.las cartas más apasionadas del mundo- Sumisas IV

.las cartas más apasionadas del mundo- Sumisas IV

Edith Wharton se pasó la vida preguntándose por qué Morton Fullerton no le escribía en semanas o incluso en meses. “Si ya no sientes deseos de escribir, ¿no crees que tú, que eres tan sensible e imaginativo, deberías haberte preguntado a qué conjeturas me estabas abandonando y cuánto sufriría por tenerme tan abrupta e inexplicablemente sin noticias tuyas?”, escribe en una carta de agosto de 1908 donde asegura en la despedida: “Ésta es la última vez que te escribiré, querido, a menos que se rompa este extraño maleficio. Y mi última palabra es de ternura por el amigo que amo, por el amante que veneré. Adiós, cariño.”
Promete que no le escribirá, pero incluso ella sabe que es mentira. Le ama y le necesita. Como ella misma reconoció una vez, él la ha hecho vivir…

Edith Wharton a Morton Fullerton
26 de agosto de 1908
“Cariño, ¿tardarás mucho en decirme lo que significa este silencio? (…)
Al principio pensé que quizás se debiera a que tu estado sentimental se había enfriado y que temías que me dieras cuenta del cambio. Te escribí, hace casi un mes, para decirte que encontraba natural que se produjera ese cambio de tu parte y que esperaba que nuestra amistad -¡tan preciada para mi!- pudiera sobrevivir a él. Después de recibir esta carta no debía de resultar difícil escribir una nota amigable diciendo: “Sí, chérie amie…” Y además, después de conocerme tan bien en todos estos meses, ¿no podias haber confiado en mi comprensión?
¡Pero el silencio continía! ¿No era eso lo que querías? Durante un tiempo imaginé que estabas demasiado ocupado y contento para pensar en escribir -quizás incluso para echar un vistazo a mis cartas cuando llegaban. Pero aún así, hay grados y formas de convertir nuestra intimidad en un completo silencio y olvido; si ya no sientes deseos de escribir, ¿no crees que tú, que eres tan sensible e imaginativo, debías haberte preguntado a qué conjeturas me estabas abandonando y cuánto sufriría por tenerme tan abrupta e inexplicablemente sin noticias tuyas?
El otro día releí tus cartas y me niego a leer que el hombre que las escribió no sentía lo que decía, que no conocía lo suficiente a la mujer a la que iban dirigidas como para confiar en su amor y su valentía y que en vez de eso prefirió dejarla abandonada a esta dolorosa incertidumbre.
¿Cuál es la causa de este cambio? Bueno, eso no importa, pero, ¡dímelo!
Si pudiera comprenderlo, podría rehacer mi vida. No sé lo que esos meses significaron para tí, pero para mí fueron un gran regalo, un maravilloso enriquecimiento. ¡Aún me regocijo y doy gracias por ellos! Me despertaste de un largo letargo, de una monotonía aquiescencia de las restricciones convencionales, de una innecesaria auto-anulación. Si parecía pesada e inexpresiva era porque una parte de mí estaba literalmente dormida.
Recuerdo la noche en que fuimos a ver la Figlia di lorio, la escena de la cueva en que la Figlia le dice que vuelva con su madre (siempre olvido los nombres) y, cuando él se va, se vuelve hacia ella, la besa, y entonces ella no quiere dejarle marchar. Recuerdo que te volviste hacia mí y me dijiste riendo: “Eso es algo de lo que tú no sabes nada”.
¡Pues bien, lo supe muy poco tiempo después! ¡Y si seguí siendo inexpresiva, con miedo a entregarme, “siempre escurriéndome”, como decías tú, era porque descubrí en mí tales posibilidades de sentir que temí que si te amaba demasiado pudiera perder el valor cuando llegara el momento de separarnos! Estoy segura de que lo viste, que comprediste hasta qué punto temía ser para, por un solo instante, la “donna non piú giovane” (1) que se engancha a un hombre y no le deja en paz.
Dada mi situación, pensé que lo mejor era demostrar mi amor refrenándolo y ¿absteniéndolo? ¿No viste que todo es era porque te amaba?
Y cuando hablabas de tu incertidumbre con respecto al futuro, tu deseo de romper con todo y hacer lo que verdaderamente te gusta, ¿no veías que se me rompía el corazón al pensar que, de haber sido más joven y hermosa, todo habría sido distinto? ¿Qué podríamos haber compartido, al menos una temporada, una vida de exquisita colaboración, una vida en la que tus dones se habrían puesto totalmente de manifiesto, y en la que podrías hacer todas las cosas hermosas y admirables que deberías hacer? Espero ahora que tu futuro se haya arreglado felizmente después de todo, de la forma que tanto te desesperaba. Pero recuerda que ésas eran mis ideas cuando me llamabas “convencional”…
Nunca pensé decirte esto, pero ante el peso de este silencio ya no sé qué decir y qué callar. Después de casi un mes, sigues sin contestar a mi sincero ofrecimiento de amistad. (…)
Ésta es la última vez que te escribiré, querido, a menos que se rompa este extraño maleficio. Y mi última palabra es de ternura por el amigo que amo, por el amante que veneré.
Adiós cariño.
¡Por favor, no quiero que me devuelvas las cartas! Lo dije en la última carta para que te resultara más fácil la transición.
Crees que me importa lo que sea de ellas si no te importa a ti…”

(1) Mujer ya madura.

-Selección de Alicia Mizrahi

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