Isabelle Bryer Art
Isabelle Bryer «Midnight Eve

 

La obra completa de  Marosa di Giorgio, está plagada de hadas, brujas, niñas sexualizadas y también flores, hongos y hasta atajos para ir armando un mundo que  está hecho de transformaciones, de sorpresas, de pasajes fluidos entre lo humano y lo animal.

Desborda, florece, echa raíz.

Libros ya clásicos, otros rescatados del olvido y también novedades en los que la naturaleza avanza sobre la escritura.

La sostiene como vector a la vez que la riega.

Para conjurar al verano, nada mejor que meter mano en tierra, remover todo y dejar que aparezca una cosecha caprichosa, un compilado exuberante de literatura atravesada por lo botánico.

“En la escritura de Marosa Di Giorgio las metamorfosis son vividas en presente. Por eso encanta. Es una mística carnalizada, encendida. En ella convive lo siniestro, lo espiritual panteísta, el erotismo, lo dionisíaco. Exacerba los sentidos, blasfema. Sus criaturas bailan, comen y copulan entre sí, mientras lo femenino está siempre a punto de ser devorado. Arma un bestiario de lobizones, murciélagos y mariposas, donde pierde y muta el yo, normaliza lo sobrenatural, altera el género de las palabras.

Marosa es reina de un edén salvaje, entre frutales y gallinas, piano y biblioteca, hecha de profanaciones y excentricidad. Su poesía, y ella misma, artificial, extravagante. Crea pliegues con imágenes luminosas y oscuras: un carnaval en el lugar del sueño que convierte la pesadilla en el sustrato”dice Fernanda García Lao.

Isabelle Bryer
Isabelle Bryer «Snow Angel»

 

Aqui Marosa (y sus escritos…)

 

«V

Anoche realicé el retorno; todo sucedió como lo preví. El plantío de hortensias. La Virgen -paloma de la noche- vuela que vuela, vigila que vigila.

Pero, los plantadores de hortensias, los recolectores, dormían lejos, en sus chozas solitarias. Y mi jardín está abandonado.

Las papas han crecido tanto que ya asoman como cabezas desde abajo de la tierra y los zapallos, de tan maduros, estiran unos cuernos largos, dulces, sin sentido; hay demasiada carga en los nidales, huevos grandes, huevos pequeñitos; la magnolia parece una esclava negra sosteniendo criaturas inmóviles, nacaradas.

Toqué apenas la puerta; adentro, me recibieron el césped, la soledad. En el aire de las habitaciones, del jardín, hasta han surgido ya, unos planetas diminutos, giran casi al alcance de la mano, sus rápidos colores.

Y el abuelo está allí todavía ¿sabes? como un gran hongo, una gran seta, suave, blanca, fija.
No me conoció.

VI

Aquel verano la uva era azul -los granos grandes, lisos, sin facetas-, era una uva anormal, fabulosa, de terribles resplandores azules. Andando por las veredas entre las vides se oía de continuo crecer los granos en un rumor inaudito.

Y en el aire había siempre perfume a violetas.

Hasta las plantas que no eran de vid daban, uvas. Llegaron mariposas desde todos los rumbos, las más absurdas, las más extrañas; desde los cuatro rumbos, llegaron los gallos del bosque con sus anchas alas, sus cabezas de oro puro. (Mi padre se atrevió a dar muerte a unos cuantos y se hizo rico).

Pero, salía uva desde todos los lados. Hasta del ropero -antigua madera- surgió un racimo grande, áspero, azul, que duró por siempre, como un poeta.»

(De «Historial de las violetas», en «Los papeles salvajes»)

 

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Planetas
«Venían los planetas. Siempre, los amé.

Desde verlos, de chica, mirando sin querer el cielo y alguien.. dijo Son Planetas.

¡Qué palabra ésa, planeta! Parecida a plata, plato de oro, metal abrillantado, narciso del paraíso.

Venían los planetas. Yo estaba en el jardín, caída, esperando al amante que nunca vino.

Estaba allí tendida. Separé las piernas, apronté las tetas. Éstas abrieron el pico y piaban
despacito.

Los planetas se acercaban en picada, otros, planeando como milanos, para lucirse.

