justo a tiempo

“Llegas a la edad madura habiendo reunido algunas importantes pistas sobre tí. Tu misión ahora consiste en descubrir lo que significan.
Muchos de nuestros problemas personales, por no decir todos, vienen de la infancia, para ser más concretos, de nuestra familia de origen. En el inicio de la adultez es cuando a menudo realizamos la gran huída, ya que intentamos escapar de nuestros problemas evadiéndonos de nuestra familia. Pero al final acabamos comprendiendo que sólo haciendo frente a esos problemas a esos problemas podemos evitar sus consecuencias a lo largo de nuestra vida.
Nuestra familia es a menudo un microcosmos del mundo que encontraremos, tanto si viajamos a un lejano país como si apenas nos alejamos de casa. Las lecciones que debemos aprender aprender en la vida tienen que ver con la fragilidad del corazón y la nobleza del espíritu humano; con el sufrimiento de la existencia humana y las luchas para sobrevivir a esa experiencia; con las risas y la alegría que sentimos cuando nuestros hijos están bien, y con las lágrimas y la tristeza que experimentamos cuando el amor y la vida de alguien se termina. No necesitaba irme de casa para aprender todo esto. Pero si me lo hubieran dicho hace treinta años, no me lo hubiera creído.
Tanto si tu infancia fue buena como si no lo fué, la llevas en tus células. Te ha dejado unos hábitos mentales y con ellos unas formas de actuar que han regido tu vida durante décadas. Si te apreciaron en la infancia, habrás atraído a personas que te aprecian. Inconscientemente te has sentido atraído por personas por personas y situaciones que reflejan perfectamente el drama de tu infancia.
Parafraseando al novelista William Faulkner: “El pasado no está muerto. En realidad ni siquiera forma parte del pasado”. Hasta que no afrontemos el drama más profundo de nuestro pasado, no podremos evitar volver a representarlo. Cuanto más ignoramos las heridas de nuestra infancia, más se ulceran y agrandan. Hasta que no curemos al niño o a la niña que éramos, no podremos convertimos en el adulto que deseamos ser.
Hasta que no perteneces a la generación que será la siguiente en abandonar este mundo no sientes que tienes todo el peso y el poder para ser la estrella en tu propia vida. Y también es al sentir la tristeza que nos produce ver envejecer a nuestros padres y el dolor de su desaparición cuando sabemos -como mi padre solía decirme- que la muerte forma parte de un mayor misterio. Ahora cuando pienso en él sonrío el ver que no es un anciano.
Despues de morir mi padre sentí su presencia a mi alrededor. Juraría que me dijo en voz baja: “¡Oh, asi que ésta es la persona que eres!”.
Era evidente que cuando estaba en este mundo no me había percibido plenamente.
Pero en cuanto se fué de él, sentí que lo hacía.
Y ahora puedo sentir que lo sigue haciendo.
Por excelente que fuera para mí como padre, siempre había unos límites en aquello que hacía porque también los había en aquello que podía ver.
Pero aunque se muriera, nuestra relación no se terminó, simplemente pasó a la siguiente etapa. Y lo que ahora él me da es la pureza del espíritu, compensa con creces lo que no me reveló cuando vivía en la Tierra. Mi padre simplemente no envejeció ni murió. Al final, después de su muerte, incluso se ha convertido más aún en quien él es.
Y yo también.
En la edad madura, el nombre del juego es “cambia”: podemos despedirnos con elegancia de quien hemos sido hasta ahora, volviéndonos incluso más trascendentes aún, o podemos optar por hacer lo mismo pero con ira, con lo que nuestra vida se volverá más amarga y caótica todavía.
Cada momento es una oportunidad para exhalar viejas energías e inhalar una nueva vida ; para exhalar el miedo el inhalar el amor; para exhalar las pequeñeces e inhalar lo que es importante; para exhalar la fatuidad e inhalar la grandeza. El renacimiento es el proceso gradual de aceptar y dar la bienvenida a la persona que deseas ser.
Creo que la mayoría de las personas tenemos un sueño, una aspiración secreta que nunca reconocemos ante los demás por miedo a que se rían de nosotros. Sin embargo, conservamos este sueño como una imagen que nunca llega a desaparecer.
En la edad madura empiezas a preguntarte por qué no te has olvidado aún de esta imagen. Se te ocurre pensar que quizá sea tu destino, sembrado en tu cerebro como una pequeña aunque poderosa semilla. Empiezas a preguntarte si el sueño aún sigue ahí porque se supone que debes vivirlo. Quizá tu subconciente te está intentando enviar un mensaje sobre algo muy importante.
Una vez que hemos llegado a cierta edad, tendemos a calibrar de nuevo nuestras expectativas. La parte de tu vida que ya has dejado atrás, con todas las alegrías y penas que la han acompañado, ha sido un campamento de estrenamiento espiritual. Un período de gestación para la vida que te queda. El sueño secreto que has estado cobijando todo el tiempo, aunque incluso negaras su realidad, se ha negado a desaparecer y está listo al fin para cobrar vida.
