
«…un lobo
proyecta su sombra
en la pared del sueño
no has entendido nada
escribe
la niña de mis dedos…»
-Gigliola Zecchin (Canela)
Bajo el toque de queda
«Ella estaba haciendo de la masa un bollo. Con destreza la aireó y estiró; los dedos iban alisando los bordes, y después trató de alcanzar el palo de amasar.
Ahora, la primera contracción con dolor. Su panza la separaba de la mesa lo suficiente como para obligarla a inclinarse un poco. Otra contracción. Y otra. Mientras la masa, con tan solo un huevo, el único que había conseguido, se rebelaba. Las contracciones, más intensas, pero espaciadas. Un parto más, y la
memoria en el cuerpo. Todavía podía seguir estirando. Tuve que esperar la peor tormenta del año para escribir esto.
Y que se hiciera de noche.
Toque de queda. La odiosa y asmática sirena que marcaba el cierre de las puertas, las ventanas. Apagón general. Mediados de diciembre, todo bajo cero.Y ella escuchándose a sí misma. Cuando había enrollado la masa y la feteaba con su viejo cuchillo, las contracciones se repetían y dolían más. Cubrió con un repasador los fideos, se quitó la harina de las manos.
Desató el delantal y al pie de la escalera gritó a sus hijos mayores: «Parto, non vi preoccupare.» Y con la voz más baja: «Ritorno presto».
Se enfundó el tapadito negro que no le abrochaba, y casi en el umbral, perdió el tapón.
Un hilito de agua espesa le chorreó por el interior de los muslos. Quieta lo dejó deslizarse hasta la media de lana. Faltaba poco.
Afuera, la nevisca cortaba el aliento. Se ciñó más fuerte la pañoleta en la cabeza, golpeó la puerta de al lado, y esperó a Gelsomina. Eran secretamente confidentes.
Esta madre, prolífica y religiosa, no hacía caso de los chismes, le pettegolezze. La mujer vivía señalada por todos y acusada de dar mal ejemplo desde el púlpito de la parroquia.
Nada parecía importarle, tenía un buen pasar, caballeros varios que la visitaban y expandían su privacidad con carcajadas contagiosas.
Gelsomina, melena rizada y ojos brillantes, recibía la amistad de esa madre con naturalidad, intercambiaban argucias, remedios, y en la escasez compartían «latte e pane».
Tener hijos o no tenerlos. El amor y el deber. Del placer no se hablaba.
El pacto de acompañarse era fuerte.
Por eso la vecina apareció pronto en el umbral.
—No, no, el paraguas es inútil; hay viento.
Caminaron las dos en lo oscuro. La madre a punto de dar a luz por undécima vez.
No tenía miedo, solo urgencia.
Las dos, pasos cortos junto a la pared, adivinando la vereda.
Las caras mojadas por la aguanieve. Sin palabras.
Gelsomina sostenía a la madre por el codo con toda su fuerza para aliviarle el peso. Pronto le rodeó la cintura. Sintió que flaqueaba.
—Estamos a mitad de camino, falta poco. ¡Qué tormenta!
—No sé, no sé si llego.
—Forza, forza.
—Gelsomina, «se fasso forsa» la criatura sale. —Las dos rieron bajo la tempestad, nerviosamente.
Poco después la madre se detuvo, pasó el ruedo de atrás de su abrigo entre las piernas a modo de un pañal e intentó sostenerlo con fuerza. La panza con cada contracción, dura como una piedra.
La caminata se había hecho más lenta. Los pasos le dolían.
—No. «No pianzere». Estamos en camino —la alentaba Gelsomina.
—No lloro, es la nieve.
—Falta poco, vamos, a usted le sobra coraje.
—Eeee…, «quanto manca»?
—Serán doscientos pasos. Quizá un poco menos.
Y la madre dijo:
—No puedo más, mi querida. «No ghe la fasso più».
