
«Elena y Víctor «cabalgan» a lo largo de toda la noche, el uno junto al otro.
Filmar los cuerpos como paisajes: los glúteos de Víctor, los pechos de Elena, los cuerpos desnudos, invertidos y unidos por su epicentro, que parecen uno el reflejo del otro, deben mostrarse con la magnitud y los movimientos propios de los fenómenos de la naturaleza.
(Habrá que utilizar cámaras de alta velocidad e ingeniárselas con los encuadres).
La pareja acaba de hacer el amor por enésima vez.
Víctor se ha quedado traspuesto.
Elena descansa su cabeza sobre uno de los muslos de Víctor.
Descubre cómo el perfil de la otra pierna recibe la luz de la ventana…»
-Pedro Almodóvar («Carne trémula» Secuencia 107 del guión)

«El que puede decir cómo arde, sufre un fuego pequeño.»
-Francesco Petrarca
.quién me quita lo bailado
«Pido peras al olmo.
Las saboreo: son deliciosas.
He pedido gato por liebre;
me lo han dado.
Me han contado historias libidinosas a medianoche;
gozaba, con cada palabra,
con cada gesto.
He amado la noche cuando amanecía,
amé la muerte,
y soñé
con la realidad.»
-Irene Gruss («Solo de contralto», 1998)

«Creo que lo amé desde que lo ví.
Allí estaban los otros mirando mis piernas, mis pechos, invitándome a bailar, a tomar una copa con sus risas calientes, sus miradas oblicuas y su cuatachonería que los llevaba a darse recias palmadas en los hombros.
Me sopesaban.
Eran como tenderos que colocan sobre el mostrador un kilo de lentejas y otro de azúcar.
Mis dos pechos.
Él me miró a los ojos y hubiera querido acariciarlos con las manos.
Ni siquiera se acercó y sentí que debía irme.
Afuera lo tomé de la mano para caminar tantas, oh, tantas calles.
Llegamos hasta la tierra.
Cayeron las primeras gotas y la tierra se hizo potente, más negra, húmeda, como que se llenaba de ganas.
Su mano era una raíz y la mía una semilla.
Yo no sabía que las raíces asfixian a las semillas y seguí caminando confiada.
Anduvimos varios años, oh, tantos años…
Él me decía que la tierra sólo es buena cuando está herida y creí adivinar tras cada uno de sus gestos el cuchillo del hombre.
Ahora regresamos y ya no dormimos bajo la bóveda de las nubes.
Volvimos después de la primavera, por encima de los árboles, trayendo a cuestas pedazos de la misma vida.
Ya nada sabemos de nosotros.
Hemos desandado el camino.»
-Elena Poniatowska
«Cuántos días dura la alucinación total del deseo?
Cuántos días puede durar el sol grande y turbulento?
Muy pocos.»
-Pierre Drieu La Rochelle («El momento oportuno»)

.ese instante
«Empieza ahí, apenas el deseo transforma los cuerpos y la respiración se traduce en un juego de sí y de no, de placer te doy, de placer nos damos, de placer te restrinjo.
De abandono, de estar en vos; de experimentar y de gozar.
Chau racionalidad, hola adrenalina.
Miradas que se incrustan, labios que se imantan, piel que se desboca.
El sexo: tentador y peligroso: nos hundimos en el otro, nos olvidamos y nos dejamos llevar por una fuerza que nos eleva y nos fagocita.
Tan soberana es la atracción que todos los intentos por vencerla han fracasado.
Nuestra tradición se ha ahogado en prohibiciones, en diablos, en castigos eternos, en maldiciones familiares con la idea de disciplinar lo natural.
Lo curioso no es que mujeres y hombres hayan desobedecido las reglas de cada época; lo curioso es que hayan existido -y aún existan- con tanta fortaleza como para edificar la vida social a partir del peligro del sexo.
¿Cuál es la verdadera obsesión? ¿Tocar, oler, compartir? ¿O quemar la energía en imaginar prohibiciones para que hombres y mujeres no gocen lo que quieren gozar?
Porque existen muchas razones para hacer el amor y para algunos, incluso, varias razones para no hacerlo.
Casi con seguridad existe una manera de amar por cada persona.
¿Qué es el contacto físico entre dos personas sino una aventura?
¿Hay, acaso, otra forma de descubrir juntos senderos que no existen?
Dos cuerpos y dos mentes que se desean hacen el amor por muchas razones: para disfrutar, para sentir, para dar vida.
Pero, además, porque es un momento de libertad.
La búsqueda del orgasmo resulta tan irreductible, tan avasalladora, que en esa antesala somos como no somos.
Nuestros cuerpos se permiten movimientos imposibles, nuestras mentes se atreven a palabras vedadas, nuestras trabas caen tragadas por lo imperativo.
Amor y libertad. De eso se trata.»
-Daniel Ulanovsky Sack

