Esta semana llega con poemas que duelen en el pecho, ciervos que huelen a vodka de calidad, y una pregunta que Hesse lleva décadas sin responder del todo.
Reúne voces que orbitan el amor y la pérdida, el deseo y el cuerpo, y la rebeldía como forma de destino. Empecemos por donde más duele.
Amor y pérdida: dos voces, una ausencia
El hilo que une estos textos es la presencia del otro como herida activa — no el recuerdo, sino la falta que sigue ocurriendo ahora mismo.
Y el poema de Alfonsina Storni lo abre sin anestesia: «A pesar de mí misma te amo; eres tan vano como hermoso, y me dice, vigilante, el orgullo: ¿Para esto elegías? Gusto bajo es el tuyo.»
El orgullo y el deseo en conflicto directo. Storni no resuelve la tensión — la expone, y en esa exposición está toda la dignidad del poema.
Y luego llega Jaime Sabines baja el tono a algo más cotidiano y por eso más devastador. Esperar todo el día. Quedarse dormido preguntando.
Dos registros distintos para la misma ausencia. Storni la enfrenta con ironía y filo; Sabines simplemente se rinde al peso. Juntos cubren todo el espectro.
Del amor que hiere al cuerpo que recuerda — que es exactamente donde vamos ahora.
El deseo como territorio y camuflaje
Este segmento pregunta cómo habitamos el deseo — si como algo que nos transforma o como algo de lo que intentamos protegernos.
Diane Ackerman lo plantea desde un ángulo inesperado: «Este verano intenté disfrazarme de conífera o de hongo.»
Lo que parece excéntrico es en realidad una pregunta sobre la distancia. La narradora quiere acercarse a los ciervos sin asustarlos — y para eso tiene que borrar su propio olor humano.
Disfrazarse de bosque para que el mundo salvaje no huya. Hay algo en eso que va más allá de la ornitología de fin de semana.
Natasha Sardzoska, lleva ese mismo impulso a otro extremo. Aquí el cuerpo es mapa, el deseo es geografía: «selvas mojadas en los sexos, mapas ardientes después de la lluvia.»
Y luego está «luka», que rompe el registro completamente: habla de un niño en el segundo piso, golpes nocturnos, silencio impuesto. El cuerpo como lugar donde ocurre lo que no se nombra.
Los tres textos comparten el cuerpo como territorio — pero cada uno lo habita de forma distinta: con curiosidad, con ardor, con miedo. Esa variación es lo que hace el conjunto.
Del cuerpo como mapa al yo como destino — que es otra forma de trazar fronteras.
Llegar a uno mismo, aunque cueste
La pregunta aquí es si existe un destino propio y qué cuesta encontrarlo — o si simplemente se vive sin haberlo hallado nunca del todo.
Hesse lo dice sin rodeos: «El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego podía terminar en poeta o en loco, en profeta o en criminal. Eso no era cosa suya.»
El resultado no importa. Lo que importa es que el camino sea propio. Esa distinción es el núcleo del fragmento de Demian.
Buñuel lo practica sin teoría: prefiere restaurantes vacíos cuando le pedían una definición de sí mismo, salía por la puerta sin decir nada.
Isaí Moreno lo lleva a la acción: dos personas que huyen, cubren sus huellas, mienten sus nombres — y años después descubren que el perdón familiar llegó, pero algo se perdió en la domesticación.
Hesse, Buñuel, y ese caballo que ya nadie cabalga. Tres formas de llegar — o de no querer llegar demasiado tarde.
Amor que duele, cuerpos que buscan camuflaje, destinos que se eligen o se pierden. Todo conecta.
La semana que viene, a ver si llegamos a nosotros mismos o al menos a la siguiente entrega.
