.primeros toques

.primeros toques

(Tigre, Bs. As. )

“Aunque no soy un cabellero rollizo de mediana edad sin nada más que hacer, estoy masajeando a un diminuto bebé en un hospital de Miami.
Es frecuente que hombres jubilados se ofrezcan como voluntarios en los turnos de noche, cuando otras personas tienen familias que atender o un trabajo diurno para cumplir con el cual deben descansar de noche.
Los bebés no se muestran exigentes respecto al sexo de quien los cuide y mime.
Lo aceptan como el maná que es en el océano de incertidumbre en que se hallan.
Los brazos de este bebé son fláccidos, como de un plástico blando.
Aunque todavía es demasiado débil para darse vuelta por sí mismo, puede trasladarse tan bien mediante torsiones, que las enfermeras han puesto almohadas en los bordes de su incubadora para impedir que quede en mala posición, en su ángulo.
Su torso parece tan pequeño como un mazo de naipes.
Es difícil creer que esto sea un niño que un día jugará a baloncesto en las Olimpíadas de verano, o tendrá sus propios hijos, o será mecánico o comprará un pasaje para un vuelo semiorbital a Japón para una reunión de negocios.
Esta pequeña forma viviente de gran cabeza, en la que las venas se marcan como sistemas fluviales, parece tan frágil, tan provisional…
Tendido en su incubadora, en la “Isolette”, como la llaman aquí, el bebé luce un variado plumaje de cables: electrodos para controlar sus progresos y para hacer sonar una alarma si fuera necesario.
Lo toco metiendo las manos, bien lavadas, desinfectadas y calentadas, por los agujeros correspondientes de la incubadora, protegidos con válvulas; es como tocar una crisálida.
Primero le acaricio la cabeza y la cara, muy lentamente, seis veces el cuello y los hombros.
Deslizo las manos hacia su espalza y masajeo con movimientos circulares seis veces, y le acaricio los brazos y las piernas, también seis veces.
El contacto no debe ser demasiado superficial, pues le haría cosquillas, ni demasiado áspero, lo que agitaría, sino firme y constante, como si se estuviera alisando una tela gruesa.
En un monitor cercano, dos líneas de color turquesa, una para el corazón y otra para los pulmones, brillan en la pantalla, una de ellas dibuja picos pequeños, la otra sube y baja suavemente bailando su propia danza improvisada.
Sus latidos son ciento cincuenta y tres, lo que sería casi excesivo para mí pero es normal para él, porque el ritmo cardíaco de los bebés es mucho más rápido que el de los adultos.
Cuando lo ponemos boca abajo, aunque está dormido, su rostro se contrae en una mueca de disgusto.
En menos de un minuto, hace todo un despliegue de expresiones, todas perfectamente legibles gracias al semáforo de las cejas, al código de las arrugas de la frente, la elocuencia de la boca y el mentón: irritación, calma, asombra, felicidad, furia…
Después su cara se afloja y sus párpados se ponen tensos como si entrara en un sueño profundo. Algunas enfermeras hablan de los recién nacidos como de fetos que duermen en el exterior su sueño prenatal.
¿Qué sueña un feto?
Suavemente, muevo sus miembros en una rutina de miniejercicios, estirando un brazo y doblando el codo, abriendo las piernas y doblando las rodillas hasta que toquen el pecho.
Tranquilo pero alerta; parece estar disfrutándolo.
Volvemos a ponerlo boca arriba, y otra vez empiezo a acariciarle la cabeza y los hombros.
Para él ésta es la primera de las tres sesiones de contacto; puede parecer un crimen interrumpir su sueño pesado, pero al acariciarlo estoy llevando a cabo un acto dador de vida.
¡Qué caras de viejecitos tienen los recién nacidos!
Cuando cambian de expresión durante el sueño, parece como si ensayaran emociones.
La enfermera sigue su programa de masaje, acariciando cada parte de la recién nacida seis veces durante diez segundos. La estimulación no ha cambiado los ritmos de sueño del bebé, pero ha conseguido que aumentara treinta gramos extra por día, y pronto podrá irse a casa, casi una semana antes de lo que se esperaba.
«No pasa nada especial con los bebés», explica la doctora Field, «pero son más activos, aumentan de peso más deprisa, y se vuelven más capaces.»
Y continúa: «Es increíble, cuánta información se puede comunicar por el tacto. Todos los demás sentidos tienen un órgano en el que uno puede concentrarse, pero el tacto está en todo el cuerpo.»
Algunos niños que viven en hogares emocionalmente destructivos dejan de crecer.
Ni siquiera las hormonas de crecimiento podían estimular los cuerpos detenidos de esos niños para que volvieran a crecer.
En cambio, un cuidado tierno y amoroso sí podía hacerlo.
El afecto que recibían de las enfermeras cuando eran admitidos en un hospital solía bastar para volver a ponerlos en camino.
