.el juego de la luz

 Robert Mapplethorpe ~ Flower (Peony), 1984Robert Mapplethorpe ~ Flower (Peony), 1984

“Su destino era estar enfermo, muy enfermo, aunque no fuera evidente.
La juventud, por sí sola, parecería justificar su espíritu febril, y la fiebre cada vez lo absorbía más.
Su jardín romántico interior rebosaba flores silvestres, que él arrancaba y arrojaba a diestro y siniestro.
Pues no era un naturalista, sino más bien el arquero, de cuyas flechas arrojadas a un claro brotaban estatuas.
Había conjurado un pedestal por pura diversión y daba vueltas sentado en él.
Lo motivaba el arte, no la naturaleza.
La naturaleza, había alardeado, estaba concebida para que la rediseñaran; para que la abrieran y plegaran como un abanico.
Cómo miraban aquellos ojos de ciervo por encima de aquel abanico y cuán a menudo lo apartaban para perfeccionar un diseño o el ángulo de un fotograma.
Nació con un don para el emplazamiento, que ejecutaba con la presuntuosa seguridad de un joven maestro.
Adorando la promesa de una relación inesperada.
La curva de un tallo sobre el cuello de una diosa caída.
Una tela vaporosa en una sala vacía.
Y, cuando uno entraba en un espacio tan hábilmente modificado, entraba, de hecho, en el milagro de una mente singular.
Sus ojos delicados veían con claridad lo que otros no podían ver.
De pequeño, disponía sus juguetes con el orden y el fervor de un sacerdote y les confería propiedades que los hacía resplandecer.
Exasperó al criado de un pariente culto reformando toda la biblioteca, reuniendo nuevas armonías cuyas notas eran los colores y texturas de las encuadernaciones.
Guardas de libro, los pétalos jaspeados de una flor de diseño propio, desplegada sobre una enorme alfombra de Tabriz.
Recibió una buena reprimenda, pero no fué eso lo que le hizo llorar, sino que desmontaran su obra.
Un arcoiris de verde marroquí.
Lo sacaron llorando de la biblioteca mientras el criado, mascullando entre dientes, asumía el cometido de restituír el orden en la biblioteca.
Y ahora que ya era un hombre, adoraba un frasco de color rubí pero ignoraba su contenido.
Había ignorado los gritos de su propia sangre para demorarse en la contemplación de una grabado de especial belleza o la textura de una vela de barco poco común.
Había ignorado la naturaleza y ahora acudía a ella para salvarse, dispuesto a congraciarse con ella e inclinarse ante sus misterios.
Para ganar a la divinidad, para corregir el destino.
Su futura tumba estaría cubierta de deliciosas vides con las que se daría un festín antes de verse envuelto en una matriz de seda.
Se dirigía a Papúa para procurar a su alma una mariposa legendaria, que se prendería del pecho como Peter Pan había cosido su sombra a sus indómitos piececillos.
Tendría aquellas magníficas alas incrustadas, desplegadas sobre la piel, hasta los omóplatos, extendidas sobre el corazón que lo traicionaba latiendo, desenfrenado, estático; como unos piececillos que corren sin moverse del sitio.
El juego de la luz en los peldaños de mármol y en el pantalón de un caballero anciano al bajar por ella.
Cada vez era más consciente de la luz; al igual que lo era de un amenazador cuadrado negro que lo atraía a su seno.
La luz en los ojos de una coqueta.
Su propio pecho listado por sus finos rayos.
Él, un hombre libre, aprisionado en el tiempo por los caprichos de dioses de mármol, también listados de luz.
Aquellos reflejos cruzaron la mente de un ser no habituado a la reflexión .
Un ser que se regía por los sentimientos, las sensaciones.
Y en su fuero interno sintió angustia.
De que, a su marcha, tantas cosas se dispersaran como preciadas hojas en el desierto.
De que adquirieran un lugar nuevo no decidido por su mano.
Se miró la mano.
Cómo le temblaba.
No obstante, el calor era insoportable.
No, de hecho, hacía fresco.
Había tenido la crueldad de ignorar a la naturaleza y, a cambio, qué cruel era ella.
Para hacer estragos en un alma tan ingeniosa que había osado recrear el modo en que sería eternamente expulsada de su tembloroso cascarón.
El proceso estaba en marcha, había comenzado antes, en el puente, a pleno sol.
Él expandía el perímetro de su jardín y con un gesto concibió un ciervo, erecto, majestuoso, que miraba a los cérvidos ojos de su creador: un joven en un puente.
Observó, con ironía, su febril varita.
La vegetación tapizó su camarote, una tumba de musgo y helechos.
Magníficos peces saltaron y se tornaron trofeos en su mano, y el ciervo avanzó y le lamió la palma.
¿De qué habrían de inculparme?, susurró.
¿De falta de generosidad?
¿De reordenar ojos?
¿De ser un hombre que deseaba nada menos que abrazar el espinazo de una montaña bañada de luz cambiante?…”
-Patti Smith (de “Mar de Coral”)
robert_mapplethorpe_skny_06
Robert Mapplethorpe: Isabella Rossellini, 1988
gelatin silver print, 20 x 16 inches (61 x 51 cm)
Isabella Rossellini, 1988
Isabella Rossellini, 1988

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