.el Lenguaje de las Flores

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Antaño las flores, entre sus numerosos encantos, tenían la tarea de transmitir sutiles mensajes amorosos, pero en la prisa del siglo XX este arte se ha convertido en una lengua muerta. No creo que convenga resucitarla. Es como el sánscrito, no hay con quien hablarlo. Por si el lector o la lectora de estas páginas es proclive a desvarios, dedico aquí unos párrafos al lenguaje de las flores. Mi experiencia es que en el mundo occidental no vale la pena afanarse con detalles tan delicados como éste, porque las más de las veces pasan totalmente desapercibidos. Los métodos drásticos dan mejores resultados. La simbología de las flores alcanzó su apogeo a mediados del siglo XIX, en tiempos de la reina Victoria en Inglaterra, pero no tuvo allí su origen, sino en Turquía, donde se utilizaba para enviar mensajes amorosos cifrados en el harén. Lady Mary Wortley Montagu, quien vivió en ese país de 1716 a 1718 como esposa del embajador británico, introdujo el lenguaje de las flores en Inglaterra. Allí se desarrolló en las décadas posteriores hasta convertirse en una epidemia romántica tan sofisticada, que era posible mantener una larga correspondencia sin una sola palabra escrita usando diversas combinaciones en un ramo. Las damas ponían gran cuidado en la elección del papel para sus esquelas, porque incluso las flores pintadas podían contener intenciones. Un pañuelo bordado con pensamientos era indicación de que ella nunca olvidaría al enamorado, con rosas, una promesa de amor. Si la aguja creaba con maestría la flor del membrillo, el destinatario podía considerarse afortunado, porque indicaba fidelidad total para el resto de la vida. Se llegó al punto de que la orientación del lazo en un ramo determinaba si los sentimientos se referían al donante o al receptor; la mano con la cual se presentaba o aceptaba la oferta cambiaba el designio, así como el lugar del cuerpo escogido por la mujer para lucirlas: mientras más cerca del corazón, más receptividad al amor. De allí proviene la tradición de regalar orquídeas antes de una fiesta; la dama elige el lugar donde prenderla, ya sea en la cadera, la cintura, el cabello o el pecho. Es una costumbre abominable: no hay vestido que luzca bien con ese adefesio encima. Si las flores se entregaban o se recibían invertidas, con los tallos hacia arriba, el sentido era completamente opuesto. Así, si un galán se presentaba con un ramo de tulipanes con un lazo a la izquierda, que significan declaración de amor, y ella lo devolvía con las flores hacia abajo, no había ni la menor esperanza para el pretendiente: el rechazo era inapelable. No en todos los casos era tan dramática la interpretación, dependía del tipo de flores. Las anémonas, por ejemplo, representan olvido, pero un ramo cabeza abajo no se traducía como añoranza, y un jacinto, que desde los tiempos de la mitología griega habla de dolor, o una caléndula, que también encarna el sufrimiento, no se convertían en júbilo. Pero ya nadie tiene tiempo para tales enredos y suponemos que si usted ha alcanzado la etapa de cocinar afrodisíacos para su pareja, no importa con cuál mano entregue la rosa roja ni donde decida prenderse la camelia. Bastan unas nociones básicas: el color rojo anuncia pasión, el blanco pureza, el rosado ternura, el amarillo olvido, el morado modestia (pero ahora también es el color de las feministas). Para un Victoriano hubiera sido una torpeza regalar flores amarillas a quien deseaba conquistar, sin embargo hoy las flores son tan costosas que apreciamos el gesto sin fijarnos en detalles. Todavía me acuerdo emocionada de la última vez que alguien me trajo flores: un sediento girasol envuelto en papel de periódico en manos de mi nieto de cinco años. Las margaritas silvestres, que deshojábamos en la infancia para descubrir si el pelirrojo que vivía en la esquina nos amaba, significan inocencia. Antes se creía que estas humildes flores, bebidas con regularidad, podían amansar la locura triste y rehacer los espíritus dispersos. El narciso es, lógicamente, la flor de la vanidad y el egoísmo. Obtiene su nombre de la leyenda griega de Narciso, un pastor enamorado de su propio reflejo en el agua, quien murió ahogado al tratar de besarlo. Además de presumido, tonto. La amapola —flor del opio— significa alivio al dolor, placer temporal, consuelo de corto aliento, pero para los ingleses también representa, por su color, la sangre de los caídos en la guerra. Los geranios, que rara vez se incluyen en un ramo por su olor amargo, según el color indican tristeza, desilusión, consuelo y otros sentimientos más bien inútiles. El helio-tropo, cuyo nombre en griego significa “con la cabeza vuelta hacia el sol”, proclama sinceridad y devoción en el amor; se regala como promesa o alegato de fidelidad en caso de ser sorprendido en pasos sospechosos. Los lirios anuncian un mensaje. Esta flor es interesante, en algunas culturas del Medio Oriente y el Mediterráneo se asocia por su forma con los genitales femeninos, tal como ocurre con la orquídea, pero también es la flor de la pureza, de la Virgen María y del emblema de Francia (Fleur-de-lis). La flor de la lavanda se interpreta como desconfianza. Las violetas y los jazmines, cuyos aromas poseen tales virtudes afrodisíacas —sobre todo por la noche— que pueden convertir a la más virtuosa de las doncellas en insaciable ninfómana, en el lenguaje de las flores simbolizan modestia las primeras y elegancia, discreción y gracia las segundas. También el olor del nardo es irresistible para las mujeres, aunque resulta nauseabundo para la mayoría de los hombres. Las lilas representan humildad, pero desde el Renacimiento se le atribuyen a estas flores el poder de excitar a los varones; yo las tuve en mi jardín por años y jamás supe que por culpa de ellas el cartero albergara intenciones lascivas… Para los Victorianos, incapaces de admitir pensamientos lujuriosos ante una dama, las lilas indicaban también la primera aproximación al amor; eran una forma de tantear el terreno antes de una declaración más explícita, que bien podía consistir en un ramo de rosas blancas, pureza, seguido de inmediato por otro de rosas rojas, amor. Nunca juntas, porque denotaban separación y muerte, como los destinos de Tristán e Isolda o Romeo y Julieta. Por último, después de formalizar el noviazgo, si el pretendiente era muy atrevido podía ofrecer a la muchacha ramas floridas de almendro para expresar sin ambajes su exaltada pasión. Según el lenguaje clásico de las flores, el nomeolvides significa amor verdadero y recuerdo. Cuenta una leyenda austríaca que dos enamorados caminaban a lo largo del Danubio, cuando la muchacha (caprichosa, evidentemente) vio una pequeña flor azul flotando en el agua y quiso tenerla de inmediato. El joven se lanzó al río para buscarla, pero lo atrapó la corriente y empezó a ahogarse. Con sus últimas fuerzas alcanzó la flor y se la lanzó a su novia diciéndole “no me olvides”. Para mí, sin embargo, siempre será la flor del exilio. Cuando me tocó en suerte abandonar mi país, después del golpe militar de 1973, pude llevar muy pocas cosas conmigo. En Chile quedaron mi abuelo, mi suegra —a quien amaba con rara devoción—, mis amigos, los recuerdos de familia y el paisaje incomparable de mi patria. Como la mujer de Lot al escapar de Sodoma, la consigna fue no mirar hacia atrás, pero ¿quién puede dejar la casa donde nacieron sus hijos sin darle una última mirada? No sabía aún que cortaba de un brutal hachazo mis raíces, que iría secándome como un árbol mutilado y que sólo un incansable ejercicio de la memoria impediría que, como la mujer de Lot, me convirtiera en estatua de sal. En el fondo de la maleta llevaba una bolsa con tierra de mi jardín, con la intención de plantar un nomeolvides en ese país desconocido donde debía comenzar otro destino. No me olvides, ruega quien se va… Por eso escogí aquella flor delicada para simbolizar mi exilio, por su nombre y nada más. Pero no prosperó en el clima exuberante del Caribe y aquel nomeolvides se fue muriendo de a poco, a medida que crecía mi nostalgia.

