
En el verano de 1897, el joven poeta Rainer Maria Rilke escribió con pasión y devoción a la mujer que había cautivado su alma:
«De todo lo bello, vienes tú hacia mí. Tú, mi brisa de primavera. Tú, mi lluvia de verano. Tú, mi noche de junio con mil caminos, donde nadie ha dejado sus huellas antes que yo…».
Estas palabras fueron dirigidas a Lou Andreas-Salomé, una mujer que, desde su nacimiento en San Petersburgo el 12 de febrero de 1861, desafió los límites impuestos por la sociedad a las mujeres de su tiempo.
Hija del general Gustav von Salomé y de Louise Wilm von Salomé, Lou creció en un entorno de privilegio económico, pero también de exigencias y normas estrictas.
Era la única hija entre seis hermanos y tenía una relación cercana con su padre, quien la llamaba Ljola, aunque con su madre mantenía un vínculo frío y distante.
Su espíritu libre y su brillante intelecto fueron moldeados por su educación, influenciada por grandes pensadores como Kant, Kierkegaard, Leibniz y Spinoza, a quienes conoció a través del sacerdote protestante Henrik Gillot, su tutor y primer gran desencanto amoroso.
Gillot, a pesar de estar casado y tener hijos de su edad, le propuso matrimonio, lo que llevó a Lou a tomar una firme decisión: renunciar al amor romántico y a toda experiencia sexual.
Tras la muerte de su padre, su madre la acompañó a Zúrich para estudiar Teología, pero su frágil salud la obligó a trasladarse a Roma, donde encontró un ambiente intelectual vibrante en la casa de la escritora Malwida von Meyesenbug.
Fue allí donde conoció a Paul Rée y Friedrich Nietzsche, dos filósofos que se sintieron fascinados por su intelecto y su independencia.
Aunque ambos le propusieron matrimonio, Lou rechazó a los dos, prefiriendo una relación intelectual por encima del compromiso romántico.
En 1887, Lou se casó con Friedrich Carl Andreas, un médico y lingüista alemán, después de que este amenazara con quitarse la vida frente a ella.
Sin embargo, su matrimonio estuvo marcado por la ausencia total de contacto íntimo.
Su vida continuó siendo un viaje constante por Europa, siempre regresando a su punto de referencia en Gotinga, Alemania.
En su camino se cruzó Rainer Maria Rilke, un joven poeta al que tomó bajo su protección, guiándolo en su desarrollo literario y amándolo de una manera única.
A pesar de la diferencia de edad, vivieron un romance intenso que perduró hasta 1900.
Rainer Maria Rilke y Lou Andreas-Salomé se conocieron a petición del poeta el 15 de mayo de 1897.
Él tenía 21 años y era un poeta joven, algo inmaduro y lleno de angustias.
Ella tenía 36, era una intelectual consagrada que ya había cautivado a Nietzsche y era una mujer de una independencia feroz.
El poeta acabó por enamorarse de ella; por suerte para Rainer, fue correspondido por Andreas-Salomé, si bien el juego del amor se desarrolló a la manera de la escritora: una relación intensa, explosiva, pero también efímera.
Lou no solo fue su amante, también su guía.
Fue ella quien le sugirió cambiar su nombre de “René” —que consideraba demasiado afrancesado y débil— por Rainer, dándole una identidad más fuerte y con un sonido más elegante, más germánico.
También influyó en su caligrafía, ayudándole a pasar de un trazo ilegible a uno claro y lleno de decisión.
El momento más álgido de su relación fue durante su viaje a Rusia entre los años 1899 y 1900, donde tuvieron la oportunidad de visitar al viejo profeta Lev Tolstói, del que Salomé diría: «un hombre sencillo, que vivía en su casa como si fuera un extraño».
En Rusia, Rilke tuvo una revelación espiritual que influiría en su poesía: la “patria interior”, constituida por ese sentimiento de lo sagrado en las cosas sencillas.
