
Habían fijado el 29 de junio como el día de la boda.
Sus dos amigas llegaron a la rectoría de Haworth la víspera; y Charlotte pasó la larga tarde de verano haciendo todos los preparativos para el día siguiente y para que su padre estuviera bien durante su ausencia.
Cuando estuvo todo preparado —hecho el equipaje, organizado todo para el desayuno del día siguiente, el vestido denovia dispuesto—, justo a la hora de acostarse, el señor Brontë anunció su intención de quedarse en casa mientras los demás iban a la iglesia.
¿Qué iban a hacer? ¿Quién entregaría a la novia?
Sólo iban a asistir el clérigo que oficiaría la ceremonia, la novia y el novio, la dama de honor y la señorita Wooler.
Consultaron el devocionario y vieron que la norma litúrgica era que el ministro oficiante «recibiera a la mujer de manos del padre o de un amigo», pero no especificaba nada en cuanto al sexo del «amigo».
Así que la señorita Wooler, siempre dispuesta a ayudar cuando hacía falta, se ofreció a entregar a su antigua alumna.
La noticia de la boda de Charlotte se había divulgado antes de que el pequeño grupo saliera de la iglesia y muchos viejos y humildes amigos acudieron y la vieron «como una campanilla de invierno», según dicen ellos.
Su traje era de muselina blanca bordada, con mantilla de encaje y gorrito blanco adornado con hojas verdes, lo que quizá sugiriera el parecido con la pálida flor invernal.
El señor Nicholls y Charlotte fueron a visitar a los parientes y amigos de él a Irlanda; recorrieron Killarney, Glengariff, Tarbert, Tralee y Cork, vieron el paisaje, del que ella dice:
«Algunos lugares superaban todo lo que yo siempre había imaginado […] He de decir que me agradan mis nuevos parientes. También mi amado esposo aparece a una nueva luz en su país. Más de una vez he sentido un profundo placer oyendo cómo le alababan en todos los aspectos. Algunos de los viejos criados y amigos de la familia me dicen que soy muy afortunada porque he conseguido a uno de los mejores caballeros del país […] Espero que agradezca lo suficiente a Dios por haberme permitido tomar la que me parece una elección acertada; y rezo para que me permita corresponder como debiera a la cariñosa devoción de un hombre sincero y honorable.»
A partir de entonces, las sagradas puertas del hogar en que transcurrió su vida conyugal están cerradas.
Nosotros, sus buenos amigos, nos quedamos fuera, y sólo captamos algún que otro atisbo de alegría y los sonidos de gratos y pacíficos susurros que nos indican el gozo del interior.
Nos miramos unos a otros y dijimos con dulzura:
«¡Después de una lucha larga y difícil, después de tantas preocupaciones y amarguras, está probando la felicidad!».
Pensamos en los ligeros rigores de su carácter y cómo se convirtieron en plena dulzura en el resplandor sereno de la paz doméstica.
Recordamos sus pruebas y nos complacimos con la idea de que Dios hubiera creído adecuado secar las lágrimas de sus ojos.
Quienes la vieron, advirtieron un cambio exterior en su aspecto que indicaba cosas interiores.
Y pensamos y esperamos y vaticinamos con gran amor y veneración.
¡Pero los designios de Dios no son como los nuestros!
Siempre me ha impresionado mucho un pasaje de la vida de Goldsmith escrita por el señor Forster.
Hablando de la escena después de su muerte, escribe:
«Cuentan que las escaleras de Brick Court se llenaron de dolientes, que no eran familiares; mujeres sin hogar y sin domesticidad de ninguna clase, sin ningún amigo más que aquel a quien habían ido a llorar; parias de aquella ciudad maligna, grande y solitaria, con quienes él había sido siempre bondadoso y caritativo.
Cuando me hablaron del funeral de Charlotte, me vinieron esas palabras a la mente.
Pocos más allá del círculo de colinas supieron que ella, a quien las naciones remotas alababan, yacía muerta aquella mañana de Pascua.
Tenía más familiares y amigos en la tumba a la que pronto sería transportada que entre los vivos.
Los dos dolientes, anonadados por su gran dolor, no deseaban la condolencia de los extraños.
Asistió al entierro una persona de casi todas las familias de la parroquia; y en muchas casas pobres fue un acto de abnegación ceder a otro el privilegio de acudir a rendirle el último homenaje; y quienes quedaron excluidos del cortejo fúnebre formal abarrotaron el cementerio y la iglesia para ver cómo transportaban y depositaban junto a los suyos a Charlotte, a quien habían visto pocos meses antes como una novia blanca y pálida iniciar una vida nueva con temblorosa esperanza de dicha.
Entre los humildes amigos que lloraron su muerte había una muchacha del pueblo que había sido seducida poco antes pero que había encontrado una hermana espiritual en Charlotte.
Ella le había brindado su apoyo, su consejo, sus palabras alentadoras; se había ocupado de sus necesidades en su momento de apuro.
Amargo, muy amargo fue el dolor de aquella pobre joven cuando supo que su amiga había muerto, y profundo sigue siendo su duelo.

Una joven ciega, que vivía a más de seis kilómetros de Haworth, amaba a la señora Nicholls tanto que con grandes gritos y súplicas imploró a quienes estaban junto a ella que la guiaran por los caminos y los
senderos de los páramos para poder oír las últimas palabras solemnes:
«La tierra vuelve a la tierra, las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo, con la esperanza firme de resucitar a la vida eterna, por Jesucristo nuestro Señor».
Ésos fueron los que lloraron junto a la tumba de Charlotte Brontë.
Tengo poco más que añadir.
Alguien que la conoció bien y durante mucho tiempo (la Mary de esta Vida), escribe así de su querida amiga:
«Tenía en mucho el deber, sus ideas del mismo eran más elevadas y claras que las de la mayoría de la gente, y se atenía a ellas con más éxito.
Y me parece que lo conseguía con mucha más dificultad de la que tienen personas de mayor vigor y mejor fortuna.
Toda su vida fue sólo dolor y trabajo; y nunca tiró la carga por el placer del momento.
No sé qué podrá sacar usted de cuanto he dicho.
Lo he escrito con el firme deseo de conseguir que se la aprecie.
Sin embargo, ¿qué importa eso?
Ella misma apeló al juicio del mundo por el empleo de algunas de las facultades que tenía, no las mejores, pero aun así las únicas que podía emplear en beneficio de los extraños.
Ellos disfrutaron con emoción y avidez de los frutos de sus esfuerzos y luego descubrieron que era muy culpable de poseer tales facultades
. ¿Por qué pedir un juicio sobre ella a ese mundo?»
-Elizabeth Gaskell, «The Life of Charlotte Brontë»