Isabel Allende-Afrodita

4 pensamientos en “.el Lenguaje de las Flores

  1. Muy bonita entrada, escrita con desenvoltura y solvencia, y, quizás, con un halo de nostalgia porque, al fin y al cabo, se trata de algo perdido, “un lenguaje” de las flores, que tuvo sus días de gloria.
    Enlazada esta pérdida magistralmente con otra pérdida personal, la de la patria chica; ese sentirse arrancado violentamente y sacudidas sus raíces, que intenta mitigar con una transposición poética y sentimental, con ese puñado de tierra y la pequeña plantita nomeolvides que desgraciadamente no medra en su nuevo hábitat en el que se habla otro lenguaje, lenguaje de húmedo calor sin estaciones. En uno y otro caso, sin descartar la legítima nostalgia por la pérdida o por el desarraigo, no se pierde lo esencial, sólo lo coyuntural, aunque esto de por sí sea ya duro. Las flores no pierden su lenguaje esencial, como tampoco esta persona su vida esencial.
    Costumbre muy antigua del hombre clasificar de forma convencional las cosas que le rodean para dejar claro que están a su servicio, que manda sobre ellas, y, sin ellas saberlo, deben cumplir obedientes esa función, como en el caso de las flores y su lenguaje. He dicho más arriba que se ha perdido “un lenguaje” de las flores, un bien cultural, pero no se ha perdido “su lenguaje”. El lenguaje de las flores es, en mi opinión, mucho más universal, mucho más natural e intuitivo, en una constante interacción, quizás subconsciente con nuestros sentidos, que, como paisaje y prolongación de nuestra individualidad, también la conforma, modifica y embellece interiormente. Escojamos un solo atributo de las flores, de los innumerables que poseen para “decirnos cosas”, el color, que por encima de cualquier convencionalismo, puede influenciar estados de ánimo o crear predisposiciones inconscientes. Nuevamente el hombre, en su afán primero de saber, luego de clasificar y estructurar, estudia la psicología del color, estudia cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón (Eva Heller).
    Estableciendo una analogía con otro convencionalismo muy al uso, el de la astrología, el socorrido Horóscopo, yo prefiero que me hablen las constelaciones o las estrellas con toda su libertad, sabiendo que me influyen, aunque no sepa la manera, que me sorprendan, aunque pueda no entenderlas, a los patrones o clichés astrológicos de los signos del Zodíaco, que, como siempre, por el temor a lo desconocido, establecen una convención gratuita intentando domesticar nada menos que al Universo.
    Dejemos que las flores nos hablen y nos sorprendan en su propio lenguaje, aunque siga siendo misterioso. Finalmente, aún sin darnos cuenta, sus colores, a través de la cámara oscura de nuestros ojos, se graban en una hermosa película que da apresto y calidez a nuestras estancias interiores.
    Ramón

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