Hace dos veranos llevamos a nuestras hijas al zoo.

Mientras recorríamos las instalaciones, vimos un cartel que anunciaba el gran espectáculo del parque: la carrera del guepardo.

Nos encaminamos hacia las familias que buscaban sitio para presenciarla y encontramos un tramo vacío

a lo largo del recorrido.

La menor, Amma, se subió a hombros para tener mejores vistas.

Apareció una cuidadora, rubia y vivaracha, con un chaleco color caqui.

Sujetaba un megáfono y la correa de un labrador retriever amarillo.

Yo no entendía nada.

No sé gran cosa de animales, pero como intentase convencer a mis hijas de que ese perro era un guepardo, tendrían que reembolsarme las entradas.

Empezó diciendo:

—¡Bienvenidos todo el mundo! Estáis a punto de conocer al guepardo del parque, Tabitha . ¿Pensáis que esta es Tabitha ?

—¡Nooooo! —gritaron niñas y niños.

—Esta tierna labrador es Minnie , la mejor amiga de Tabitha . Se conocieron cuando Tabitha era un guepardo bebé y criamos a ambos animales juntos para que Minnie nos ayudara a amaestrarla. Haga lo que haga Minnie , Tabitha quiere imitarla.

La cuidadora señaló con un gesto el todoterreno que estaba aparcado a su espalda.

Había un conejo de peluche atado a la parte trasera del vehículo con una cuerda deshilachada.

Preguntó:—¿Quién tiene un labrador en casa?

Pequeñas manos se alzaron en el aire.

—¿A cuáles de vuestros labradores les gusta jugar al pillapilla?

—¡Al mío! —gritaron niños y niñas.

—Bueno, pues a Minnie le encanta perseguir a este conejo. De manera que Minnie hará la carrera del guepardo en primer lugar mientras Tabitha la observa para recordar cómo se hace. Luego contaremos hacia atrás, abriré la puerta de la jaula de Tabitha y ella saldrá disparada. Al final del recorrido, que es de solo cien metros en esa dirección, habrá un delicioso filete esperándola.

La cuidadora condujo a Minnie , ansiosa y jadeante, a la línea de salida.

Le hizo una seña al conductor del todoterreno, que arrancó.

Liberó a Minnie de la correa y vimos a una labrador amarilla perseguir con alegría un mugriento conejo rosa de pega.

La chiquillería aplaudió con ganas.

Las personas adultas nos enjugamos el sudor de la frente.

Por fin llegó el momento estelar de Tabitha .

Recitamos la cuenta atrás al unísono:

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

La cuidadora abrió la puerta de la jaula y el todoterreno con el conejo de pega salió disparado de nuevo.

Tabitha echó a correr, concentrada en el conejo con la precisión de un láser, convertida en un borrón moteado.

Llegó a la meta a los pocos segundos.

La cuidadora silbó y le lanzó un filete.

Tabitha lo sujetó contra el suelo con sus zarpas acolchadas, se agachó y lo masticó mientras la multitud aplaudía.

Yo no aplaudí.

Estaba descompuesta.

La domesticación de Tabitha me resultaba… familiar.

Observaba a Tabitha mordisquear el filete en el zoo y pensaba:

Día tras día este animal salvaje persigue un mugriento conejo rosa de pega por el sendero trillado y estrecho que han trazado para ella. Sin mirar nunca a derecha ni a izquierda.

Sin capturar nunca al maldito conejo y conformándose con un filete comprado en el supermercado y la aprobación distraída de personas desconocidas y sudorosas.

Obedeciendo hasta la última orden de la cuidadora, igual que Minnie, la perra labrador con la que ha aprendido a identificarse.

Sin saber que si recordase su naturaleza salvaje —tan solo un instante— podría hacer trizas al personal del zoo que se ocupa de ella.

Cuando Tabitha hubo dado cuenta del filete, la cuidadora abrió una compuerta que daba a un pequeño prado vallado.

Tabitha entró y la compuerta se cerró tras ella.

La empleada del zoo recuperó el megáfono y nos invitó a hacer preguntas.

Una niña, quizá de nueve años, levantó la mano y preguntó:

—¿No está triste Tabitha ? ¿No añora la naturaleza?

—Perdona, no te oigo —dijo la cuidadora—. ¿Puedes repetir la pregunta?

La madre de la niña repitió en tono más alto:

—Quiere saber si Tabitha echa de menos la naturaleza.

La cuidadora sonrió y dijo:

—No. Tabitha nació aquí. No conoce otra cosa. Nunca ha visto siquiera el medio natural. Esta vida está bien para Tabitha . Está mucho más segura aquí de lo que estaría en libertad.

Mientras la mujer procedía a ofrecer información sobre los guepardos nacidos en cautividad, mi hija mayor, Tish, me propinó un codazo y señaló a Tabitha .

Allí, en ese campo, lejos de Minnie y las cuidadoras, el talante del animal había cambiado por completo.

Erguía la cabeza y acechaba la periferia mientras recorría los límites creados por la verja.

Iba y venía de un lado a otro, sin detenerse nada más que para mirar con atención a algún punto situado más allá de la verja.

Parecía que estuviera recordando algo.

Tenía un aspecto majestuoso.

Y daba un poco de miedo.

Tish me susurró:

—Mamá. Se ha vuelto salvaje otra vez.

Le respondí con un asentimiento sin despegar los ojos de Tabitha , que seguía al acecho.

Me habría gustado preguntarle: «¿Qué está sucediendo dentro de ti ahora mismo?».

Supe lo que me respondería.

Diría:

«Algo no cuadra en mi vida. Me siento inquieta y frustrada. Tengo el pálpito de que todo debería ser más hermoso de lo que es. Imagino sabanas sin verjas que se pierden a lo lejos. Quiero correr, cazar y matar. Quiero dormir bajo un firmamento negro y silencioso tachonado de estrellas. Es todo tan real que puedo paladearlo».

Luego volvería la vista hacia la jaula, el único hogar que ha conocido.

Miraría al sonriente personal, al aburrido público y a su jadeante, saltarina e implorante mejor amiga, la perra labrador.

Con un suspiro, añadiría:

«Debería sentirme agradecida. Mi vida aquí no está mal. Es de locos anhelar algo que ni siquiera existe».

Yo le diría:

Tabitha . No estás loca.

Eres un maldito guepardo

-Glennon Doyle

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