Arte: Lorenzo Mattotti

«Deja la puerta abierta a lo desconocido, la puerta tras la que se encuentra la oscuridad. Es de ahí de donde vienen las cosas más importantes, de donde viniste tú mismo y también a donde irás.

Hace tres años estuve impartiendo un taller en las Rocosas y una alumna trajo una cita que dijo que era del filósofo presocrático Menón. Decía así:

«¿Cómo emprenderás la búsqueda de aquello cuya naturaleza desconoces por completo?».

La copié y la he tenido presente desde entonces.

Esta alumna hacía grandes fotografías transparentes de figuras nadando bajo el agua y las colgaba del techo dejando que la luz pasara a través de las imágenes, de tal forma que si andabas entre ellas, las
sombras de los nadadores se desplazaban por tu cuerpo y el propio espacio acababa adoptando un aspecto acuático y misterioso.

La pregunta que trajo esta alumna me pareció la pregunta táctica fundamental de la vida.

Las cosas que deseamos son transformadoras, y no sabemos, o bien solamente nos creemos que sabemos, lo que hay al otro lado de esa transformación.

El amor, la sabiduría, la gracia, la inspiración: ¿cómo emprender la búsqueda de cosas que, en cierto modo, tienen que ver con desplazar las fronteras del propio ser hacia territorios desconocidos, con convertirse en otra persona?

En el caso de los artistas de cualquier tipo, sin duda es lo desconocido, esa idea, forma o historia que todavía no ha llegado, lo que hay que encontrar.

La labor de los artistas es abrir puertas y dejar entrar las profecías, lo desconocido, lo extraño; es de ahí de donde proceden sus obras, aunque su llegada marque el comienzo del largo y disciplinado proceso mediante el cual las hacen suyas.

También los científicos, viven siempre al borde del misterio, en la frontera de lo desconocido.

Pero los científicos transforman lo desconocido en conocido, lo capturan como los pescadores capturan los peces con sus redes; los artistas, en cambio, te adentran en ese oscuro mar.

En una célebre noche del solsticio de invierno de 1817, el poeta John Keats iba charlando con unos amigos de regreso a casa y «diversas cosas fueron encajando unas con otras en mi mente, y me llamaron de inmediato la atención las cualidades que poseen los hombres que consiguen logros importantes […] me refiero a la capacidad negativa, que tiene lugar cuando un hombre es capaz de convivir con la incertidumbre, el misterio, las dudas, sin estar irritable ni sentir la necesidad de echar mano ni de la razón ni de los hechos»

De una forma u otra, esta idea aparece una y otra vez, al igual que los lugares señalados como «Terra Incognita» en los mapas antiguos.

Perderse: una rendición placentera, como si quedaras envuelto en unos brazos, embelesado, absolutamente absorto en lo presente de tal forma que lo demás se desdibuja. 

Perderse es estar plenamente presente, y estar plenamente presente es ser capaz de encontrarse sumergido en la incertidumbre y el misterio. 

Y no es acabar perdido, sino perderse, lo cual implica que se trata de una elección consciente, una rendición voluntaria, un estado psíquico al que se accede a través de la geografía.

Aquello cuya naturaleza desconoces por completo suele ser lo que necesitas encontrar, y encontrarlo es cuestión de perderse. 

La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. 

Deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Muchas de las personas que se pierden son analfabetas en ese lenguaje, que es el de la propia Tierra, o bien no se paran a leerlo. También existe otro arte, el de encontrarse a gusto estando rodeado de lo desconocido, sin que esto provoque pánico o sufrimiento, el arte de encontrarse a gusto estando perdido.
Quizá esta capacidad no sea muy diferente de la habilidad para «convivir con la incertidumbre, el misterio, las dudas» de la que hablaba Keats. 

