.cortejando a la Musa

.cortejando a la Musa

          “¡Qué gente tan extraña somos los escritores, los buscadores del mundo perfecto, de la frase gloriosa que de algún modo convertirá en palabra la exquisita avalancha de la conciencia! Los que vivimos en barrios mentales donde cualquier idea vagabunda puede conseguir un buen empleo si tiene el incentivo adecuado: un poco de bebida, unos azotes, una sutil seducción. Estaba a punto de decir que nuestras cabezas son nuestras oficinas o nuestros osarios, como si la creatividad viviera en una pequeña buhardilla del Soho. Sabemos que la mente no reside sólo en el cerebro, de modo que el dónde es tan misterioso como el cómo. Katherine Mansfield dijo una vez que necesitaba «trabajos de jardinería horriblemente pesados» para consegir la inspiración, pero creo que se refería a algo más voluntarioso que los paseos de Picasso por el bosque de Fontainebleau, de donde salía con abrumadoras «indigestiones de verde » que se sentía impulsado a vaciar sobre una tela. O quizá era exactamente lo que quería decir, la dura jardinería de saber dónde y cómo y por cuánto tiempo y precisamente en qué dirección caminar, y la voluntad de salir y caminar con la mayor frecuencia posible, aun cuando una esté cansada o no esté de humor, o ya haya caminado sin resultado alguno. Los artistas son famosos por obligar a sus sentidos a ponerse en funcionamiento, y a veces han empleado con ellos notables trucos de sinestesia. El poeta Schiller guardaba manzanas podridas bajo la tapa de su escritorio, e inhalaba su olor ácido cuando necesitaba encontrar la palabra justa. Después cerraba el escritorio, pero la fragancia permanecía en su cabeza. Los investigadores de la Universidad de Yale descubrieron que el olor de las manzanas pasadas tiene un poderoso efecto positivo sobre las personas, y puede evitar ataques de pánico. Schiller debió de intuirlo. Algo en el hedor rancio y dulzón de esas manzanas ponía en actividad su cerebro a la vez que tranquilizaba sus nervios. Amy Lowell, como George Sand, fumaba cigarros mientras escribía, y en 1915 compró nada menos que diez mil de sus tagarninas favoritas de Manila para asegurarse de que sus fuegos creativos no se apagaran. Fue ella la que dijo que solía «echar» ideas en su inconsciente «como se echan cartas en un buzón. Seis meses después, las palabras del poema empiezan a llegarme a la cabeza. (. . .) Las palabras parecen pronunciarse en mi cabeza, pero no hay nadie que las diga.» Y después adquirían forma en una nube de humo. Tanto el doctor Samuel Johnson como el poeta W. H. Auden tomaban colosales cantidades de té; se dice que Johnson solía tomar veinticinco tazas de una sentada. Johnson murió de un ataque, pero no está claro si una cosa estuvo relacionada con la otra. Victor Hugo, Benjamin Franklin y muchos otros sentían que hacían mejor su trabajo si escribían desnudos. D. H. Lawrence confesó en una ocasión que le gustaba trepar desnudo a las moreras, fetiches de largos miembros y corteza áspera que estimulaban sus pensamientos. Colette iniciaba su día de trabajo desparasitando a su gato, y no es difícil imaginar cómo las metódicas caricias y búsquedas en la piel del animal debían de poner a punto una mente tan voluptuosa. Después de todo, se trataba de una mujer que nunca pudo viajar con poco equipaje, pues insistía en llevar cosas tan esenciales como chocolate, queso, carnes, flores y una baguette incluso en breves salidas por su barrio. Hart Crane daba ruidosas fiestas, en medio de las cuales desaparecía de pronto, corría a una máquina de escribir, ponía un disco de una rumba cubana, después el Bolero de Ravel, después una canción sentimental, tras lo cual volvía a la fiesta, «la cara roja, los ojos ardientes, y el cabello ya gris de punta sobre el cráneo. Masticaba un cigarro de cinco centavos que se había olvidado de encender. En las manos traía dos o tres páginas escritas a máquina. (…) “Lee esto”, decía, “y