El libro de las horas es hijo del romance entre ellos; es ahí donde se leen estrofas llenas de fervor amoroso por parte de Rainer:
«Apágame los ojos, y te seguiré viendo,
cierra mis oídos, y te seguiré oyendo,
sin pies te seguiré,
sin boca continuaré invocándote.
Arráncame los brazos, te estrechará
mi corazón, como una mano.
Párame el corazón, y latirá mi mente.
Lanza mi mente al fuego
y seguiré llevándote en la sangre.»
Lou corresponde a tan encrespado amor con un no menor fervoroso conjunto de líneas:
«Si durante años fui tu mujer, fue porque tú fuiste para mí una realidad que descubría por primera vez: cuerpo y alma, indiferenciables de cualquier otra. Palabra por palabra habría podido confesarte lo que tú me dijiste al confesar tu amor: “Sólo tú eres real”. Así nos convertimos en esposos aun antes de habernos hecho amigos, y nuestra amistad apenas si fue elegida, sino que vino de bodas igualmente subterráneas. No se buscaban en nosotros dos mitades: nos reconocimos, con un escalofrío, en la abrumadora totalidad. Y así fuimos hermanos, pero como de tiempos remotos, antes de que el incesto se convirtiera en sacrilegio».
El romance físico duró apenas tres años, desde 1897 hasta 1900, pero su relación se transformó en una amistad profunda y necesaria que duró hasta la muerte de Rilke en 1926.
Lou, que más tarde se convertiría en discípula de Sigmund Freud, actuó como una especie de terapeuta para Rilke, ayudándole a navegar sus crisis depresivas y sus bloqueos creativos.
Fue ella quien le enseñó a mirar el mundo con objetividad, una lección que daría fruto años después en sus Elegías de Duino.
Freud diría de ella: «Fue la musa y la madre atenta del gran poeta».
Al final, cuando Lou decidió terminar la relación amorosa porque Rilke empezaba a depender emocionalmente de ella, él sufrió intensamente la ruptura, pero esa herida alimentó su poesía.
Muchos críticos ven en este dolor la semilla de su madurez poética.
Si hoy podemos apreciar la belleza en la poesía de Rainer Maria Rilke, podemos decir con seguridad que le debemos mucho a su musa: Lou Andreas-Salomé.
Más tarde, tras la muerte de Paul Rée en 1902, Lou cayó en una profunda depresión, momento en el que encontró consuelo en el médico internista Pineles y, posteriormente, en el psiquiatra Poul Bjerre, quien la introdujo en el mundo del psicoanálisis.
Fue en el III Congreso Psicoanalítico Internacional en 1911 donde conoció a Sigmund Freud, con quien estableció una relación de profunda admiración y respeto mutuo.
Lou se convirtió en la primera mujer en ser aceptada en el círculo psicoanalítico de Viena y comenzó a ejercer como psicoanalista en su consulta en Gotinga.
Su trabajo en torno a la sexualidad y el narcisismo femeninos influyó incluso en Freud y sigue siendo relevante en el estudio del psicoanálisis hasta la actualidad.
A lo largo de su vida, Lou Andreas-Salomé escribió más de 20 libros, ensayos y poemas, abordando temas que iban desde la psicología hasta la filosofía y la literatura.
Fue una mujer que desafió las convenciones de su tiempo, negándose a encajar en los roles impuestos por la sociedad.
Su legado es el de una pensadora incansable, una escritora brillante y una mujer cuya libertad e independencia marcaron un camino para generaciones futuras.
Falleció en febrero de 1937, dejando tras de sí una vida extraordinaria y un legado que sigue inspirando a quienes buscan su propio espacio en el mundo.
Lou Andreas-Salomé fue, y sigue siendo, un símbolo de intelecto, independencia y valentía en la historia del pensamiento y la cultura occidental.
Aquí la película completa doblada en español de esta vida extraordinaria:
