. los herederos de Cleopatra

los herederos de Cleopatra

  “Maestros en sustancias aromáticas, los egipcios tenían muchos usos para el cedro: en momificación, como incienso, y para proteger los papiros del ataque de los insectos. El barco de madera de cedro de Cleopatra -a bordo del cual recibió a Antonio- tenía velas perfumadas; quemadores de incienso rodeaban su trono, y ella misma estaba perfumada de la cabeza a los pies. Vuelvo a ella en este punto porque fué la quintaesencia de los devotos del perfume. Se frotaba las manos con kyphi, que contenía aceite de rosas, narcisos y violetas; se perfumaba los pies con aegyptium, una loción de aceite de almendras, miel, cinamomo, azahares de naranjo y henna. Las paredes eran criaderos de rosas sujetas con redes, y su perfume real llegaba antes que ella, como una especie de tarjeta de visita que flotaba en el aire. Tal como Shakespeare se imagina la escena: “Desde el barco, un extraño perfume invisible hiere los sentidos/en los muelles cercanos”. Los romanos se hicieron famosos por el esplendor de sus baños y termas, pero en realidad no hicieron más que copiar a los sibaríticos egipcios. En el mundo antiguo, la arquitectura monárquica era con frecuencia aromática en sí misma. Los potentados se hacían construír palacios enteros de madera de cedro, en parte por su dulce aroma resinoso, y en parte porque era un repelente natural de insectos. En el salón Nanmu del palacio de verano de los emperadores manchúes, en Ch´eng-te, las vigas y paneles, todos de cedro, estaban desprovistos de lacas y pinturas, para que la fragancia de la madera llegara intacta al aire. Los constructores de mezquitas mezclaban agua de rosas y almizcle en el mortero; el sol del mediodía lo calentaba y desprendía sus perfumes. Las puertas del palacio de Sargon II, del siglo VII a.C., situado en lo que ahora es Khorsabad, eran tan perfumadas que desprendían fuertes aromas cuando se las abría o cerraba. Los barcos o ataúdes de los faraones estaban hechos de cedro. El templo de Diana de Éfeso, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo, que tenía columnas de casi veite metros de alto, sobrevivió durante doscientos años, hasta que un incendio, en el 356 a. C., que lo deshizo en aromáticas llamaradas. Según la leyenda, se quemó el día del nacimiento de Alejandro Magno. Los hombres más viriles de la antigüedad iban abundantemente perfumados. En cierto modo, los aromas fuertes ampliaban su presencia, extendían su territorio. En la cultura pregriega de Creta, los atletas se frotaban con aceites aromáticos antes de los juegos. Los autores griegos del siglo V a.C. recomendaban menta para los brazos, tomillo para las rodillas, cinamomo, rosa o aceite de palmera para las mandíbullas y el pecho, aceite de almendras para las manos y pies, y mejorana para el cabello y las cejas. Los egipcios que asistían a una cena recibían guirnarlas de flores y perfumes en la puerta. Los suelos estaban recubiertos de pétalos de flores, para que soltaran su perfume cuando se caminara sobre ellos. En estos banquetes, las estatuas solían arrojar agua perfumada por su distintos orificios. Antes de acostarse, los hombres molían una pastilla de perfume sólido hasta convertirla en un polvo aceitoso que esparcían sobre la cama, de modo que pudieran absorber el aroma mientras dormían. Homero describe la cortesía obligatoria de ofrecer a los visitantes un baño y aceites perfumados. Alejandro Magno era un gran consumidor de perfumes y de incienso, y amaba tanto el azafrán, que hacía empapar sus túnicas en esencia de esta especia. Los hombres babilónicos y sirios se ponían un pesado maquillaje y joyas, y llevaban laborosios peinados formados por diminutos tirabuzones empapados en lociones perfumadas. En la antigua Roma, la pasión llegó a tal extremo, que tanto hombres como mujeres tomaban baños de perfume, empapaban su ropas en él, y perfumaban sus caballos y mascotas. Los gladiadores se cubrían de pies a cabeza con lociones aromáticas (una fragancia distinta para cada parte del cuerpo) antes de combatir. Y, lo mismo que otros hombres y mujeres romanos, usaban excremento de paloma para teñirse el cabello. En su equivalente de vestuario antes de una feroz pelea con un león, un cocodrilo o un hombre, y que la sangre corriera, tal vez hablaran con dureza, pero en las manos se aplicaban suaves aromas. Las mujeres romanas se ponían perfumes en las distintas partes del cuerpo, lo mismo que los hombres, y supongo que pasaban largo rato antes de decidir si los pies con sándalo y los pechos con jazmín iban con un cuello con neroli y muslos con lavanda. Con el cristianismo, adivino una devoción espartana por la austeridad, un temor de parecer autocomplaciente, y los hombres dejaron de usar perfumes durante un tiempo. (Aún así, hay un simbolismo religioso referido a flores y aromas. Por ejemplo, el clavel tuvo sus partidarios porque su aroma se parece al