dime si no es el poema más grande que se haya escrito nunca”». Esto lo cuenta Malcolm Cowley, quien da más ejemplos de cómo Crane le recordaba a «otro amigo, un famoso asesino del sueño», cuando el escritor «trataba de sacar a la inspiración de su escondite bebiendo, riéndose y poniendo discos». Stendhal leía dos o tres páginas del Código Civil francés todas las mañanas, antes de trabajar en La Cartuja de Pama, «para captar el tono adecuado», según decía. Willa Cather leía la Biblia. Alejandro Dumas padre escribía sus artículos en papel color rosa, sus novelas en papel azul y sus poesías en papel amarillo. Un hombre muy ordenado, como se ve, y para curar su insomnio y regularizar sus hábitos comía una manzana todas las mañanas a las siete en punto bajo el Arco de Triunfo. Kipling pedía la tinta más negra que hubiera, y soñaba con tener a su servicio «un muchacho para molerme la tinta china», como si el mero peso de lo negro hiciera sus palabras tan indelebles como sus recuerdos. Alfred de Musset, uno de los amantes de George Sand, confesaba que nunca estaba tan inspirado como cuando iba directamente de la cama donde había hecho el amor a su escritorio; y lo hacía con frecuencia. Pero no era tan directo como Voltaire, que empleaba la espalda desnuda de su amante como escritorio. Robert Louis Stevenson, Mark Twain y Truman Capote escribían acostados, y este último llegó a declararse «un escritor completamente horizontal». Los estudiantes de literatura suelen oír decir que Hemingway escribía de pie, pero no que antes les sacaba punta obsesivamente a los lápices; por otro lado, no se quedaba de pie por sentirse algo así como un centinela de la verdad, o para mantener erguida su prosa, sino porque un accidente de aviación le había dejado secuelas dolorosas en la espalda. Se dice que Poe escribía con su gato sentado en el hombro. Thomas Wolfe, Virginia Woolf y Lewis Carroll escribían de pie, y en su libro La vida literaria y otras curiosidades Robert Hendrikson cuenta que Aldous Huxley «solía escribir con la nariz». El esfuerzo concentrado que supone escribir poesía es una actividad espiritual que hace que se olvide completamente, por el momento, que se tiene un cuerpo. Es una perturbación del equilibrio del cuerpo y la mente, y por ese motivo se necesita una suerte de ancla de sensación en el mundo físico. Esto explica en parte por qué Benjamin Franklin, Edmond Rostand y otros escribían metidos en la bañera. De hecho, Franklin llevó la primera bañera a los Estados Unidos en la década de 1780, y disfrutaba de largas y reflexivas inmersiones, en el agua y en las ideas. Los antiguos romanos consideraban terapéutico bañarse en leche de burra e incluso en jugo de fresas. Yo tengo una bandeja de madera que puedo ajustar a los lados de la bañera de modo que puedo permanecer horas en un baño de burbujas, y escribir. En el baño, el agua desplaza gran parte del peso del cuerpo, y nos sentimos livianos, asimismo baja la presión sanguínea. Cuando la temperatura del agua y la del cuerpo convergen, mi mente se alza libre y viaja por sí misma. Un verano, de baño en baño, escribí toda una pieza teatral en verso, que consistia casi exclusivamente en monólogos dramáticos puestos en boca de la poetisa mexicana del siglo XVII sor Juana Inés de la Cruz, de su amante -un cortesano italiano-, y de otros actores de su tumultuosa vida. Quise deslizarme por los siglos como por una colina de pendiente suave. Los baños de inmersión eran perfectos para conseguirlo. Los románticos eran aficionados al opio, y Coleridge confesaba abiertamente permitirse dos granos antes de escribir. La lista de escritores que subían a las alturas de la inspiración con el alcohol ocuparía todo un húmedo librito. El tónico de T. S. Eliot era virósico: prefería escribir cuando estaba con gripe. Los zumbidos de su cabeza, que le parecía llena de enaguas rozándose, le permitían romper los enlaces lógicos usuales entre las cosas, y