.cascadas de luz

.cascadas de luz

“Gran parte de la vida pasa a un segundo plano, pero es tarea del arte arrojar cascadas de luz en las sombras y volver a a crear la vida.
Muchos escritores han estado gloriosamente sintonizados con los olores:
el té de Proust con la magdalena;
las flores de Colette; que la devolvían a los jardines de su infancia y a su madre, Sido;
el desfile de olores urbanos en Virginia Woolf;
los recuerdos de Joyce de la orina del bebé y el hule, de los sagrado y lo pecaminoso;
la acacia mojada por la lluvia de Kipling, que le recordaba su hogar, y los mezclados olores de los barracones en la vida militar (“un solo aliento (…) es toda Arabia”);
el “hedor de Petrogrado” de Dostoievski;
los cuadernos de Coleridgge, en los que anotaba que “un estercolero a distancia huele como el almizcle, y un perro muerto, como flores viejas”;
las páginas líricas de Flaubert sobre los olores de las pantuflas y los guantes de su amante, que él guardaba en un cajón de su escritorio;
los paseos de Thoreau a la luz de la luna por campos en que el trigo olía a seco, los arbustos de fresas a húmedo, y las bayas a “pequeños confites”; las exploraciones de Baudelaire en el mundo de los olores hasta que su “alma se elevaba al perfume como el alma de otros se eleva a la música”;
la descripción que hace Milton de los olores que Dios encuentra agradables para Su divina nariz, y los que prefiere Satán, gran aficionado al aroma de la carroña (“De la manzana, presa innumerable (…) olor de vivientes cadáveres”);
Robert Herrick olfateando a su amada con celo fetichista, para comprobar que sus “pechos, labios, manos, caderas, piernas (…) son todos / ricamente aromáticos”, y “Todas las especies del Oriente / están confundidas ahí”;
el elogio que hace Walt Whitman del sudor, “que huele mejor que la plegaria”;
La robre prétexte, de Francòis Mauriac, que es la adolescencia recordada a través de sus olores;
“El cuento del molinero”, de Chaucer, donde encontramos una de las primeras menciones en la literatura de un desodorante de aliento;
los símiles peligrosamente delicados que encuentra Shakespeare para las flores (a la violeta le dice: “Dulce ladrona, ¿de dónde tomaste tu dulzura, sino del aliento de mi amado?”);
el armario de ropa de cama de Czeslaw Milosz, “lleno del mudo tumulto del recuerdo”;
la obsesión de Joris.Karl Huysmans con las alucinaciones nasales, y el olor de licores y sudor de mujeres que llena su novela hedonística À rebours,lasciva y casi inimaginablemente decadente.

De un personaje femenino, Huysmans dice que era “una mujer nerviosa y desequilibrada, a la que le gustaba macerarse los pezones en perfume, pero que en realidad experimentaba un éxtasis genuino y abrumador cuando un peine le hacía cosquillas en la cabeza y podía, mientras su amante la acariciaba, sentir el olor del hollín, de la humedad de una casa en construcción bajo la lluvia,o del polvo de una tormenta de verano”.

El poema más lleno de aromas de todos los tiempos, El Cantar de los Cantares, de Salomón, evita hablar de olores corporales, o inclusive naturales, y aún así teje una voluptuosa historia de amor alrededor de perfumes y unguentos. E
n las tierras áridas donde sucede la historia, la gente se perfumaba con frecuencia y bien, y esa pareja cuyas bodas se aproximan habla poéticamente del amor y rivaliza en elogios tiernos e ingeniosos.
Cuando él comparte la mesa con ella, es “un haz de mirra” o “un ramillete de viñedos de En-ge-di”, o bien es musculoso y esbelto como “una joven gacela”.
Para él, la virginidad de ella es “un jardín secreto…, una fuente callada, un manantial vedado”.
Sus labios “rebosan como un panal: miel y leche hay bajo su lengua; y el olor de tus ropas es como el aromas del Líbano”.
Él le dice que en la noche de bodas entrará en su jardín, y hace la lista de todas las frutas y especias que sabe que encontrará allí: incienso, mirra, azafrán, granadas, áloe, cinamonn, cálamo y otros tesoros.
Ella tejerá una tela de amor alrededor de él, y llenará sus sentidos hasta que desborden de una riqueza océanica.
Tanto la conmueve a ella este tributo de amor, y tanto se ha inflamado su deseo, que responde que sí, que abrirá las puertas de su jardín para él: “Despiértate, viento del norte; y ven tú, del sur; soplad sobre mi jardín y llevaos mis perfumes. Que mi amado entre en su jardín y coma sus mejores frutos”.

