.vuelo Nocturno XVI

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XVI

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XVI (1)

Remontó, soslayando mejor los remolinos, gracias a los hitos que ofrecían
las estrellas. Su pálido imán le seducía. Se había afanado tan largo tiempo en
la búsqueda de una luz, que no habría abandonado la más confusa. Feliz por
el fulgor de un albergue, habría revoloteado hasta la muerte alrededor de
esta señal, de la que estaba hambriento. Por eso ascendía hacia los campos
de luz.
Se elevaba poco a poco en espiral, por el interior del pozo que se había
abierto y que se cerraba de nuevo a sus pies. A medida que ascendía, las
nubes perdían su cenagosa oscuridad, pasaban contra él como olas cada vez
más puras y blancas. Fabien emergió.
Su sorpresa fue extraordinaria: la claridad era tal que le cegaba. Por
algunos segundos tuvo que entornar los ojos. Jamás hubiera creído que las
nubes, que la noche, pudiesen cegar. Pero la luna llena y todas las
constelaciones las convertían en olas resplandecientes.
El avión había ganado, de un solo golpe, en el mismo instante de emerger,
una calma que parecía extraordinaria. Ningún oleaje lo zarandeaba. Como
barca que pasa el dique, entraba en las aguas abrigadas. Había penetrado en
una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas
venturosas. La tempestad, debajo de sí, formaba otro mundo de tres mil
metros de espesor, atravesado por ráfagas, trombas de agua y relámpagos,
pero presentaba a los astros un rostro de cristal y de nieve.
Fabien creyó haber arribado a limbos extraños, pues todo hacíase
luminoso: sus manos, sus vestidos, sus alas. La luz no bajaba de los astros,
sino que se desprendía, debajo de él, alrededor de él, de esas masas blancas.
Las nubes, bajo él, devolvían toda la nieve que recibían de la Luna. Las de
derecha e izquierda, altas como torres, hacían lo mismo. La luz era cual
leche en la que se bañaba la tripulación. Fabien, volviéndose, vio que el
«radio» sonreía.
—¡Esto va mejor! —gritó.
Pero la voz se perdía en el ruido del vuelo: las sonrisas solas hablaban.
«Estoy completamente loco —pensaba Fabien— por sonreír; estamos
perdidos.»
Sin embargo, mil oscuros brazos le habían desatado de sus cadenas, como
se desata a un prisionero al que se permite andar solo, por un tiempo, entre
flores.
«Demasiado hermoso», pensaba Fabien. Erraba entre las estrellas
acumuladas con la densidad de un tesoro, en un mundo donde nada vivía
fuera de él, absolutamente nada excepto él, Fabien y su camarada. Semejante
a esos ladrones de ciudades fabulosas, emparedados en la cámara de los
tesoros, de donde no sabría salir. Entre pedrerías heladas, erraban
infinitamente ricos, pero condenados.

-Antoine de Saint-Exupéry

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