.él, ella/ella,él (mar azul mediterráneo)

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Ella recordó con nitidez la primera vez que hizo «clic», y un mundo nuevo se abrió.

Detrás de ese ser ermitaño y frío, se escondía alguien tímido y dulce.
Las reuniones sociales, de mucha gente y alboroto, no eran lo suyo.

Les escapaba.

Es más: las detestaba.

Prefería la intimidad.

No le gustaba sobresalir y mucho menos la exposición intensa.

Le parecía algo frívolo y superficial. Y tal vez había algo de soberbia en ello. Por eso las personas la tildaban de arrogante. Y cuánta razón tenían!

No le importaba porque sabía que tras de esa máscara, se escondía un ser profundo e intenso: cuando se lo proponía y si la persona le resultaba alguien desafiante, era buena escuchando. Pero lo hacía con un único interés: escudriñar en la mente humana. Y tal vez en esa curiosidad sin trabas habría un poco de morbo que jamás reconocería.

Lo oscuro le asustaba. Era algo que no podía controlar. Y desconocía por completo que estaba dentro de ella.

Ni en los mejores sueños imaginó lo que vendría detrás de esa puerta que se abriría.

Siquiera sin buscarlo: fue azar absoluto.

La noche anterior, él dejó listo su equipo: cámaras, trípode y lentes; beepers, chaleco de protección, mics, tarjetas de memorias y baterías de repuesto.

Tenía el ritual obsesivo de preparar todo de antemano.

Hasta la ropa que vestiría el día siguiente.

Detestaba los imprevistos, y su profesión ameritaba ser precavido: podían llamarlo en cualquier momento de cualquier parte del mundo y tenía que salir hacia donde lo convocaran.

De eso dependía su vida: un sólo detalle al azar, y no volvería a respirar.

Ella se sintió sola esa noche.

No sabía por qué, pero algo la inquietaba.

No lograba conciliar el sueño hacia varias noches.

Daba vueltas en la cama y no podía encontrar una posición cómoda que la relajara.

Lo que al principio sintió como una leve incomodidad, se convirtió pronto en fastidio.

«Otra noche más en vela no, por favor», se quejó.

Más el sueño no volvió.

Él inició esa mañana como siempre, lo hacía, desde que había emigrado a ese extraño país en 1994: apenas sonó la alarma, la sincronizó con su reloj de pulsera.

Se puso la bata roja de seda con la que hacía sus ejercicios de Tai Chi.

Era fundamental hacer los ejercicios antes de lavarse los dientes, alguien se lo había recomendado y, desde entonces, adoptó ese ritual.

Luego fue al baño y se enjuagó los dientes.

Se miró al espejo y sonrió: le encantaba la imagen que le devolvía.

Amaba su perfil aguileño.

Después de afeitarse con agua tibia se puso su loción favorita.

Mucha.

Necesitaba sentir que podría dejar su estela cuando llegara a la agencia donde trabajaba.

Traje de impecable hechura italiana y a medida.

Le gustaba el lujo discreto.

La nueva recepcionista tenía unas piernas muy bellas y él quería hacerse notar.

Ese día ella se despertó malhumorada.

Los pelos revueltos, las ojeras marcadas y el ceño fruncido.

En verdad, el ceño fruncido era su sello personal.

Desde pequeña parecía una criatura enojada, pero en realidad era solo tímida.

Y hay que decirlo: llevaba una vida gris, sin sobresaltos ni desafíos.

Sólo se mantenía en el nivel medio de mediocridad.

Desayunó rápido y con desgano.

El día estaba soleado y hermoso, pero ella solo veía todo oscuro por el cansancio que arrastraba de noches en vela sin dormir.

Fue a trabajar a desgano.

Él entró al lujoso edificio del centro de la ciudad.

El lobby era inmenso y tenía una imponente lámpara colgante de caireles francesa: la estructura era de bronce dorado y cascadas de cristales tallados.

Subió al piso 47 y se miró de nuevo en el espejo del ascensor.

Le encantaba que en ese inmenso espacio se destacara su perfume.

«Está vez se va a dar vuelta, y me va a ver», pensaba ilusionado.

Ella llegó a la oficina cansada.

Atravesó el largo pasillo del edificio señorial que tenia pisos en damero blancos y negros.

Había sido construido en 1810 para empleados de alto cargo para una empresa inglesa.

Con el paso del tiempo se alquiló para oficinas de despachantes de aduana, con una única consigna: preservar la arquitectura original y no hacer modificaciones que alteren su estilo.

Abrió la puerta persiana del ascensor y le molestó el agudo chirrido.

El edificio era una estructura antigua que tenia escaleras de mármol que subían en espiral hasta el sexto piso.

Había sido construido en los años de opulencia en un país en franca decadencia.

Pero ahí estaba, uno de los últimos vestigios de la «Belle Époque» en impecable estado.

«¡Gracias a Dios que este edificio no tiene espejos!

Hoy quisiera que me tragara la tierra», dijo para sus adentros.

Él entró a la redacción sonriendo y la recepcionista levantó la mirada.

Él no la miró.

Su objetivo había sido logrado: como eterno cazador sólo le interesaba ser mirado.

Luego iba a su próxima presa en una carrera que nunca terminaba: era insaciable.

Y también volátil.

No controlaba sus emociones: las catalizaba en imágenes, palabras, alcohol y orgasmos.