del clavo del olor, y éste tiene su analogía en los clavos utilizados para clavar a Cristo en la cruz). En su libro The Romantic Story of Scent, John Trueman dice: “Los hombres de la antiguedad eran limpios y perfumados. Los europeos de la Edad Oscura eran sucios y sin perfume. Los de los tiempos medievales y modernos, hasta cerca del fin del siglo XII, fueron sucios y perfumados. (…) Los hombres del siglo XIX fueron limpios y sin perfume”. Pero el hombre nunca se alejó mucho de los aromas deseables. Al volver de su empresa, los cruzados trajeron el agua de rosas. Luis XIV mantenía una cuadrilla de sirvientes dedicados exclusivamente a perfumar sus aposentos con agua de rosas y mejorana, y a lavar su ropa con una mezcla de clavo de olor, nuez moscada, áloe, jazmpin, naranja y almizcle; insistía en que todos los días inventaran para él un nuevo perfume. En la “Corte Perfumada” de Luis XV, los criados introducían palomas en distintos perfumes y las soltaban en las fiestas, para que tejieran un tapiz de aromas cuando volaban entre los invitados. Los puritanos rechazaron los perfumes, pero la gente no tardó en volver a usarlos. El atavío de una mujer del siglo XVIII exigía complejos preparativos y una buena nariz: se ponía polvo perfumado en el cabello y maquillaje perfumado en la cara; la ropa se planchaba con aromas calientes; el cuerpo era meticulosamente perfumado, y en lugares estratétigosm entre el vestido y la piel, se ponían algodones empapados en perfume. En su tocador, había todo un surtido de aromas en sus frascos de porcelana (la palabra “porcelana” tiene una historia fascinante que, a través de la concha de un molusco llamado caurí, remite a los genitales de una marrana, en los que obviamente hacía pensar su textura sedosa). A mitad del día, se cambiaba a un nuevo conjunto de aromas igualmente abrumador. Y lo mismo por la noche. La pasión de Napoleón por el lujo incluía su agua de colonia favorita, hecha de neroli y otros ingredientes, de la que en 1810 le encargó a su perfumista, Chardin, nada menos que ciento sesenta y dos frascos. Después de lavarse, le gustaba echarse agua de colonia sobre el cuello, el pecho y los hombros. Incluso en sus más difíciles campañas, en su abigarrada tienda se tomaba tiempo para escoger perfumes hechos con rosas o con violeta, y para rociar con ellos sus guantes y otras prendas. Durante las Guerras Napoléonicas, los capitanes de barco ingleses le mandaban rosas a la emperatriz Josefina, destinadas a su jardín de la Malmaison (donde cultivaba doscientas cincuenta variedades); los correos con nuevas variedades de rosas tenían impunidad para pasar entre Inglaterra y Francia. Isabel I de Inglaterra adoraba los guantes perfumados con ámbar gris; no sólo usaba capas aromatizadas, sino que exigía que sus cortesanos también estuvieran muy perfumados, para que la rodearan con olas fragantes cuando evolucionaban alrededor de ella. Mecenas de las artes, Isabel fué la principal responsable de la gloria del teatro llamado “isabelino” y del bienestar que vivieron muchos autores, Shakespear incluído; la reina apreció sobremanera esa posición central en la vida sensorial y artística. Sentía atracción por Sir Walter Raleigh, y también, puede presumirse, por la colonia de fresas que él usaba. Isabel tenía a sus animalitos domésticos empapados en perfume y utilizaba una manzana embebida en cinamomo y clavo de olor para protegerse de las enfermedades. Esta obsesión por los perfumes empezó hace mucho tiempo. El primer don que se le hizo a Cristo niño fué incienso, y en el siglo XI Eduardo el Confesor donó a la Abadía de Westminster una reliquia sagrada y sorprendente: una pequeña cantidad del incienso ofrecido por los Reyes Magos. En la India, todavía existe el arte de la abhyanga, una fricción almizclada que se da a los elefantes hembra para aumentar su atractivo sexual. En las cortes antiguas de Japón, había relojes que quemaban un incienso diferente cada quince minutos, y a las geishas se les pagaba por la cantidad de palillos aromáticos consumidos. Los perfumes han obsesionado a todas las culturas y religiones, pero la promesa más alta está probablemente en el Corán: los que hayan sido bastante devoto como para ir al cielo encontrarán allí voluptuosas compañeras llamadas “huríes” (del árabe haura, mujer de ojos negros), que complacerán todos sus deseos e inventarán deseos nuevos que se encargarán de saciar. Y, como defenitiva garantía de deleite, las huríes no estarán meramente perfumadas: de acuerdo con el Corán, estarán hechas enteramente de sándalo. Serán puro aroma, placer puro. Nada más apropiado. En cierto sentido, las huríes nos devuelven a ese tiempo anterior al pensamiento, anterior a la visión, cuando el olfato era la única guía que teníamos en los oscuros pasillos de la evolución.” -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)    

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