su mente podía tomar nuevos caminos. Sé de muchos escritores que escuchan una pieza de música durante todo el tiempo en que escriben un libro, y terminan oyendo quizá mil veces esa pieza en el curso de un año. Cuando escribía la novela El lugar de las flores donde está el polen, Paul West escuchó sin cesar las sonatinas de Ferruccio Busoni. Nunca pudo explicar por qué. John Ashbery empieza dando un paseo a pie, después se prepara una taza de un té francés llamado Indar, y escucha algo de música posromántica («la música de cámara de Franz Schmidt me resulta beneficiosa)), me dijo). Hay escritores que se obsesionan con música popular corriente, otros con algún refinado preludio en especial, o con poemas sinfónicos. Creo que la música que eligen crea un marco mental alrededor de la esencia del libro. Cada vez que suena la música, recrea el terreno emocional donde el escritor sabe que vive su libro. Actuando como una ayuda mnemónica, conduce al auditor fetichista al mismo estado de calma alerta, como demostraría probablemente un electroencefalograma. Cuando les pregunté a algunos amigos escritores sobre sus hábitos de trabajo, estaba segura de que inventarían algo en el momento: pararse al borde de una acequia y silbar el Jerusalén de Blake, quizá, o acariciar una flor. Pero la mayoría me juró que no tenía ningún hábito, ni superstición ni rutinas especiales. Llamé a William Gass y le presioné un poco: -¿No tienes algún hábito especial de trabajo? -le pregunté, simulando toda la indiferencia posible. Habíamos sido colegas durante tres años en la Universidad de Washington, y yo sabía que su tranquila fachada de profesor ocultaba una textura mental de veras exótica. -No, y lamento ser tan aburrido -suspiró. Por el teléfono pude oír cómo se sentaba en los escalones de la despensa. Y como su mente es algo así como una despensa atestada, me pareció adecuado. -¿Cómo empiezas el día? . -Oh, salgo y tomo fotografías durante un par de horas -dijo. -¿Qué fotografías? -Las partes de la ciudad más destartaladas, rotas, olvidadas y maltratadas. Sobre todo basura y cosas podridas -dijo en un tono tranquilo, como haciendo a un lado algo sin importancia. -¿Todos los días sales a fotografiar basura y cosas podridas? -Casi todos. -Y después escribes. -Sí -¿Y no te parece un hábito especial? -No. Amy Clampitt, otra poetisa, me dijo que busca una ventana a través de la cual mirar, ya sea en una ciudad o en el tren o en la playa. Algo en el efecto del vidrio clarifica sus pensamientos. La novelista Mary Lee Settle salta de la cama y va directamente a la máquina de escribir, antes de que desaparezca el estado letárgico. Alphonso Lingis (cuyos libros tan especiales, Excesos y Libido, exploran las regiones de la sensualidad y la perversidad humanas) viaja por el mundo experimentando exotismos eróticos. Suele comunicar sus hallazgos en cartas a los amigos. Yo tengo algunas extraordinarias cartas suyas, mitad poesía, mitad antropología, que me envió desde una cárcel tailandesa (donde le robaba tiempo al espulgamiento para escribir), desde un convento en el Ecuador, desde África (donde practicaba submarinismo con la cineasta Leni Riefenstahl) y desde Bali (donde estaba tomando parte en rituales de fertilidad). Estas proezas de autoexcitación son difíciles de explicar a los padres, que querrían creer que sus hijos hacen cosas razonablemente normales y se asocian con gente razonablemente normal, no gente que huele manzanas podridas y escribe desnuda. Mejor no decirles cómo al pintor J. M. W. Turner le gustaba que lo ataran al mástil de un barco, que saliera a navegar en medio de una tormenta, para poder sentirse realmente en el centro del tumulto. Son muchos los caminos que conducen a Roma, y algunos son salvajes y llenos de maleza y rocas, mientras que otros están pavimentados. Creo que les diré a mis padres que yo me inspiro mirando un ramo de rosas. 