
Camino por el bulevar Saint-Germain en el momento más rojo del otoño.
Las calles y los muros ostentan el gris pedregoso del cielo.
Pero su tinte no es el color de la derrota ni tampoco el de la tristeza, sino la evidencia de la redención desafiante del hombre, el de su impotencia más sublime: la comprensión de su ser.
Y la del olvido.
París llegó al extremo donde nadie se atrevió.
Con su historia de mil batallas y fragores incandescentes en la piel, asumió la legítima naturaleza de la existencia.
La comprensión de lo insensato.
Agotó la aventura para replegarse a la realidad.
No más estrépitos ni heroísmos.
No más muertes por espejismos o ensueños.
Solo el esfuerzo imprescindible para la contemplación rutinaria de lo vital, de lo que subyace y apenas queda.
Esta ile de la cité, que fue ciudad y Estado, asumió también la expiación del hombre.
Se divorció del vértigo humano que alardea en los pueblos soberbios y violentos.
Se acercó a las bestias y a las plantas.
Y como sutil diferencia que impone la conciencia del ser a la creatividad, herramienta indescifrable para soportar el instante de transitoriedad terrestre.
Ella, que fue capaz de la revolución mayor, repleta de ideales, vio que su rostro volvía a contemplar las mismas inequidades.
Que su perspectiva nuevamente sucumbía ante el irrefrenable sueño de trepar hacia el poder de los demiurgos.
La París sosegada de hoy se asienta en la tolerancia de la nada.
En saber que toda victoria alimenta sórdidamente al supremo fracaso.
El inmenso espejo de París refleja el estoicismo de su esplendor.
Pero su gente no se mira en él, solo lo observa con el póstumo aliento que persiste del engreimiento humano, con la lumbrera de quien entiende que todo es vano.
París no está exhausta, sino profundamente lúcida.
Por eso, no alberga dudas ni incertidumbres.
Ofrece la real dimensión de la estatura pensante del hombre.
Sin ataduras ni ilusiones, no sueña, solo contempla.
Nadie más que ella tiene la historia a su alrededor, al alcance de los juicios y las tolerancias.
Ha soportado todos los sufrimientos hasta llegar a tolerar la tortura de ser célebre.
Su propio pasado inteligible le destronó las ansias de la conquista.
Baudelaire lo abrevia al infinito cuando en su poema «Heautontimoroumenos» padece «Soy
la herida y el puñal».
París ya no blande la osadía insana del guerrero, pero tampoco invoca el despojo en el alma que se encarna en los misticos.
Se halla cerca de la impasibilidad de los vagabundos.
De aquellos errantes que hacen valer el presente con tal intensidad como si fuese el último instante en que se vive.
Quizá porque saben que toda inanidad o el tiempo otorgado a las luchas tienen el mismo valor en el fin llamado designio.
El que conduce a la vacuidad del ser, a la perdición de la identidad más atesorada.
París ya no cree en fórmulas de sangre y conquistas.
De odios y religiones, paganismos o dioses, Ella, que supo de toda la grandeza se acurruca en la originalidad como el último indicio de la voluntad humana para dejar su impronta.
Apenas un trazo de desaliento para contrastar con la vigencia que nos maldice.
Para denunciar las simulaciones que los mortales, temerarios y toscos, utilizan sin remordimientos ni sabiduría.
París ya no piensa en venenos de hipocresía y procacidad.
Apenas cree en lo más ínfimo de la supervivencia.
Ella ha comprendido la dimensión de la injusticia a la que estamos sometidos por el ignorado veredicto de ser.
Todo en París tiene el color del hombre en la plenitud inteligente de su memoria y conciencia.
No ha extraviado su rumbo, tal vez por eso desvía su mirada del futuro.
Juzga que el devenir representa la caricatura del pasado.
Un eterno círculo para no aborrecer la vida, en el fingimiento de que podemos ser dueños de nuestras decisiones.
París no es melancólica ni triste.
Es apacible como la indiferencia.
Asume haber vivido las quimeras más disparatadas.
Aquellas en que el hombre no padecía asimetrías y paradójicamente podía ostentar la omnipotencia de los dioses.
Esta majestuosidad solo queda en la estructura que la yergue.
Cada travesía por sus calles es una evidencia del esplendor que hace sonrojar al más inmortal de los ciudadanos.
Aun en aquellos que todavía otean los vientos templarios para poder hacer flamear sus insignias y blasones.
París paladeó la efervescencia del triunfo y la esencia de la derrota en sus grados más extremos.
Cicatrices que no pasaron inadvertidas le ofrendaron la podredumbre a la que se somete el hombre cuando renuncia a su naturaleza, pero también le hicieron atesorar la clarividencia de comprender el equilibrio que lo contiene sin escrúpulos ni temores.