El que me tomó primero tenía alas grandes y doradas que me envolvieron y susurraban
mientras la cópula duraba. El miembro era enorme de esmeralda pura, el semen, un licor
ardiendo en llamaradas.

Éste se bebió la sangre que manaba de mí, despacito.
Se despegó y ya había otro.

Amé a todos. A cada uno entregué una vírgula. Pues, perdía una y enseguida me crecía otra. Yo daba gemidos, pequeños gritos, palabras inventadas.

Se fueron todos volando hacia la nada. Subían planeando cual milanos; ya ahítos,
por lucirse. O se iban hacia arriba en línea recta.

Yo seguía tendida sobre mi sábana con puntillas, el pelo rozando el suelo, una mano
tocando casi el suelo. Dormía dulcemente.

Pasaron horas.

Y oí en la cocina que alguien dijo: Murió mientras dormía, la mató una estrella.»

(De «Rosa mística»)

 

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Humo

«Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces.

Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor.

Ya era la edad en que las abuelas habían retrocedido a moradas de subtierra y sólo sus almas perduraban encadenadas a las lámparas estremeciendo mariposas verdes y amarillas a la hora de los fuegos y los rezos.

¡Oh, mi amor! – lo clamaba yo, de puerta en puerta, de muro en muro– perdí mis trenzas, estoy desnuda, se cayó el sándalo de los medallones, la luna paró sobre las chimeneas su trineo de coral.

Y no vienes, hombre, rosa, crimen, corazón. Voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Voy a matar los panales.

Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. Ahora, reirán de mí las muertas que se acuerdan de tu amor.

Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel.

Él hablaba una lengua casi inteligible; pero, un rocío voraz, una lepra de flores, le terminaba el rostro. Y dentro estaban el azúcar y las cruces y los espejos con olor a jacintos.

Nos acercamos a la mesa. Las abuelas renacieron en las lámparas. Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba a guardar su corazón entre las piñas y los livores y las medallas.

Otra vez jardín y sombras y columnas rotas y los cisnes serios como hombres. Empecé a matarlo.

Porque no digas mi amor a nadie –a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón.

Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir.

Rompí a llorar. Voy a matar los panales; voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo.

Su muerte siguió a lo largo del bosque.

Quise recogerla en mi saya, reunirla en mis brazos, abrazarla.

Voy a tener hijos de almíbar y de pétalos y no podrán besarte, oh, mi novio de miel, mi tulipán.

Lloraba desesperadamente.

Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.»

(De «Los Papeles Salvajes»)

 

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«En la mitad de la tarde los higos se entreabren y manan miel blanca, leche muy fina,
y así acuden las abejas, los pájaros, las moscas, y hasta algún animal de cabello largo
y sedoso, trepa e hinca en esos pechos ternísimos su diente agudo, y bebe y devora.

Y yo camino suavemente, por las sendas, sin rumbo, lejos de la casa, errando, hasta
que el viento me señala las altas cañas, el cañaveral; y surges tú, inmóvil, de espaldas,
galán de la muerte, mirando el cielo, no mirando nada.

Ya un colibrí de fijo temblor, te hipnotiza las cejas, los ojos. Y yo veo tus labios de amarilla cereza y me parece que una vez oí tu voz, que una vez oí tu voz gritando en el viento, cantando en el viento hacia las estrellas.

Acaso ¿tu gallarda figura una vez pasó a mi lado, gallardamente, sin volverse?

Te pareces al doncel que custodia los ríos, los arroyos, al que guarda en la noche los
predios del este y guía la blanca tropa de gacelas.

¿A qué hora se conmovió tu corazón?
¿Cuándo se te desgranaron las finas granadas de las venas?

Ahora, un azor invencible te imanta.
Ahora, hay que mirar tu edad en un horario de moscas y violetas.

Pero, yo me voy a olvidar de todo, de mi casa de allá, de la tarde fragante, de las frutas
que atraen a los pájaros.
Ya el viento cierra las cañas, baja las banderas estrechas de las cañas.

Yo voy a oprimir tu mano.
Yo voy a tenderme a tu lado.

