
Arte: Ernst Haeckel «Hummingbirds»
«Nunca sabemos cuál va a ser nuestro último juego, nuestro último amanecer, nuestra última mirada, nuestra última frase.
Un colibrí cae herido sin sospechar que ese sería su último vuelo.
Una mujer lo encuentra, en el sentido cabal del término.
Lo ve, en el sentido más profundo de la palabra.
Y comienza el milagro.
Los milagros no consisten en finales deseables ni en procesos impolutos, sino en desenlaces amorosos y acciones impecables.
El milagro seguirá siendo, eternamente, cualquier manifestación de amor genuino.
La mujer es poeta, el pájaro es más que eso, y un colibrí es más que un pájaro: es poesía.
Es un alma diseñada para abrir corazones,iluminar senderos, acariciar espantos,
esperanzar presentes, es el arte sutil y evanescente de ser vida sin necesitar posarse en ella.
Así, poetisa y poesía, unidas por fuerzas intangibles, se reunieron para transformarse.
Una humana y un pájaro.
La mujer cuidó de él, delicada, diaria,esmerada, incansablemente.
Fue a combatir allí donde cualquiera hubiera abandonado, veló sus días y sus noches, amó, protegió, alimentó, acompañó un destino inexorable.
En el trayecto aceptó que no era dios, que vivir y volar eran sinónimos, que el final no estaba en sus manos, que la vida diminuta que acompasaba sus pasos iba a irse.
Y comprendió el valor incalculable de una pluma.
Él, por su parte, aprendió que podía ser salvado de la ignorancia de esa especie que todo lo destruye, del abandono, la noche, la agonía.
Conoció la compasión, el arrullo, el abrigo, la ternura y supo lo que ningún ave salvaje sabe: que se puede amar así.
Se puede dar sin fin.
Los misterios de la existencia son insondables pero, a veces, la magia se aventura y defiende ferozmente esas raras certezas de acuerdos infinitos.
El colibrí, de algún extraño modo, decidió no morir.
En tus manos,
queda un libro
que fue pájaro.»
-Del Epilogo de Inés Estévez de «Diario de un Colibrí»
«Fue un golpe seco y rotundo el que me hizo caer en picada al suelo.
Mi liviano cuerpo fue amortiguado por mis plumas y por las hojas que se encontraban al pie del árbol.
Todo era silencio y se hacía de noche.
No podía mover mi ala izquierda.
Además de dolor sentía que ella caía pesada como un yunque.
Estaba herido, vulnerable e indefenso.
Cerrar los ojos esa noche era saber que quizás no iba a despertar jamás.
Mi vuelo había sido interrumpido de manera inesperada y yo no sabía hacer otra cosa que volar.
Cerré los ojos.
Me venció el sueño.
El silencio y la falta de alimento no me dejaron otra opción.
Era de noche: los pájaros duermen, y yo, aunque siga sin volar, sigo siendo uno de ellos.
¿Quiénes somos cuando nos quedamos a oscuras?
Somos los mismos, pacientes, a la espera del asomo de nuestra luz.
Me despertó el sol de la mañana.
Mis párpados estaban cansados y no tenía fuerzas para moverme.
Me sentía hundido en el colchón de hojas.
El ala me dolía más que nunca.
Veía movimiento a mi alrededor y tenía mucho miedo de convertirme en alimento de algún otro animal.
Veía caminar a los zorzales en busca de comida.
Yo no sé caminar.
Nunca aprendí a hacerlo.
Y si pudiera: ¿De qué me serviría?
Los bichitos que suelo comer están volando, las flores que más me gustan están más altas que el suelo, todo es inaccesible, todo es imposible, hay todo un mundo que ya no me pertenece o, mejor dicho, quizás soy yo el que ya no pertenece al mundo que solía conocer.
Me quedé acurrucado entre las hojas entregado a mi suerte.
Tantas horas sin comer ya no me dejaban entender la situación.
Estaba perdido en ese hueco del piso, un lugar pequeño pero con la prepotencia de un gran laberinto.
Fue entonces cuando inesperadamente algo me levantó de ahí, mi corazón empezó a latir rápidamente de miedo y pensé que era el fin.
Fue ahí cuando me di cuenta que unas manos suaves en forma de cuenco me recogían.
Me sentía bien, como en un nido.
No tenía la certeza de que intentaran ayudarme pero algo me decía que sí, yo podía sentirlo.
Estaba en lo cierto.
Esa humana me apoyó suavemente en una manta.
Me sentí protegido aunque sin saber qué venía después.
Tenía hambre, estaba muy cansado, sólo podía quedarme ahí entregado a la situación, al menos ya no estaba a oscuras y en peligro, nadie quería lastimarme, me sentía cómodo incluso en mi desgracia, entonces dormí unas cuantas horas.
Ya no puedo volver a volar pero miro todo, todo lo que hay a mi alrededor.
Sé que la humana que me cuida a veces llora cuando me sonríe.
Ella debe sentir que falló, que no me pudo devolver el vuelo, pero yo estoy vivo y percibo el viento que me acaricia las plumas, quizás no llegue hasta las flores, ellas vienen a mí, quizás no me acompañen mis compañeros, pero hice amigos nuevos.