Me encanta salirme del camino, ir más allá de lo que conozco y encontrar el camino de vuelta recorriendo unos cuantos kilómetros más, por un sendero diferente, con una brújula que discute con un mapa, con las indicaciones contradictorias y poco rigurosas de desconocidos. Esas noches sola en moteles de pueblos perdidos del oeste del país donde no conozco a nadie y nadie que me conozca sabe dónde estoy, noches transcurridas en compañía de cuadros extraños, colchas de flores y televisión por cable que me ofrecen un descanso temporal de mi propia biografía y en las que, según la idea de Benjamin, me he perdido pero sé dónde estoy. Esos momentos en que mis pies o mi coche rebasan la cresta de una colina o salen de una curva y me digo que es la primera vez que veo este sitio. Esas ocasiones en que algún detalle arquitectónico o alguna vista en la que no me había fijado en todos estos años me dicen que nunca he sabido realmente dónde estaba, ni siquiera cuando estaba en mi propia ciudad.

Esas historias que hacen que lo familiar se vuelva otra vez extraño, como las que me han revelado paisajes perdidos, cementerios perdidos, especies perdidas alrededor de mi propia casa. 

Esas conversaciones que hacen que todo lo demás desaparezca. 

Esos sueños que olvido hasta que me doy cuenta de que han influido en todo lo que he sentido y hecho a lo largo del día.

Perderse de esa manera parece el primer paso para encontrar el camino o encontrar otro camino, aunque existen otras formas de estar perdido.

Salí a buscar historias sobre la experiencia de perderse y descubrí que desviarse de su rumbo durante un día o una semana no era ninguna catástrofe para quienes no tenían una agenda apretada y sabían vivir de la tierra, seguir un rastro y guiarse por los cuerpos celestes, los cursos de agua y lo que les contaban otros a la hora de desplazarse por esos lugares para los que aún no existían mapas. 

«Nunca en mi vida he estado perdido en el bosque –afirmó el explorador Daniel Boone–, aunque una vez estuve confundido durante tres días.» 

Para Boone esta era una distinción legítima, ya que él fue capaz de regresar a un lugar en el que poder volver a orientarse y supo cómo proceder hasta entonces. 

Los exploradores, me escribió el historiador Aaron Sachs en respuesta a una pregunta, «siempre estaban perdidos, ya que nunca habían estado en esos lugares. Nunca esperaban saber exactamente dónde estaban. Al mismo tiempo, sin embargo, muchos conocían muy bien su instrumental y tenían una idea bastante precisa de las trayectorias que habían seguido. En mi opinión, su habilidad más importante era sencillamente el optimismo que les hacía pensar que iban a sobrevivir y encontrar el camino». 

El estar perdido, tal como me ayudaron a entender estas personas con las que hablé, era sobre todo un estado mental, y esta afirmación sirve tanto para todas las formas metafísicas y metafóricas en que se puede estar perdido como para el que anda dando vueltas desorientado por el campo.

La pregunta, entonces, es cómo perderse.

No perderte nunca es no vivir, no saber cómo perderte acaba contigo, y en algún lugar de la terra incógnita que hay entre medias se extiende una vida de descubrimientos. 

Además de sus propias palabras, Sachs me envió un fragmento de Thoreau, para quien moverse por la vida, la naturaleza y el sentido es el mismo arte, y que pasa sutilmente de uno a otro en una sola frase. 

«Perderse en el bosque a cualquier hora es una experiencia sorprendente y memorable, y a la vez valiosa –escribió en Walden–. Hasta que no estamos perdidos ya del todo o nos volvemos –y solo hace falta que nos den la vuelta con los ojos cerrados para estar perdido en el mundo–, no apreciamos lo vasta y ajena que nos es la naturaleza. […] No es hasta que estamos perdidos, en otras palabras, hasta que hemos perdido el mundo, cuando empezamos a encontrarnos y a darnos cuenta de dónde estamos y de la infinita red de correspondencias».

Thoreau está jugando con la pregunta bíblica que plantea de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma.

Pierde el mundo entero, afirma, piérdete en él, y encontrarás tu alma.
«¿Cómo emprenderás la búsqueda de aquello cuya naturaleza desconoces por completo?»»

-Rebecca Solnit

3 Replies to “.el arte de perderse”

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