Gelsomina la soltó y, despacio, muy despacio, la sentó contra la pared. Se quitó el echarpe y se lo puso como un nido, arrollado entre las piernas.
—Es mejor que yo vaya. —Sin esperar respuesta caminó rápido —correr era riesgoso— hacia el hospital.
Para la madre, los ojos apretados, los dientes apretados, un tiempo eterno.
Mantenía los muslos juntos. Algo pujaba poderosamente hacia fuera. Hacia el mundo. Ese mundo oscuro y frío. Se acostó en la vereda, la cara contra la nieve. Dolor.
Como un milagro aparecieron dos hombres y una camilla.
Pronto estaba bamboleándose en esa cuna de lona. Podía quejarse en voz alta.
—»Eco, stemo rivando, la stia calma», ya llegamos… ya estamos…
—Los hombres apuraban el paso y hablaban con agitación.
Gelsomina les estrechaba la mano.
Subieron la fría escalera, barrida por la ventisca. La madre intentaba abrir las piernas.
Cuando llegaron al hall gris, apenas alumbrado, la criatura ya estaba naciendo.
El parto fue rápido y feliz.
Gelsomina era la que lloraba ahora.
—»La ze na toseta; e la ze tuta tonda, co a faceta tuta rossa».
La madre miró a la niña que berreaba, y decidió con un hilo de voz:
—Se llamará Gelsomina.
—No, no, no es un nombre conveniente.» Lei sa perché. Le prego,
il mio nome no». Elija el nombre de otra flor. Es una flor que ha nacido en la tormenta. Una flor grande y fuerte.
—¿Cuál?
Gelsomina, conmovida, pensó un poco.
—Gigliola es el nombre de una flor.
—Sí —dijo la madre—, es la flor de san José. Si usted lo quiere así, Gigliola; ese será su nombre.
-«La niña que no vio los besos» (Gigliola Zecchin)
«Tantas cosas mías han sido primero suyas. El sentir que el mundo es ancho y extenso. La cultura en primer plano, y por sobre cualquier otro lujo. La seguridad para no perderme en opiniones ajenas. Y la certeza de que el ser humano puede acostumbrarse a todo, menos a la falta de amor.
Soy la interlocutora válida para ciertas cuestiones profesionales, la editora de algunos de sus textos y quien le saca los retratos que más le gustan. Por su parte, me empuja para que nade hacia mis deseos. Me advierte, intuitiva, cuando algo de lo que le cuento le hace ruido. Me dice que puedo. Y no solo que puedo, sino que debo. Y que el miedo no me detenga. Lo dice, tal vez, para que filme mi corto, la historia sobre una nena sola y un río, sobre la autonomía. Me hubiera gustado ser la fotógrafa que soy hoy para registrar también nuestra historia, de la que casi no hay fotos. Eran los años setenta, las vivencias se metían para adentro, cada tanto, con suerte, se revelaban en 36 fotogramas.
Compartir la vida con mamá es sinónimo de profundidades, de ideas claras, de disquisiciones éticas, de lana, de seda y de puro algodón. De comidas pensadas con amor, de arte, de viajes y de conclusiones. También de carcajadas (no hay manera de parar de reír si nos tentamos en serio). Ella es, también, la necesidad del silencio. La dignidad. Y esa presencia única que atraviesa pantallas.
