.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 15

Jean Webster (1876-1916)

Jean Webster (1876-1916)

Jean Webster was born Alice Jane Chandler Webster on July 24, 1876, in Fredonia, New York. She came from a literary family, as she was the grand-niece of Samuel Clemens (Mark Twain), and her father was Mark Twain’s publishing partner. She was named “Jane” after Twain’s mother.

“Querido Papaíto-Piernas-Largas:

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.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 8

papa 8

“Hacia el final de las vacaciones de Navidad.
Fecha exacta desconocida.
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
¿Está nevando allí donde está usted? Todo hasta donde puedo divisar desde mi torre se halla envuelto en un manto blanco y los copos siguen cayendo grandes como granos de maíz soplado. Es la hora del atardecer y el sol se pone (de un amarillo frío) tras unas colinas de color violeta más frías todavía, y yo, trepada en mi asiento junto a la ventana, aprovecho la última luz del día para escribirle.
¡Qué sorpresa me dieron sus cinco monedas de oro! No estoy habituada a recibir regalos de Navidad y usted ya me ha regalado tantas cosas (todo lo que tengo, en realidad), que no creo merecer ninguna extra. Pero igual me gustan. ¿Quiere saber qué me compré con el dinero?
1. Un reloj de plata para llegar a tiempo a las clases.
2. Los poemas de Matthew Arnold.
3. Una bolsa de agua caliente.
4. Una manta (hace frío en mi torre).
5. Quinientas hojas de papel amarillo para manuscritos (muy pronto empezaré a ser escritora).
6. Un diccionario de sinónimos (para aumentar el vocabulario de la escritora).
7. (No me gusta mucho confesar esta última adquisición, pero lo haré.) Un par de medias de seda.
Ahora, Papaíto, ¡no podrá decir que no le cuento todo!
Por si le interesa, fue un motivo muy ruin el que me impulsó a comprar las medias de seda. Julia Pendleton viene a mi cuarto a estudiar geometría y se cruza de piernas todas las noches en el diván, luciendo sus medias de seda. ¡Pero ya va a ver! En cuanto regrese de las vacaciones, seré yo la que se siente en su diván con mis medias de seda. Ya ve usted, Papaíto, la criatura miserable que soy. Pero por lo menos soy sincera y ya sabía usted, por mi expediente del asilo, que no era perfecta, ¿verdad?
Recapitulando (así empieza la profesora de inglés una de cada dos frases), le estoy muy agradecida por mis siete regalos. Me gusta hacerme la ilusión de que vinieron en un cajón enviado por mi familia desde California. El reloj es el regalo de papá, la manta de mamá, la bolsa de agua de mi abuela, que siempre se preocupa de que no me enfríe con este clima, y el papel amarillo de mi hermanito Harry. Mi hermana Isabel me mandó las medias y mi tía Susana, los poemas de Matthew Arnold. Tío Harry (a mi hermano le pusieron Harry por él), me envió el diccionario. Él quería mandarme bombones, pero yo insistí en los sinónimos.
Espero que no tenga usted inconveniente en hacer el complicado papel de una familia completa.
Y ahora, ¿quiere saber cómo paso mis vacaciones o sólo se interesa usted en mi educación como tal? Espero que valore el delicado matiz de “como tal”. Es la última adquisición de mi vocabulario.
La chica de Texas se llama Leonora Fenton (casi tan ridículo como Jerusha, ¿no?). Ella me gusta mucho, pero no tanto como Sallie McBride. Creo que nadie nunca me va a gustar tanto como Sallie, con excepción de usted.
Usted deberá gustarme siempre por encima de todos los demás, puesto que representa a toda mi familia en su sola persona. Leonora, yo y dos alumnas que pasaron a segundo año hemos atravesado a pie toda la región durante los días buenos y exploramos la
vecindad vestidas con polleras cortas y chaquetas y gorros de punto. Siempre llevábamos bastones para abrirnos camino y un día anduvimos ocho kilómetros hasta la ciudad y paramos en un restaurante donde las chicas del colegio suelen ir a comer. Langosta a la parrilla (35 centavos) y de postre panqueques con almíbar (15 centavos). Alimenticio y barato.
¡Fue tan divertido! Sobre todo para mí, puesto que era todo tan distinto del asilo. Cada vez que salgo de la universidad me siento como un prisionero en fuga. Sin darme cuenta, casi se me escapa la verdad de la experiencia que estaba viviendo. Pero me detuve a tiempo. Me resulta muy difícil no contar todo lo que pienso. Soy por naturaleza muy poco reservada y me gusta hacer confidencias. Si no lo tuviera a usted para contarle mis cosas, creo que estallaría.
El viernes por la noche la directora de Fergussen ofreció una fiesta culinaria (hicimos caramelos de miel) para todas las chicas de los otros pabellones. Éramos veintidós entre todas. Las freshmen, las sophomores (segundo año), las juniors (tercer año) y las seniors, todas unidas en amistoso acuerdo. La cocina es descomunal, con enormes cacerolas de cobre colgadas de las paredes en hileras. En Fergussen viven cuatrocientas chicas. El chef, de gorro y delantal blancos, sacó otros veintidós gorros y delantales —no se
me ocurre dónde pudo haber guardado tantos — y todas nos disfrazamos de cocineras. Nos divertimos mucho, aunque he comido caramelos mejores que los que hicimos. Cuando terminamos y todo estuvo bien pegajoso, desde nuestras personitas hasta los picaportes, organizamos una procesión y, siempre de gorro y delantal y llevando cada una un gran tenedor, cuchara o sartén, marchamos por los corredores desiertos
hasta la sala de profesores, donde una media docena de instructores pasaban una tranquila velada. Les dimos una serenata con canciones del colegio y les ofrecimos golosinas. Ellos aceptaron cortésmente, aunque no muy convencidos, y allí los dejamos chupando miel, sin darles tiempo a decir una palabra.
Como ve, Papaíto, mi educación progresa.
papaito 2
¿No cree usted que debería ser pintora más bien que escritora?
Las vacaciones terminan de aquí a dos días y me alegraré mucho de ver nuevamente a las chicas. Mi torre está un poco solitaria; cuando nueve personas ocupan una casa construida para cuatrocientas, las nueve se encuentran por fuerza algo perdidas.
¡Cinco páginas! ¡Y yo que quería escribirle sólo una pequeña nota de agradecimiento! Parece que, cuando empiezo, mi pluma no se detiene fácilmente.
Adiós, Papaíto, y mil gracias por pensar en mí. Sería totalmente feliz si no fuera por una nubecita amenazadora en el horizonte: los exámenes son en febrero.
Suya, afectuosamente, Judy”
-J e a n W e b s t e r, “P a p a í t o p i e r n a s l a r g a s”

