.Auden dedica un poema a Yeats

poema dedicatoria

La trayectoria de un poeta está refractada en la misma obra.

Allí se encuentra signada toda su experiencia decantada en escritura, con cada uno de los artificios combinatorios heredados y las innovaciones propuestas por el autor.

Cuando sucede esto es que una poética se ha convertido en “continente”.

Esa voz es ineludible y se instala en la tradición, también en el relato de los escritores emergentes, sea como reconocimiento (y absorción) o réplica; pero ahí se halla operando desde su propio pasado y en el tiempo-ahora, acorde a la angustia de la influencia.

Jorge Luis Borges cita a William Butler Yeats en el texto “Irlanda”, en su libro Atlas, en coautoría con María Kodama.

Pero quizás quien más abiertamente lo homenajea es Wystan Hugh Auden cuando dedica un poema suyo a la memoria de W. B. Yeats.

(Tomado de la Web)

 

“In Memory of W. B. YEATS (d. Jan. 1939)”

1

He disappeared in the dead of winter:

The brooks were frozen, the air-ports almost deserted,

And snow disfigured the public statues;

The mercury sank in the mouth of the dying day.

O all the instruments agree

The day of his death was a dark cold day.

Far from his illness

The wolves ron on through the evergreen forests,

The peasant river was untempted by the fashionable quays;

By mourning tongues

The death of the poet was kept from his poems.

But for him it was his last afternoon as himself,

An afternoon of nurses and rumours;

The provinces of his body revolted,

The squares of his mind were empty,

Silence invaded the suburbs,

The current of his feeling failed: he became his admirers.

Now he is scattered among a hundred cities

And wholly given over to unfamiliar affections;

To find his happiness in another kind of wood

And be punished under a foreign code of conscience.

The words of a dead man

Are modified in the guts of the living.

But in the importance and noise of tomorrow

When the brokers are roaring like beasts on the floor of the Bourse,

And the poor have the sufferings to which they are fairly accustomed

And each in the cell of himself is almost convinced of his freedom;

A few thousand will think of this day

As one thinks of a day when one did something slightly unusual.

O all the instruments agree

The day of his death was a dark cold day.

2

You were silly like us: your gift survived it all;

The parish of rich women, physical decay,

Yourself; mad Ireland hurt you into poetry.

Now Ireland has her madness and her weather still,

For poetry makes nothing happen: it survives

In the valley of its saying where executives

Would never want to tamper; it flows south

From ranches of isolation and the busy griefs,

Raw towns that we believe and die in; it survives,

A way of happening, a mouth.

3

Earth, receive an honoured guest;

William Yeats is laid to rest:

Let the Irish vessel lie

Emptied of its poetry.

In the nightmare of the dark

All the dogs of Europe bark,

And the living nations watt,

Each sequestered in its hate;

Intellectual disgrace

Stares from every human face,

And the seas of pity lie

Locked and frozen in each eye.

Follow, poet, follow right

To the bottom of the night,

With your unconstraining voice

Still persuade us to rejoice;

With the farming of a verse

Make a vineyard of the curse,

Sing of human unsuccess

In a rapture of distress;

In the deserts of the heart

Let the healing fountain start,

In the prison of his days

Teach the free man how to praise.

“En memoria de W. B. Yeats (muerto en enero de 1939)”

1

Desapareció en lo más crudo del invierno;

helados los arroyos, casi vacíos los aeropuertos;

desfiguraba la nieve las estatuas públicas;

se hundió el mercurio en las fauces del moribundo día.

Los pocos instrumentos que tenemos confirman

que el día de su muerte fue muy oscuro y frío.

Lejos de su enfermedad

rondaban los lobos el bosque siempre verde;

el campesino río no se tentaba con muelles elegantes;

las lenguas enlutadas

ocultaron al verso la muerte del poeta.

Para él fue la última tarde como él mismo,

una tarde de enfermeras y rumores;

se rebelaron las provincias de su cuerpo,

se vaciaron las plazas de su mente,

el silencio invadió los suburbios,

falló la corriente de sus sensaciones

y se fundió el poeta en sus admiradores.

Ahora está desparramado en cien ciudades,

dado por entero a desconocidos afectos;

deberá ser feliz en un bosque distinto

y ser castigado por un código ajeno de conciencia.

Las palabras de un muerto

se modifican en las entrañas de los vivos.

Pero en la importancia del ruido del mañana

cuando los agentes rujan como bestias en la Bolsa

y los pobres sigan con su sufrimiento acostumbrado,

y cada cual en su prisión casi se convenza de que es libre,

unos pocos millares pensarán en este día

como se piensa en un día en que se hizo algo apenas desusado.

Los pocos instrumentos que tenemos confirman

que el día de su muerte fue muy oscuro y frío.

2

Fuiste, como nosotros, un tonto; tu talento supo sobreponerse a todo:

la parroquia de mujeres ricas, el deterioro físico,

a ti mismo. La loca Irlanda te hirió, y tú hiciste poesía de tu herida.

Ahora Irlanda sigue con su misma locura y con su mismo clima,

porque la poesía no hace que sucedan cosas; sobrevive

en el valle que ella misma se crea, donde los ejecutivos

no se aventurarían; sigue fluyendo al sur

desde chozas de soledad y atareados dolores,

por las toscas ciudades en que nacemos y morimos; sobrevive

como forma de acontecer, como una boca.

3

Tierra, recibe a un huésped honorable:

bajan a William Yeats a su descanso eterno.

Que la urna irlandesa quede vacía de poesía.

El tiempo que es intolerante

con el audaz y el inocente,

y en solo una semana indiferente

ante un hermoso físico,

adora los idiomas y perdona

a quienes les dan vida;

perdona vanidades, cobardías,

y pone sus honores a sus pies.

El tiempo que con esta extraña excusa

perdonó a Kipling sus ideas,

y habrá de perdonar a Paul Claudel,

perdona a los que escriben bien.

En la pesadilla de la oscuridad

ladran los perros de Europa,

y esperan las naciones vivas,

cada cual secuestrada en su rencor;

la desgracia intelectual

clava los ojos desde el humano rostro,

y en la mirada yacen congelados

los mares de la lástima.

Sigue tu senda, poeta,

hasta el fondo de la noche;

con tu voz inconstreñible

convéncenos de la necesidad del regocijo;

con el cultivo de un verso

convierte la maldición en un huerto;

cántale al fracaso humano

en un rapto de aflicción;

en el corazón desierto

deja que surja la curativa fuente.

En la prisión de sus días

enséñale a alabar al hombre libre.

(De las traducciones de Rolando Costa Picazo y J.R.Wilcock)

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