«En ese instante todo es diferente. Las mentes se devoran. Una explosión nos colapsa. Y la vida desnuda su sentido.
Esta es la playa de mi cuerpo. Y quiero que la veas. Acá te recibo desde el primer asalto, cuando ninguno de los dos podía ver nada y sólo nos guiaba el ansia de devorarnos como perros de la calle, como una jauría cada uno buscando cómo hincar el diente, dejar una marca, siguiendo el rastro de un olor agrio que guía sentidos nuevos.
No hicimos entonces el amor porque el amor nos moldeaba con su cincel y los ojos se buscaron para bucear más allá de lo que es posible ver.
Relatamos cada roce, nombramos nuestros sexos con palabras obscenas, reptamos, nos arrastramos, hicimos otra vez el camino de la humanidad hasta esta posición erecta.
Erecto vos, mojada yo, hundimos la cara en la selva del pubis, quedaron entre nuestros dientes restos de esa jungla, los escupimos en la boca de los dos, dejamos que gotee lo que sobraba en ese baile, sobre tu cuerpo y sobre el mío, los restos del cuerpo que mueren en cada pequeña muerte para vivir más adelante, el sudor, la saliva en un hilo denso que me esquiva y perfora la sábana.
Nos hamacamos hasta que dije basta y se me perdió el aire que entró frío en tu pecho, tan frío que te congelo un instante la respiración hasta que también dijiste basta y te derramaste y te recibí y un ruido como de cristales rotos sobre la alfombra, un ruido sordo se te escapó entre los dientes y quedó de nosotros eso que queda cuando estamos desnudos y sin red, un enjambre de nervios, de miembros, de líquidos, sin forma, como si hubiésemos subido al cielo y caído después.
Ahora te muestro la playa de mi cuerpo a la luz más inclemente del mediodía.
Quiero que me mires.
Que mires como yo no puedo hacerlo, que me veas abierta como a la diosa Bauvo, la vulva mítica, resplandeciendo.
Y que ahora el amor lo hagamos nosotros empezando de nuevo, lentamente, sin filtros, sin penumbras.
Con cuarenta grados de calor y la transpiración como cristales multiplicando la desnudez de estas, nuestras imperfecciones.
Esta sed nació cuando bebí de tu agua.
Hasta entonces te imaginaba, traía retazos de lo poco que tenía de vos al desierto de mis sábanas. Cerraba la puerta, me cubría el cuerpo y atrapaba un roce como una mariposa, un beso que me tocó los labios, casi un error, tu pelo cubriéndome la cara: una caricia y un arrebato. Repasaba la escena como una ceremonia, perfecta, igual a sí misma pero adentro de mí.
Un tacto sutil que a solas me abría la boca, me metía los dedos hasta el fondo de la garganta, donde la lengua los lame. Lengua erguida que me mojaba las manos y las obligaba a deslizarse por la línea del vientre hasta lo más oscuro de mi sexo. Se hundían los dedos mientras en el cine de mi mente tus labios apretados me tocaban una vez y otra, para que los dedos suban y escalen la cresta de los pezones, todo el cuerpo tenso como una cuerda de guitarra, tenso y erguido mi cuerpo reclamaba lo que todavía no conocía.
Alivio, alivio circular sobre la flor de mi secreto, un masaje constante, siempre al mismo ritmo, hasta que empieza a latir, una descarga, un espasmo, no se detengan manos, busquen otras zonas, no se entreguen.
Que los labios de mi vagina modulen su urgencia, que hablen ellos y pidan estas manos, a ese recuerdo esquivo, lo que necesitan, que se escarbe en su fondo, que se detenga, que vuelva a empezar ese masaje que me retuerce bajo la sábana , me mueve la pelvis.
Y late.
Una vez, dos veces, late y se esparce, se abre, se agita y se cae. Acabo y llega la vergüenza de haberte traído a mi cama sin ningún consentimiento. Porque fue ahí donde estuviste: en mis manos.
Empecemos por la boca, ese pozo me conmueve. Al oscuro fondo de tu boca lanzo una soga que lleva por plomada una palabra, la recojo y traigo una tuya. Dice mi nombre, los nombres que vos me das.
De tu boca salen las joyas con las que me visto. Si me deseás soy hermosa, si me lo decís me elevo como pan en el horno , como se eleva entre tus piernas tu sexo cuando las bocas se acercan tanto que la humedad empaña las pupilas.
Los dos traemos una escena del «extranjero loco» a nuestro encuentro, los protagonistas se miran con la furia del hambre y dicen todo lo que todavía no hicieron, se dicen chupar, se dicen tocar, hundir, perforar, se dicen arráncame los pelos, se dicen te devoro.
Nosotros ya hicimos lo que ellos prometen. Ya sabemos algunas cosas, conozco el gusto de tu lengua, ya sé que sin tu agua jamás saldré de mi desierto de sal. Tiembla tu labio, amor, que lo voy a guardar para que modele mi paladar hasta que su presión me doble en una arcada.
Son pocas las palabras del amor, pero alcanzan. Estamos tan cerca y nos demoramos, sabemos lo que viene y lo demoramos un poco más. Ya te escucho jadear. ¿Si? ¿Así? Sí, amor, así, así, dame tu lengua, no me la saques. Que todo suceda con nuestras bocas fundidas, aunque me muerdas, hablá dentro de mi boca, tomá mi aire.
Vení, voy.
Que tus dientes marquen mis labios como recomienda el Kamasutra ¿si? .
No, no, ahora no, tócame, quiero llenar las copas de tus manos con mis pechos. Apretame ¿así? ¿así amor? Sí, más, quiero más, ahora, ahora sí.
Son pocas las palabras del amor.
Pero alcanzan para que este estremecimiento, esta caricia muy adentro de la piel que nunca voy a ver, este partirme en dos cuando por fin nos separamos, tenga un texto.
Soy una muñeca de trapo en tus manos. Al paso de tus grandes manos de hombre mi cintura se modela, cintura de mujer en tus manos. Ahora es tu sexo el que me enhebra, me empuja. Cosida, acribillada, me arrastro, nos arrastramos, caemos desde la altura de la emoción, me perseguís metido entre mis piernas, calando bien hondo entre mis piernas y salimos así, unidos, al jardín porque algo queremos exponer al cielo. A esa violencia me entrego como si no tuviera huesos, desarmada sobre el pasto, como una gata en celo una queja atragantada me hace gemir y me empujás y me liberás; tus manos me levantan en el aire, no hay ternura, sólo ansia; me depositás a tu altura, sobre el techo del auto. Vos vas a tomar mi agua, vas a comer entre mis piernas abiertas esa ostra que abrís con dos dedos primero, con las dos manos después y me comés y me comés y me comés, muñeca de trapo con un fuego en el centro, me comés como te lo había pedido, como vos sabés.
Haciendo el amor, construyéndolo con este juego de encastres, los asaltos se hacen leves y la furia nos deja un espacio para beber el tiempo que tomamos, para que las manos hagan su camino. No necesito los ojos aunque los abra, no los necesito porque es tu olor el que me guía, acre y dulce a la vez, el olor entre tus piernas, en el hueco de tu cuello una mezcla de perfumes, un aliento de alcohol que nos desata a veces.
Los dedos pasean leves por la piel, su tránsito se lleva con ellos cada uno de mis pelos. Mi cuerpo tiende a vos como las horquetas que buscan agua bajo la tierra.
Reconozco la piel que se afina en los bordes de tu sexo, los músculos que se aprietan un poco más atrás como los erizos de mar se contraen cuando se los toca.
Una vez me preguntaste qué hacía cuando llevaba mi mano al pubis, cuando estabas adentro de mí. Nos toco, te dije, porque empujaba los labios de mi playa para enfundar con ellos todavía más el contorno de tu falo, para que el clítoris sienta tu roce y se estremezca, para jugar juntos el juego de la escalada y la caída. Vos miraste y aprendiste así mi punto débil, ahora tus dedos son tan hábiles como los míos, que de todos modos palpan nuestra unión cada vez como si no pudieran creerla, como si quisieran confirmar otra vez por qué vos sos hombre y yo mujer y entrás tan hondo en mí.
Tan hondo, tan adentro.
Ahora el amor nos hace y nuestros cuerpos le dan refugio a esa locura que agoniza cuando estás lejos, pero me hace sentir bella. Tan bella que es imposible.
Ahora el amor nos hace, mi cuerpo se abre como una flor,
estalla y se deja devorar.
Y te devora.»
-Marta Dillon

«Nada se apaga del todo.
Después del fuego viene el humo,
que dura más tiempo.»
-Flaubert


