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Las ilustraciones de La Divina Comedia son innumerables, y particularmente del Paraíso -entre ellas, las de Botticelli, Blake y Dalí-, pero seguramente al lector moderno le agradará saber que el ilustrador francés Jean Giraud, mejor conocido como Moebius, dejó también su versión de las escenas beatíficas, cuando Dante asciende guiado por la luz del amor que encarna en Beatriz y alcanza la visión de la deidad y la famosa rosa celeste.

La estética psicodélica, steampunk, híbrida y extraña de Moebius se encuentra con la pureza espiritual de las descripciones paradisíacas de Dante y le imprime una especie de carácter revulsivo, si bien no es para todos los gustos. Una Divina Comedia moderna, donde los ángeles visten trajes que parecen de ciencia ficción -Moebius iba a ilustrar Dune de Jodorowsky- y parecen ser entidades extraterrestres. El nuevo mito se mezcla con la eterna historia del cielo.

 

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Antes de subir al escenario, Jimmy Hendrix cortaba un par de estampillas de su planilla de LSD, las pegaba en su frente y las cubría con la banda que amarraba a su cabeza. O al menos eso cuenta la leyenda. Nadie lo ha confirmado, pero nos gusta creer que realizaba ese pequeño ritual, por alguna razón tiene más sentido que lo que realmente haya pasado. Necesitamos el mito. En otra época se hablaría sin dudarlo de posesión, el público extasiado vería a Dionisos tocando sobre el escenario. Hoy apenas tenemos un efecto químico y un inexistente gesto para creer que esa guitarra y esa descomunal música siguen conectados con la realidad.

Bajo la banda parpadea un tercer ojo. Hendrix es el chamán, el brujo que se burla de las leyes físicas que mantienen a la imaginación encerrada dentro de los cráneos. Su música es un eco que nos devuelve la orografía de otro mundo, un mundo en el que puedes caminar, nadar, disolverte. Hendrix es el encantador del fuego. Cada sonido surge como una bocanada de humo que se eleva en el aire y forma figuras que adquieren cuerpo y vida propia. Organismos que reptan como blandos tentáculos que lo inspeccionan todo, que evolucionan y desarrollan escamas, ojos, patas.

Moebius es simplemente un zoologo, un explorador que lleva un cuidadoso registro de las criaturas imposibles que encontraron en los paisajes sonoros de Hendrix su hábitat. Dibuja con todo detalle lo que los sonidos dictan a sus oídos, persigue a los habitantes de ese mundo hasta sus escondrijos, asiste a la corte, registra las ceremonias, sigue el camino del profeta viendo cómo descompone la realidad a cada paso.

Pero entonces la música para. Moebius suelta el lapiz, Hendrix abandona la guitarra, la aguja deja de rasgar el acetato. Todo sigue en su lugar, nada ha sucedido, o casi nada. El tiempo sigue mientras los planetas de estos dos genios se alejan en sus órbitas.

Twitter del autor: @sustanciaD

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