Les Films 13 / Collection Christophel / Collection ChristopheL via AFP

Una pareja se ha conocido en una galería de arte, han coincidido en el gusto por Lelouch.

Se apagaron las luces y comenzó la historia de Un Homme et une Femme….
Quebrando la reglas del tiempo, Annouk Aimee y Jean Louis Trintignan retornaron cincuenta años después a los fotogramas, ratificando la persistencia de un fuerte sentimiento.
Ellos copiaron la iniciativa de Lelouch y volvieron a la misma sala, medio siglo después.
Ninguno recurrió a leer ningún mensaje, ni siquiera a dejarse llevar por las últimas noticias, ni a intentar conocer lo que la inteligencia artificial proponía para cada uno.
Pocos tenían consciencia ..que eran mayoría….a pesar de las apariencias.

Esta tumultuosa historia de amor entre Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant fue la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes en 1966.

Una reflexión sobre el amor, la vida y el poder del cine para ver absolutamente.

Un hombre y una mujer es en primer lugar Anouk Aimée, Jean-Louis Trintignant, Deauville, el XVIII distrito de París y la “Chabadabada” de Francis Lai.

Es sobre todo el genio de Claude Lelouch, que combina su pasión por las carreras de coches y el cine experimental, en una película generosamente premiada: Oscars, Palma de Oro, Globos de Oro… más de treinta premios en total.

La historia comienza cuando Anne, un guión para el cine y la viuda de un marido especialista (Pierre Barouh, con quien se casará poco después de su reunión en el set), conoce a Jean-Louis, un corredor de coches también viudo, al final del internado al que asisten sus hijos pequeños respectivamente.

Se buscarán, se amarán, tendrán miedo, se dejarán y luego se encontrarán.

Un amor que revive los recuerdos de sus vidas pasadas y aborda el tema del dolor, para reconstruir a partir de lo que queda, de lo que una mujer y un hombre que ya han vivido pueden considerar juntos, con sus propias historias, hijos, penas y recuerdos.

Una historia de amor mítica

A través de esta dolorosa y salvadora relación, Claude Lelouch habla de la vida, pero también del cine, a través de esta pregunta:

En la vida cuando una cosa no es seria, decimos que es cine. ¿Por qué crees que no nos tomamos en serio el cine?

Y los límites se desdibujan entre la historia y la realidad, la construcción de la película y las etapas de la relación, donde los diálogos son como comentarios sobre lo que se ve en la pantalla.

Un golpe maestro llevado por la malicia de Jean-Louis Trintignant y el juego mientras era retenido por Anouk Aimée.

Qué hace que una película sea una buena película?

Mejor, ¿qué es eso que convierte a una película en un clásico absoluto?

En 1966, un amante de las carreras de coches como era Claude Lelouch, rodó un clásico absoluto, un film que es un país específico dentro del atlas de la historia del cine.

Ni en su género, el más puramente romántico, se acomoda en serie alguna, no porque no se parezca a ninguna otra, que lo hace a ratos y en ninguno, sino porque resulta difícil explicar qué resortes alcanzó a tocar, sin ni siquiera saberlo, para haber conectado con una generación de espectadores que le reservan un lugar único.

Un hombre y una mujer es el gran éxito de Claude Lelouch, su película más querida por quienes aman alguna de sus películas, el film que le ha acompañado a lo largo de su carrera, como un fantasma al fondo de su filmografía, que se le aparece como siniestra medida de sus siguientes films, y al que ha tenido que abrir de nuevo la puerta en más de una ocasión.

Dos, para ser exactos, pues en 1986 rodó Un hombre y una mujer (20 años después) (Un homme et une femme, 20 ans déjà), y cuando ya pensábamos que el director había cerrado definitivamente la historia (y su cine), en 2019, estrenó Los años más bellos de una vida (Les plus belles années d’une vie): dos secuelas con las que volver al mundo íntimo que Anne (Anouk Aimee) y Jean-Louis (Jean-Louis Trintignant) habían inaugurado en 1966.

Pero no perdamos la pregunta inicial: si Un hombre y una mujer es, en efecto, una película con una historia simple, y al primero al que se le escapan los misterios de sus engranajes es a su propio cineasta, ¿qué es lo que tiene el film para haberse convertido en un título inolvidable?

Esta podría ser, en realidad, la pregunta que Lelouch se lleva haciendo media vida desde que su film le cincelara para siempre un muy bonito lugar reservado en la historia del cine, pero cuya respuesta se le escapa una y otra vez.

De hecho, pudiera decirse que, al contrario de lo que cabía esperar, y también al contrario de lo que puede parecer, Lelouch dedica gran parte de la primera secuela de 1986, Un hombre y una mujer (20 años después), no tanto a continuar la historia de Anne y Jean-Louis, que también, en alguna medida, como a reflexionar sobre el objeto mágico que sin entender cómo había rodado 20 años antes.

Si en esos años, Lelouch se había convertido en el mejor esteta del cine romántico, una especie de chamán que prometía descascarillar para los espectadores algo del enigma de una intimidad infinita entre dos amantes, con la secuela confirmó ser el primer sorprendido de su propio éxito.

Y lo dejó por escrito.

Para Lelouch, que su película de 1966 tuviera lo que tenía que tener para convertirse en el éxito que fue, era, por tanto, un milagro.

Uno al que, Lelouch, seguía dando vueltas, preguntándose cómo es que sucedió.