En algunas ocasiones he oído una voz en mi cabeza con tanta claridad como si alguien me estuviera hablando al lado. Una vez, durante una temporada tan oscura que creí no poder superarla, oí estas palabras: “Esto no es el final. Es el principio”. Y así fue.
Una nueva vida no surge de las estrategias, sino del carácter. Antes de verlo, quizá creas que hacer planes y proyectos para el futuro, o cualquier otra cosa parecida, son las claves para el camino que tienes por delante. Pero las verdaderas claves para la victoria se encuentran en tu interior. Tu modo de actuar tiene que estar en armonía con tu forma de ser, de lo contrario esta incongruencia saboteará tus planes más brillantes.
Si fracasas en el arte de ser humano y de seguir comportándote como tal, están tentando a la suerte para que te ocurra un desastre. Sin embargo, ¿cómo podemos transformarnos a nivel personal?
En la edad madura decidimos, a sabiendas o sin saberlo, si tomamos el camino de víctima o el del ave fénix que renace de las cenizas.
Crecer interiormente puede ser duro y desarrollar un nuevo yo es difícil. Hacernos mayores es algo que ocurre de manera natural, en cambio volvernos sabios es otra cosa muy distinta. Y en un momento u otro de la vida a la mayoría nos han herido interiormente. Nos hemos sentido decepcionados. Nuestros sueños han muerto y nos ha costado mucho perdonarnos a nosotros mismos o a los demás. El reto de la etapa de la edad madura no consiste en saltarnos las decepciones de la vida, sino en trascenderlas. Las trascendemos al aprender las lecciones que nos han enseñado, por dolorosas que hayan sido, para salir al otro lado preparados para crear, con la ayuda de Dios, una nueva vida.
Aunque nada de esto es fácil.
El ego no tiene la menor intención de dejar que crezcamos más radiantes y animosos con el paso de los años. Ni tampoco quiere dejarnos ser unos seres espirituales más ricos y dichosos; hará lo que sea para impedírnoslo. Su plan es destruír este sueño, no sólo destrozándonos el cuerpo, sino también el corazón.
Ninguno de nosotros puede evitar la noche, por más que intentemos prolongar el día. Y la noche tiene sus propias lecciones que ofrecernos. En un determinado momento de la vida, nuestro destino es simplemente enfrentarnos a nosotros mismos: nos vemos obligados a sacar a la luz todas nuestras heridas y a transformarlas o a empezarlas o a empezar a morir a causa de ellas.
Si crees, al contemplar tu vida, que has forcejeado con tus instintos básicos y que no siempre has vencido, no te preocupes, porque a casi todos nos ocurre lo mismo. Son muy pocos los que llegan a la edad madura sin sufrir. Y tanto si reconoces tus lágrimas como si no -tanto si les das o no la oportunidad de rodar por tus mejillas-, sin duda están ahí.
Nuestra generación, arrogante en su modernidad, creyó que éramos invulnerables a los antiguos mitos y arquetipos. Creíamos poder evitar el descenso al mundo psíquico de las profundidades hasta que comprendimos que nadie puede hacerlo y que nadie lo hace. Y hay una razón para ello. El mundo de las profundidades del dolor y la crisis personal, aunque sea difícil, es la tierra necesaria para cultivar las virtudes y el talento que estamos destinados a encarnar.
Cuando aprendemos a afrontar cómo hemos creado nuestros problemas, éstos se transforman en medicina.
Un día comprenderás que la medicina espiritual -que suele ser tan amarga de tomar- te salvó la vida.
Tanto si se trata de un divorcio, una enfermedad, la ruina económica o cualquier otra clase de pérdida, al final verás que la crisis por la que pasaste era en realidad el inicio de la plenitud de tu yo.
Después de haber experimentado el fuego de la iniciación y sobrevivido a sus ardientes llamas, puedes ahora ayudar a los demás de una forma totalmente distinta. Al ser un testimonio viviente de una vida transformada, llevas en las células un conocimiento sagrado y en la mente y el corazón un fuego sagrado. No es el fuego de la juventud, sino el de Prometeo, que emergió con la luz que iluminaría el mundo. Es una luz que sólo puedes haber conseguido al enfrentarte a alguna versión de tu infierno personal y ahora eres inmune a las hogueras que arden a tu alrededor. A veces sólo un fuego puede apagar otro fuego y ahora es esta clase de fuego el que arde en tí. No se trata del fuego de tu destrucción, sino del fuego de tu victoria.
Es el fuego de la edad madura…”

-Marianne Williamson

2 Replies to “.justo a tiempo”

  1. Porqué me sucede que siempre me quedo sin palabras …. sólo quisiera llegar yá al incio de la plenitud del yo .
    Las crisis a veces se alargan y la luz se vé tan lejos ! besitos amiga de mi corazón. Todo lo que escribes es tan útil y sanador !

    Me gusta

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