
«Querida yo,
amada envoltura de mi alma,
Cada cirugía fue un portal.
Y yo, cruzando umbrales con certezas,
me vi nacer dos veces en menos de un suspiro.
¿Quién soy ahora, después de haber sido tocada tan profundamente?
¿Después de haber sido abierta, sostenida, cerrada… y devuelta a la vida?
Me entregué con la energía exacta para despertar agradecida.
Y lo hice. Con fuerza.
Con una rapidez que ni yo comprendo, pero celebro.
Mi cuerpo ya no es el mismo.
Mi alma tampoco.
Algo sagrado se transformó y se rehizo.
Hoy mi sistema integra tantas capas juntas,
que el silencio es el único lenguaje posible:
El agradecimiento, redondo y total, por seguir viva.
El duelo por las partes que se fueron, sin despedirse.
El reencuentro con un cuerpo que recuerda bisturís, sondas, ayunos.
Y un alma que ahora se pregunta si su misión también cambió.
Siento el vacío.
Querida Yo
Pero sé que no es un hueco, ni una caída.
Es un santuario.
Un espacio en blanco,
fértil, silencioso,
donde se está gestando la nueva forma de mi vida.
Porque algo murió, sí,
pero no se fue en vano.
Y algo nuevo, aún sin forma,
está por nacer.
Mi campo electromagnético -ese puente invisible entre lo que soy y lo que vibro-
está en regeneración y no hay apuro.
Se recalibra.
Encuentra otro ritmo, más acorde a este corazón renovado.
Suelta restos que no se ven: memorias dormidas, anestesia emocional, miedo, nombres antiguos.
Y se fortalece…
no para volver a lo que fue,
sino para abrazar esta nueva versión de mí,
aún sin forma, aún en expansión.
Hoy no me exijo,
hoy no empujo.
Solo escucho.
Y abrazo ese vacío del alma.
Querida Yo
Porque lo nuevo
no se conquista.
Se invita y se espera.
Esta alma no tiene apuro.
Honro el cuerpo que sanó,
y el alma que decidió quedarse.
Como consejo. Agregar esto:
Ese vacío que vos, yo y todo transitamos
es una matriz silenciosa,
donde nada está definido, pero todo es posible.
Es maravilloso.
Es necesario.
Es el vacío antes del gesto,
antes de la acción,
antes de las nuevas palabras,
antes de la nueva piel.
Es incómodo, sí.
Pero también es profundamente sagrado.»
-María Fátima Vercelli
Fátima atravesó un transplante renal y dejó su valioso y hermoso testimonio:
«Renací entre Manos y Elementos
Crucé el umbral con los ojos cerrados
y el alma abierta como flor al alba.
Mi cuerpo, cansado, esperaba.
Mi corazón, aún latiendo, sabía.
La medicina vino en manos humanas,
pero también en cantos,
en fuego que limpia,
en agua que recuerda,
en tierra que abraza
y en viento que trae nombres antiguos.
Dra. Natalia —ángel con guardapolvo blanco—
me sostuvo junto a su equipo de luz.
Pusieron el alma, no solo las manos.
Y yo, este último tiempo
envuelta en mantras,
con el shruti vibrando el umbral,
fui canal, fui presencia, fui pulso.
El riñón llegó como río nuevo,
orando en silencio,
regando la tierra que volvía a vivir.
Mi hermana, mi raíz,
me dio vida desde la suya.
Un acto de amor que ningún idioma puede nombrar.
La medicina es mucho más que ciencia:
es mar que limpia la memoria,
es montaña que sostiene el espíritu,
es fuego que transforma lo antiguo,
es agua que canta el regreso,
es tierra fértil donde ahora germino.
Y sobre todo —más allá de todo—
la medicina es amor.
Visible e invisible.
De esta dimensión y de todas.
Amor que cura. Amor que sostiene.
Amor que no muere.»

