
«De todos los hombres que me enamoraron, hubo uno que aceptó morir de entrada.
Me dijo: “Del bosque nadie se va con la cabeza sobre los hombros. Los que pretenden entrar y salir, no entienden nada”.
Con una erudición sorprendente y algunos versos en dialecto toscano florentino, me ofreció su cuello.
Fue el único que logró convencerme (al menos por un lapso considerable de meses) de que yo era una divinidad antigua encarnada en un cuerpo nuevo, digna de amor y de sacrificios, y el único que no llegó a quererme de verdad.
Así son las novelas cuando suceden en la vida real: un malentendido con orejas de burro.
El que aceptaba morir estaba dispuesto a matar, y la que había entrado al bosque era yo.
El primer paso lo había dado hacía tiempo y sin darme cuenta por culpa de Yeats.
Nunca confíe en un poema, incauto lector; hasta un soneto con rima inocente puede hacerlo caer de espaldas contra el pasto en medio de un silencio de robles y abedules.
Eso me recordó un escritor joven de Rosario que llegó a mí en la forma íntima de un objeto personal (así se sienten los libros de la editorial homónima):
“El bosque no es tanto un lugar físico en particular, como una sensación del espíritu, una sensibilidad que se podría trasladar”.
Él sale un día con su hermano menor a andar en bicicleta por el campo y se pierden.
No pueden volver.
Oscurece.
La desolación que experimenté en ese lugar callado y abierto fue profunda.
Para nosotros, el campo se había vuelto un bosque, un lugar hermoso, inhóspito al mismo tiempo, mágico y cruel, capaz de dar vida y de arrebatarla, de someter al individuo a su propia lógica.»
(Derian Passaglia, El bosque, Objetos personales, 2025.)
Como la poesía, como el sexo –que según las amenazas que mi madre pronunciaba exaltada y lúgubre, da vida y da muerte (esta última palabra la acentuaba con particular vehemencia, como separándola de las demás)–, el bosque era una zona con peligros desconocidos, pecados nuevos.
Yo venía muy alegre por la pampa chata (o atribulada e impaciente por la llanura vacía, da igual) y me encontré de golpe anhelando un amor que me alteró los sueños y me convirtió en una mujer que espera.
¿Cuántos corazones habrán latido por usted, lector fugitivo?
¿Habrá llegado a sentir alguno bombeando en la palma de su mano?
No hace falta que a usted le preocupe saber si fueron falsos o verdaderos; yo puedo preocuparme por los dos y por todos los amores de este mundo.
Ignoro si mi amigo Lucas tenía la costumbre de adentrarse en el Harvard Forest; en general, solía perderse entre las flores de vidrio que alguna vez hipnotizaron a Victoria Ocampo en el Museo de Historia Natural de la universidad, o entre las hojas de viejos pasaportes que se ocupó de leer como como si fueran los pétalos de una planta sagrada y él un naturalista, ¿qué otra cosa es la ficción?
Su vida se enreda entre los objetos de su imaginación y los objetos de ese universo nuevo —el impávido campus estadounidense— que solo un soñador como él, criado entre los misterios de Montevideo y Quintana, podía encontrar vertiginoso.
No cambiaba mucho la cosa: su disposición espiritual es el bosque.
Así escribe su libro, en trance.
En aquella época, mientras preparaba el ensayo hipnótico que publicaría Mardulce (Vidas en tránsito. Historia íntima del pasaporte , 2025) se había enamorado de una chica perfecta para casarse, hecho que, no bien se dio cuenta, engendró en él la semilla invisible de una inmensa desazón.
Experta en Shakespeare, su novia ignoraba que un egresado del CNBA era capaz de tirar por tierra todo lo que el sabio poeta inglés le había enseñado acerca de la naturaleza humana.
No había forma ni de entrar ni de salir, Lucas era un bosque mágico, impenetrable, que ni siquiera Stephen Greenblatt —célebre profesor y biógrafo de “Will”, para quien el sueño de verano entre los árboles era una válvula de escape regulada, un delirio pasajero, y Lucas, un latinoamericano buenmozo que salía con su discípula— hubiera podido descifrar.
Cuando Victoria Ocampo se entera de la muerte de Paul Valéry, tiene enfrente un paisaje de coihues, lagos y arrayanes que su amigo nunca conoció.
El bosque la mira moverse por la ventana de su habitación.
La vista desde el Llao Llao es tan gloriosa que (piensa ipso facto ) al francés lo habría irritado.
Detestaba los exotismos.
Ella lo había aprendido a los golpes, cuando llegó a París buscándolo como se busca a un príncipe y se sintió después, cuando lo tuvo cerca, asfixiada por su perfección, inferior, inerte.
Su error había sido querer deslumbrarlo, luchar contra la marea, predicar en el desierto, esperar la aprobación de un galo.
Ingenua en su orgullo telúrico, le había mostrado la foto de un cactus alto, todo cubierto de flores.
Valéry lo miró de reojo y comentó: “Debe ser muy feo”.
Ocampo sangró por esa herida –para nuestra gran fortuna– todas las páginas que pudo.
Su estilo es siempre hacia adelante.
Duda mientras se afirma.
Se concentra en lo que le falta, pero intuye lo que posee.
Los pensamientos intrusivos son su registro literario más puro.
Ocampo escribe para desahogarse, para sacarse de encima todo lo que la anula, la confunde, le impide amarse y la obliga a preferirse, a dar la vida por la pasión mental que la enciende.
Pero ahora el gran poeta murió, la Segunda Guerra terminó, y ella está en su cima (todavía le queda una década de poder antes de caer en la irrelevancia).
Ahora ella está en el bosque y el mito ha quedado atrás.
Educada, se da un rol menor en la grandeza de la historia: el de lectora, “el lugar perecedero donde empieza tu inmortalidad”.
Una forma discreta de la venganza.»
-Victoria Liendo 2025 © Todos los derechos reservados.