0, mejor, que lo miro hasta que aparece una mariposa. La verdad es que, además de abrir y cerrar cajones mentales (que veo con la imaginación), de escribir en la bañera, de empezar cada día de verano eligiendo y disponiendo flores al estilo zen durante una hora, y de escuchar música obsesivamente (en este momento alimenta mis sentidos el concierto para oboe en re menor de Alessandro Marcello, en concreto su adagio), salgo a caminar a paso rápido una hora todos los días. La mitad del oxígeno del estado de Nueva York ha pasado por mis pulmones en un momento u otro. No sé si eso me ayuda o no. Mi musa es de sexo masculino, tiene la radiante piel plateada de la luna, y nunca me habla directamente. Nunca abandonaremos el palacio de nuestras percepciones. Si estamos en una mazmorra, es una mazmorra palaciega y exquisita. Y aun así, como prisioneros en una celda, golpeamos contra nuestras costillas desde dentro, las sacudimos y pedimos que nos liberen. En la Biblia, Dios le ordena a Moisés que queme incienso, cuyo aroma le agrada. ¿Entonces Dios tiene nariz? ¿Cómo puede un dios preferir un olor de esta tierra a otro? Los rudimentos de la putrefacción completan un ciclo necesario para el crecimiento y la muerte. La carroña huele mal para nosotros, pero deliciosamente para los animales que se alimentan de ella. Lo que ellos excreten hará rico el suelo y abundantes las cosechas. No hay necesidad de una elección divina. La percepción es en sí misma una forma de gracia. En 1829, escribiendo su teoría del color, Goethe dijo: «Es inútil buscar más allá del fenómeno; él es en sí mismo la revelación.» Hay tanta variación física entre la gente (algunos tienen el corazón fuerte, otros la vegija débil, unos las manos más firmes que otros, algunos tienen mala vista), que es lógico que los sentidos varíen también. Pero nuestros sentidos coinciden en buena medida, tanta, que los científicos pueden definir una «onda roja» diciendo que la produce una vibración de seiscientos sesenta milimicrones, lo que estimula a la retina a ver rojo. Las notas pueden definirse con precisión equivalente, lo mismo que las temperaturas en que empezamos a sentir frío o calor. Nuestros sentidos nos unen en un campo común de gloria provisional, pero también pueden marginarnos. A veces brevemente, o, como en el caso del artista, durante toda una vida. Este invierno, me desperté una mañana tras una gran nevada y vi los arbustos que tengo enfrente de casa agobiados bajo una carga de nieve y hielo. Si no los socorría, se romperían por el peso, así que cogí una pala y empecé a limpiarlos. De pronto, una de las ramas más cargadas saltó como una catapulta y la nieve me quemó la cara como un rayo de sol; me quedé paralizada, mojada y helada, el rostro vuelto hacia la explosión, inmóvil, con todos los sentidos alerta. Pero ¡qué intriga para el hijo de los vecinos, distraído de su juego por el ¡whump! grave, ver a una loca soportando su nevada privada! Por el rabillo del ojo, le vi arrugar la cara en una risa contenida, después alzar su trineo y marcharse. Para mí, fue como si el tiempo caminara de puntillas; me pareció como si transcurrieran largos minutos, y pensé en los mamuts, en las marchas a través de las montañas, en las astucias de la Edad de Hielo, en el largo gruñido blanco de un glaciar que avanzaba, en avalanchas de nieve durante una tormenta polar. Para el niño, el mismo instante había transcurrido como un parpadeo. Una gran parte de nuestra vida transcurre en una cómoda visión borrosa. Vivir con los sentidos alerta exige un mecanismo personal fácil de poner en movimiento, un poco de energía extra, y la mayoría de las personas se muestra perezosa con la vida. La vida es algo que les sucede mientras esperan la muerte. ¿Evolucionaremos, dentro de milenios, de manera que podamos percibir el mundo de otro modo, emplear nuestros sentidos de otro modo, y quizá conocer el mundo de una manera más íntima? ¿O acaso esas almas futuras, tal vez más apartadas de todo sentido físico