Llegar al mundo desde la panza de una madre famosa es descubrir muy pronto que habrá ventajas y desventajas. Era difícil caminar por la calle sin que nos pararan cada dos pasos. Y yo, de su mano, mientras sentía el orgullo de la fama como un manto de terciopelo azul, miraba una escena repetida, con paciencia. Porque en casa tenía acceso a algo más valioso y potente, a su talento fuera del set. Cuando ella jugaba, jugaba bien. Fiel a su estilo, imaginativo y contundente. Nos dejaba pensar, y prender el tocadiscos para escuchar a Serrat. Probarnos todos sus collares, dormir al sol sobre una cama de hojas y chapotear bajo la lluvia. Ella confiaba. Usaba el NO únicamente cuando el NO se volvía trascendente. Aprender a su lado era ingresar en una dimensión que nada tenía que ver con la escuela. Una conferencia de Borges, llegar a horario a los estrenos del San Martín, descubrir una pirca milenaria en las sierras de Córdoba, y esperar a que una ola se llevara mi nombre de arena en Mar del Tuyú…
Cuando a los 3 años tenía miedo de perderla entre los infinitos niños de La luna de Canela, la abrazaba fuertísimo, mientras les advertía a todos que esa mamá era mía.
Hay algunas cosas que heredo de ella sin quererlo tanto. Y otras que atesoro como miel.
Esos refranes anónimos que parecen haber sido escritos para su boca. Imaginen ustedes su voz, imaginen las conversaciones que pudieron haber sucedido en la cocina de nuestra antigua casa de Flores, o esta semana, intercambiando audios sobre cómo nos va en la vida. Sus refranes a tiempo siempre sacuden mi mundo como breves cuentos de final abierto. Elijo tres que conviene no ignorar. Uno, “Tra il dire e il fare c’è di mezzo il mare”. Dos, “la mitad de los problemas se resuelven solos”. Tres, “somos artífices de nuestro propio destino”. Destino que ella eligió y construyó con creatividad y valentía. Destino que incluye el celebrar que yo pueda construir el mío. Destino en el que tantas veces coincidimos y nos reconocemos –felizmente– como madre e hija…»
-Aldana Duhalde, hija de GIGLIOLA ZECCHIN, CANELA


Quien es Canela?
Aqui su historia…
Había una vez una nena de 9 años, la más chiquita de once hermanos, que cruzó el océano en barco con su familia.
Atrás quedaban, en Vicenza, al norte de Italia, los recuerdos de la guerra.
Como en el barco pasaban películas de Gardel, de curiosa aprendió la primera palabra en castellano.
“Che cos’è cabeza?”. “Testa”, respondió la hermana mayor.
Con el tiempo aprendió muchísimas más, tantas que se puso a jugar con ellas. En cambio, en la Argentina nadie aprendía bien su nombre.
Al verla, una señora de la televisión le dijo “Canela, te ponemos Canela”.
Y así fue como la chica de enormes ojos oscuros y la sonrisa más amable del mundo comenzó a darle ese toque especial, inconfundible, al disfrute de palabras.
Tal vez toda la vida de Gigliola Zecchin, de apenas 81 años que confiesa con alegría, podría contarse para toda la familia alrededor del fuego.

Muchas de sus experiencias palpitan en sus 40 o más libros escritos (y no solo para niños), además de los 250 títulos editados para Sudamericana, donde creó el área de Literatura para Niños y Jóvenes.
Estudió Letras, es locutora y le puso su marca al periodismo cultural en la radio y la televisión desde los años 60: Buenas tardes, mucho gusto, La gallina verde, Para crecer, La otra tierra, La luna de Canela, Café con Canela (y más con su nombre), El periodismo que viene y, su último ciclo, Colectivo imaginario, en TN.Ganó todos los premios, desde el Martín Fierro, el Santa Clara de Asís y el Konex, entre otros, hasta la Orden de Caballero del Estado Italiano, la Medalla de Oro al esfuerzo y el trabajo en su ciudad natal, Vicenza, y el de Personalidad Destacada de la Cultura de la ciudad de Buenos Aires. Para quienes la conocen muy de cerca, Gigliola es Lola (¡la pequeña protagonista de su colección de libros infantiles!) pero siempre será Canela para la historia de los medios, en un país donde meterse con la difusión de la cultura es elegir, a capa y espada, remar contra la corriente.


Acabo de escuchar a Cánula Gracias, mil gracias
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Viste que hermosura!
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