Ya no puedo volver a volar pero ya he volado cielos y conocido otros jardines, ¿Acaso hay algo malo en anclarse a un lugar donde nos sentimos queridos?
Pareciera que la libertad solo tiene que ver con poder irnos, con abrirnos camino, con recorrer el mundo sin nada que nos ate, pero el amor no es una soga, es una escalera, nos eleva de las maneras más misteriosas.
Ella me mira con ternura y tristeza, piensa que no pude elegir este destino y quizás esté en lo cierto.
No elegí golpearme fuerte y caer al piso con un ala rota, pero no sabe si no hubiera elegido quedarme igual aunque volviera a volar.
Ella no sabe que nunca antes había dormido tan tranquilo de noche, con una manta que me cubra del frío, de la lluvia, de algún gato que pudiera devorarme de un bocado.
Ella no sabe que a veces volé kilómetros buscando mi alimento, que quizás alguna vez me perdí, o que no tenía un hogar a donde regresar: mi propio hogar era mi vuelo.
Hoy mi hogar es este jardín.
Es un hogar diferente.
Este tiempo he aprendido a conectarme con la tierra, a dar pequeños saltos que antes desconocía, he aprendido a confiar aun con las alas pegadas y sin poder moverlas, he aprendido a sentirme a salvo en otras miradas, a posarme sobre las manos que me hicieron de nido, a ver volar otras aves cerca sin sentir envidia de su vuelo, a aceptar cada segundo como una posibilidad.
Muevo mi ala sana y recuerdo un poco el cielo mientras mi ala rota descansa en mi cuerpo.
Disfruto del sol y del jardín, de las ramas que se mueven, del canto de los jilgueros.
Mi humana me pasea todos los días por el jardín, me pone palitos y hamacas, me lleva a las flores, me moja sutilmente cuando riega y baila.
Mi amiga humana me arropa todas las noches y me lleva al jardín todas las mañanas, me pone música y no se aleja de mi lado.
Otro humano siempre toca hermosas canciones con su guitarra y me cuida cuando mi humana sale un ratito.
Y hay un niño que todos los días me dice «qué hermoso que sos».
Él fue quien me puso de nombre Milagrito el día que llegué a su hogar.
Mi humana me puso una imagen cerca desde el primer día, una virgencita que me cuida y a la que ella le pidió que yo vuele, siempre me paro frente a ella sin entender bien qué significa, pero yo la miro fijamente durante horas y, sin poder rezar como lo hacen los humanos, le pido con un pequeño aleteo trunco y la mirada nostálgica que mi humana no esté triste, que hizo lo que pudo y que entienda que no siempre podemos elegir, que a veces las cosas suceden sin más y lo único que nos queda es sacar nuestra mejor versión con lo que tenemos y podemos, una entrega estoica de aceptación ante las pruebas de la vida.
Conectarse con la vida, agradecer un día más, abrazar el momento, dejarse rozar por el viento, saber que perder las plumas no es perder los recuerdos, y que anclar el alma en un lugar donde nos aman aunque ya no seamos los mismos es otra manera de nacer de nuevo.
Quién sabe si ya no estuve aquí, quién sabe si no elegí volver a ella, quién sabe si no es ella la que está aprendiendo a volar conmigo.
Quién sabe lo que nos depara la vida.
No se trata de superar todas las dificultades, a veces simplemente se trata de tener la astucia y el valor de transformarlas en posibilidad.
Mi cuerpito está cansado y me cuesta mucho coordinar los movimientos.
Ya me es muy difícil agarrarme al palito así que mi humana me trae las flores a mi cajita.
Me caigo una y otra vez y no tengo fuerzas para levantarme por mi cuenta.
He perdido mucho peso, he perdido el brillo que todavía a tornasol aparecía en mis plumas.
Estoy cansado, el aire me hace bien y me aviva un ratito cuando cae el sol.
Hoy a la mañana al despertar me caí al piso y no pude levantarme, mi amiga humana me encontró cuando despertó.
Ni bien amaneció, me levantó con cuidado y pude sentir su angustia traspasar de sus manos a mi cuerpo.
Anoche no durmió, vino cuatro veces de madrugada a espiarme con una luz tenue, supongo que tiene miedo que me muera solo mientras es de noche.
Después me llevó al sol en mi refugio y fue ahí cuando un amigo colibrí me vino a visitar, voló por sobre mi cabeza, se suspendió unos segundos y se fue.
Creo que me vienen a buscar, o me vienen avisar que también volaré pronto.
Estoy muy cansado, pero luché, luchamos, eso es lo que importa.
-Cinwololo (Extractos de “Diario de un colibri”)

Ay tesoro no he dejado de llorar Dios te bendiga.Yo te amo. Mantén la Paz.
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Yo tambien te amo Eddita Luz!
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Que primoroso y magnífico relato! Me emocioné mucho! Gracias por tanta belleza!✨
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Gracias a vos, por leer!
Abrazo!!!!
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