.de narices y estornudos

de narices y estornudos

“Cuando salimos arrastrándonos del mar y nos internamos en la tierra, entre los árboles, el sentido del olfato perdió algo en su perentoriedad. Después, nos pusimos de pie y empezamos a mirar a nuestro alrededor, y a trepar, ¡y qué mundo fué el que descubrimos ante nosotros!
Podíamos ver a kilómetros de distancia en todas direcciones.
Los enemigos se hacían visibles, la comida se hacía visible, las parejas se hacían visibles.
La sombra de un león a lo lejos deslizándose por la hierba se volvía una señal más importante que cualquier olor.
La visión y el oído se volvían más y más importantes para la supervivencia.
Los monos no tienen tanto olfato como los perros.
La mayoría de los pájaros no tienen narices muy complejas, aunque hay algunas excepciones (los buitres americanos localizan la carroña por el olfato, y las aves marinas suelen navegar guiadas por el olfato).
Pero los animales con el sentido del olfato más desarrollado suelen caminar a cuatro patas, con la cabeza colgando cerca del suelo, donde están las pesadas, húmedas y fragantes moléculas de olor.
Esto incluye a serpientes y también a insectos, junto con elefantes (cuyas trompas apuntan al suelo) y la mayoría de los cuadrúpedos).
Los cerdos pueden oler las trufas a veinte centímetros de profundidad.
Las ardillas descubren nueces que han enterrado meses antes.
Los sabuesos pueden sentir el olor de un hombre en un cuarto que ha abandonado horas antes, y después rastrear las pocas moléculas que se cuelan por las suelas de los zapatos y terminan en tierra cuando él camina, por terreno desparejo, incluso en noches de lluvia.
El pez necesita sus capacidades olfatorias: el salmón puede oler las aguas distantes donde nació, y hacia las cuales debe nadar para desovar.
Una mariposa macho puede localizar el aroma de una hembra que está a kilómetros de distancia.
Debemos lamentarlo por nosotros, los altos y erectos, que hemos visto debilitarse con el tiempo el sentido del olfato.
Cuando nos dicen que un ser humano tiene cinco millones de células olfativas, parece un exceso.
Pero un perro pastor, que tiene doscientos veinte millones, puede oler cuarenta y cuatro veces mejor que nosotros.
¿Y qué es lo que huele?
¿Qué es lo que nos estamos perdiendo?
Basta imaginarse el mundo estereofónico de aromas por lo que debemos pasar, como sonámbulos.
Aún así, tenemos un sentido del olfato notablemente desarrollado para lo pequeños que son en realidad nuestros órganos correspondientes.
Porque nuestra naríz apenas asoma de la cara, y los olores tienen que recorrer toda una distancia dentro de ella antes de que tomemos conciencia de que hemos olido algo.
Por eso arrugamos la nariz y resoplamos: para mover las moléculas de olor y llevarlas más cerca de los receptores olfativos, ocultos en los más recónditos lugares de la nariz.

.estornudos
Pocos placeres hay tan plenos como el simple placer campesino de estornudar.
Todo el cuerpo se sacude en un deleite orgásmico.
Pero sólo los seres humanos estornudan con la boca abierta.
Perros, gatos, caballos y la mayoría de los demás animales se limitan a estornudar por la nariz, con un paso del aire que tuerce ligeramente en el cuello.
Sin embargo los humanos resoplan y tiemblan en un cosquilleo anticipatorio, inhalan una gran bocanada de aire, contraen las costillas y el estómago como un fuelle, y disparan con violencia el aire por la nariz, donde se detiene súbitamente, explota y a veces salpica desagradablemente por la nariz y la boca al mismo tiempo.
Esto no importaría demasiado si los pulmones exhalaran suavemente el aire durante el estornudo.
Pero los investigadores de la universidad de Rochester han descubierto que un estornudo expele el aire a un ochenta y cinco por ciento de la velocidad del sonido, lo bastante rápido como para expulsar bacterias y otros detritos del cuerpo, lo cual es el objetivo del estornudo.
La nariz humana tiene un pasaje del ancho de un cabello detrás de las fosas, lo que hace más costoso todo el proceso de la respiración, y más difícil la percepción de los olores.
En el estornudo, el aire no tiene un paso directo por donde seguir.
Tenemos que abrir la boca.
Si estornudamos con la boca cerrada, el aire explota en las cavidades y recovecos de la cabeza, en busca de una salida, y puede hacernos daño en los oídos.
Hay muchas teorías que tratan de explicar esta mala construcción de nuestra nariz; en última instancia, es probable que tenga que ver con la evolución de nuestro enorme cerebro y el poco espacio que ha dejado en el cráneo, y con el hecho de que nos deba permitir una visión “en estéreo”. Bedichek sugiere que esta conformación no fue molesta hasta que “empezamos a apretujarnos en esas áreas congestionadas que llamamos “ciudades”
“. Aquí la nariz se vio recargada con una función para la que no estaba preparada, es decir, hacer de pantalla para el polvo y la contaminación, al tiempo que se veia asaltada por los olores intolerables de la concentración urbana, y finalmente por los humos del gran laboratorio químico en que se ha transformado la ciudad moderna”. Un poeta del siglo XVII, Abraham Cowley, propone en forma de pregunta retórica:
“¿Quién, provisto de razón y olfato,
no preferiría vivir entre rosa y jazmín
antes de atosigar sus humores
con las exhalaciones de la suciedad y el humo?”
Sólo se necesita un cosquilleo.
O el sol.
Hay gente, como yo, que hereda una rareza genética que los hace estornudar a causa de una luz brillante.
Me temo que a este síndrome se le ha dado por nombre un ingenioso acróstico, ACHOO (autosomol dominant compelling helio-ophtalmic outburst).
Si siento una molestia en la nariz, todo lo que tengo que hacer es mirar al sol para provocar la explosión, un pequeño apocalipsis.”
-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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