Y ser mirado, y cada tanto ser voyeur.

Llegó a la parte de archivos.

Necesitaba corroborar un dato que le faltaba para terminar su nota, antes de volver a trabajo de campo: reportero gráfico de guerra.

Era muy bueno escribiendo.

Sabía cómo captar la atención del lector.

Lograba hilar las palabras de manera tal que terminaban siendo irresistibles.

Tal vez porque le apasionaba lo que hacía, sus palabras destilaban vigor y entusiasmo.

Empezó tirando fotos el día que descubrió en un viejo local de un anticuario árabe una joya que estaba en la vitrina más destacada de su tienda: una máquina antigua.

Pasaba todos los días por ese escaparate y se deleitaba horas observándola.

Mientras los chicos de su edad jugaban a la pelota e intercambiaban figuritas, él repartía diarios sólo para juntar peso a peso para dar con ese esperado trofeo: una caja de luz.

Le llevó dos años y 4 meses juntar el dinero.

Y cuando pudo tenerla entre sus manos sólo empezó a mirar por el rabillo de su ojo y empezó a obturar.

Desde ese día nunca más pudo parar.

Muchos años después, cuando el tiempo pasó y las cosas se ordenaron según la vida y se desordenaron fieles a lo que el esperaba, comprobó el error que había cometido: Su padre había sido fotógrafo simplemente para ganarse la vida.

Jamás se apasionó con esa profesión y sólo tomo fotos a sus hijos, a él y a su hermanita cuando fueron muy chicos.

Su cámara era una Kodak Retina que había comprado usada y con ella tomaba fotos de casamiento.

En la casa de Montevideo, era una fiesta cada vez que se armaba la cámara junto con el flash Mecablitz alemán que se alimentaba de una batería de moto con células húmedas en agua destilada.

Cuando hubo nietos, su padre le dejo la cámara a su nieto mayor.

Como juguete.

Y estúpidamente él lo permitió, en lugar de conservar esa reliquia que después que el chico trato a esa cámara como un juguete tal como era de esperar, quedó destuida, pero conservada al fin.

Y ese, no fue un dia cualquiera.

Fue el día que se miró frente a otro espejo.

No uno de níquel que devuelve una imagen tal cual es, sino otro que cuenta una verdad mas tangible que ese que solo muestra una imagen.

Y se vió.

Y sin que nadie lo viera, sin que nadie lo supiera, lloro.

Ese día, había comenzado a gestarse la idea, que todo lo que había soñado como ideal de familia, existía sólo en las películas o en el mejor de los casos, era algo que le pasaba a los demás.

Pero no a él.


Ella se quedó mirando la pantalla sin saber qué contestar.

En silencio.

Por primera vez sintió miedo.

La invadió la voracidad de ese hombre que, sin haberla tocado, quería estar con ella.

Fácil había sido abrir su corazón como esa palabra inicial, pero ahora no se atrevía a exponerse un poco más y dar el paso.

No le contestó.

Él se quedó pasmado.

No había correo de ella.

Su desconocida -pero tan cara a sus afectos- no había aparecido.

«Debe ser un error de sistema».

Refrescó la pantalla.

Nada.

Pasaron los días, y no sabía si volver a escribirle o simplemente, esperar.

Sabía de su timidez.

Se preguntó si no había ido demasiado deprisa.

Sabía que esta vez era diferente, y que la espera valía la pena.

Así que esperó.

Y esperó y esperó.

Ella se despertó decidida: lo bloquearía.

No podía permitirse sentir de nuevo.

No le romperían el corazón. ¡Otra vez!

Él estaba desconcertado.

Era la primera mujer que lo ignoraba.

Tenía una voz muy grave que se hacía notar. ¿Será por eso que ella no respondió?

¿Acaso lo presentía?

¡Pero si nunca había escuchado su voz…!

¿Qué hacer?

¡Maldición, nunca le pregunté su número!

¿Y si no me escribe más?

¿Y si nunca más…?

Jamás volvieron a cruzar mensajes a través del océano.

El fuego se fue apagando hasta convertirse en cenizas de una historia que ni siquiera había empezado.

Como una sinfonía inconclusa el sonido se fue desdibujando en la arena del tiempo.

Él volvió a su antigua vida de saltar de cama en cama, aturdiéndose con cuerpos pero no para tratar de olvidarla sino para sentir en el cuerpo de otras, a ella.

Fantasearla, Deseando que ella sea como aquella rubia flaca que olía tan bien.

O como aquella que parecía una mosquita muerta pero en el momento justo tomaba las riendas y hacia lo que quería con él.

Y salir a las misiones más intrépidas y riesgosas para no pensar mas en ella, cosa imposible de imaginar.

Ella jamás lo olvidó.

Y él, solo deseaba no perder la memoria nunca.

Si la memoria le jugaba una mala pasada, un día se iba a olvidar definitivamente de esas dos fotos en la ducha, en donde ella le ofrecía esas dos imágenes para que él, con su imaginación, completara el resto.

Esos pechos que lo hacían soñar.

Esos diminutos pelitos negros que llevaba una y otra vez a todas las camas que visitaba.

Muchas noches a ella le sucede que el mar azul mediterráneo irrumpe voluptuoso, en sus sueños.

Y se despierta con el gusto salino en sus labios.

De ese mar azul mediterráneo que jamás conoció..

-El Dúo Pardepe ©

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