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pasión súbita en el cielo porteño- (3)

 

¿En qué andaba el protagonista masculino? Una semana atrás se había encandilado con una señorita de Punta Arenas, Chile, que se sumaba a la relación que mantenía con una mujer alta y delgada con quien se lo veía bailar tango en el Armenonville de Palermo.
La llegada al puerto de Buenos Aires tuvo lugar en los primeros días de septiembre. El barco recién anclaba y se escuchó un hombre que gritaba: “¿Dónde está la viuda de Gómez Carrillo?”. Era el ministro de interior, Elpidio González, a quien el presidente había comisionado para trasladar a la ilustre invitada al hotel España, en Av. de Mayo y Tacuarí. En el camino, Elpidio le comentó que la revolución para derrocar al mandatario argentino era inminente y le aconsejaba que lo visitara al día siguiente. Así lo hizo.
Fué recibida de inmediato por el presidente de la República. En sus memorias, Consuelo Suncín evocó el encuentro: “Me dijo con una sonrisa que se hacía viejo, que apenas comía otra cosa que huevos frescos, y que por eso se había procurado buenas gallinas ponedoras que criaba en su casa”. Hablaron de la revolución que se avecinaba y de Gómez Carrillo. Se despidieron esperando encontrarse otra vez.
Crémieux invitó a Consuelo a un cóctel porque quería presentarle a Saint Exúpery. Fué demasiado insistente como para rechazarlo. Sin embargo, las charlas sobre el inminente golpe de Estado la aburrieron y al rato deseaba irse. Esquivando la vigilante mirada de su amigo celestino, la vigilante mirada de su amigo celestino, la pequeña dama se dirigió al guardarropas para tomar su abrigo. Ya se disponía a usarlo, cuando un grandote se lo sujetó y le dijo:
“-Ya se va usted y yo acabo de llegar. Quédese unos minutos…”
Así, Antoine de de Saint Exúpery apareció en la vida de Consuelo Suncín. Crémieux se apresuró a presentarlos.
Él insistía con llevarla a volar.
Ella respondía que no le gustaba.
Saint Ex no le soltaba el brazo a la frágil viuda y le hacía todo tipo de preguntas. Hasta que la salvadoreña, intentando terminar con el avance, dijo: “Me voy”.
Saint Exúpery restrucó: “Usted se viene a mi avión a ver el Río de la Plata desde las nubes!”.
Se hizo un silencio.
En ese momento eran el centro de atención de todos los asistentes del cóctel.
El aviador propuso llevar también a sus amigos.
Crémieux asintió, entre divertido y con culpa, debido a que estaría abandonando el cóctel que se hacía en su honor.
Media hora más tarde, partían rumbo al aeródromo de Don Torcuato. Llegaron a tiempo para volar en el atardecer de Buenos Aires. Saint Exúpery convenció a la agasajada de que se sentara en el puesto del copiloto. Crémieux, el pianista Viñes y un par de amigos más ocuparon los asientos de los pasajeros.
“Una pesada cortina de género -escribió Consuelo- nos separaba de la cabina. Espié sus manos, bellas manos inteligentes, nerviosas, finas y fuertes a la vez. Manos como las de Rafael. Revelaban su carácter. Despegamos. Los músculos de su cara se relajaron. La altura me taponaba los oídos y tenía ganas de bostezar. De repente, apagó los motores…”
Saint Ex soltó el timón, posó su mano sobre la rodilla de la copiloto y arrimó su mejilla a la boca de la sorprendida Consuelo.
“-¿Quiere besarme?
-Pero señor Saint Exúpery, usted sabe perfectamente que en mi país sólo se besa a alguien a quién se ama y cuando se lo conoce muy bien. Soy viuda hace muy poco, ¿cómo quiere que lo bese…?
-O me besa o nos vamos al agua…”
Este tipo de travesuras eran las típicas conductas de Saint Exúpery que le valieron ser alejado de los cielos de Francia por temor a que desencadenara una tragedia. En todo caso, si iba a mandarse una macana, que lo hiciera lejos de las cabezas de los franceses.
“-¿Es así como consigue que le besen las mujeres? Pues conmigo ese sistema no funciona. Estoy harta de este vuelo. Aterrice, por favor. Acabo de perder a mi marido y estoy triste.
-Comprendo, no me besa porque soy demasiado feo…”
Las defensas de la enamoradiza mujer cayeron en picada aquella tarde del 3 de septiembre de 1930.
Este gigantón que le llevaba más de una cabeza y que parecía dispuesto a todo, estaba haciendo puchero mientras el avión perdía altura. Continúa Consuelo:
“-Ví caer unas gotas de lágrimas desde sus ojos hasta su corbata y mi corazón se derritió de ternura. Me incliné hacia él como pude y lo besé. Él, a su vez, me besó con vehemencia, y nos quedamos así dos o tres minutos; el avión subía y bajaba, él cerraba el contacto y lo abría de nuevo. Todos los pasajeros estaban mareados. Los oíamos detrás, quejándose y gimiendo”.
Al descender, se enteraron de que Crémieux había vomitado. El pianista Viñes aseguraba que, por su estado, no podría dar el concierto estipulado para esa noche.
Fué de esa manera vertiginosa como se conocieron el futuro autor de “El Principito” y la viuda del cónsul argentino.
El 5 de septiembre, en la cervecería Munich de Costanera Sur, Antoine le propuso matrimonio.
La señora amagó un no, pero fué nada más que para no delatar el sí fácil. Esa noche celebrarían. Sin embargo, el aviador debía volar temprano y los festejos que se limitó a un café con leche en el aeródromo, con las primeras luces del día. Saint Exúpery partió a su avión y Consuelo regresó a Buenos Aires. Durmió un rato. Sonó el teléfono. Era Crémieux para anunciarle que había estallado la revolución.
Minutos más tarde, entró Saint Exúpery como un desaforado. Venía a rescatar a su amada. Salieron del hotel. El inquietante olor de la pólvora recorría la Avenida de Mayo. Columnas de humo se entrelazaban en el cielo. Todo era un caos de estruendos, gritos, corridas y muerte en el mediodía sangriento sábado 6 de septiembre de 1930. Partieron tomados de la mano.
Eran Antoine de Saint Exúpery junto a su prometida, Consuelo Suncín.
Se casaron al año siguiente, en Niza…”

 

-Daniel Balmaceda (Extraído de “Romances turbulentos de la historia argentina”)

 

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