubo nietos. Y la mano dulce de ella, siempre.Dicen que el dia que nacì fuè el dia màs caluroso de la dècada.
Demasiado calor.
Demasiado prematura.
Demasiado pequeña.
Mi abuelo tuvo para conmigo un gesto de amor que jamàs olvidarè.
Està calado en mì como un pequeño tesoro.
Cuando me vio tan chiquita,cabiendo en la palma de la mano de mi viejo, llorò.
Era la primera nieta mujer y algùna fibra de su acorde ìntimo, debe de haber sonado en su interior.
Puedo verlo.
Era vehemente en las cosas que hacia como todo descendiente de tanos.
Estoy segura que debe de haber puesto su mano en su corazòn gigante, cuando se prometiò a si mismo:
“Si Gabi vive, nunca màs en mi vida tomo una gota de alcohol”.
No que tomara demasiado, quizà lo suficiente para molestar a mi abuela.
Y yo vivi.
Y èl, por los 32 años de vida siguientes que transcurrieron, jamàs volviò a probar alcohol alguno.
Y era un rito sagrado que en la cabecera que presidia en cada mesa familiar estuviera siempre fresca una botella de 7up que degustaba como una criatura. Y lo era!Pero habia algo màs…
Mi abuelo me iniciò en el màgico aroma del almizcle oriental de los jazmines. Y de las pequeñas rositas rococò rosadas, que trepaban desenfrenadamente en su jardin.
Crecian como habichuelas màgicas hacia el cielo.
Yo las recuerdo. Recorren mi memoria como un aroma delicado y único.
Distinto.
Como un màgico artesano de las flores, venìa todas las tardes a mi casa, mientras yo estudiaba, y simplemente tocaba el vidrio de mi ventana (cuando aùn no viviamos enrejados) y con un “Buenas tardes Principessa…”, me entregaba en mis manos un suave capullo de su jardin.
Que yo enseguida ponia en un copòn de agua.
Y asì fuè hasta que mi abuela partiò.
Y a èl se le hizo tan dura la pèrdida que comenzò a apartarse del mundo y entrar en una espiral de duelo que nunca pudo salir.
Pero me dejò impregnado ese aroma.
Y una lecciòn de vida y entrega por el ser amado que llevo conmigo.
Profundo aroma.
Inmenso gesto de ternura.
Caricia al alma que cuando te recuerdo, me hace sonreir.
Porque asi te recuerdo. Con jazmines en la mano y con tu nariz gigante que miraba extasiada y tocaba con mis manitas pequeñas de niña.Gracias abuelo
Hoy huele a jazmin en mi corazón.
Gabi


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