.cartas de color de herrumbre-2-Jean Paul Sartre II

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 cartas de color de herrumbre 2

 

Simone de Beauvoir-
Nacida en París en 1908, estudió en un colegio católico y dió clases de filosofía en Marsella, Rouen y París hasta 1943. Una obra suya, «El Segundo Sexo«, aparecida en 1949, se convirtió en referencia del movimiento feminista. Amiga de Sartre desde su juventud, fundó con éste la revista «Les temps modernes«. Ganó el premio Goncourt en 1954 con «Los Mandarines«. Sus personajes suelen ser intelectuales de izquierdas, como Sartre y Camus, y en sus sombras siempre se plantean cuestiones morales y políticas con las que se sentía comprometida. Publicó novelas, ensayos y libros autobiográficos. Estaba muy unida a Sartre, a quién consideraba «un creador de ideas».
Hay una fotografía y una pintura de las calles napolitanas tal y como las describe Sartre: los balcones, la ropa tendida, las ventanas de madera, los puestos callejeros de gaseosas guardados por niñas, la virgen de la calle en su nicho, la infinidad de colores que se elevan hasta el cielo azul, y, con todo, la miseria y la tristeza desde nuestro punto de vista. En un retazo de sol secan puré de tomates. Venden cebollas, nueces, pescados… y las ancianas espantan a las moscas con: «mangos de bambú a los que se han fijado cintas de papel multicolor».
Sartre trata de mostrar a su castor cómo es la ciudad. La fealdad constituye un hito importante para Sartre, pero el escritor no puede evitar mostrar su excitación por llegar a su habitación y describir el horror, y después, inflamado por su propia percepción, la belleza.
En el suelo reina la mugre; en el cielo, los lienzos de colores.
El conjunto es de una belleza pasmosa, pero una a una, la suciedad, las grietas, la enfermedad, se apoderan de las cosas. Si se tratara de una imagen inmóvil, como las que aquí se muestran, sería de una belleza deslumbrante, pero la vida se mueve, la ropa tendida cambia a diario, los productos a la venta se renuevan, la luz no es la misma a cada instante, las enfermedades evolucionan, y quizá el carácter napolitano esté por encima de todo esto para darle felicidad a lo que no la tiene.
Lo cierto es que Sartre no se limita a esta carta preciosa y larguísima. Como muchos escritores, se muestra incansable, necesita explicar lo que ha visto, lo que siente. Sus cartas tienen dos, cinco, diez, veinte páginas, depende de si viaja o de si está aburrido.
En 1938, Sartre ya era candidato al premio Goncourt y no le falta trabajo como escritor. Tenía 33 años. Había escrito la extraordinaria novela La náusea, que fué una revelación. Simone de Beauvoir, tres años más joven, no debutará hasta 1943 con La Invitada.
En una de sus largas cartas Sartre dice, en referencia a un incidente con una muchacha que se le resistía:
«Anoche, incluso, quería dejarla plantada. Pero, al fin y al cabo, de todas las que en los últimos meses me han honrado con su ardor no hubo ninguno de físico tan agradable y con una pasión tan patética. Pues bien, asunto concluído». En la misma carta se mostraba encantador con Simone, y nos da una idea de su curiosa relación:
«Tengo unas ganas de verla, chiquita encantadora, y de hablar con usted acerca de todo y de cubrir de besitos franceses su querida carita morena de reina de Saba».
En 1939, al inicio de la guerra, Sartre se hallaba en el ejército. El resto de las cartas se refieren a este período.

Sartre, 20 de septiembre de 1939
«Mi querido castor:
Como yo, usted parece no darse cuenta de la guerra. (…) Supongo que nos sucede a todos. Además, me voy convenciendo de que la razón es que no ha empezado verdaderamente. (…) Disparan al otro lado de una cortina de árboles, hacia un extenso campo ondulado. Más allá del campo hay montañas azules. Hace buen tiempo. Primero se oye un ruido seco y teatral: es la pólvora. Y enseguida un curioso sonido sibilante, indefinible y líquido, le llaman el «silbido» del obús. Esto es lo más divertido, uno siente que el obús desgarra el aire y tiene la impresión de que el aire es un medio. Si uno está en el aula o en los cafés o en la plaza de Marmoutier, y no ve las piezas, simplemente piensa que es 14 de julio…»
El 1° de octubre, Sartre seguía atascado de un puesto a otro sin intervenir en la guerra. Se aburría, escribía, leía. No tenía ninguna información. Nosotros tampoco.
Las cartas empezaban a llegar con dificultades debido a los bloqueos militares:
«Mi querido castor:
Sigo sin cartas de usted. Por una vez estoy tremendamente preocupado. ¿Dónde está? ¿Qué puede estar haciendo?. Me siento tétrico. Sin usted, todo mi valor se desploma. Si aguanto es por usted, tengo la seguridad de que si no estuviese usted ahí, ya no tendría fuerzas para escribir, todo se iría a pique…»

15 de octubre
«Para mi, la guerra no ha empezado todavía. (…) Figúrate que te escribo ante una mesa escolar, con todas mis cosas alrededor, tabaco, mechero, cigarrillos -mi novela al alcance de la mano (he escrito, en limpio, 73 páginas desde el 3 de octubre)…»

18 de octubre
«Desde ayer, aquí existe la impresión de que la verdadera guerra ha comenzado. Se oyen sin parar cañones pero muy lejos. Y hubo también un gracioso episodio, esta noche, una tormenta confundida con un bombardeo, que le contaré en tiempo y lugar oportunos…»

24 de octubre
«Si la guerra continuara a este ritmo lento y arrullador, creo que para cuando llegue la paz habré escrito tres novelas y doce obras filosóficas. Nunca he pensado tanto y mi cabeza hecha humo…»

31 de octubre
«Hoy hemos tenido otra alerta, pero ni siquiera nos molestamos. No obstante, en las proximidades se producen bombardeos y se hacen ejercicios con caretas antigás…»

21 de noviembre
«¿Qué decirle? Aquí uno se olvida de la guerra. Nunca ha sido más inalcanzable que estos días. Nunca la vida más cotidiana. (…) Me interrumpe Pieter trayendo una octavilla que los aviones alemanes han dejado caer a doscientos metros de aquí, esta mañana. La trajo un campesino y corre de mano en mano. Es un papel con forma de hoja, de un bello color herrumbre. En una de sus caras hay un pequeño texto:
«Otoño
Las hojas caen, nosotros caeremos como ellas.
Las hojas mueren porque lo quiere Dios.
Pero nosotros caeremos porque lo quieren los ingleses.
¡La primavera que viene nadie se acordará de las hojas muertas,
ni de los peludos (1) masacrados!
La vida pasará sobre nuestras tumbas…»

(1)(los peludos son los soldados franceses)

Selección de Teodoro Gómez Cordero
Transcripción de Gabi

 

 

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