En la macabra novela contemporánea El perfume, de Patrick Suskind, el héroe, que vive en París del siglo XVIII, es un hombre nacido sin ningún olor personal, pero que desarrolla un prodigioso poder olfativo: “Pronto, había llegado a no oler simplemente la madera, sino las clases de madera: cedro, roble, pino, olmo, peral, jóvenes, viejas, mohosas, podridas, húmedas, y diferenciaba el olor de cada tabla, fragmento o astilla, y los diferenciaba como objetos con tanta claridad como otros no podían haberlo hecho con la vista”.
Cuando toma un vaso de leche, puede sentir el olor de la vaca de la que proviene; cuando sale a caminar, puede identificar de inmediato el origen de cada humo.
Su falta de olor humano asusta a la gente, que lo trata mal, y eso tuerce su personalidad.
Termina creando olores personales para sí mismo, que los demás no advierten, pero que le hacen parecer normal, incluyendo exquisiteces como “un olor anodino, un aroma ratonil y cotidiano en el que estaba presente el tono agrio y lechoso de la humanidad”.
Con el tiempo, se vuelve un perfumista criminal, que intenta destilar la esencia olorosa de ciertas personas, como si fueran flores.

Muchos escritores se han ocupado del modo en que los olores desencadenan amplias remembranzas.
En Por el camino de Swann, Proust, ese gran sabueso de pistas olfativas por los bosques del lujo y el recuerdo, describe un momentáneo torbellino:
“(…) daba unos paseos del reclinatorio a las butacas de espeso terciopelo, con sus cabeceras de crochet; y la lumbre, cociendo, como si fueran una pasta, los apetitosos olores cuajados en el aire de la habitación, y que estaban ya levantados y trabajados por la frescura soleada y húmeda de la mañana, los hojaldraba, los doraba, les daba arrugas y volumen para hacer un visible y palpable pastel provinciano, inmensa torta de manzanas, una torta en cuyo seno yo iba, después de ligeramente saboreados los aromas más cuscurrosos, finos y reputados, pero más secos también, de la cómoda, de la alacena y del papel rameado de la pared, a pegarme siempre con secreta codicia al olor mediocre, pegajoso, indigesto, soso y frutal de la colcha de flores.”

A lo largo de toda su vida adulta, Charles Dickens dijo siempre que el mero olor del tipo de cola usado para pegar etiquetas a los frascos le devolvía con fuerza insoportable toda la angustia de sus primeros años, cuando la bancarrota había obligado a su padre a abandonarlo en el infernal almacén donde preparaban esos frascos.

En el siglo X en Japón, una dama de la corte de maravilloso talento, Lady Murasaki Shikibu, escribió la primera novela genuina, La historia de Genji, una historia de amor que se desarrolla sobre un vasto fondo histórico y social, entre cuyos personajes hay perfumistas-alquimistas que crean aromas basados en el aura y el destino de un individuo.
Una de las pruebas de maestría de los escritores, especialmente de los poetas, es su capacidad para describir olores.
Si no pueden describir el olor de santidad en una iglesia, ¿cómo confiar en sus descripciones de los suburbios del corazón?…”
-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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