Lo asombroso es que el proceso es totalmente reversible.
Todos los sentidos tienen al menos un centro de investigación importante salvo el tacto.
El tacto es un sistema sensorial cuya influencia es difícil de aislar o eliminar.
Los científicos pueden estudiar a los ciegos para aprender más sobre la visión, y a los sordos o anósmicos para aprender más sobre el oído o el olfato, pero eso es virtualmente imposible hacerlo con el tacto.
Tampoco pueden experimentar con personas que hayan nacido sin ese sentido, como suele hacerse con sordos o ciegos.
El tacto es un sentido con funciones y cualidades únicas, pero también es frecuente que se combine con otros sentidos.
El tacto afecta a todo el organismo, así como a la cultura en medio de la cual éste vive y a los individuos con los que se pone en contacto.
«Es diez veces más vigoroso que el contacto verbal o emocional», explicaba Schanberg, «y afecta a casi todo lo que hacemos. Ningún otro sentido puede excitarnos como el tacto; eso lo sabíamos desde siempre, pero nunca habíamos entendido que este hecho tenía una base biológica.»
Al preguntársele si se refería a sus beneficios para la evolución, respondió afirmativamente, y agregó:
«Si el tacto no hubiera sido agradable, no habría habido especie, ni paternidad, ni supervivencia. Una madre no tocaría a su bebé como debe hacerlo, si no sintiera placer en ese hecho. Si no nos gustara tocarnos y acariciarnos, no tendríamos sexo. Los animales que instintivamente se tocaron más produjeron crías que sobrevivieron, y sus genes se transmitieron, con lo que la tendencia a tocar se incrementó. Olvidamos que el tacto no sólo es básico para nuestra especie, sino la clave de la misma. »
Cuando un feto crece en el vientre, rodeado por el fluido amniótico, siente una calidez líquida, los latidos del corazón, las mareas internas de la madre, y flota en una maravillosa hamaca que lo acuna cuando ella camina.
El nacimiento debe de ser un choque muy duro después de tanta serenidad, y una madre recrea el bienestar del vientre de varios modos (acunando, abrazando, colocando al bebé contra el lado izquierdo de su pecho donde está el corazón).
Inmediatamente después del nacimiento, las madres humanas (y también las monas) sostienen al bebé muy apretado contra su cuerpo.
En las culturas primitivas, la madre lleva a su bebé pegado a ella, día y noche.
Entre los pigmeos del Zaire, el recién nacido pasa al menos el cincuenta por ciento del tiempo en contacto físico con alguien, y todos los miembros de la tribu lo acarician y juegan con él continuamente.
Una madre kung lleva a su bebé en la curass, una tira que lo sostiene contra su flanco y le permite mamar, jugar con los collares de la madre o relacionarse con los demás.
Los bebés kung están en contacto con otros el noventa por ciento del tiempo, mientras otras culturas creen en la conveniencia de exiliar a los bebés en las cunas, en cochecitos de paseo o en asientos de viaje, manteniéndolos a mano pero sin tocarlos.
Un rasgo curioso del tacto es que no siempre tiene que ser llevado a cabo por otra persona, ni siquiera por un ser vivo.
En el Maternity Hospital de Cambridge, Inglaterra, se comprobó que si un bebé prematuro era colocado sobre una manta de lana durante un día, aumentaba en promedio quince gramos más de lo usual.
Esto no se debía al calor adicional de la manta, puesto que la sala tenía calefacción, sino que se acercaba más a la tradición de las «fajas» de los bebés, que aumentan la estimulación táctil, disminuyen la tensión y les hacen sentirse protegidos.
Todos los animales responden al tacto, a las caricias y, en cualquier caso, la vida misma no podría haberse desarrollado sin el tacto, esto es, sin los contactos físicos y las relaciones que se forman a partir de ahí.
En ausencia de contacto, las personas de cualquier edad pueden caer enfermas y sentirse mutiladas.
En los fetos, el tacto es el primer sentido que se desarrolla, y en el recién nacido es automático, antes de que los ojos se abran o el bebé empiece a captar el mundo.
Poco después de nacer, aunque no podemos ver ni hablar, instintivamente empezamos a tocar.
Las células de tacto de los labios nos hacen posible mamar, y los mecanismos de cierre de las manos empiezan a buscar calor.
Entre otras cosas, el tacto nos enseña la diferencia entre yo y otro, nos dice que puede haber algo fuera de nosotros: la madre.
Madres e hijos hacen un enorme despliegue de contacto.
El primer bienestar emocional es tocar a nuestra madre y ser tocados por ella; y sigue en la memoria como el ejemplo definitivo del amor desinteresado, que nos acompaña toda la vida.
El tacto parece ser tan esencial como la luz del sol…”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s