.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 7

papa 7

“19 de diciembre
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
Nunca contestó mi pregunta. ¡Y era tan importante!
¿ES USTED CALVO?
papaito
Tengo una idea perfecta de cómo es usted, y a mi entera satisfacción, hasta que llego a la punta de la cabeza. Ahí me quedo en suspenso. No puedo decidir si le agrego pelo blanco, negro o gris, o tal vez no le pongo pelo en absoluto.
Ahí tiene usted su retrato. ¿Le gustaría saber de qué color son los ojos? Son grises, y las cejas sobresalen como un alero. En cuanto a la boca, la tiene como una línea recta con tendencia a descender en las comisuras. Ya ve qué bien enterada estoy. Por lo que a la boca se refiere, he decidido que usted es un viejo enérgico, de muy mal genio.
(Ahí está la campana de la capilla.)
(9:45 de la noche.)
Me he impuesto una regla inviolable: no estudiar de noche, nunca jamás, por más pruebas escritas que rengamos a la mañana siguiente. En cambio, leo libros comunes, no de estudio. Tengo que hacerlo, ¿sabe, Papaíto?, ya que debo compensar dieciocho años pasados en blanco. Usted no puede concebir qué abismo de ignorancia es mi mente. Yo misma sólo ahora me doy cuenta de la profundidad de ese abismo.
Los libros que la mayoría de las chicas dueñas de una familia bien surtida, una casa llena de amigos y una buena biblioteca conocen por absorción, yo ni siquiera los he oído nombrar.
Por ejemplo, no sabía que Enrique VIII se había casado más de una vez, ni que Shelley fuera un poeta. Ignoraba que los hombres antes fueron monos y que el Jardín del Edén no es más que un hermoso mito. Nadie me dijo jamás que R. L. S. quería decir Robert Louis Stevenson ni que George Eliot era una mujer. Jamás vi una reproducción de la Gioconda y, aunque parezca mentira, nunca había oído hablar de Sherlock Holmes.
Todas estas cosas constituyen conocimientos básicos en la educación de un niño de habla inglesa y yo las ignoraba. Ahora las sé, ésas y muchas otras, pero con esto que le cuento quiero hacerle ver cuánto tiempo perdido debo recobrar. Pero es algo que me encanta y estoy deseando que llegue la noche para colgar en mi puerta un letrerito de “No molestar”, envolverme en mi bata calentita y ponerme las chinelas de piel, apilar a mi espalda todos los almohadones del diván y, luego de encender la lámpara de bronce, ponerme a leer y leer sin parar. No se lo dije a nadie —eso sí que me daría etiqueta de “rara”—, pero me fui en secreto y me compré un ejemplar de Mujercitas por sólo un
dólar, que saqué de mi mensualidad del mes pasado… ¡Y la próxima vez que alguien mencione en mi presencia las limas en almíbar, por lo menos sabré de qué habla!
(Campana de las diez. Esta carta está muy interrumpida.)
Sábado

Señor:

Tengo el honor de informarle acerca de mis nuevas exploraciones en el campo de la geometría. El viernes pasado abandonamos nuestro anterior trabajo sobre los paralelepípedos y seguimos con los prismas truncados. El camino nos resultó muy difícil y empinado.
Domingo
Las vacaciones de Navidad empiezan la semana próxima y ya nos han subido los baúles. Los corredores están tan abarrotados que apenas se puede circular. En cuanto al estudio, quedó abandonado, con toda esta excitación. Lo voy a pasar espléndido durante las vacaciones. Otra novata como yo, que vive en Texas, se queda también en el colegio y hemos proyectado dar largos paseos y, si hay hielo en el lago, aprender a patinar. Además, queda toda la biblioteca para leer y ¡tres semanas desocupadas para hacerlo!
Adiós, Papaíto. Espero que se sienta tan feliz como yo.
Siempre suya,
Judy
P. D. No se olvide de contestar mi pregunta. Si no quiere molestarse en escribir, dígale a su secretario que me telegrafíe así:
El señor Smith es completamente calvo.
El señor Smith no es calvo.
El señor Smith tiene el pelo blanco.
Y puede usted descontar los veinticinco centavos del telegrama, de mi próxima mensualidad.
Adiós, hasta enero y ¡muy feliz Navidad!”
-Judy
-J e a n W e b s t e r, “P a p a í t o p i e r n a s l a r g a s”