.al otro lado del dolor.

Scroll down to content
Marta Waterme- «Agua de Mar»

Todo cambia
(Una carta de inicios & cierres).

Hay finales que te arrancan la tierra y te suspenden en el tiempo. Como una promesa rota.
Como un crujido de huesos que buscan alivio, pero la calma nunca llega.
Hay finales que te retan a ver los nudillos ensangrentados, las uñas corroídas por la ansiedad, el miedo detrás de los ojos y el futuro que pende de un hilo porque crecer es desconocer la respuesta.

Esos finales, esos que te arrebatan el oxígeno, son la promesa de vida más grande que existe.
Esos finales que saben a azufre son el recordatorio de que todo muta.
Todo trasciende.
Todo cambia.
Que el dolor es proporcional a nuestra capacidad de sentir amor y viceversa.
Es duro aceptarlo.
Es duro aceptar al dolor como guía.
Aceptarle como motor para movernos y mutar nuestra tierra.
Hay belleza en ese cambio.
Hay humanidad en saberse suspendido al borde del vacío.
El acantilado nos reta.
Nos recuerda lo frágil que es nuestra existencia.
Lo que un día existe, al próximo podría ya no estar o simplemente, ser distinto.
Hay finales que nos obligan a ser distintos.
A cambiar como una promesa para seguir viviendo porque sentir dolor es, también, un indicio de que podemos amar.
Esa es la prueba.

Este mes me ha dolido tantísimo.
Me he parado frente al acantilado del miedo, de la ansiedad, de la incertidumbre y al otro lado, he podido verme.
He podido verme porque he levantado el rostro y dejado de enfocar mi energía en aquello que dolía.
A veces la vida duele como una mierda; te escupe.
Te lastima el cuerpo.
Te borra la sonrisa.
Pero también a veces la vida te besa las heridas.
Te mima con abrazos el ceño fruncido.
Te mece entre sus brazos como a un bebé recién nacido.
Y por esas veces vale la pena todo el cambio.
Toda la mutación a la que nos somete el dolor.

No soy mis momentos de dolor ni tampoco mis ocasiones de amor. Soy la vida misma y a la vida hay que vivirla cueste lo que cueste.

Todo cambia, me recuerdo.

Mi pasado se transforma en algo más.

Mi presente muta mis decisiones.

Mi futuro deja de vivir de expectativas.

Todo cambia, me recuerdo.

Así como cambia mi suelo, he de cambiar yo y esa transformación no siempre es cómoda.
En ocasiones hace que tu estómago caiga al vacío y la bilis te provoque arcadas.
No es bonito, es humano.
En otras, el cambio te hace aguantar la respiración antes de pronunciar las palabras que más temes: te amo, te suelto, adiós. Quizás el cambio es solo irse sin cierre alguno, pero sabiendo que ese es el final.

Arde. Duele. Quema. Pero si lo hace es porque estás vivo.

Estoy viva, me recuerdo.

Bajo mis pies no hay tierra permanente; la grava se desmorona, las rocas tiemblan, el viento me golpea el rostro.
Bajo mis pies no hay nada, pero en esa ausencia también existe la posibilidad de crear algo nuevo.
De construir mis sueños como arcilla.
Moviendo mis dedos tímidos hasta que por fin la forma tenga sentido o quizás no.
Quizás nunca llegue a tenerlo.
Esa es la prueba.
Saber transformar el vacío en algo.
De la ausencia a la plenitud a veces solo hay un paso.
Un salto de fe.

Levanto la mirada y ahí estoy yo.
Al otro lado del dolor.
A orillas del miedo.
Bajo mis pies ya no hay suelo, pero decido caminar porque después de todo el cambio, siempre me tendré a mí como promesa de que aún hay vida en medio del caos.
Los inicios me emocionan porque implican una oportunidad para conectar, construir, soltar y, ¿qué mejor manera de hacerlo que escribiendo?

Escribir es tener un jardín propio, encontrar un un lugar seguro como una parte del propio cuerpo.
Un sexto sentido.
Una extremidad extra.
Un nuevo pulmón.
Un nuevo ojo.

-Blanca Quiñónez

Deja un comentario