Déjame sentir el ritmo de tu sangre amarilla.
Haz nacer en mi entraña un pequeño cadáver, un niño inmóvil, igual a ti.»

(De «Druida» en «Los papeles salvajes»)

 

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«Existe un hermosísimo idioma, cuyas palabras parecen casitas hechas con hongos.

A su lado, palidecen las más bellas letras rúnicas.

Lo descubrí una tarde, y, no, lejos: aquí, nomás, mientras avanzaba entre las boticas de los eucaliptos, a la hora en que las paredes se colman de estrellas, y desde los árboles y el cielo, caen pastillas y perlas, vi el idioma, y lo entendí, enseguida, como si siempre, hubiera sido el mío.»

(De «Clavel y tenebrario» en «Los papeles salvajes»)

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(A José María Alvaiges)
«Duraznos. Terciopelo amarillo, incendiado, todos los escalones del rosado, un rubí en
el pezón.

Ay, del que se interne en el terrible rosal de los duraznos.

Nacen sobre el jardín de opio, de amapolas. Como una alucinación.

Un gusano se les pasea siempre; pero es suave, fosforescente. Una mariposa alea cerca; pero es del diablo; las alas violetas y violentas; que, del revés, son negras y son rojas; tiembla en el mismo sitio, como si quisiera poseerlos y exterminarlos.

Bolsas de satín, de seda; dentro, está el licor, el alma dura y almendrada.
Hice añicos la frutera, quebré el cielo.

Pero vendrá setiembre; la manta de margaritas, rosadas, amarillas y salmones, de las
que saldrán duraznos como estrellas, como moscas.

Y volveré a volar aunque no quiera.
Y volveré a pecar aunque no quiera.
El pezón goteante,
la mascarilla de hojas.»

 

«Me vino un deseo misterioso de ver fruta, de comer fruta; y salí a la selva de la casa.

Cacé una manzana, un membrillo malvarrosa, una ciruela y su capuchón azul.

Asé, ligeramente, una dalia, y la comí, tragué una rosa; vi duraznos y su vino ocre, uvas rojas, negras, blancas; los higos, que albergan, por igual, al Diablo y a San Juan, y los racimos de bananas y de nísperos; me cayeron dátiles en la blusa.

Me crecieron alas, blanquísimas, me creció el vestido.

Eché a volar. No quería volver, más.

Llegué a un tejado; creyeron que era una cigüeña, un gran ángel; las mujeres gritaban; los hombres rondaron con intenciones ocultas.

No podía volver, ya.
Ando, ando.

Las gentes retornan de las fiestas, se desvelan;
y yo vuelvo a pasar volando.»

 

«Cuando nací mamá se dio cuenta de que yo era una mariposa.

Y con un punzón, que ya tendría preparado, o que sacó de la caja de objetos prodigiosos, me traspasó tan diestramente, que quedé viva, y, así, me puso en el cuadro de sus postales más hermosas.

Con el tiempo mis alas aumentaron y cambiaron los colores, celestes y rosados.

Hasta tuve una orla color plata, color oro, y puntitos, igual.

Mis antenas se iban como hilos, por el olor de las rosas del jardín, los jazmines y azaleas, y brillantes del rocío.

Pero, mamá no dejaba de mirarme. Aunque estuviese en la cocina con las habas y el
cuchillo, en el huerto, en el altar, con mi padre, o sus hermanas.

Jamás sacó los ojos de su hija mariposa. No quitó el punzón que me separaba de las
rosas.

Era una dalia con el centro redondo y negro como el sexo de una mujer fantástica.

Allí se posó una mariposa en oro deslumbrador, hecha de azúcar y esmeralda.
Pero, no era una, eran muchísimas, sobre el sexo solo.

El viento no podía dispersarles.
Y por mucho rato yo fui la dalia y las mariposas hicieron su trabajo.»

 

«Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado.

Se alimenta de muchas especies y de sólo una.

La busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.

Mi alma tiene miedo y tiene audacia.

Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste.

Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.»

(de «Mesa de esmeralda» en «Los papeles salvajes»)

 

 Isabelle Bryer
Isabelle Bryer, Blueink «Fearless»

 

Marosa di Giorgio

Marosa di Giorgio

 

 

 

 

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