En 1942, los nazis creyeron haber borrado a Viktor Frankl.

Le quitaron el abrigo.
Le afeitaron la cabeza.
Le tatuaron un número.
Quemaron el manuscrito donde había escrito el trabajo de toda su vida.

Para ellos, ya no era un médico ni un pensador.
Era solo el prisionero 119.104.

No sabían que, al despojarlo de todo, estaban a punto de entregarle el descubrimiento más profundo de su existencia.

Antes de eso, Frankl había tenido una salida. Una visa para Estados Unidos. Salvación segura. Pero solo para él. Sus padres ancianos quedaban atrás. En el escritorio de su padre encontró un fragmento de mármol rescatado de una sinagoga destruida. Un solo mandamiento grabado: Honra a tu padre y a tu madre. Dejó vencer la visa. Se quedó. Y el destino llamó a la puerta.

Theresienstadt. Auschwitz. Dachau.
Hambre. Frío. Golpes. Muerte cotidiana.

Como psiquiatra, Frankl observó algo inquietante: no siempre morían primero los más débiles. Muchos hombres fuertes se rendían en silencio. Dejaban de cuidarse. Dejaban de moverse. Y cuando fumaban sus propios cigarrillos —la moneda del campo— era la señal final. En dos días, estaban muertos.

No morían solo de hambre.
Morían porque habían perdido el sentido.

Frankl recordó una frase de Nietzsche: «Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.»
Y decidió resistir de una forma invisible.

Mientras marchaba con zapatos rotos sobre la nieve, su mente no estaba allí. Daba conferencias imaginarias. Reescribía mentalmente el libro que habían quemado. Pensaba en su esposa Tilly, sin saber si estaba viva, y convertía ese amor en refugio.

También ayudó a otros. Les hacía una sola pregunta:
“¿Qué te espera afuera?”

Un hijo. Un libro sin terminar. Una vida inconclusa.
A veces, eso bastaba para sobrevivir un día más.

En 1945, fue liberado. Pesaba poco más de 38 kilos. Entonces llegó la noticia final: su esposa, sus padres y su hermano habían muerto. Estaba solo.

Y fue ahí cuando escribió.

En nueve días volcó todo en papel. Dolor, observación, esperanza. Así nació «El hombre en busca de sentido«. No pensó en fama. Quiso publicarlo incluso sin su nombre. El mundo, decían algunos editores, no quería recordar.

El mundo terminó necesitándolo.

Millones de lectores encontraron en ese libro una razón para levantarse, para continuar, para elegir. Hoy es uno de los textos más influyentes del siglo XX.

Viktor Frankl demostró algo que nadie pudo arrebatarle:

A una persona pueden quitarle todo…
excepto una cosa.

La libertad de elegir su actitud frente a cualquier circunstancia.
La libertad de decidir quién es, incluso en el abismo.

Los nazis intentaron reducirlo a un número.
Él convirtió el sufrimiento en significado.
Y nos dejó una verdad que aún sostiene a millones

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