del mundo, nos envidiarán, a nosotros, los apasionados gustadores del mundo, que nos hartábamos de vida, sentido a sentido, sueño a sueño? Deje que la mirada se detenga un poco más de lo habitual en las cosas, que los ojos ardan y una sonrisa suba a labios, y un pequeño tobogán se forme en el pecho para que el corazón se precipite. La novedad juega un papel importante en la excitación sexual, como sugiere e. e. cummings, maestro de la sensualidad, en su poema «96»: “Amo mi cuerpo cuando está con tu cuerpo. Es tan nuevo. Mejoran los músculos y los nervios más. Amo tu cuerpo. Me gusta lo que hace, y la manera como lo hace. Me gusta sentir la médula de tu cuerpo y sus huesos, y la firmeza emblorosa, el firme vacilante que todavía, todavía, todavía beso, me gusta besar esa parte de ti y esa otra, me gusta acariciar despacio la pelusa de tu piel eléctrica, y lo que surge de la carne entreabierta… Y ojos, grandes migajas, de amor, y es posible que me guste la emoción de ti tan nueva debajo de mí.” Una de las paradojas más profundas del ser humano es que el cerebro no percibe directamente el enorme festín de sensaciones con que nos regalamos. El cerebro es mudo, el cerebro es oscuro, el cerebro no gusta nada, no oye nada. Lo único que recibe son impulsos eléctricos: no el gusto suntuoso del chocolate fundiéndose en la boca, no el solo de oboe como el vuelo de un pájaro, no la caricia deslumbrante, no los colores melocotón y lavanda de la puesta de sol sobre el arrecife coralino, sólo impulsos. El cerebro es ciego, sordo, mudo, insensible. El cuerpo es un transductor (del latín transducere, llevar de un lado a otro, transferir), un dispositivo que transforma la calidad y naturaleza de la energía, y ahí reside su genio. Nuestro cuerpo toma la energía mecánica y la convierte en energía eléctrica. Toco el pétalo suave de una rosa roja llamada «Mr. Lincoln», y mis receptores traducen ese contacto mecánico en impulsos eléctricos que el cerebro lee como suave, flexible, delgado, rizado, húmedo, aterciopelado: es decir, como un pétalo de rosa. Cuando Walt Whitman dijo: «Canto el cuerpo eléctrico», no sabía con cuánta exactitud se estaba anticipando. «¿Acaso sabes si el pájaro que surca el camino del aire no es un inmenso mundo de deleites cerrado a nuestros cinco sentidos?», escribió William Blake. Tenemos mucho que aprender de los sentidos de los animales, y también sobre ellos. De otro modo, ¿cómo podríamos pretender ser buenos cuidadores del planeta, si ésa resulta ser nuestra función? ¿Cómo apreciaremos nuestra pequeña porción en la red de vida de la Tierra? Hay gente a la que irrita que por mucho y muy apasionadamente que lo estudien, el universo siga siendo inescrutable. «Por mi parte», escribió una vez Robert Louis Stevenson, «viajo no para ir a alguna parte, sino para ir. Viajo por el viaje mismo. La gran cuestión es moverse.» La gran cuestión, la gran cuestión con la vida, es vivir de modo tan variado como sea posible, cultivar nuestra curiosidad como un pura sangre nervioso, montarlo y galopar por las colinas inundadas de sol todos los días. Donde no hay riesgo, el terreno es llano y estéril, y a pesar de sus dimensiones, sus valles, montañas y atajos, la vida carecerá de su magnífica geografía, no será más que una distancia. Empezó en el misterio y terminará en el misterio, pero ¡qué salvaje y hermoso país hay entre ambos extremos! ” -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)    

2 pensamientos en “.cortejando a la Musa

  1. Delicioso relato, quién iba a imaginar las pequeñas y grandes excentricidades de esos genios talentosos, me impresionó el de Stendhal, por lo solemne, no he leído la obra en mención pero definitivamente incompatible con su Julian Sorel…
    Me encantó conocer esas peculiaridades a la hora de encontrarse con la Musa. Cada quien tenemos esas extravagancias, algunas muy secretas e inconfesables 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s