
«Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida.
Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón.
Tus cabellos, tus manos, tu sonrisa recuerdan desde lejos a alguien que yo adoro. ¿Y a quién? A ti.
Cuando vuelvo a verte, todo se torna límpido. Acepto sufrir.
¿Y tú te vas? ¿Te vas?… No, no te vas: yo te retengo… Me dejas tu alma entre las manos como si fuera un manto.
Me entrego a ese terrible avión propulsado por un corazón. Por las noches, en los tugurios adonde vamos juntos, tu cuerpo desnudo se parece a un Ángel encargado de velar por tu alma.
Las dos de la madrugada. Las ratas roen en los cubos de basura los restos de un día muerto: la ciudad pertenece a los fantasmas, a los asesinos, a los sonámbulos. ¿Dónde estás tú, en qué cama, en qué sueño? Si tropezara contigo, pasarías sin verme, pues no somos percibidos por nuestros sueños. No tengo hambre: no consigo digerir mi vida esta noche. Estoy cansada: anduve toda la noche para escapar de tu recuerdo. No tengo sueño: ni siquiera siento apetito de la muerte. Sentada en un banco, embrutecida a pesar mío por la llegada de la mañana, dejo de recordar que trato de olvidarte. Cierro los ojos… Los ladrones sólo desean nuestras sortijas; los amantes, la carne; los predicadores, nuestras almas; los asesinos, la vida. Pueden quitarme la mía: los desafío a que cambien algo en ella. Echo hacia atrás la cabeza para sentir por encima de mí el murmullo de las hojas… Estoy en el bosque, en un campo… Es la hora en que el Tiempo se disfraza de barrendero y Dios tal vez de trapero. Él, el avaro, el testarudo; él, que no consiente ver perderse una perla entre el montón de conchas de ostra a las puertas de las tabernas.
¿Qué llevaría en su mano? ¿Un pájaro, una semilla, un cuchillo, una llave para abrir la lata de conserva del corazón?
¿Ingenio? ¿En el dolor? Puede ser, pues hay sal en las lágrimas…
¿Miedo de nada? Tengo miedo de ti.
Aún me queda una sucia esperanza. Cuento, a pesar mío, con una solución de continuidad del instinto: lo equivalente, en la vida del corazón, al acto del distraído que se equivoca de nombres y de puertas.
Te deseo con horror. No me importa cuál sea el paso en falso que te haga caer sobre mi cuerpo…»
-Marguerite Yourcenar («Fuegos»)

Gracias por la pasion, LAS MANOS , LA BELLEZA
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Te quiero Eddita!
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