En efecto, la música de Francis Lai… la fotografía del film… las interpretaciones… todos eran elementos que apuntaban a una obra bien manufacturada, sumando los acertados esfuerzos de una buena producción, pero… una buena producción no suele ser garantía de nada. Viendo la secuela, Un hombre y una mujer (20 años después) resulta bastante evidente que toda la película es una forma de reflexión sobre el proceso de creación de una película (una película dentro de una película), el intento de que sea mágica, pero el precario resultado cuando se concibe desde la mera construcción de una “buena producción”.

Dicho de otra forma, del encaje de las habilidades, los cálculos y las industrias, no surge la magia que corona a ciertas películas y las deviene eternas.

Aun así, Lelouch traslada la cuestión, el interrogante, al argumento del film, mediante la decisión de convertir a Anne (que trabajaba como script en la película original) en productora de cine, construyéndose de este modo un muy privilegiado punto de observación interno dentro del plano del relato.

Es decir, Lelouch (se) crea un recurso narrativo, interno al relato, que desea ser el hacedor de una película-milagro, en el personaje de Anne.

Y la dotará de los pertrechos necesarios para poder confeccionarla: es productora de cine, cuenta con los recursos técnicos y económicos, y hasta dispone de una intensa historia personal (junto a Jean-Louis) que llevar a la pantalla:

Un hombre y una mujer (20 años después) (Claude Lelouch, 1986)

Anne: Mira, me gustaría… producir una película… a partir de nuestra historia.
Jean-Louis: ¿Qué historia? —dice sonriendo.
Anne: Aquella que ni siquiera pudimos comenzar.

El relato nos dice que Anne desea rodar una película a partir de su historia romántica con Jean-Louis.

Es decir, esa historia que Anne nos propone como real y que dice merecer ser adaptada al cine, en verdad no existió; y esa historia que dice haber vivido con Jean-Louis es, en realidad, una historia de ficción, o más concretamente, la ficción de Claude Lelouch.

Luego, la película que Anne parece querer rodar no es otra que la película de ficción que Lelouch rodó en 1966 y que nosotros vimos como espectadores reales.

Un cambalache que troca ficción y realidad pero que sirve al director para jugar la ilusión de recrear en el plano de la ficción lo que sucedió, no sabe cómo, en el plano de la realidad, es decir, rodar una película mágica y eterna.

Y de hecho, la idea tiene sentido, pues esta secuela parece a menudo la reflexión del propio Claude Lelouch sobre el acto de dirección, rodaje, producción, etc., de la película original, como un objeto fascinante (y milagroso), absolutamente crucial para él y su biografía personal, que no deja de insistir por su importancia, pero cuyos misterios, como decíamos, se le siguen escapando en calidad de “milagros”.

Medio siglo después, el director francés convenció a Trintignant, de 88 años, retirado de la pantalla por un cáncer, y a Aimée, de 87, para participar en Los años más bellos de una vida.

El reencuentro de los antiguos amantes se rodó en un largo plano secuencia de 19 minutos pegado a la realidad más absoluta.

“Cuando uno llega a una determinada edad, vuelve a la niñez y les rodé cómo se rodaría a los niños. Se filmó en directo. No quería que nadie hiciera trampas. No tenían los textos. Durante todo el rodaje les soplé los textos así no tenían tiempo de interpretarlos. Estaban totalmente viviendo algo espontáneo. El verdadero protagonista de la película es la espontaneidad algo que está a medio camino entre la mentira y la verdad. También quería demostrar que los años más bellos de una vida son los que no hemos vivido aún”, detalla el realizador que ya abordó una precuela sobre el romance con tibia acogida en los 80.

Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée retoman su romance más de 50 años después

Ahora, Jean está gravemente enfermo y solo recuerda a Anne, el amor de su vida, que acudirá al rescate de la memoria de una relación que siguió caminos separados por las infidelidades de él.

Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée son tiernos, divertidos, lúcidos. Se expresan con gestos sutiles. La pareja se ha reconciliado con su pasado al que remiten con flasbacks de Un hombre y una mujer.

No destilan amargura y asumen que quererse a veces no es suficiente y que “las historias de amor solo acaban bien en el cine”, como afirma el personaje de Jean en el que se adivina un trasunto de la filosofía sobre el arte y la vida de Claude Lelouch.»Uno solo vive el paraíso cuando está enamorado», apunta con una sonrisa.

Un romance a fuego lento que el director y guionista reivindica con una emoción contagiosa. Con 47 películas en cartera, Lelouch se anticipó a la identidad de la Nouvelle Vague y también aporta su receta ante el vértigo del cine actual. Y retorna su lado irracional.

“Mi cine es mi laboratorio en el que intento conseguir todo lo que se puede hacer con una cámara y siempre he arriesgado mi propio dinero. Son los productores los que ya no arriesgan solo parten de guiones y casting que les tranquilicen. Pero una verdadera película debería partir con actores desconocidos para poder creer en los personajes pero tienes que coger actores conocidos para entrar en el mercado porque si no no lo producen”.

2 Replies to “.un Homme et une Femme”

  1. Un post apasionado y profundo que celebra Un hombre y una mujer como mucho más que una historia romántica: un milagro cinematográfico sobre el amor, el tiempo y la memoria. Una reflexión hermosa sobre por qué algunas películas trascienden y se vuelven eternas. 🎬✨

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