Saber de la inutilidad de perseguir al destino y amar el presente la salvó del despojo a que se somete la civilización en búsqueda del canto de los dioses.
Por eso París no está extenuada sino en el nivel más crítico de la inteligencia humana, al poder comprender la finitud de esta circunstancia más preciada.
Al vislumbrar que el conocimiento no nos asegura la identidad y que el tiempo sigue rigiendo el principio universal al que la historia del hombre pretendió evadir.
Paris ama al hombre que la franquea, al que se siente hermano de la nada y de aquella vivencia que como sabiduría máxima emerge de sus muros.
Asume la temporalidad sin esperas fantásticas.
No cree que el hombre sea su propio salvador ni que tampoco deba asumir el derrotero de los mitos.
Camino por el bulevar Saint-Germain, el que recorre la espina álgida de aquellos gritos encolumnados hacia la equidad.
Aún puedo presentir los ecos de su gran crónica, de sus huestes partiendo a la justa revolución, también el regreso de los guerreros con los ojos bajos desfilando ante sus propios monumentos y las miradas desvencijadas de los que se sintieron desposeídos en las caídas.
En este otoño incipiente el cielo es gris, pero no alberga tristezas o desalientos.
Tiene el tono necesario para detallar a los árboles de fuego, que van desprendiendo sus hojas ocres y cobrizas.
Su magnificencia está en el rastro de la historia.
Su honestidad de pensamiento en los ojos que al pasar contemplan el punto cierto de estas hojas entre el ser y el olvido.
-Dr.Jorge Carlos Trainini (*)-De “Un escultor llamado tiempo”
Arte: Gustavo Hochman©
El tiempo presente -sostén de la conciencia y, por ende, de nuestra existencia— es el que nos permite la desintegración del ayer en la hipótesis del mañana.
La trascendencia se manifiesta en cada instante, pero en la necesidad de ocuparla abandonamos la divagación de la eternidad a la burda tolerancia de la imaginación.
La conciencia establece la continuidad del yo, pero vivimos en el momento instantáneo.
La historia es una necesidad de la conciencia aturdida; el día después, la utopía.
La eternidad es una perpetua creación, su esencia se mantiene si puede asimilar las transformaciones.
Desde el punto de vista material, esta situación es intrascendente.
La introducción de la conciencia, en cambio, aporta una idea fundamental al establecer que el presente es lo único de lo que disponemos como hecho existencial, es el tiempo real, los demás son utópicos por ser inalcanzables.
El ser existe en el mismo tiempo en el que es, no puede hacerlo fuera de él.
Este concepto no se halla cincelado por el fatalismo, sino por la única herramienta que nos permite conocernos a nosotros mismos dentro de lo natural infinito, la conciencia.
Esta interpretación debe ser llevada al extremo de su sentido racional para no considerar al hombre como un abúlico juguete de Hades, del azar o de los dioses, restituyendo la antigua cooperación con lo místico.
Más allá de evitar encadenarse a un orden pretendidamente superior, esta reflexión debe ser una aceptación del hombre desprovista de predeterminismo y basada únicamente en el alcance de la razón y la fe, en esencia, del nivel de conciencia que atesora.
(*) JORGE CARLOS TRAININI
Cirujano cardiovascular.
Doctor en Medicina.
Miembro de la Academia Nacional de Cirugía.
Exdirector ejecutivo del Hospital Presidente Perón, creador y exjefe del Servicio de Cirugía Cardíaca de ese mismo hospital.
Exdirector del Consejo de Cirugía Cardíaca de la Sociedad Argentina de Cardiología.
Expresidente del Colegio de Cirujanos Cardiovasculares.
Expresidente de la Comisión de Investigación de la Provincia de Buenos Aires.
Director del Laboratorio de Investigación Cardiológica (Universidad Nacional de Avellaneda, Argentina).
Exdirector de la Revista de Cirujanos Cardiovasculares.
Exdirector asociado y actual miembro del Comité Editorial de la Revista Argentina de Cardiología.
Ha recibido 14 premios nacionales e internacionales de la especialidad y ha publicado 350 trabajos científicos internacionalmente y 23 libros.
Miembro titular de la Sociedad Francesa de Cirugía Cardiovascular.
Ciudadano ilustre de la ciudad de Avellaneda (Buenos Aires) y de la ciudad de Laboulaye (Córdoba) por el desarrollo de la cirugía cardíaca en hospital público.
Integrante del grupo humanitario de las Naciones Unidas (Egipto). Profesor Honorario de la Universidad de Avellaneda.
En Espacio Origen Recoleta tenemos el privilegio que el Dr. Trainini atienda.

Arte: Gustavo Hochman©




















































