3-a

“Poco a poco, mi amor por los libros fue desbancando mi amor por a oración.
Me quedaba sentada a los pies de mi madre, viéndola tomar café y fumar con un libro en el regazo. Su ensimismamiento me fascinaba.
Aunque aún no iba a la guardería, me gustaba mirar sus libros, acariciar las páginas y levantar el papel de seda que protegía los frontispicios.
Quería saber qué contenían, qué captaba tanto su atención.
Cuando mi madre descubrió que había escondido su tomo carmesí de El libro de los mártires de John Foxe debajo de mi almohada, con la esperanza de absorber su significado, se sentó conmigo y comenzó el laborioso proceso de enseñarme a leer. Con sumo esfuerzo, pasamos de la mamá Gansa a los cuentos de Dr. Seuss. Cuando ya no necesité más instrucción, me permitía unirme a ella en nuestro duro sofá mientras leía Las sandalias del pescador y Las zapatillas rojas.
Leer me apasionaba. Anhelaba leerlo todo, y lo que leía me creaba nuevos anhelos. A veces me iba a África y ofrecía mis servicios a Albert Schweitzer o, engalanada con mi gorro de piel de mapache y mi polvorera de cuerno, defendía al pueblo como Davy Crockett. Podía escalar el Himalaya y vivir en una cueva donde haría girar una rueda de oración para mantener la tierra en movimiento. Pero la necesidad de expresarme era mi deseo más fuerte, y mis hermanos fueron los primeros que conspiraron conmigo para sacar partido a mi imaginación. Escucharon atentamente mis historias, se prestaron a actuar en mis obras de teatro y combatieron en mis guerras con arrojo. Con ellos de mi parte, cualquier cosa parecía posible.
En los meses de primavera, estaba enferma a menudo y me vi obligada a guardar cama mientras oía jugar a mis camaradas al otro lado de la ventana. En los meses de verano, los más pequeños me informaban de cuánta parte de nuestro campo sin arar habíamos ganado al enemigo mientras yo seguía enferma. Perdimos muchas batallas en mi ausencia, y mis cansadas tropas se reunían alrededor de mi cama para que yo las bendijera con nuestra biblia infantil, Jardín de versos para niños de Robert Louis Stevenson.
En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y retirada.
Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor que yo.
Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y le leía tebeos.
Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman, La pequeña Lulú, Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía alguno repetido, Stephanie me lo regalaba.
Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas, cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie. Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma, pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.
Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice.
Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.
Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la manopla.
Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi escondrijo.
Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí devolver el alfiler y pedirle perdón.
Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron, mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para decirme que Stephanie había muerto. Su dolor enseguida se trocó en preocupación cuando me tocó la frente. Yo tenía muchísima fiebre.
Pusieron nuestro piso en cuarentena. Había contraído la escarlatina.
En los años cincuenta, era una enfermedad muy temida porque a menudo evolucionaba en una forma mortal de fiebre reumática. Pintaron de amarillo la puerta de nuestro piso. Confinada en la cama, no pude asistir al funeral de Stephanie. Su madre me trajo montones de tebeos y la caja de puros que contenía sus colgantes. Ahora que tenía todos sus tesoros, estaba demasiado enferma para mirarlos siquiera. Fue entonces cuando conocí el peso del pecado, incluso de un pecado tan nimio como robar un alfiler de una patinadora. Reflexioné sobre el hecho de que, por muy buena que ansiara ser, jamás obtendría el perdón de Stephanie. Pero, mientras estuve en cama noche tras noche, se me ocurrió que a lo mejor era posible hablar con ella rezándole o, al menos, pedir a Dios que intercediera por mí.
A Robert le fascinaba aquella historia y, a veces, en un domingo frío y lánguido, me suplicaba que se la volviera a contar. «Quiero volver a escuchar la historia de Stephanie», decía. Yo no omitía ningún detalle en las largas mañanas que pasábamos bajo las mantas entreteniéndonos con las historias de mi infancia, con sus pesares y su magia, para intentar olvidar el hambre. Y siempre, cuando llegaba a la parte en que abría el joyero, él gritaba: «Patti, no.».
Solíamos reírnos de cuando éramos pequeños. Decíamos que yo había sido una niña mala que intentaba ser buena y él un niño bueno que intentaba ser malo. A lo largo de los años, aquellos papeles se fueron invirtiendo hasta que terminamos aceptando nuestra doble naturaleza.
Albergábamos principios opuestos, luz y oscuridad.
Yo era una niña soñadora y sonámbula. Irritaba a mis profesores con mi precoz capacidad lectora unida a una incapacidad para aplicarla a nada que ellos consideraran práctico. Todos acababan diciendo que fantaseaba demasiado, que siempre tenía la cabeza en otro sitio. No sé dónde estaría ese sitio, pero yo a menudo terminaba en el rincón, sentada en una banqueta a la vista de todos con un sombrero cónico de papel.
Más adelante, hice a Robert dibujos grandes y muy detallados de aquellos cómicos momentos de humillación. Él disfrutaba con ellos y parecía valorar todas las cualidades que repugnaban a otros o los alejaban de mí. A través de aquel diálogo visual, mis recuerdos de infancia se hicieron suyos. Me disgusté cuando nos echaron de La Parcela y nos vimos obligados a hacer las maletas para comenzar una nueva vida en el sur de Nueva Jersey.
Mi madre tuvo su cuarto hijo, una niñita enfermiza pero alegre llamada Kimberly a cuya crianza contribuimos todos. Yo me sentía aislada y desconectada en los humedales, melocotonares y granjas porcinas circundantes. Me sumergí en los libros y en el proyecto de una enciclopedia
de la que solo redacté la entrada para Simón Bolívar. Mi padre me inició en la ciencia ficción y, durante un tiempo, lo acompañé al salón de baile country local, desde donde buscaba ovnis en el cielo mientras se cuestionaba el origen de nuestra existencia…”

-Patti Smith (“Éramos unos niños”)

 

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